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CARTOGRAFÍAS / No. 58


 

Cartografías

Nací para viajar más rápido que el sonido


Planos para una ciudad que no existe reúne el trabajo de poetas de Hispanoamérica cuya obra es inédita en México. Propone un recorrido por distintas propuestas y voces de esa tradición de tradiciones que es la poesía en castellano. Son los trazos y las líneas de un grupo de mujeres y hombres que construyen el esplendor y las ruinas de uno de los futuros posibles.

En la obra de Verónica Pérez Arango (Argentina, 1976) la trama que se establece entre los temas (personas, objetos, paisajes y recuerdos) y la enunciación poética permiten la aparición de un espacio donde se desarrolla la demolición de lo que fue la juventud y de las certezas que apuntalan lo que será la madurez. Jorge Posada ha antologado poemas de los volúmenes Un dibujo del mundo, Camping y La desdentada, además de algunos inéditos incluidos en Nací para viajar más rápido que el sonido, disponible para su descarga gratuita.



Verónica Pérez Arango

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  De Un dibujo del mundo*
 
 

La luz del verano
[EL CHOQUE DE los pelícanos...]
Los años felices
[LOS AÑOS FELICES:...]
[SOÑÉ CON UNA yegua marrón...]
[A LA NOCHE nos borramos...]
[ANTES DE QUE llegaras...]
AQUEL DOMINGO FUIMOS al acuario
Naufragios



La luz del verano

El carácter del mar nos mantiene
alejados de las aventuras invernales, los picos nevados.
Nunca vamos a andar en trineo ni a untarnos
grasa de animal en la piel de la cara
para protegernos del cuchillo del frío.
Tampoco pensamos en dormir bajo las plumas
de un cisne o el pelo de un caballo manso.

A esta hora en la playa
nuestras pieles al sol se ven todas iguales
y el paisaje casi no se mueve
salvo por alguna gaviota o una ola
más grande que la anterior.
La arena vira del marrón al blanco porque es
todas las pieles del mundo.

Aquel hombre, por ejemplo,
carga castillos en un balde rojo
y la mujer a su lado se lame los labios.
No siente el gusto de la sal,
nace allí una gota de sangre.
A ellos les gusta dormir en camas con arena
con sábanas que raspan los talones
y las uñas partidas; pero vos
preferís la luz milagrosa del monitor.
Mandás un email a los amigos que están lejos
para darles un pantallazo de tu vida.
Escribís esta playa es idéntica
a otras playas
a todas las playas
que hay en el mundo.

Te alegra la ausencia de variedad
y no sentir que te perdés de algo.
Excepto por el tamaño de las olas
el color de la arena hirviendo
la caminata que se vuelve carrera,
las cosas viven en una medianía
de olor a crema, salitre, sudor y fruta.

Mi traje de baño se repliega como un caracolito
partido en miles de pedazos.



EL CHOQUE DE los pelícanos sobre la chapa del océano
los cangrejos y sus casitas de arena indestructible
y un cardumen tornasolado
festejan
el fin de la tarde monótona.

a Sofía Rocatti







Los años felices

Armar un libro de poemas o una casa nueva.
Poner los vasos o los versos
de un lado o del otro. Acomodarlos
por colores y tamaños. De menor a mayor
y viceversa. Romperlos hasta que las astillas
desaparezcan. Se hagan arena.

Armar un libro de poemas. No escribirlo, armarlo como una caja
abierta, con las maderas que encontrás tiradas en la calle
con los platos sin lavar y las goteras
con los perros y el ruido del camión de la basura
que pasa adentro de tu cabeza y te despierta
a las tres de la mañana


y te deja en vela por el resto de tu existencia.

Armar un libro de poemas u ordenar el placard
de tu hijo donde todo tiene el tamaño de una miniatura,
como haikus de algodón que envuelven sus piernas,
suave movimiento del mundo dentro del mundo. O detener
el tiempo.



LOS AÑOS FELICES:

- los pies de los niños de dos a cinco años.
- las manos de las mujeres de más de ochenta.
- los pelos púbicos de los hombres de sesenta en adelante.
- los muslos de los adolescentes.
- las rodillas de los ancianos.
- la oreja derecha de una telefonista.
- la espalda de un trabajador portuario.
- las uñas de un albañil.
- las uñas de un oficinista.
- tus glúteos.
- mis glúteos.
- las tetas de una mujer amamantando.




