Números anteriores

CUENTO / No. 56


 

Ciudad Juárez



Agustín Azcona Hernández

 

 

 

 

Cuento_Azcona_1.jpg23 de noviembre.  Me levanté a las cinco de la mañana. Después de bañarme me vestí rápidamente. El avión sale a las 9 de la mañana. Viajo este día hacia Ciudad Juárez, en donde trabajaré como ayudante de cocina en una academia de policía. A pesar de las protestas de mi familia he decidido emprender esta aventura. A las seis de la mañana ha venido por mí un representante de la academia, viajaremos juntos. He dejado la puerta abierta para evitar que tocara. Se llama Luis. Debió sorprenderse de que yo sea tan joven. Me descubrió mientras me cambiaba con el dorso desnudo. Al saludarme se turbó y pidió disculpas. Le contesté que no se preocupara, que a partir de ese momento compartiríamos casi todo. Salimos a la calle. La brisa fresca de la mañana me pegó en la cara.

24 de noviembre. Ciudad Juárez es un lugar de contrastes. Es una zona de guerra acosada por los cárteles de la droga. Al mediodía conocí la academia que a partir de este día será mi casa y centro de trabajo, aquí pasaré la mayor parte de mi tiempo. El director estuvo con el grupo por la tarde. Nos preguntó cómo nos sentíamos. Le dijimos que bien, que haríamos nuestro mayor esfuerzo. Nos advirtió de la difícil situación de Juárez, pero de una manera extraña, como preparándonos para algo.

25 de noviembre. El trabajo ha resultado más sencillo de lo que parecía. En parte se debe a una buena  organización y a la disposición de las veinte personas que trabajamos aquí. A pesar de todo, no he tenido oportunidad de conocer la ciudad.

29 de noviembre. Este día amaneció con un movimiento inusual.  Un comando armado atacó el cuartel de policía en el municipio de Delicias. Un agente murió y tres más resultaron heridos. Apenas unas horas antes el gobernador del estado había rendido un informe de labores. Nos han pedido alimentos fríos. Dividimos el grupo en dos partes, una de ellas fue comisionada para atender la emergencia. Me tocó quedarme en la academia. Me parecieron enormes sus desolados pasillos  y sus largas escaleras. Salí al jardín a fumar un cigarro y a repasar mentalmente lo sucedido durante los últimos días. En el lobby me encontré a Luis, estaba sentado y me sonrió. Me dijo que también estaba intranquilo. Cerca de la medianoche empezaron a regresar nuestros compañeros, la mayoría venía en silencio.

2 de diciembre. Por la mañana me quedé sorprendido: últimamente he estado pensando en Luis, pero de una manera especial.

3 de diciembre. Luis y yo salimos a fumar al jardín. Un enorme ventanal nos permite tener una inmejorable vista de Ciudad Juárez.  De improviso, como si tuviera un fusil en las manos, Luis me ha preguntado si me gustan los hombres.  A su espalda, decenas de casas de cartón y lámina. Me negué a responder, me dirigí rápidamente al cuarto de carnes frías, en donde la puerta estaba sin llaves. Encendí la luz y me puse a limpiar las costillas de un cerdo o una res. Después de algunos minutos me di cuenta de que tenía las manos ensangrentadas.

8 de diciembre. Esta mañana me enteré de que es el cumpleaños de Luis. Por la tarde hubo un breve festejo. Por la noche me presenté en su cuarto. Me recibió con cierta sorpresa, pero con agrado. Nos besamos desesperadamente. Me quedé a dormir con él hasta la madrugada.

9 de diciembre. Me levanté tarde, con culpa. Recuerdo haber deseado no estar en  este lugar. Una sensación de pesadez en el estómago me invadió. Un malestar general en  el cuerpo, como un vacío. No me atrevería a mirar de frente a ninguna persona, me apena ser homosexual en Ciudad Juárez.

10 de diciembre. Luis me hizo la plática muy animado. Me pidió no tener vergüenza, habló sobre la importancia de aceptar lo que uno es. Me invitó para mañana al cine.

11 de diciembre. Entramos al cine. Lo que vemos es una película triste. La historia de un maestro de escuela que adopta a una menor de 14 años que se ha quedado huérfana. El maestro se enamora perdidamente de la niña hasta el grado de perder a su familia y su reputación.

12 de diciembre. Hoy es día de la Virgen de Guadalupe. Por la mañana hubo festejo. Los periódicos informan de la detención de un niño de 13 años que era contratado por los cárteles de la droga para asesinar a integrantes de bandas rivales. Le pagaban tres mil pesos al mes.

