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ENSAYO / No. 57


 

Fragmentos de una despedida o el quiebre del sentido



Josué Francisco Hernández

 
 

 

Ensayo_Hern__ndez_1.jpgEs condición de los trabajos y empeños que concluyen conservar, con determinación, el esfuerzo que los dirige, así como con una mirada horizontal apenas lo suficientemente abierta para conocer lo que hay más allá de ella, pero no tanto como para desbocarse.

A menudo, me suena una labor tremendamente complicada la de mantenerse en los márgenes de un tema para condensar, sin demasiada dispersión, la idea que uno quiere exponer. La necesidad de entregar algún trabajo, un producto, un ensayo cuando no se tiene mayor orientación que la aventura incierta al ser arrojado al ejercicio solitario de lo que uno es (o no) capaz de hacer por sí mismo, pone en evidencia lo difícil y terrible que resulta alimentarnos con tanta información y, peor, cuando tantas experiencias se vienen encima.

Es un asunto complicado. Esta idea nace (o, con un aire platónico, me nace) cuando realizaba una tesis para concluir en un periodo de tiempo específico, con lineamientos concretos que los asesores conocen —por una larga práctica en estos asuntos de la investigación— pero son poco capaces de hacerlos permear en la labor de su desconcertado asesorado.

El asesorado, cabe decir, tiene algo de culpa si no es capaz de imbuirse con la sabiduría a la que tiene la oportunidad de acceder por medio de otras figuras. Podría, si estuviera dispuesto a exigírselo, buscar información adicional pero concreta, que lo proveyera de soportes teóricos y prácticos para desarrollar el proyecto de investigación que se ha comprometido a entregar.

Sin embargo, no es poco frecuente y además, me atrevo a decir, es muy clara la brecha intelectual y de vivencia que se abre entre los mundos de los maestros y los aprendices. Los protocolos, formas y costumbres académicas quizás se han ocupado de conformarse únicamente con la relación difícil sin pensar demasiado en qué se hace para abrir, aún más, ese abismo.

No es mi intención hablar del mundo académico; lo menciono porque, tal como he dicho, la idea que expongo aparece a partir de él. Me di cuenta, algo tarde, de que los señalamientos de las asesorías sobre mi trabajo versaban en torno a la necesidad de que yo planteara algo específico. ¿Cómo podía plantear algo específico cuando había tanta materia de interés circundando mi mente? No era una pregunta de reproche, sino de haberme descubierto incapaz de hacerlo con la facilidad con la que me lo pedían. Entonces me di cuenta de que lo que necesitaba, con mayor urgencia, no era rigor científico, sino terapia, una terapia que no creía que pudiese financiar.

El desenlace de esa experiencia poco importa. Lo que me interesa es seguir hablando de cómo cualquier intento por destejer la maraña de ideas se volvía un golpe de rinoceronte, según Arreola lo describe asemejándolo con el arranque del filósofo positivista, excepto que no tenía nunca la satisfacción, siquiera, de haber logrado imprimir suficiente fuerza.

La leyenda hermosa que relata Arreola en el mismo cuento es una metáfora del mundo moderno que, quizás, ha hecho más daño al hacer que uno, a partir de ella y sintiéndose rinoceronte, aguarde el momento de la mañana para develar su naturaleza de unicornio cubierta por piezas oxidadas. Nada sucede. La espera sólo mantiene al rinoceronte como bestia melancólica.

Es, precisamente, la melancolía la que va tornando esa espera en una fatiga convencida de que no hay unicornio debajo sino puras vísceras de rinoceronte. El diagnóstico de Freud en Duelo y Melancolía se cumple en esta melancolía que descubre una pérdida, aunque no pueda definir qué es lo que se ha perdido.

Aquí suponemos que, al menos, ha perdido la esperanza de ver cumplido su destino, pues descubre que no hay nada debajo sino una terrible aproximación a la realidad. Así, dedica su tiempo a ver naufragar sus intereses y pasión por pintar, leer, escribir, correr y por las actividades que, antes, solían despertarle una atención más plena.

