Números anteriores

POESÍA / No. 58


 
Poemas


Kenneth Cumba


 

 

Están, estamos alrededor del tapete.
Indiferentes compañeros, o la fórmula en
términos exactos: la incomparable intimidad
del orgullo. Ofreciéndonos a nosotros
mismos y al mundo insobornable, el
espectáculo de una deprimente exaltación.
El Edén al alcance de la mano (también
alguna garra se retrae), floreciendo su
plenitud inagotable. La náusea y el desdén:
no hubo otra respuesta.


Osvaldo Lamborghini

 

 


0.5

Pese a las preventas y cifras acumuladas, de nuevo el desalojo. Esta casa totalmente vacía, un ideograma escrito sobre el vientre, puerta que se cierra al revés de un año. La cartografía de la ruina reina en el interior de los cuartos. El llanto coloreando las esquinas, por decisión crayolas, porciones de este sueño a resquebrajo: mi hermana escuchará al otro lado del planeta. Testigos del tanteo a oscuras, como bolas de polvo o de arena, intentos que son frágiles por afán permanente. (un cementerio de autos en la retaguardia.) Un bosque de bolsas plásticas, de desechos digitales constata nuestro patio. Hay cementerio y la mudanza desconoce que es su aporema. Verme vagabundo de nuevo, equilibrista por alambres de tiza, con el rumbo entumecido. Unos pasos cuadriculados sortearon la rayuela del recuerdo. El colchón entregado a las aceras con vergüenza de homicida. En la intemperie se promete un mejor desperdicio. Pero sucede el sol portátil a todas horas como si dentro del ojo una playa pudiera. La noche suficiente otra etiqueta es de magia ilusoria. La palabra aquí un simulacro no fue concluido. De nuevo el año un despeñadero. El vocablo esquirla que regresa un cuchillo. He dejado abiertas las ventanas. Nota: ¨Cuando cierres la puerta, deja la llave¨.


0.2

En la acera los colchones amanecen baleados. Horda de vagabundos un domingo adoptando trapos. Llegan hasta mi puerta atraídos por los despojos, recelosos con la policía, absortos en la cartografía comarcal del hartazgo. Asistentes del residuo. Prueba de fe constata que ofrendé mi cuerpo, y el rastro de mi cuerpo a los conserjes por un año en mercancía. A plena tarde ahora entre esta camisa. En este par de zapatos viejos que conservo por nostalgia. Mirarme las manos en desalojo junto con la pertenencia. Tirarlo todo al basurero inmanencia por disloque. Es decir continuidad escindida, falacia el algoritmo pegamento. Equilibrar carencias, contabilizar los nombres de la falta, sernos primigenios. La apacible apuesta hacia un parque imaginario, la casa que alboroto en los aviones con la boca corroída. La naturaleza, también, es un desecho perpetuo, y en su puerta mendigos lo hurtan sin saber que se regala. La memoria es marcha en abandono que se subarrienda. En la espuma se refugia lo que el mar devuelve. En el polvo, los meses. Lo que los hombres guardan por un año no puede ser un día. Los mendigos ya no vendrán una vez que me vaya, no me apretarán el puño como a fruta podrida. ¨A veces la basura es un museo chiquitito¨. Como las letras cuando has quemado cada uno de tus cuadernos.



1

El filo surge junto al hueco del segundo en blanco. Cuando el marasmo pronuncia el desamparo y epicentro de la cuerda sostenida. El equilibrista se cuelga sobre el instante y el derrumbe le parece hermoso. Entre la gloria y el asfalto, la ecuanimidad se equidista del desastre. Para horadar el mundo cuesta abajo se requiere exactitud en la caída. Una tibia mansedumbre frente al recibimiento de los resbalones. Suave vocación de barranco tras lo increíble de las certezas.

0.1

Tránsito es lugar adormecido. El cielo se abalanzó sobre la nuca del equilibrista. Mientras pronunciaba el nombre, el equilibrista soñó con sus alas. Su cráneo se adaptó a la brea mucho antes que al aire.


½

El equilibrista ostenta su amor por lo insostenible. El peso debajo de su peso tras el fondo inconsecuente de la cuerda. El precipicio que sugiere ser matriz idónea para el grito. La ruina precedió el estallido. Algunas casas murieron balcones.




i

Estoy escribiendo cartas al vacío, y los cementerios son escasos: alguno que otro remitente de autos, un pasar virtual que apela las ausencias, el ojo intransitado en longitudes hasta el peatón abyecto. La avenida y sus entrecruces, sin subasta anual a foráneo andamiaje. Pero también en gomas, en ciertas aceras y en medio de la oculta paralela de las hojas, un expolio de almanaques se intercepta y al pisar queda reducto y residencia amoratada. Lo insuficiente de la suela es lo que ante el día por porción caduca. La hendidura procesión frontera. El imaginario entronque de sucesos que trama enredaderas por lo pleno, despierta la ciudad y el hilo. Un vibrátil bulevar alcanza el pensamiento. 


ii

Los vagabundos surcos si te acercas. Despertar después un auto mientras llueve. Equilibrar ciudad y peste, alarmar choferes. Los manubrios por antojo de todo acelerado. Algunas cosas son lo que se quiebran: parturientas hendiduras. Pensamientos que se leen mientras llueve.  Gratitud pequeña que viaja un imposible. Detener o dirigirse, como en fruto estribado.  Entre el rechazo y la partida, un enigma del amor: la brea. Suceso llega como hecho salvedad. Puente intermediario que no hamaquea.


