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CUENTO / No. 61


 

La albacea



Alejandro Espinosa Fuentes

 

Oí hablar en una ocasión de un joven que sin motivos demasiado explícitos, quizá sólo para acabar con la eterna duda del qué pasara y del qué será de mí, apagó la luz de su recámara, miró la luna por la ventana, anudó una cuerda a su cuello y dio el salto con el que tantos hemos fantaseado y al que muy pocos se han atrevido. Quedó suspendido tras casi cinco minutos de retorcerse al son del arrepentimiento. El "¿por qué?" y el "¿cómo se me ocurrió?" fueron seguidos por las súplicas y el "auxilio, no, no, ya no quiero", y poco después por la asfixia, el jaloneo agónico que se contrae en la camisa de fuerza del destino y en lo imposible de volver atrás.

Si a este joven lo hubiera conocido en persona no lo recordaría con tal plasticidad —las emociones y la cercanía habrían contaminado mi memoria idealizada—, porque lo cierto es que en la vida, a fuerza de conjeturas, siempre terminamos por saber más de aquello que en realidad no conocimos, y yo a este joven lo conozco; he adoptado su breve historia como otra de mis aventuras —eso podemos hacer los sobrevivientes: aprender o fingir que somos dueños de la inefabilidad— y ahora lo veo en mí o, más bien, lo siento indeleble en la nebulosa de mis recuerdos robados; no necesariamente el día de su muerte, la mayor parte de las veces resumo su biografía en un fino lazo de mi piel, que se eriza al recordar su nombre, un rostro inventado, la discreción, las dudas.

"A ver, Jordi", le dice su padre hincando una rodilla en el suelo, "trenzas así las agujetas y doblas dos orejitas. Las sostienes y anudas una por abajo y otra por arriba". El padre le indica al niño de seis años y el niño aprende, "luego aprietas, aprietas si no quieres estar tropezándote todo el santo día y amarras otra vez, una por abajo y otra por arriba y aprietas", y el niño aprende y amarra ya no sus zapatos escolares, sino la cuerda alrededor de su cuello, aprieta y salta del escritorio a un vacío que nada promete y tanto maravilla, salta y no hay nada que supere la belleza de una muerte en el aire. La alcoba a oscuras y sobre el escritorio un fajo de hojas con su novela inédita.

No sé por qué quiso la coincidencia que treinta y cinco años después de ese incidente me encontrara con las hermanas del suicida. De aproximadamente sesenta años, las señoras entraron a la oficina del Departamento de Literatura de la editorial donde por esas épocas realizaba mi servicio social. Como a todo pasante, a mí debían ignorarme y tomarme en cuenta sólo cuando un encargo inane se presentara. Por lo general, si un autor rimbombante pedía cita con mi jefa, el susodicho llegaba con cara de pocos amigos y se abría paso hasta el incómodo escritorio gris donde la editora, a veces flanqueada por su asistente, lo recibía tras una sonrisa temerosa, y era algo extraño si el autor reparaba en nosotros, los servidores sociales, apretujados en una mesa atiborrada de libros, y hubiera sido más extraordinario aún que además se dignara a saludarnos. De los muchos autores que llegué a ver, muy pocos advirtieron nuestra presencia, la voz magnánima de Jorge F. Hernández nos solía saludar con un jocoso "¡Buenos días, campeones!", y tal vez Jorge López Páez curvó una ceja cuando lo ayudé a acomodar su silla de ruedas frente al escritorio.

Pues bien, como es de suponer, mi encuentro con las hermanas tampoco fue extraordinario, ambas pasaron de largo con monótona indiferencia, y algo más, el fastidio perseguía sus semblantes igual que un perro histérico. Por si eso fuera poco, la hermana mayor (poeta de larga trayectoria, mucho menos laureada que la menor) incluso le dedicó una mirada agria al espacio que ocupábamos, que a sus ojos debía representar un vacío, quizá algo más sólido que el vacío de todos los días, pero una ausencia al fin y al cabo. La hermana menor, novelista de fama y prestigio internacional, guapa, alegre, alta y decidida, le dedicó una mirada nostálgica a la pila de libros que nos camuflaba y puede que esa imagen la devolviera al pasado, al escritorio desde el cual su hermano dio el salto, o puede que relacionara nuestra invisibilidad con el sitio abstracto donde Jordi ahogó el respiro. Ese pedazo de ausencia que por el momento emulábamos parecía relacionarlo con el espacio etéreo donde tuvo lugar el último instante de su hermano con vida; la intangible escena del crimen en la que no había sido posible delinear una silueta, no sin corromper a tientas la frágil oscilación de su cadáver. Tal vez nuestro vacío la devolvía a un dolor inasible cuyas fronteras sólo hubieran podido trazar los ecos de una memoria inventada.

