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CUENTO / No. 57


 

¡Ay, nanita!



Eduardo Ramírez Cerdán

 

 

El doctor es bien chistoso. A mí me cae muy bien, la mera verdad. Hasta me da ternura. Hay quienes dicen que es muy alzado, que ve a los demás para abajo como sintiéndose mucho. A lo que soy yo, nunca me ha hecho ninguna grosería; con decir que hasta me ha llegado a pedir consejos... Ayer fui a verlo porque sin querer me macheteé un cacho de dedo.

Estaba yo en el campo. Por acá la siembra del maíz se eleva alta, alta, casi a ras de las nubes, que están siempre esponjadas y tan amarillas como el elote. ¡Qué rascacielos ni qué nada! Si quieren ver rascacielos, vénganse un día acá a la milpa y a ver qué hacen. Uno que es chaparro se siente bien poquita cosa cuando ve para arriba. A veces yo sueño con que me quedo atrapado ahí de noche. Estoy busque y busque la salida, pero nomás no la hallo. Veo hacia arriba y pura sombra, pura siembra crecida como un ejército de monstruos. Más allá, bien lejos, se ve un circulito insignificante: es el cielo negro, negro, con unas cuantas estrellitas salpicadas. Yo grito como vieja para ver quién me ayuda, y nada que me oyen. Ando con la angustia atravesada en el cogote y comienza a arderme la panza como si trajera adentro al infierno con todo y diablos. En eso me despierto empapado de sudor, oliendo feo. Y como me muevo mucho, mi mujer me regaña y me manda a cambiarme la playera... Bueno, el caso es que ayer estaba yo en el campo y venía abriéndome paso con el machete porque no había por donde caminar. Yo tengo la mala maña de mover mucho las manos, entonces ayer, mientras con la derecha sacudía el machete, movía la izquierda formando círculos en el aire, como si llevara un escudo de mentiritas. Así venía yo de pendejo y en eso, quién sabe cómo le hice, me di un santo madrazo con el filo del machete en el índice de la izquierda. Me empezó a arder y sentí caliente, caliente. Volteé y nada más vi rojo. Bajé los ojos al piso y ahí estaba el pedazo de dedo, todo teñido de sangre. A mí me da hartos nervios la sangre, así que en cuanto vi aquella cosa se me empezó a nublar la vista refeo, veía yo como se ve cuando uno se pone detrás de un mosquitero blanco. Como sentí que me iba a dar un ranazo, le grité a mi cuate el Toño. “¡Compa!”, le digo, “véngase a ayudarme que ya me chingué el dedo”. Y aquél, bien buena gente como siempre, fue a ayudarme luego luego. Él fue el que me llevó a la clínica en una troca prestada, en la que yo me senté con la mano salida por la ventana para que no fuera yo a embadurnar todo el interior de rojo. Ya en la comunidad, antes de irnos con el doctor, Toño le pidió a una señora, de las que venden jugos, una bolsa de plástico para que me la amarrara yo en la muñeca y así parara aquel regadero de sangre por dondequiera. Todo lo que sangrara yo se iba a quedar ahí mismo, en la bolsa de jugos. Un vampiro se habría tomado aquel juguito muerto del contento.

Llegamos con el doctor y nos atendió pronto porque era una emergencia, no me fuera a dar el patatús por desangramiento.

—¿Y la otra parte del dedo?

—Híjole, doctor. Se quedó allá en el maizal. Si quiere mando a traer por él, pero nada más le aviso que va a tardar sus horas, ¿eh?

Se rio y me dijo que no. Luego empezó a curarme. Me dolió al inicio, pero al cabo de un rato se me pasó. Yo siento que el doctor me estima, y yo lo estimo a él. Digo que me estima porque, lo que sea de cada quién, mi mujer y yo siempre le hemos ayudado desde que llegó a acá.


