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CUENTO BREVE / No. 57


 

En el diván



Mario Edain Cuevas Mendieta

 


—Bien, adelante señorita Lucilia, L. sericata ¿verdad?

—Sí. Reservé una cita hace un par de días. Hablé con su secretaria al respecto.

-Por favor recuéstese en el diván y empecemos desde el principio. El procedimiento es bastante sencillo. Trataremos de encontrar la raíz de su... trastorno. Puede usted ponerse cómoda. Le voy a ir haciendo preguntas y habrá de contestarme de manera sencilla, con lo primero que le venga a la cabeza.  Recuerde que la veracidad de lo que me diga será de vital importancia para poder plantear un tratamiento adecuado. Está de más decirle que todo cuanto usted me diga quedará en estrecha confidencialidad entre usted y yo, entre éstos muros y nadie más.

-De acuerdo doctor. Me gustaría empezar diciendo que a mí no me gusta comer caca. Si he de ser sincera, no hay frase más corta que abarque verídicamente el problema por el cual vengo a verlo. La confidencialidad, a éstas alturas de mi vida ya poco me importa. De hecho, me gustaría que usted divulgara mi historia alguna vez, cuando sea posible. Quizás haya alguien allá afuera que esté pasando lo mismo que yo, quizás de alguna manera le podrá ser útil, quizás, quizás.

-Entonces... ¿usted no come caca?

-Así es doctor.

-¿Desde cuándo?

-Desde que nací. Es raro sabe. Sobre todo porque mi madre nos ovipositó a mí y a todos mis hermanos sobre un gran trozo de excremento de perro. Aún recuerdo el olor y me dan nauseas. Lo sé, ni yo misma lo concibo pero la verdad es ésa.

-Así que usted no come caca. Lo tengo. Tal vez sea el origen vacuno. ¿Ha probado usted comer otro tipo de caca, como de zorro, o de conejo por ejemplo? En lo particular, debo decir que la de zorro es mi favorita, aunque también está la de mono y la de caballo ¡puf! Se me hace agua la boca...

-No, doctor, no lo he hecho y no lo haré nunca, nunca, ¿me entiende?, ¡nunca!

-Está bien, está bien, no se ofusque. Dígame, ¿alguna vez la obligaron sus padres a comer caca?

-Sí. Recuerdo una vez que mi padre me tomó en brazos y voló hacia una botella de cerveza. Yo aún no tenía alas dado que estaba en mis primeros estadios larvales. Se paró en la orilla y me dejó caer. Abajo, junto a la botella, había un gran cúmulo de caca en el que caí a toda velocidad mientras escuchaba a mi papá decir que uno no puede negar lo que es, o algo parecido. Quizás lo imaginé o tal vez fueron otras palabras, no lo sé. Lo que sí sé, es que mi madre veía todo el espectáculo con lágrimas en los ojos. No podía concebir que alguien en su familia no comiera caca.

Debo decir que salí arrastrándome de en medio de aquella inmundicia, aguantando la respiración, desfalleciendo, pero sin una pizca de caca en mi boca.
-Correcto. Debo anotar eso. Mientras tanto cuénteme, si usted no come caca, ¿de qué se alimenta entonces?

-Verá doctor, yo nunca he tenido hambre.

-¿Me está usted diciendo que nunca ha comido nada de nada?

-Así es, doctor.

-¡Pero eso es imposible! no hay manera de sobrevivir sin alimentarse, no se puede, no es posible a menos que sea una planta, y usted no es una planta ¿verdad? Cuando recién eclosionó se lo valgo, porque usted se alimentaba de las reservas vitelinas del huevo, pero eso es transitorio... inconcebible, ¡inconcebible le digo!

-Ya sé doctor. Yo misma me lo he cuestionado. Intenté comer fruta en avanzado estado de descomposición como mis primas las drosophilas y nada. Intenté alimentarme de los fluidos corporales de los cadáveres en descomposición como mis parientes las demás califóridas y tampoco. Incluso busqué a las moscas sarcofágidas, especialistas en encontrar nidos de tortuga para ovipositar sobre sus huevos. Le pregunté a sus larvas, que excavaban bajo la arena de la playa para buscar tan preciado recurso. Me dieron a probar un poco de huevo de tortuga y no, simplemente no tenía apetito, así como no lo tengo ahora.

-No lo puedo creer. ¡Caramba! Esto que usted me cuenta es completamente inverosímil y si no fuera porque sus estudios clínicos avalan lo que dice... déjeme anotarlo. Anotaré un par de notas más y también el excelente estado físico en el que se encuentra, a pesar de no haber ingerido ningún tipo de alimento en toda su vida.

-Doctor, me tengo que ir. Le agradezco su tiempo y su dedicación. Creo que platicar con usted me ha liberado un poco. Empiezo a ver las cosas de un modo diferente.

-Pero, ¡no se puede ir! Es decir, aun no acabamos, no le he recetado nada...

-Ya no hace falta doctor. Supongo que al final mi padre tenía razón. Vine aquí tratando de encontrar una manera de poder ingerir algo, de tener hambre, pero sus palabras retumban en mí como una maldición que me ha de acompañar el resto de mi vida. Uno no puede negar lo que es, y yo soy una mosca sin hambre, sí, eso soy. Le dejaré el pago a su secretaria. Quizás nos volvamos a ver. Sí, quizás, quizás.

Y habiendo dicho eso, salió del consultorio con la frente en alto. Me quedé ensimismando en mis pensamientos. ¿Qué debería hacer un psicólogo respetable como yo? Aquella historia que acababa de escuchar y verificar me parecía increíble. Los papeles de sus análisis seguían en mi escritorio, burlándose de mí, llamándome incrédulo con gritos obscenos, apagado en la ironía de saber que ese día no había ingerido alimento alguno.


Un par de semanas más tarde decidí enviar un artículo académico a una revista médica de divulgación, explicando el caso de la señorita Lucilia sericata. Han sido dos semanas en las que no he comido nada, no porque no quiera sino porque no tengo hambre.

He decido salir a buscar a la señorita L. sericata. Hay tantas cosas que quiero preguntarle. Esto que siento, ¿es amor? Quisiera que fuera hambre pero no. Tengo que encontrarla para no comer al lado de ella, el resto de mi vida.

Me lo han rechazado, el artículo, quiero decir. ¡Bastardos! ¡Que van a saber ellos si se la pasan comiendo caca! Ojalá sea de humano.
 

 

 


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Ilustraciones:
Fly Macro, de Terry Crouch www.freeimages.com
 


Mario Edain Cuevas Mendieta. Biólogo egresado de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Recientemente ingresó al programa de estudios de posgrado en Ciencias de la Sostenibilidad de la UNAM. Sus estudios entomológicos lo han llevado a crear textos literarios enfocados en los insectos para dar a conocer la importancia de estos animales en nuestra vida tomando en cuenta la concepción cultural que de ellos tenemos.