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RESEÑA / No. 56

 
De la mano con el bolero: Fruta verde


Jesús Quintero
 

Enrique Serna
Fruta verde
Planeta-Booket, 2006


 

El bolero es un género para escuchar y bailar y, ya en nuestros días, para recordar. El registro de la primera pieza de este género musical es de 1883, de José “Pepe”  Sánchez, en Santiago de Cuba, con una canción intitulada “Tristeza”. Nacido de ritmos españoles y africanos, el bolero anuncia temas relativos al amor, a las mujeres, a la belleza y a la nostalgia. En su estudio El bolero y la educación sentimental, María del Carmen de la Peza dice: “En un movimiento de ida y de vuelta, el sujeto se identifica con la canción y ésta a su vez le da nombre a su experiencia y la construye”. En México, el bolero tuvo (y tiene) grandes filas de escuchas; ha sido parte de nuestra historia musical, de nuestra educación sentimental. Hecho recuerdo, modela nuestro pasado y Fruta verde es la perfecta evidencia.

El argumento de esta novela es equiparable al de La educación sentimental o  ―para distanciarnos menos en tiempo y espacio― al de Las batallas en el desierto. No es una novela erigida con caras históricas, como sucedió en El seductor de la patria. Fruta verde encuentra como materias primas a la memoria, a la experiencia de vida y a la nostalgia. Sin duda, el combustible es el recuerdo. Con un tema simple y lejos de ser la mejor novela de Enrique Serna, Fruta verde aparenta una sencillez que, más en lo hondo de los personajes y de las situaciones, se vuelve un conjunto de vigorosas contradicciones y un bosquejo de la agria convivencia de mentalidades.

De los tres protagonistas de la novela, en apariencia el más librado de conflictos internos es Mauro, pues su lucha es la de quien intenta a toda costa llegar hasta la bragueta de un hombre. Es un mordaz y talentoso dramaturgo. El conflicto verdadero de este personaje se revela hacia el capítulo 11: es víctima de una golpiza propinada por una asociación religiosa en contra de homosexuales. Su mundo lo abandona y lo denigra por sus preferencias sexuales. A Germán Lugo, otro personaje, joven apenas universitario y escritor novato, lo acorralan y lo confunden dos mundos: el de Mauro que, a pesar de que le dobla la edad, anda tras sus talones, por un lado; por el otro, el de su madre Paula, mojigata, hija fiel de la moral en turno, correcta hasta los estribos, pero amenazada por el amor juvenil que Pavel (amigo de sus hijos) le puede dar. Germán acorralado por dos potencias, donde una de ellas, su madre Paula, “era un personaje muy intenso, con un temperamento de leona herida. Ella sola se merece un libro”. Fruta verde nace de un ir y venir en las relaciones de estos personajes.

Paula se nos muestra como una esclava de su propio moralismo; de Mauro afirmamos su libertad y su soledad. Ellos son los extremos. Y Germán es el ojo de la tormenta. Serna construye y extiende las personalidades de sus personajes mediante objetos particulares, mediante las relaciones entre ellos y mediante la época en la que viven. Por ejemplo, el estado de ánimo y confusión de Germán se traduce en el estado de un Volkswagen amarillo que su padre le obsequió; Paula expande su corrección en las impecables hojas escritas con una máquina de escribir Olivetti. Por otra parte, las relaciones entre los personajes se delinean haciendo referencia explícita a otras obras literarias: encontramos La tía Julia y el escribidor caracterizando el vínculo de Paula con Pavel; El retrato de Dorian Gray haciendo lo mismo con Germán y Mauro. Por último, la época se dibuja con el contraste y choque de comportamientos y mentalidades, a través de un eficaz narrador que focaliza en los apuros psicológicos de los personajes. Narrador omnisciente sólo hasta el capítulo 20; ya en las últimas páginas se nos revela la identidad de aquel que nos ha estado contando.

La novela consta de veinte capítulos y un epílogo. En el noveno, la implacable dureza moral de Paula se tambalea con la mención del leitmotiv, el título del bolero y el de la novela: “Pero qué lindo sería morder esa fruta verde”. En los siguientes once, notamos un cambio de ritmo: en algunos capítulos la conjunción de las experiencias de Paula y Mauro, y en otros los pensamientos de Germán anotados en un diario. La progresiva transformación de los personajes se lleva a cabo, las luchas psíquicas, las indecisiones. El epílogo se encarga de colocar a los capítulos precedentes un cinturón; los une todos y (he aquí la clara manifestación del oficio de escritor de Enrique Serna) a todos les da sentido. Pudimos sin culpa dejar el libro a la mitad, pero aquellas últimas páginas lo justifican y dan al lector la experiencia que no conseguía arder. El final arde y arde todo lo demás.

Novela de iniciación y de aprendizaje, Fruta verde es una nostálgica rememoración de la vida del narrador. Podríamos caer en la tramposa identificación de éste con Enrique Serna, mas hay que ser cuidadosos. Si bien el libro contiene datos autobiográficos como lo ha afirmado Serna, no pretendamos clasificarlo como una autobiografía o unas memorias. Eso sí, Fruta verde es un paseo a veces irónico, a veces mordaz, a veces nostálgico de la vida de un hombre que a estas alturas debe andar por los cincuenta años. Es de un hombre que mira sobre el hombro con afán de revivirlo todo y que no consigue ni reír ni llorar. Un hombre que tiene muy dentro de las vísceras aquellos boleros que construyeron su vida y sus experiencias, y que ahora, cerca de treinta años después, sólo lo acompañan de la mano por su memoria.  


 
 

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Jesús Quintero (Puebla, 1991). Estudiante de Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.