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ENSAYO / No. 58


 

Perdóname si te llamo Pep



Joaquín de la Torre

 
 

 

De_La_Torre_1.jpgHoy han venido a ver el partido mis amigos Alcázar y Piceno. Los noventa minutos finalizaron y los tres prolongamos la plática para terminar el resto de las cervezas que trajeron. Sin embargo, mientras discutimos la terrible humillación que sufrió el Barça contra el Athletic de Bilbao, los ojos se me empañan y no puedo evitar repetirme aquello de que la vida es sueño: quienes fuimos testigos del “futbol de autor” que inventó Guardiola —como bien dice Edgar Yepez— estamos condenados a la nostalgia. Vimos lo que hasta el momento ha sido uno de los juegos más hermosos, si no es que el más hermoso, de toda la historia europea. No es coincidencia que Edgar hable de esto en un libro titulado Paraísos vulnerables porque es probable que, después del equipo de 2009/10, no volvamos a ver nada igual. Es probable que sólo nos quede recordar aquella sexta copa; que con el tiempo terminemos estancados en el recuerdo de aquel imperio que conquistó lo inimaginable; que la disputa de las seis copas nos divida a los aficionados, directivos, jugadores y técnicos de la misma forma en la que el imperio de Alejandro Magno se quebró. ¿En qué título nos debemos concentrar el año que viene?

Volamos muy alto y, es cierto, logramos tocar el sol, pero ahora viene la caída. Al igual que Ícaro, pareciera que Luis Enrique intenta volar con unas alas frágiles a las que se les empieza a derretir la cera. Maneja un equipo que Guardiola, como Dédalo, forjó con gran destreza, pero le es imposible evitar que se desbarate en una maraña de plumas. ¿Qué podemos esperar? Es cierto que constantemente nos engañamos con que todo pasado fue mejor. Que constantemente buscamos la tierra de nuestra infancia, aquel ínfimo pedazo de tierra en que transcurrió nuestra niñez, en que tuvimos nuestros juegos y nuestra magia. Que buscamos la irrecuperable magia de la irrecuperable infancia —quizá por lo mismo Messi despierta tantas envidias—. Hay veces que recordamos un gambeteo, una expulsión o un penal, y son esas cosas —los títulos sirven acaso como una coordenada para ubicarnos en la memoria—, pequeñas y modestas, las que adquieren increíble magnitud, sobre todo cuando el aficionado que va a morir con las manos vacías sólo puede ampararse con aquel riachuelo de niñez, tan angustiosamente incompleto, del que está separado por los abismos del tiempo. Es cierto, también, que constantemente buscamos refugiarnos en un pasado idealizado.

Por lo mismo no quisiera pesarlos con las anécdotas de aquel año grabadas en mi memoria. Además, es probable que quien no sea aficionado, o quienes sean demasiado jóvenes para recordarlo, no comprendan el alcance de los títulos y las leyendas detrás: la experiencia de una alegría perdida en la intemporalidad y que, sin embargo, ilumina el presente con su significado, pues cada concepción del partido —y del mundo— necesita ser vivida desde dentro para comprenderse. El hecho de compartir el recuerdo refuerza la pertenencia y el vínculo entre los culés. Pero cómo no caer en el laberinto de la memoria, cómo no extrañar aquellas lecciones que le daba Ronaldinho al pequeño Leo si nosotros atestiguamos, además, la forma en que aquel pibe perfeccionaba el barroco mineiro de Aleijadinho para darle vida a otra cosa distinta, más grande y maravillosa. Tal grado de maestría alcanzó este joven artista argentino que logró replicar la Gioconda de Diego Armando Maradona, sólo para regalarnos años después una pieza digna del Museo del Prado en la final de la Copa del Rey contra el Athletic de Bilbao. Messi, como los artistas latinoamericanos del XIX, vino a hacer la revolución en el futbol, es decir, en el juego es un Ilustrado, de técnica neoclásica, pero su espíritu es totalmente el de un romántico, melancólico la mayor parte del tiempo, pero de arrebatos simplemente geniales. Y sin embargo, ese Messi que aprendió futbol desde abajo, desde las patadas inclementes, desde la soledad y desde el exilio, pudo haber sido otra cosa si no lo hubiera arropado por Guardiola.

Cómo no añorar esos años, entonces. ¿Quién puede olvidar su primer beso, quién podrá olvidar a Guardiola alzando la sexta copa por primera vez, quién…? Aunque algún día ganemos los seis títulos de nuevo, aunque vengan otras alegrías, porque sé que vendrán, nada volverá a ser igual, ninguna podrá comparársele porque entre lo que deseamos vivir y el intrascendente ajetreo en que sucede la mayor parte de la vida, se abre una grieta en el espíritu que nos separa de la felicidad como al F.C. Barcelona de su Guardiola o de su Cruyff. Es por ello que debo advertirle a Luis Enrique o cualquier otro director técnico que venga en el futuro: perdóname si te llamo Pep.

 

 

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Ilustraciones:

Juan Antonio Torrent Almela, www.freeimages.com
Bill Ault, www.freeimages.com

 


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Joaquín De La Torre (Ciudad de México, 1991). Es autor del libro de poemas te soñé / sombra (Ediciones Simiente, 2015). Textos suyos fueron antologados en ¿Somos poetas y qué? (HNE, 2012). Colabora en la revista de artes plásticas y audiovisuales TRAMA Magazine y ha publicado en revistas como Periódico de poesía, Punto de partida, Círculo de poesía, Moria, La Cigarra, entre otras. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. En Twitter se le encuentra como @IoakimDeLaTorre.