Siempre es triste el instante irreversible en el que un joven descarta por completo la idea del suicidio. Al hacerlo deja de ser joven. De cualquier forma su decisión es vana, redundante, pues muerte y vejez son caras de una misma moneda, y aunque la segunda asuma el ánimo de la supervivencia y, por ende, el cálculo, la cautela y un necio instinto de preservación, ambas se equivalen en el absoluto. La muerte es muerte y no hay más, se encamina en una dirección vaya a donde vaya, así como la madurez, ya que es en ésta cuando uno recorta las puntas de la vida como unas uñas demasiado largas y se resigna a una sola de sus esperanzas. Se elige el sendero —sentimental, laboral, ético— y se dejan caer los años restantes al abismo del tiempo, como quien arroja una piedra a un pozo y la oye chocar hasta ese último ploc que interrumpe el trayecto y sumerge en el espesor de la nada el insignificante recorrido.

El envejecimiento es un suicidio a largo plazo.

La muerte de Jordi ocurrió cuando mis padres aún no habían cometido el feliz error de inventarme y ni siquiera tenían una clara noción de su mutua existencia. Mi padre seguía en el golfo de Alaska, de cara al oleaje, abordo de un buque oceanográfico, y mi mamá, aún horrorizada con la idea de engendrar a un intruso en su vientre, trabajaba mañana, tarde y noche en su tesis de doctorado. Nada que ver con este presente en el que mi padre, pensionado, se refugia en casa las veinticuatro horas por miedo a cualquier imprevisto, y mi mamá, dedicada a mil y un hobbies, sólo me habla para preguntarme el estado de mis inexistentes relaciones amorosas y para averiguar la remota posibilidad de conocer a sus nietos. Mis padres ya trascendieron el instante irreversible del envejecimiento, sería sumamente raro que uno de los dos, súbitamente, decidiera terminar con su vida; sólo que lo hiciera para poner fin a una dolencia física; de no ser así, seguro se limitarán a esperar y morirán tarde o temprano, cuando ya no resistan o, como dice cierta gente, “cuando sea su tiempo”; una expresión tan falsa como errática, "ya le tocaba, ya era su tiempo", dicen e ignoran que el único tiempo del que es posible adueñarse es aquel que rebasamos, el que ya ha trascendido a la memoria y se ha fundido en los parajes del olvido.

Las hermanas tomaron asiento y la editora, ocultando en la sonrisa una suerte de tedioso nerviosismo, recibió de manos de la mayor un sobre que abrió con el mecánico desinterés que sienten casi todos los editores por la literatura. Creo que di un brinquito o una pataleada —los otros servidores rezongaron— al percatarme de que se trataba del manuscrito original de la novela de Jordi, la misma que permaneció en el escritorio y sobrevivió al salto, el legado que dejó a la posteridad no tanto por capricho testamentario ni a manera de explicación, más bien, por orgullo, orgullo de la única cosa a la que pudo ponerle punto final en su vida. 

—¿Todos los títulos van en altas? —preguntó la editora como si hubiera preguntado la fecha o el estado del clima.