¿Qué tiene que ver esto con la introducción académica que he planteado y con el golpe de rinoceronte? En primer lugar, todos esos intereses pueden verse domeñados, según pasa el tiempo, por las obligaciones que trae la vida adulta. Es más importante graduarse por lo que, distribuir la atención hacia otras cosas termina por ser imposible.
En segundo lugar, uno no sabe cómo desentrañar esa problemática serie de abandonos sin sentir que está perdiendo algo. Es decir, efectivamente lo pierde, pero no sabe cómo soportar esa pérdida. Bufa, se encarrera como rinoceronte pero ni siquiera alcanza a dar el golpe que lo satisfaga. Se trata, pues, del umbral de la melancolía. ¿Es ésta la única forma de acceder a ella? Seguramente no, pero sí es una de las más funcionales, para desasosiego del que en esta condición se descubre.

Es de las más funcionales porque permite elegir (se elige un posgrado, un trabajo o iniciar una vida de artista) e, incluso, permite centrar la atención en conseguir tales objetivos, aunque no en mantenerlos; los ánimos han sido ya contaminados por la fragmentación del núcleo con el que se dirige la existencia.

Quedan fragmentos de esos intereses, de las lecturas y experiencias, en general, circundando la mente. Sobre ella se vuelcan los fragmentos con cierto aire tormentoso, provocándole un estado de indecisión.

Podríamos asir algunos de esos fragmentos, decidirnos por algo, y dejar ir los demás. Elegir el olvido, según recomienda Borges, pero hace falta tiempo para lograrlo. No sólo el tiempo corriente que arrastra el pasado, sino el tiempo que se condensa en cada instante del presente. Terminar tal cosa, empezar esta otra, cumplir con esto, zanjar aquello. Simple y triste como lo que Mafalda decreta: “como siempre: lo urgente no deja tiempo para lo importante”.

El asunto es que uno se abruma a tal grado que no sabe cómo darse espacio y convencerse del olvido selectivo. Abruma más que se nos deje caer, a todos por igual, el peso de la responsabilidad individual para ser uno mismo y no encontrar sino la urgencia de cumplir todo lo que tiene que cumplir y aprovechar el tiempo todo lo que se tiene que aprovechar.

Más o menos ése era el panorama que dibujaba para la condición en que me había hallado de repente. Incluso la voz se había quebrado. El habla, último resquicio de la reivindicación del yo y terapia no constreñida por ningún límite institucional ni científicamente probado, se había convertido en un balbuceo que no encontraba sitio, por no ser inteligible.

Ensayo_Hern__ndez_2.jpg El lenguaje mismo se fragmenta. Ya no sólo es la indefinición por encontrar un aspecto concreto sobre el tema de la tesis, a tal fragmentación se le añade la de las palabras, la de una sintaxis rota e incapacitada que no tiene, siquiera, manera de decir, “esto pasa”.

No fue sino hasta ver Adieu au langage de Jean-Luc Godard que comencé a pensar y darle forma a esa idea de lo fragmentario de la vida. La melancolía, igualmente,apareció en el filme o, quizás, mi percepción quiso acomodarla de manera recurrente.

En el folleto que entregaban antes de la función se mencionaba dicha palabra al suponer que el filme representaba la melancólica despedida del cineasta. Con todo, decían, el título jugaba con la ambigüedad. Adieu, en la Suiza francófona, es también un saludo, de acuerdo con el momento en que se utilice. Adieu au langage es, pues, más que la despedida, el saludo a una nueva forma de hacer cine, de articular algo nuevo.

Leía esa previsora explicación sin saber, exactamente, cuál era la manera de mostrar lo nuevo por aparecer y para ocupar en algo el tiempo antes de entrar.

Un texto, entonces, abre el filme: “Aquellos que carecen de imaginación se refugian en la realidad. Queda por ver si el no-pensamiento contamina el pensamiento. ‘Sí’, eso es lo que mejor tenemos, dice Deslauriers”.