Desde chico, para bien o para mal, he estado tocado por las cosas ocultas, lo que no todos alcanzan a entender. Mi mamá fue bruja, pero de las buenas. Una vez hasta ayudó en el exorcismo de un muchacho que se retorcía horrible... Hay muchos cuentos sobre mi familia. Me han dicho, pero eso no me consta, que mi abuelo paterno era fruto del adulterio de su madre con el maligno. Yo no me acuerdo mucho de él; me acuerdo más de su risa, una risa escandalosa e infernal. Tan infernal que, cuando yo la oía, sentía clarito cómo se me encogían del miedo los tompiates... Eso es del lado de mi papá; del de mi mamá: ella me contó que su mamá le contó que una retatarabuela nuestra fue una vieja cochina y depravada que se conchabó a un burro —no quiero ni imaginar cómo se enchufó semejante cosota— y de esa unión salió una criatura hocicona y orejona que más tarde ahogó en el río. Yo, la verdad, no he querido ni quiero averiguar. Allá ellos con sus cosas...

Ah, y por si eso fuera poco, me casé con la Chepa, que es muy conocida por sus curadas de espanto y de empacho; pero, más que por eso, la conocen porque ella ve cosas que uno no ve, a veces son cosas bien fuertes que dice uno: “¡Ay, nanita!”


Cuando conocimos al doctor, íbamos los dos: mi Chepa y un servidor. Ni me acuerdo por qué fuimos esa vez..., creo que a ver algo del hijito que perdimos después, ya no me acuerdo. El caso es que estaba él dándonos consulta y en eso Chepa lo interrumpió:

—Ay, perdóneme, doc, pero es que por la niña no me puedo concentrar en lo que usted dice.

—¿De qué niña habla, señora? ¿Escucha voces?

—Sí, doctor.

—¿Muy seguido?

—Sí, doctor.

—¿Y qué le dicen?

—Pues muchas cosas.

—Necesito que me diga lo que sea que recuerde. Es importante porque podemos estar hablando de un caso de esquizofrenia.

—¿Esquizo... qué? ¡Ya ni chinga usted, doctor!..., con todo respeto. ¿Me está usted diciendo que estoy loca?

—No sea grosera, señora. Y no, no le estoy diciendo loca. Nada más quiero que me cuente lo que le dicen esas voces... Total que ya ni me dijo de qué niña hablaba.

—Ay, doctor... ¡Pues de su hija! Está hable y hable... Dice que se llama Alina, que tiene siete años, que es muy feliz allá y no sé qué tanto.

El doctor se puso blanco, blanco. Casi me pongo a echarle aire... Resulta que sí, que esa tal Alina era la hija del doctor, la hija suya que nació muerta hace siete años y a la que mi Chepa veía como de carne y hueso, crecidita del vuelo de una niña cualquiera de siete años y trepada en los hombros de su papá.

A partir de esa vez nos volvimos más unidos. También nos unió la desgracia porque él fue quien atendió a Chepa cuando perdió al bebé. Ahora somos sus únicos amigos de toda la zona, que abarca cinco comunidades. Yo digo que el doctor es bien a todo dar, luego se suelta chistes que hacen que uno se doble de la risa..., bueno, eso es en parte porque él es chistoso y en parte porque yo soy bien simple.

Hubo otra vez en la que el doctor nos fue a buscar bien preocupado porque un día, de noche, él venía en un caminito que está bien solo y dice que de pronto comenzó a escuchar pasos pegaditos a los de él que sonaban al mismo tiempo que los suyos. Si se paraba él, se dejaban de oír. Si seguía, aquéllos también.

La Chepa, que es la que sabe de esas cosas, le dijo que eso le pasaba porque no lo habían curado de espanto. El doctor se echó la gran carcajada porque él, tan leído, no creía en eso. Pero mi mujer es rebuena para convencer a las personas, ¡no digo si no! Cuando vi, aquélla ya tenía al doctor sentado y le empezó a hacer un montón de cosas. Agarró dos frasquitos: tomó un poquito del menjurje de uno de ellos y lo untó en los pulsos del doctor; luego bebió otro poquito de la segunda botella y se lo escupió en el cuello. Después lo tomó de las muñecas y, jalándolo hacia ella con fuerza, le gritaba al oído: “¡Rodolfo, ven!” —porque así se llama él—. Ella cerraba los ojos, parecía loquita. “¡Rodolfo, ven!” El pobre doctor nada más la veía. Chepa repitió esto dos veces más y luego lo dejó en paz. Le regaló un té y le dio la recomendación de que no se bañara hasta el otro día, para que en la noche sudara el espanto.