Me parecía impactante cómo algo que yo consideraba valiosísimo, casi sagrado, no generaba la más mínima reacción en ella. A las hermanas, en cambio, el manuscrito todavía las afectaba, no como a mí, que emocionalmente era ajeno a la tragedia y lo apreciaba con afán coleccionista, sino de forma irreparable, como un recuerdo del holocausto para una familia judía, o la voz "¡Qué viva la República!" para un exiliado español. El padre de las hermanas y de Jordi, que había reconstruido su vida en suelo mexicano, no tardó en hallar su vocación y en forjar una familia espléndida; si bien el escenario de su biografía no era perfecto, cualquiera lo consideraría un logro, sobre todo tomando en cuenta el horror que había dejado atrás. Un año después de la muerte de su hijo, tal vez con el fin de otorgarle un poco de sentido a eso que para él era un absurdo, le hizo llegar el manuscrito a Adolfo Castañón, quien tuvo una buena opinión de la novela y decidió publicarla. Su éxito fue inmediato y el título se volvió un recurrente lugar común en labios de críticos y escritores. A la par que la fama del libro se extendía, el luto de la familia progresaba. Cada invierno regresaban esas preguntas que seguro Jordi también se formuló al retorcerse en la soga, "¿por qué lo hizo?", "¿cómo se le ocurrió?", pero cuanto más buscaban la respuesta (en el pasado, en el presente y en su obra intemporal) más lejos estaban de aclarar el enigma. Con los años dejaron de preguntárselo y así le dieron pie al olvido. De la misma manera, el mundo de las letras archivó la obra en su banco de desgracias y ya nadie se acordó de rescatarla. En cierta forma, la reedición que se tenía pensado publicar en 2014 representaba un incurable retorno a la desdicha pues, así como mis padres, tanto las hermanas como las letras mexicanas ya habían trascendido el instante irreversible del envejecimiento y hacía mucho que habían optado por ignorar el memorial de los caídos.

—Este poema, ¿por qué está en cursivas?—dijo la editora— ¿Lo pasamos a redondas?

La hermana mayor, la poeta, cogió el manuscrito y, desatendiendo a la pregunta, pasó las páginas y leyó frases entrecortadas: “Si el hombre desaparece, qué importancia tiene que permanezcan libros…”; leyó con complicidad, como si por primera vez pudiera mirar de frente a su hermano, o al espectro de su hermano, leyó con calma y algo de condescendencia: “el intento eterno de conjurar una muerte irremediable…”; desfiló las páginas y se detuvo en otra frase mortuoria: “y algunos remolinos invitaban a hundirse para siempre…”; se llevó una mano a la quijada y concluyó: “tratando de reconocer y de apropiarse el sentimiento de la muerte.”

—¡No puede ser! —exclamó sin despegar la vista de las hojas—. Es que aquí está todo, las cosas que escribía, ¿cómo no lo anticipamos?

La hermana menor, la prestigiosa novelista, le regaló una mirada de consuelo y conmovió el entrecejo.

—¿O mejor dejamos los poemas en cursivas? —dijo la editora.

—Sí, sí —recuperó el hilo la mayor—, mejor dejémoslos como están.

Se notaba a leguas que, de los tres hermanos, era la poeta quien cargaba con el peso del infortunio. Había publicado numerosos libros en modestas editoriales pero, a diferencia de sus hermanos, aún no alcanzaba la notoriedad de los consagrados, no competía en las grandes ligas. Llevaba años mandando sus libros a nuestra editorial con la esperanza de que se publicara su poesía completa —decisión extraña del que ya se sabe acabado y busca finiquitar su obra—, pero una y otra vez la habían rechazado, no creo que la calidad de sus versos fuera un factor que tomaran en cuenta a la hora de negarse (con las grandes editoriales nunca lo es), sencillamente, a la autora le faltaba una razón de peso, que en esos medios quiere decir una razón corrupta, un amiguismo, y aunque amigos influyentes le sobraban —era una literata de café con las puertas abiertas de par en par—, quizá lo que no había hecho bien era convencerlos a ellos, a sus amistades, para que presionaran y manipularan con más tino los endebles hilos del sistema editorial mexicano.

—Me sigo preguntando —le dijo la menor a su hermana—, ¿de dónde se sacó Jordi este mundo decimonónico?

—De las películas —indicó la mayor.

—Y de Henrich Heine —susurré yo, pero aunque lo hubiera gritado nadie me habría oído.

—Es cierto —confirmó la menor—, Jordi veía las mismas películas que mi papá.

La editora, que no parecía dispuesta a perder el tiempo en chácharas domingueras (¡tenía que sacar una editorial adelante!), cortó el palique y devolvió el talante pragmático a la junta. Yo, hastiado, me levanté de mi sitio y, murmurando algo como "voy al baño", salí del edificio a fumar un cigarrillo. Una vez afuera, a la sombra del inmueble, me desahogué en silencio. ¿Por qué la realidad me arrebataba esa ficción tan importante para mis cavilaciones? ¿Cómo se atrevían esas señoras a aterrizar en lo ordinario el fantasioso dolor que tan cuidadosamente había sincronizado a mi piel leyendo y releyendo la novela de su hermano? Yo no pertenecía a ese recinto que desidealizaba la literatura y la convertía en otro párrafo de la realidad insípida, transformando piezas artísticas en cifras, contratos, documentos de Excel, semblanzas, cuartas de forros, cajas de texto... ¡Estúpidas cajas de texto que osan someter y encarcelar los relámpagos de la imaginación! ¡Las aniquilaría!