14 de diciembre. Es día de descanso. Luis vino a mi cuarto. Comimos juntos, recogimos la mesa, lavamos los platos y nos sentamos en la pequeña sala a ver televisión. A Luis le gustan los programas deportivos, a mí los de espectáculos. Se quedó a  dormir. A medianoche me despertaron lo que parecían ser gritos de auxilio. Desperté a Luis. Me tranquilizó diciendo que debía ser una pareja igual de apasionada que nosotros. Reímos. A los pocos minutos el silencio volvió a inundar los cuartos y pasillos.

15 de diciembre. Esta mañana subí a la azotea del edificio, desde este lugar se puede apreciar una magnifica vista de la ciudad. Descubrí que en el terreno contiguo empiezan a construir un enorme centro comercial que no hará otra cosa que ahondar todavía más el contraste entre los modernos edificios y las zonas marginales de Ciudad Juárez.

16 de diciembre. Algo pasa. Luis me saludó con un abrazo. Me asomé al pasillo y lo vi alejarse, la cabeza inclinada, como cuando alguien tiene una preocupación. El calor era insoportable, ni una nube en el cielo.

17 de diciembre. Joto, marica,  mayate, mariquita, lilo, manfloro, mariposón, chichifo,  puñal. Me desperté llorando.

Cuento_Azcona_2.jpg 19 de diciembre. Por la mañana se presentó una emergencia. El grupo se dividió en dos. Nuevamente me tocó quedarme. En esta ocasión me negué a permanecer solo, así que tomé las llaves de un auto y me dirigí hacia el centro de la ciudad. Avancé por calles y avenidas pálidas, el sol cayendo a plomo. Después de manejar durante dos horas comprendí que no conocía nada, por lo que me pareció inútil seguir adelante. Regresé a la academia. Al entrar, el vigilante me saludó con una leve inclinación de cabeza.

20 de diciembre. Por la tarde Luis me informó que tenía que ausentarse por unos días, un problema del cual nada podía decirme se había presentado. Que no me preocupara, que todo iba a estar bien. Algo está pasando.

24 de diciembre. Es Nochebuena. Después de mucho tiempo la pasaré alejado de mi familia. Me he sentido cansado, ciertamente enfermo. He rehusado acudir al convivió navideño. Me consuela pensar que me comunicaré en directo a  través de una computadora con mi familia. Desde hace cuatro días no tengo ninguna noticia de Luis.

25 de diciembre. He permanecido desnudo en mi habitación. No he tenido ganas de ver a nadie. Rechacé el permiso para viajar con mi familia. Me dan ganas de salir corriendo por las calles.

26 de diciembre. Todo el mundo estaba trabajando menos el muchacho que abastece las legumbres. Me senté junto a él en la bodega y le ofrecí un cigarro. Al terminar de fumar dijo que iría al centro de Juárez, por si tenía algún encargo. Le dije que por el momento no necesitaba nada. Está bien, dijo, aunque un verdadero hombre debería tener interés en visitar los bares de la ciudad, sobre todo cuando es nuevo y no los conoce. Lo dijo riendo, con algo de ironía. Le respondí que ése no era mi caso. Eso se nota de inmediato, dijo. Me hubiera gustado responderle y sonreír como él lo estaba haciendo, pero no lo hice. Después de un rato me preguntó si sabía qué le pasaba a los maricas en Ciudad Juárez. Le dije que me importaba una chingada. Me miró con una sonrisita acusatoria y después me dijo que tuviera cuidado. Por un momento quedé desconcertado, luego sostuve con calma su mirada hasta que desvió los ojos. Alguien hizo sonar con una taza las cacerolas y escuché una voz detrás de mí que decía que había que preparar la merienda.

27 de diciembre. El día que ha transcurrido con lentitud. He considerado que sería mejor para todos dejar de pensar y lanzarme desde la azotea, dejarme caer, dejarme ir, terminar de una vez.

28 de diciembre. El muchacho de la panadería se fijó en mí, me siento solo, deshabitado, vacío de ideas, desesperado, ojalá pasara algo. En la academia circula el rumor de que Luis fue cooptado por el narco, que encontró una manera fácil de hacer dinero. Realmente no sé qué pensar.

29 de diciembre. Estoy muriendo lentamente. No hay noticias de Luis. En Ciudad Juárez diariamente desparecen decenas de personas, al año suman cientos. Con el paso del tiempo las familias se dan por vencidas y terminan la búsqueda.