Váyase a saber si hizo caso.


Ayer, después de que ya estaba yo curado, el Toño se regresó para la milpa:

—Bueno, muchachos. Yo los dejo porque hay que chambear. Con su con permiso.

Nos quedamos el doctor Rodolfo y yo solos, lo que aprovecho él para contarme sus novedades...

—Mire usted, Indalecio, le voy a contar lo que me ha estado pasando. Se me hace que voy a necesitar otra vez de usted y de su esposa... Mire..., ¿ha visto usted dónde queda mi cuarto, aquí en la clínica?

—Pos sí, doctor.

—Bueno, pues fíjese que desde hace ya varias noches hay algo que me visita ahí. No sé qué es y la verdad me da mucho miedo. Lo peor de todo es que llega todas las madrugadas sin falta, justo a las 3:30 de la mañana.

—A ver, a ver... Ya me perdí... ¿Cómo está eso de que “algo” lo visita? ¿Qué es o qué?

—No lo sé, Indalecio... No lo sé. Mire, se lo voy a describir porque le tengo confianza y porque ya sé que no me va a tirar a loco. Con esa esposa suya...

—¡Eso es todo, mi doc! Conmigo nada de vergüenzas.

—Pues se trata de una cosa bien rara, Indalecio. Haga de cuenta un chango..., bueno, no un chango en sí, pero algo muy parecido. Es chaparro; nunca le alcanzo a ver bien la cara porque obviamente estoy que me cago del miedo, pero sí he alcanzado a ver sus ojos rojos y brillantes. Tiene una cola largota y horrible. Todo él es negro, muy negro. Y es gordo. Parece que está panzón de pura calamidad... Lo peor de todo, Indalecio, es que lo veo siempre ¡adentro de mi cuarto! Imagínese usted que de pronto está durmiendo muy quitado de la pena en su recámara, se despierta y ve en el rincón, en medio de las sombras, a semejante cosa. Para morirse del miedo, ¿no, Indalecio? El gato de la clínica, que duerme en mi cuarto, siempre le maúlla horriblemente (de lejitos, claro). Ya ha oído usted los alaridos terribles de los gatos espantados, ¿no? Parecen los de un niño llorando... —yo le hice que sí con la cabeza—. No sé qué sea, Indalecio. ¿Será un demonio? ¿Usted qué cree?

Yo le di la vuelta al doctor porque no supe qué decir. Le dije que le diría a Chepa para ver qué recomendaba... La verdad es que desde ayer eso me trae muy mal, ni siquiera el dedo mocho me trae tanta pena. ¡Pobre doctor! De verdad que sufre. Me gustaría no ser yo quien le ocasione tanto susto, pero lo tengo que hacer. Dice él que lo visita un chango... ¡Ora chango! ¡Qué va a ser! Me han dicho muchas cosas desde que me volví nagual, pero ¿chango? ¡Nunca! Lo he estado visitando las últimas tres madrugadas porque así es el ritual; ya nada más faltan dos visitas. No puede uno llegar de buenas a primeras y echarse a la gente nomás como así. Todo tiene su curso y su método, ¡ni que fuéramos qué!... A mí no me gusta mucho que digamos eso de echarme al doctor. Pero uno, para sobrevivir, debe hacerse de almas buenas, y a mí el doctor se me hace un alma muy, muy buena. Yo lo estimo mucho a él, por eso me va a costar harto trabajo darle cuello; pero ni modo... Es lo que me toca: matar gente es mi condena. ¿Ya qué le voy a hacer?


 


Ilustraciones:
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Eduardo Ramírez Cerdán  (Xalapa, 1995). Narrador. Obtuvo, entre otros, el segundo Premio Nacional de Relato Sergio Pitol 2015. Fue becario de verano en la Fundación para las Letras Mexicanas en 2015 y miembro del taller de narrativa a cargo de Anamari Gomís en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Textos suyos aparecen en 43: la vida detrás de cada nombre (UV, 2015) y en las revistas Círculo de Poesía, Lepisma, Paradigmas y La Palabra y el Hombre.