Interrumpió mis cavilaciones una llamada telefónica de mi madre quien, maravillada, me contó que casualmente se había encontrado en su clase de yoga a María, mi exnovia, una mujer con la que ya estaría casado de no ser por mi pánico a lo eterno.

—Le di tu número —comentó mi madre—. María me dijo que tiene muchísimas ganas de verte. Tienes suerte… la pobre sigue enamorada de ti.

—¡Madre, por favor entiende que no quiero casarme ni tener hijos! ¡Entiéndelo de una vez! —grité en el auricular y al colgar lamenté no tener un teléfono fijo para azotarlo, así que le seguí gritando aunque nadie me escuchara— ¡Al demonio con la necesidad biológica! ¡La descendencia y su cuidado son la peor traición que se puede hacer un ser humano!

No era que no me diera curiosidad la fabricación y crianza de un pedazo de carne recién salido del horno, pero me atormentaba la idea de no poder garantizarle mi protección a ese pobre diablo; jamás lo podría proteger suficiente de este terrible mundo al que a mí, sin mi consentimiento, me arrojaron. Fumé otro cigarrillo para tranquilizarme y volví a la oficina donde las hermanas y la editora seguían hablando de cambios y detalles en el manuscrito. Estuvieron dándole inútiles rodeos hasta que por fin aceptaron que cada una haría lo que le diera la gana y luego se contactarían para fingir estar de acuerdo.

—Pues, ¿qué les parece si sacamos una copia y el resto de las dudas las resolvemos la próxima semana? —apuró mi jefa—. Y así aprovechamos para revisar los derechos y el pago de regalías.

La poeta cogió el manuscrito, cerró el sobre y se le iluminó el rostro.

—Me parece perfecto —replicó la hermana menor.

—Perfecto, sí —convino la mayor y le tembló la voz como un ventanal azotado por el viento—. Oye… ¿y cómo está eso de que ya soy autora de esta editorial?, ¿eso de que necesitan mis datos porque ya soy autora de aquí?

Eso dijo y, a decir verdad, me alegré un poco por ella. Ignoraba a qué mañas había tenido que recurrir, pero al fin la publicarían, la publicaríamos en nuestra gloriosa editorial y el futuro se pondría a desempolvar su fugaz escaño en el mundo de las letras. Lamentablemente, a la revelación le sobrevino un silencio de lo más tenso. La novelista, feliz por su hermana, al principio sonrió dubitativa, como hace quien espera buenas noticias pero no quiere anticipárseles, posteriormente arrugó el entrecejo y liberó la carga poco a poco, conforme la editora dibujaba una caricatura de extrañeza en el rostro.

—Así me dijo tu secretaria —añadió la poeta a pocos instantes de ser vencida por el escepticismo—, me dijo que iba a tomar mis datos porque yo ya era autora de esta editorial.

Los servidores seguíamos trabajando, sin embargo, en la oficina se resintió el brusco cambio de aires. Todos parecían estar atentos al diálogo, pero sólo yo estaba al borde de la asfixia. El gesto de la editora entonces pasó de la duda a la pena; el de la prestigiosa narradora se tornó condescendiente y preocupado y, para remediarlo, agregó una tímida explicación que quizá estaba de sobra:

—Ya ves que te mandó sus poemas para que los dictaminaran —le dijo a la editora y los ojos nerviosos de ésta acabaron por desquebrajar las facciones de la poeta.

—Este año estamos ocupadísimos con los aniversarios —se justificó mi jefa—. Los dictámenes van muy lento y mucho lo hemos tenido que postergar para 2015.

—Ah —dijo hondamente la poeta y extendió la vocal quizá para omitir una larguísima serie de insultos.

—Seguro mi secretaria quiso decir que necesitábamos sus datos para incluirla en nuestro registro como albacea y así transferirle el pago de regalías por la novela de su hermano.