En un estilo aforístico, propio de Godard, la frase nos empieza a anticipar algo que aún se nos figura incierto. Tal cual había definido Derrida al epígrafe en su Mal de archivo, este texto nos da el tono, la guía para empezar a mirar. Dar el tono y mirar, Godard nos deja ver, son virtudes del cine.

Sólo después de la proyección entendemos que el director nos expone, en primera instancia, una superposición de imágenes al colocar el título por encima del epígrafe, el texto “3D” sobre el “2D”, de la misma manera en la que lo hará durante toda su película para lograr el efecto tridimensional.

Avanzan las imágenes sometidas a un corte en puntos que, nos parecería, no corresponden con la duración a la que estamos acostumbrados en el cine tradicional. El soporte sonoro inserta, en ocasiones, la llamada Marcha Eslava de Tchaikovsky que, apenas comienza, es interrumpida abruptamente por una nueva escena y el sonido que la acompaña.

Godard empieza a dibujar lo fragmentario con este juego de interrupciones. El espectador pronto se da cuenta de que ahí no hay un relato que contar. A Godard le preguntaron en Cannes, durante una entrevista, “¿Cuál es el mensaje de Adieu au langage?”. “Que no hay mensaje”, responde. Pero sentimos que la ausencia de mensaje no implica la falta de interacción con quien mira.  

Un profesor comienza a hablar de Solzhenitsyn. Lo interrumpe algo que parece una venta callejera de libros, a ésta una pantalla en negro, a esta última, imágenes de archivo, y así se van sucediendo las imágenes de un auto que pasa por la calle, de una mujer sentada a la que un hombre ha buscado con ira y la zarandea violentamente hasta arrojarla de nuevo hacia su lugar, hasta que el montaje parece condensarse un poco en una pareja y las escenas intercaladas de Roxy, una perra.

Todo ese desfile de visiones y de marchas que comienzan y se detienen recuerda a la pretendida omnipresencia de la imagen a través de los celulares y las pantallas. A tal punto es Godard diáfano en esta intención, que coloca una toma que parece registrada por la cámara de un celular, sostenido por una mano que lo eleva y se deja caer para descansar.

La tecnología ocupa una parte del filme, pero refiere a la multitud de imágenes sobre las que la vista salta, así como la música y los sonidos que se detienen para dar paso a otros en una danza que no obedece a ninguna duración estándar. Un mundo variable y múltiple nos rodea. ¿Cómo, entonces, no considerar que la vida está llena de fragmentos que nos rodean? Fragmentos que algo como el cine es capaz de ordenar, de cierta forma, pero no quitarles su condición dispersa.

Pero, si la vida es una experiencia construida sobre fragmentos, ¿qué voluntad consigue unir algunos de ellos con éxito sin preocuparse de los otros? Aquí entendía la deficiencia a la que había caído. Sólo me daba cuenta de la existencia fragmentaria, de todos esos pedazos de intenciones y futuros que no podía cumplir pero no sabía cómo sobrellevar la decisión de dedicarme a algunos de ellos.

En la academia se solicita precisión, coherencia epistémica, una metodología sensata y comprobable. ¿Cómo se puede conseguir tal precisión si se pone, por encima de todo, la frustración que produce no poder armar ni una parte de todos los pedazos que arrastra la historia personal?

En la misma entrevista en Cannes, Godard habla de la superposición de la imagen en 3D para crear volumen y eludir la existencia de lo plano de la pantalla. Esto, sin embargo, se revela como un engaño. Cuando uno ve a alguien, algo, no en el cine, lo ve en tres dimensiones. Si te acercas lo puedes tocar. En el cine, la pantalla sigue siendo plana, hay una superposición de la imagen para hacerla parecer con volumen, en relieve, para asemejarse a la mirada cotidiana, pero no es un relieve susceptible al tacto.

Se me ocurre, entonces, que la serie de actividades que tenemos, la ocupación obsesiva del tiempo con “lo urgente” o lo que es “necesario” hacer, ocurre como una superposición cuando pensamos que, detrás, hay una realidad fragmentada, vasta, inasible por su multiplicidad.

