Números anteriores

POESÍA / No. 57


 
Poemas


Ana María Vargas Vázquez


 

I)

Cierro los ojos.

Las palabras se tienden
desde los párpados y
—en la delicia del viento—
el intento lacerante de la memoria
recrea una máscara,
el diluvio del tiempo que se vence.

Los paisajes bajo los párpados
me recuerdan
todas las raíces,
y las ramas del árbol se detienen
en el camino que
siempre se parte, se bifurca.

La vida se contiene como una roca,
una cuerda que se tensa
hasta la cima.

Abajo el abismo y arriba el tiempo.

Aquí comienza el sueño
idéntico a las médulas de las palabras,
los sueños que no tienen forma,
la heredad de las miserias y
las olas que emergen desde lo profundo.

Nadie tiene sed
mientras muere la sed misma,
sin saber que los pájaros cantan
la suficiencia inerte de los sonidos,
el movimiento transparente de
las cosas perdidas.

Cierro los ojos
y todo desvanece:
el esplendor que emerge del
canto
y las hojas que son el lomo del viento;
el aire que se desgrana
desde el encuentro;
las islas huérfanas del polvo y
las sombras que se hinchan en
el fruto.

Entre los párpados
hay el rumor,
la caída que se precipita
desde la anatomía inflexible
de la identidad,
el yo
que no se extingue;
un miedo impenetrable
que niega la certidumbre:
ahí las entrañas bautizan
la emoción del vértigo,
se desangra
el insomnio que es
la nada desde un amor imperfecto.

La humedad lava la conciencia
sin tocar las extremidades,
las manos son el mar en su caída infinita;
los muros se desgastan
en cada conversación monótona.

Mientras caen los párpados
que se miran
adentro
la tierra recuerda sus silencios
encarnados.
Se deshojan las vestiduras
de las aguas que se agrietan
y descienden los ojos.

Desciendo yo en ese adiós
que me despierta.
La noche se desprende;
la sangre se levanta y
las cenizas dibujan
su breve espera;
las playas vuelven
al salitre de las casas viejas.

Yo espero.

Todo es un espejismo
en el interior de los párpados.

Soy.

No hay rostros que observar,
nada detiene los gestos
de los músculos.
Las sonrisas se levantan
como el cuerpo de un rayo;
el silencio es
un fantasma que codicia
el bosque suspendido del fuego y
su figura intangible,
el ritual de sus horas;
la prisa del cuerpo que muere
desde sus recuerdos.

II)

Hay muchos objetos.
La habitación no está vacía
pero cada materia
es una carta que se desvanece,
el recuerdo que no olvido;
elemento vacío de todos los tiempos
en el borde inmenso del mundo,
entre el silencio que es invisible.

En la habitación no hay luz.
Esta soledad habitada
es un concierto
de espacios
en los que me presiento lentamente;
el yo impalpable
que traga mis líquidos,
la saliva que nombra las palabras
y los nombres frágiles
que llenan las breves líneas,
las paredes de la habitación
que es mi cuerpo,
mi rostro
perdido en la sensación
del líquido que
me asfixia
en el recuerdo.

¿Qué es este lenguaje del recuerdo
que me invita a comprender la sutil
embriaguez de la palabra
que es sal,
que es agua breve
en sus aleteos de lenguaje escrito?

Me abruma la habitación
que es una carta que no se borra,
la habitación que me invita
a permanecer despierta
en el dibujo,
en las cicatrices de la noche:
sus músicas son una pregunta
que no son la respuesta.

Y el tiempo.

En esa habitación no hago más
que construir la ruptura
y la continuidad del presente.
Me alimento
de la presencia inacabada
de los recuerdos Y
el atropello del que soy la sonámbula.

Entonces amo el silencio del mundo.

Los hechos antiguos regresan
como una línea,
como una luz que me ignora y
me transforma en un camino inmóvil.
Siento la vida adherirse a la sustancia
de esa ilusión,
al tallo de la vida que se disipa,
los días indiferentes en los que intento,
desde un salto,
presenciar la juventud y
la mortandad de los breves instantes
en los que voy hacia el comienzo.

Y no dejo de ilusionarme.
Me alegro de esa renuncia
en la que soy yo sin más.

Por último
dejo de ser en la habitación
y el cuerpo.
Hace frío mientras el tiempo
transcurre.
Las paredes son el testigo errante
de los pedazos que me contienen.
Vuelvo a la habitación
como volver a mi casa.



 

 



Ana María Vargas Vázquez (Guadalajara, Jalisco., 1982). Estudió Letras Hispánicas y Música en la Universidad de Guadalajara. Recibió una mención honorífica en el Concurso de Literatura ITESO 2001, en la categoría de Poesía. Ha publicado su obra en el Suplemento Cultural del periódico tapatío El Informador, y en revistas literarias locales y nacionales tales como La raíz de la voz, Finisterre, Espejo Humeante y Ventana Interior, entre otras. También ha colaborado en la radio cultural del Estado de Jalisco —hoy C7— con entrevistas a personajes del medio cultural y artístico local, nacional e internacional. Actualmente estudia Filosofía en la Universidad Autónoma de Chihuahua.