---


Ya no sé cómo decir: La voz está cumplida. Así lo creo. El lunes es un pez profundo y lento. Hay un bochorno elemental cuando la rama empieza. Mi voz, por fin entiendo, la escama en los taladros. Mi voz que comenzó cesando un dios temible, accede a ser voluta, esquina junto a la capa de ozono. Mi voz galaxia abierta, medio mundo que se expande. Entiendo el rostro calcinado de las piedras. El agua tornasolada que apesta en las flores. Entiendo llanamente que el tiempo no sucede. Que el día no sucede y pesar de que nos llamen con cuatro nombres distintos, las madres siempre llaman por el nombre completo. Que he llegado tarde a la apuesta de nacer donde mi hijo se pudre como hombre. Que hemos llegado hasta este punto. El tiempo es un musgo de germen lapidario. El mundo es un beso que nos dio en la espalda. El mundo se parece a la palabra nodo. La poesía el intestino que deglute en sus amebas. Puede que tal vez el mundo sólo sea poesía. Una vida abreviada a un ojo, compuesta de recientes descubiertos. Una vista abreviada a su retrato. Y yo que no poseo la paciencia de habitar fuera del ojo. Y la podredumbre del hombre que fue mi hijo carcomiendo las hormigas de la mesa. Por fin entiendo. El mundo se parece hasta este punto. Una vida abreviada a la palabra nodo. Si habitar fuera retrato, la poesía deglutiría sus amebas. Que hemos llegado como un hombre. Y la podredumbre la paciencia carcomiendo a mi hijo. El musgo de la apuesta donde a nacer he llegado. Por fin entiendo. Mi voz es la experiencia de los aires, un medio mundo un cuadro con distintos nombres. Las madres no suceden junto a la capa de ozono. Que nos lleguen como esquinas en voluta las piedras accediendo. Una vista a la que el mundo se parece. Flores lapidarias. Y yo que no sucedo por mi nombre completo. Sea la poesía como el beso, un ojo calcinado que nos da en la espalda. Un bochorno en las hormigas por la galaxia rama. ¿Quién ha puesto un parque en el interior del lunes? ¿Y quién habita el lunes taladrando peces?

---

La estadística es la expresión
más desconcertante de la normalidad.

Juan Villoro


hoy revivo en todas las adrianas. y eso que casi nunca llegé a hablarle. ahora que lo pienso, que pienso en alemanes y su tasa de suicidios, adriana me saluda con la cuerda rota. estamos en la clase de alemán y es un viernes a las siete. su sonrisa rememora algunos colores, y hoy, o sea en ese día como hoy, pienso más que nunca en sonrisas violetas. tal vez es que fuera la ansiedad, tal vez el arrebato o el examen de cada viernes. tal vez es que a esa hora su sonrisa no pudo ser de otra manera. hay un verso de david meza: “nací el 24 de junio de mil novescientos violeta”. me pregunto qué sería para alguien haber nacido entre almanaques amoratados. meza tiene veinticuatro años. adriana tenía veinticinco. pienso que los años no deberían escribirse en números. eso siempre simplifica las cosas. adriana y yo nunca hablábamos en alemán, como era frecuente entre otros estudiantes. adriana y yo siempre hablábamos de cosas sencillas, como por ejemplo del trabajo y de lo saludable que puede ser en ocasiones decidir procrastinar, inclusive cuando se sabe que es lo menos conveniente. negarte por completo a la inmovilidad, como una de las pocas libertades que realmente ejercemos. hablábamos también de lo que hubiera sido de nosotros, de no tener que estar despiertos un viernes a las siete. hablábamos de los sueños, y de lo que hubiera sido de ellos, de no tener que estar despiertos para asistir a un examen. nuestras conversaciones siempre giraron en torno a lo hipótetico. es curioso. podría decirse que nunca ocurrieron. de mis conversaciones con adriana aprendí que es muy distinto imaginar los sueños. nuestras conversaciones siempre fueron breves, el tiempo que nos tomaba el café de la mañana. si decidíamos acompañarlo con fumar, entrábamos más o menos a la misma hora. pero yo siempre tenía algo del café para la hora del examen. parece que para adriana era mucho más complejo mantenerse despierta. si nos veíamos fuera del contexto de la clase, solíamos saludarnos, pero no sin cierta lejanía. había, sin embargo, una complicidad implícita, de caribeños tomando un curso de alemán sin moverse del caribe. nunca he creído en los cursos intensivos, y mucho menos creo en la eficacia de los exámenes. ninguno de nosotros dos pasó la clase. pero ese no es el punto. cada año en esta isla, más de doscientas personas se suicidan. he aprendido que la estadística simplifica los números.

 

 

 



Kenneth Cumba (Puerto Rico, 1992). Estudiante de Literatura de la Universidad de Puerto Rico. Ganador, en la categoría de poesía, del Primer certamen subgraduado de la Facultad de Humanidades (2012). Ganador del Premio Nacional de Poesía Guajana (2014). Textos de su poemario, aún inédito, Nodo, han sido publicados en revistas digitales e impresas.