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CUENTO BREVE / No. 58


 

Primera impresión



Óscar Muciño

 


Voy en el camión rumbo al primer día de escuela; me preocupa, no soy bueno para las primeras impresiones. Me daba igual retomar los estudios pero resulta que las cosas se engranan y ya voy en un camión rumbo a clase, con una libreta y una pluma en la mochila, como hace mucho no pasaba.

Al inicio era un defensor de la educación, de los beneficios del sentido crítico que nacía de la instrucción, del precio de las conquistas en materia de alfabetización y demás peroratas que vociferé en muchas mesas. Luego me hice el desentendido de esas afirmaciones y me rebelé, deserté. Así pasaron años de envases rotos que ahora no conviene recordar, porque tiempo después volví a desentenderme y busqué llegar de nuevo a las aulas.

Arribé a la clase un poco tarde, pero aún no había comenzado. Mientras recorría el pasillo y al entrar al salón, todos voltearon a verme; los de afuera entraron, otros tomaron asiento, algunos que ya estaban sentados sacaron su libreta, la plática cesó.


Mi ropa “formal” contrastaba con la de mis compañeros, además, seguro la mayoría era varios años menor que yo. Llevaban mezclilla, tenis y playeras negras de variados grupos de rock. Yo, pantalón de vestir, camisa, camiseta y mocasines; creían que era el maestro. Pues entonces daré la cátedra, pensé. Y dije buenas tardes, jóvenes, y ellos respondieron buenas tardes. Abrí mi hoja con el horario mientras caminaba hacia el escritorio; nos tocaba clase de Ética.

Ya sentado saqué mi libreta, arranqué una hoja y la pasé al compañero más a la mano. Anótense por favor, dije, y comenzaron a hacerlo. Alguien de casualidad trae un plumón, pregunté, y una alumna dijo yo. Anoté en el pizarrón: Ética y volteé hacia al grupo, cuestionándolos: ¿qué es la ética? Nadie respondió, hasta que una voz tímida apenas pronunció hacer las cosas bien. Anoté: Hacer las cosas bien. ¿Alguien más?, dije mientras los señalaba con el plumón. Ser honesto, dijeron por la esquina. Anoté: Honestidad. Ante el nuevo mutis pregunté: ¿Qué es la moral? Son los valores, dijo la dueña del plumón. Un compañero se levantó y me dio la lista de asistencia, dije gracias, la tomé y la puse en el escritorio para después anotar Moral y debajo valores.

Etimológicamente, la palabra Ética significa costumbre, comenté con las manos entrelazadas y de frente al grupo, y viene del vocablo griego ethos; mientras que Moral proviene del latín mos, moris, que significa costumbre también. A pesar de esto se refieren a momentos distintos, anoté las etimologías en el pizarrón y los alumnos anotaron, continué, la moral son las reglas, costumbres que hemos acordado en conjunto sobre, como bien dijo la compañera, hacer las cosas “bien” (marqué las comillas con mis manos). En específico, es el conjunto de valores, principios y normas sobre lo que debemos hacer u omitir… Puede repetir, me interrumpió un alumno, y repetí pausado: valores… principios… y normas… sobre lo… que debemos hacer… u omitir.

En cambio la ética, proseguí el dictado, son las normas que nos otorgamos a nosotros mismos tras una reflexión y análisis de la moral. Sociedad, individuo, anoté debajo de cada concepto. Luego, exterior, interior. Porque la moral nos viene del exterior y la ética se construye en la intimidad de la conciencia. La ética también es una ciencia, pues su objetivo último es un paradigma fundamentado de conducta humana valiosa.

Una alumna levantó la mano y le cedí la palabra: ¿No nos va a decir cómo va a calificar o nos va a dar el programa? Sonreí, había olvidado que regularmente el primer día el maestro menciona esas cosas. Miré mi reloj, el profesor llevaba 35 minutos de retraso, y yo ya quince de clase. No, porque no habrá una evaluación; dejaré lecturas y trabajos, eso sí, y tendrán su valor académico, pero no se preocupen, aquí yo no los evaluaré ni calificaré sino que sus participaciones serán su calificación.

Ok, dijo la chica, no muy convencida.

Pero podemos anotar algunas lecturas guía, atajé.
 

Anotaba yo Aristóteles, Ética a… cuando vi de reojo a una mujer, también de vestir, en la puerta. Había imaginado que ya no llegaría y que de hacerlo sería un hombre anciano, pero no, era una mujer atractiva y no muy mayor. Me encaminé a la puerta y le dije al grupo: permítanme un minuto. Salí. Me vio extrañada y me dijo de golpe: ¿Quién es usted?, ¿está inscrito?, ¿cómo se llama? Muéstreme su credencial. Un alumno, contesté, ¿usted es la maestra? No se asuste, ya pasé lista, puede empezar su clase, y le extendí mi credencial. La miró detenidamente, comprobó que la foto coincidiera. Con desconfianza me hizo un gesto para que entrara, se quedó con mi credencial.

Pasé, el grupo miraba desconcertado tanto el ingreso de la maestra y su camino hacia el escritorio como mis pasos hacia el mismo para recoger mis cosas, luego hacia la dueña del plumón, para luego sentarme en una de las bancas de la orilla.

La maestra pidió una disculpa por el retraso y las confusiones. Se presentó, se puso de pie, vio mis apuntes en el pizarrón, luego hacia mí, y los borró. Anotó su nombre: Lluvia Morales, casualidades risibles que pasan, y empezó a comentar la forma de evaluación.

No soy bueno para las primeras impresiones. 

 


 

 

 


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Ilustraciones:
de Gary Scott www.freeimages.com

de tiffiny mack www.freeimages.com
 


Óscar Muciño (Ecatepec, Estado de México, 1984). Estudió letras en la FES-Acatlán, UNAM. Ha publicado cuentos, poemas y ensayos en distintos medios impresos y electrónicos del país, como Punto en línea, Periódico de poesía, Cuadrivio, Clarimonda, Mula Blanca, entre otros. Ha traducido a los poetas del grupo británico Mersey Sound y al estadounidense Richard Brautigan. Fue incluido en la antología poética 40 Barcos de guerra (2009). Actualmente participa en el programa “Fosa de Clavados” de la estación en línea No-fm. Sus textos pueden leerse en el blog: The Solipsista.