Se me ocurre, también, que tal vez uno no desarrolla su existencia a partir de ese vasto mundo, sino de los escenarios que se le superponen y le dan sentido: la escuela, el trabajo, los roles que se le imbuyen para ser padre o madre, jefe o empleado, doctor, artista y el número de ocupaciones que podamos pensar. Pero, precisamente, al quebrarse, se descubren todos los fragmentos sobre los que estaban superpuestas. Nos refugiamos en la realidad, como el epígrafe nos había anticipado, por dificultades de la imaginación o, más aún, porque la seguridad de una realidad, que se nos había dado de manera tan natural con esos escenarios, proveía la oportunidad para que la imaginación surgiera.

En este punto hallo otra cuestión difícil: ¿apelar a la recomposición o saludar a lo nuevo? Godard dice adieu para despedirse y apuntar hacia el comienzo de algo diferente pero nos muestra que ese comienzo es fragmentario. Si ese melancólico adiós es, a la vez, un saludo a lo nuevo, ¿la fragmentación de los escenarios que le daban sentido a la existencia es necesaria para lograr una despedida y un saludo? La melancolía sería, pues, la condición para develar dicha fragmentación, pero no intelectualmente, sino como experiencia.

Ensayo_Hern__ndez_3.jpg Eso es lo más complicado, porque si sólo tuviésemos que discursar acerca de cómo este mundo se vacía de sentido, de cómo la sociedad se queda sin relato o juzgar el marasmo que queda después del rompimiento de los escenarios y la multitud de imágenes, tal vez nos salvemos de esa fractura o puede que terminemos absorbidos por ella. Como sea, quedan opciones.

Por eso, Adieu au langage constituye una analogía adecuada para la melancolía. Supone una despedida y un saludo al lenguaje; “algo le va a pasar al lenguaje”, decreta la mujer en la proyección. “Algo le va a pasar a las certezas”, nos figuramos sin mucha novedad pero con el temor fundado por el hecho de que algo, igual que al lenguaje, les está pasando.

¿Es posible recomponer lo fragmentado? ¿Es deseable? Volvió a mi mente la sentencia que me había asaltado durante las asesorías del posgrado: yo no necesito rigor científico, necesito terapia para entender, entonces, cómo lograr esa metodología rigurosa para presentar la investigación. ¿Necesita la melancolía rigor científico o terapia? Si necesita terapia, ¿de qué tipo debe ser?

 Abrí las Elegías del Duino de Rilke y me pareció que el grito hipotético, que da pie al poema, es una descripción acertada de esa condición melancólica que, más adelante, se nota en estas palabras:

Es extraño el no seguir deseando los deseos. Es extraño
ver ondear libre en el espacio todo lo que antes se amarró.
Y el estar muerto es laborioso y tan lleno de recuperaciones
que sólo lentamente percibe uno algo de eternidad. Pero los vivos
cometen todos el error de distinguir con demasiada vehemencia.
[…]

Y, posiblemente, uno de los afanes de distinguir con tanta vehemencia, al ignorar la apertura que otorga el saludo y apresurarse por volver a una certeza cualquiera, sea enmarcar los fragmentos —y enmarcarse— en la figura de la enfermedad, acaso porque ésta se dibuja como el camino que recompone el estado melancólico hacia los escenarios funcionales en que se puede seguir siendo alguien y no un atribulado sujeto sin guía.


 

 


Ilustraciones:

Phillip Collier www.freeimages.com
Phillipe Collier www.freeimages.com
Dora Mitsonia www.freeimages.com


Josué Francisco Hernández Ramírez (Irapuato, Guanajuato, 1987). Comunicólogo por la Universidad Iberoamericana Puebla. Se interesa en la filosofía y la literatura y ha tenido experiencia en la docencia y en la investigación. Actualmente es candidato para obtener el grado de maestría en Ciencias Sociales y Humanidades por la UAM Cuajimalpa.