30 de diciembre. Acepté la propuesta del panadero. Se llama Martín. Nos vimos en un parque. Caminamos a las orillas de la ciudad, siempre en silencio. Entramos en un hotel de paso. Fue un acto de desenfreno, casi salvaje.

31 de diciembre. Desperté muy temprano, casi de madrugada. Hacía frío. Estaba a punto de apagar la luz para volver a dormir cuando la puerta del cuarto se abrió. Era Luis, me pidió que no preguntara nada, que después él me explicaría, que todo se había arreglado. “Todo se ha arreglado”, repitió mientras yo me reponía de la sorpresa.

1 de enero. La noche de fin de año estuvo llena de alegría y felicidad. La vida ha cambiado de sentido. Estuve contento y animado, nuevamente vuelvo a sonreír.

5 de enero. Han sido días de intensa actividad que han convertido el trabajo en algo rutinario. Luis ha regresado a las labores, pero su carácter ha cambiado, lo noto agresivo a la vez que evasivo, no conversa con nadie. Se retrae, está hosco y huraño. Me ha propuesto dejar este trabajo y huir atravesando la frontera. Le comenté que me parecía una idea muy precipitada. El respondió que no me preocupara por el dinero. Mira, me vale una chingada si me matan en un mes o en un año. Mientras tanto, voy a vivir como yo quiero, a mi gusto, con mis carros de lujo y dinero, lo demás me importa madres; ya ves tú, mírate cuánto tiempo llevas trabajando y no tienes nada. El brillo de su mirada me dio miedo.

7 de enero. He peleado con Luis por cosas sin importancia, por un cenicero que no está en su lugar, por un par de platos que están sucios, por el volumen del televisor que está muy alto, etc. En el fondo Luis está molesto porque no quiero abandonar este trabajo, y menos de la forma como me lo propone. He descubierto que últimamente Luis gasta el dinero a manos llenas.

8 de enero. Salí a caminar, los  pasillos del edificio estaban vacíos y únicamente se escuchaba el ruido de los refrigeradores. Me dirigí a la bodega; tenía la puerta cerrada pero sin llave, como parecía ser costumbre. Encendí las luces, busqué papel y lápiz y me puse a escribir. Después de un rato tenía sueño, pero permanecí escribiendo hasta terminar. Apagué la luz, dejé todo tal como lo había encontrado y regresé a mi habitación. Dormí hasta las nueve de la mañana. Es domingo, me despertó el vigilante que terminaba su turno.

15 de enero. Sucedió la tarde de ayer, pero lo registro hasta hoy. Luis y yo discutimos acaloradamente; cansado de sus desplantes y sus groserías, le recriminé que no merecía que me tratara de esa forma, le dije que si no estaba contento conmigo tenía toda la libertad de hacer lo que quisiera. Para no dar un espectáculo salimos a la calle, donde seguimos discutiendo a gritos. En una esquina me sujetó del brazo y quiso pegarme, respondí con un golpe en el pómulo, lo que terminó por enfurecerlo. Fue entonces que sucedió: un carro arrancó rápida y extrañamente en reversa, precisamente cuando Luis cruzaba la calle. Las piernas de Luis quedaron aprisionadas entre dos vehículos. Recuerdo el grito de dolor, el sonido de sus huesos deshechos, el auto que aceleró perdiéndose entre muchos más, un sabor cobrizo en la boca, el tiempo que parecía pausado, gritos, sirenas, uniformes policiales, camilleros.

24 de mayo. Hoy regreso a la Ciudad de México. Desde las seis de la mañana he permanecido despierto. Es complicado; a veces el estómago parece agrietarse, la garganta es una lija y los recuerdos y las palabras estorban. A través de la ventana de mi habitación observé cómo un grupo de obreros colocaba un enorme espectacular que mañana cubrirá el edificio en el que viví por más de seis meses. Por el hueco de la cortina vi el mensaje de la publicidad: “La batalla contra la delincuencia organizada continuará hasta sus últimas consecuencia”. Ayudé a Luis a subir a su silla de ruedas. Quería dar un último paseo por la academia, antes de que saliéramos hacia el aeropuerto. Le entusiasma la idea de conocer a mi familia.


 

 Cuento_Azcona_3.jpg


Ilustraciones:
Blue Corona, de stormdance: www.freeimages.com
white kitchen bowls, de agthabrown: www.freeimages.com
Pirate Car, de quitargoa: www.freeimages.com
 


Agustín Azcona Hernández (Ciudad de México, 1967). Egresado de la carrera de Sociología por la UNAM. Ha colaborado en revistas como Letralia, La Culebra y Re-cuento.