SOÑÉ CON UNA yegua marrón
ensangrentados
los muslos y un pedazo de cabeza
chorreaban témpera.

Tintas entre las cerdas
sin establo ni premios una mujer
joven la besaba en los labios
para que no sufriera.

El sueño vuelve siempre
como presagio o recuerdo.
El sueño es denso y viscoso.
y el día no pasa de lo etéreo.



A LA NOCHE nos borramos las ojeras
para hablar de lo importante
de lo que nos creemos
todos nosotros en la comodidad
del presente planeamos una revolución
con bebés armados de nombres sacados de libros.
Porque confundimos ficción con realidad
pensamos en las cosas grandes que haremos
con ellos montados en los hombros del destino.
Evitaremos el naufragio de lo que queda, los restos
del mundo los animales salvajes y las plantas
la gente más amable, las mascotas y los paseos en tren
con una bolsa plástica como prueba de lo que fuimos.



ANTES DE QUE llegaras a casa te veía
sitiado por delantales azules
un ejército de mujeres como lechuzas.
Otras veces dormías
en una cuna transparente
o desafiabas los colores primarios
en un solar hecho a tu medida.

Las mamás que estábamos
usábamos las tetas como brazos
y no podíamos soltarlos. Día y noche
con el manual de instrucciones atado al cuello
debilidad y órdenes levantadas
como edificios construidos en pocos días.

Las mamás que no estaban
dormían en sus camas con sus hijos,
olor a vino, caramelo y leche,
y por las mañanas salían a dar paseos
por el límite con la naturaleza.



AQUEL DOMINGO FUIMOS al acuario para ver
los caballitos de mar.
Caminábamos lento
por la avenida
tu mano pequeña adentro de la mía
palpitaba la primera vez
y las migas pegadas en el sudor de la tarde.
Creíamos los dos lo mismo
que ahí adentro el agua sería cristalina
que los peces
se moverían ágiles
luciendo escamas y aletas preciosas
que las burbujas subiendo a la superficie
serían nuestra música marina.
Los dos creíamos lo mismo. Pero no.
Todos los animales nadaban bajo un agua turbia
y entre rocas repletas
de moho y virutas de alimento balanceado.
Nos costaba ver
a través de los vidrios que estaba prohibido golpear
los tubitos de goma que les llevaban oxígeno
a las branquias anaranjadas
casi no funcionaban.
Había olor a pescado podrido.
Y a los caballitos de mar
no los vimos nunca.



Naufragios


Sube la demanda.
Sube el agua.
Sube el hielo.

Como platitos de café o pelotitas de golf
no cascotes ni tampoco mandarinas
un día cae el hielo perfecto
blanco, esférico, tan nórdico.

Los habitantes de mi barrio cubren
sus cabezas con baldes
sus autos con rezos
de refugiados de una guerra.
Días después y por semanas, en perfecta simetría,
cada casa tiene en el jardín
de entrada un lego de tejas
para armar y amar vidas nuevas de estratega.

Los habitantes de mi barrio tienen vergüenza
de la falta que cubren con nylon o láminas plateadas.
El futuro translúcido cada vez más lejano
un punto achicándose en el espacio.

Son preferibles los destrozos concretos
que se cuentan al día siguiente de la tragedia
cifras que predican en competencias
de estadísticas televisadas y relatos en cámara lenta.

Quien da más pena
Quien sufrió más
Quien salió indemne
Tajos en los vidrios, ampollas en la chapa
moretones en las puertas de madera,
en cada casa y corazón hay tejas estalladas.

Sube la demanda.
Sube el agua.
Sube el hielo.

 

De Camping

 


* Un dibujo del mundo, Liliputienses, España, 2015; El ojo del Mármol, Argentina, 2014.


Verónica Pérez Arango nació en Buenos Aires el 10 de mayo de 1976. Publicó la plaqueta La desdentada (Arte de Tapa, Casa de la Poesía, 2002), Camping (Vox, 2010), y Un dibujo del mundo (Buenos Aires, El ojo del mármol, 2014; España, Liliputienses, 2015). Participó de las antologías Quedar en lo cantado (El fin de la noche, 2009), El Rayo Verde (Viajero Insomne, 2014), Exit 75 (edición a cargo de German Weissi) y La Galla Ciencia Número 3 (España, 2015).