La poeta expulsó un suspiro de fumadora y encajó las uñas en el manuscrito.

—Es que mi hermana siempre ha sabido que ésta es su casa editorial—comentó la narradora y de nuevo, pese a la amabilidad, sentí que se pudo haber ahorrado el comentario.

Mi jefa calló, suspiró incómoda y luego repitió otra vez lo de los derechos. Acto seguido, el gesto de cada una buscó un canal evasivo y en su respectiva privacidad se cristalizó para moldear la necesaria mueca hipócrita, pero la atmósfera ya estaba herida, desencajada, bien podía ser que en medio de las tres, en esa intersección que ninguna se atrevía a columbrar, convergiera una imagen tan desagradable como la del hermano colgado, mecido por la rigidez del triángulo que tensaban sus pensamientos.

—Sí —insistió mi jefa—, era sólo por los derechos, no por una publicación de usted. Fue un error de mi secretaria.

—No, si el error fue mío —intervino la poeta sin ocultar su furioso desagrado y bajó la vista al manuscrito del que estaba aferrada—. Tal vez cuando me muera…

—No digas tonterías —cortó la hermana menor sin perder la diplomacia.

—Sí, te digo que va a ser cuando me muera —exhortó la poeta sin filtro alguno, incitada quizá por los papeles que su hermano había escrito hacía más de treinta años, los cuales no dejaba de observar.

—Este año estamos ocupadísimos —reiteró mi jefa.

—Con el centenario de Octavio Paz, ¿verdad? —añadió la feliz, la multipremiada narradora a la que nuestra editorial casi casi le rogaba para que publicara su nueva novela con nosotros.

—Y también el de José Revueltas— dijo la editora.

—Y el de Efraín Huerta, ¿no?

—Sí sí, y el de Jaime García Terrés, los ochenta años.

Hablaban y hablaban pero la poeta ya no las estaba escuchando. Tardé en darme cuenta pero, cuando por fin me atreví a observarla detenidamente, me percaté de que su cabeza inclinada no apuntaba directamente al manuscrito sino a sus pies. Yo también dirigí mi vista ahí y vi que calzaba unas cómodas zapatillas color azul marino, un calzado simple y elegante, sin cordones, y mi piel se erizó como nunca pues la voz del padre empezó a colarse en mis reflexiones. "A ver, Jordi, trenzas así las agujetas y doblas dos orejitas y una por abajo y otra por arriba". Y me aterró que la poeta estuviera entreviendo un recuerdo similar, uno de su infancia, y también me aterró que hablara en serio y que estuviera lamentándose de no haber aprendido correctamente la lección. Me aterró que se hubiera arrepentido de haber elegido la sobrevivencia, de haberle apostado a la vejez, la otra cara de la muerte, una cara contraria que lo promete todo y a nadie maravilla. Lo temí porque yo, que recién había cumplido los veintitrés (edad que Jordi nunca rebasó), también estaba cruzando ese mismo umbral, y no quería dejarme vencer por un destino absoluto, pero tampoco quería ceder al impulso y que la mejor de mis opciones fuera terminar como Jordi, resumido en una semblanza de cinco renglones. Por esos días, en la editorial había quedado vacante un puesto de asistente (primer peldaño para ascender al horror) y no quería verme enfrentado a la posibilidad de que me lo ofrecieran, pues sabía que los futuros yo de todo ser humano siempre toman las peores decisiones.

Bajé la vista a mis tenis sucios y agujerados, noté que tenía las agujetas sueltas y no encontré fuerzas para anudarlas. En cambio, en mi imaginación los intercambié por unos zapatos de oficina, elegantes, sin cordones, sin aires de salto ni cualidades necesarias para dar brinquitos o patalear por una novela que a nadie le importaba. Todos hablaban del título, del autor, de las altas y las bajas, de las cursivas y las redondas, pero nadie, absolutamente nadie en ese edificio hablaba de literatura.

—Bueno, ¿se necesita otra cosa? —bramó la poeta y aventó el manuscrito sobre nuestra mesa.

—No —contestó la editora—. Si surge algo lo platicamos por teléfono.

—Sí, por teléfono —expresó la hermana menor.

—Por teléfono —terció la mayor antes de salir de la oficina.

La narradora se despidió de la editora y, apenada, volvió a otear nuestra mesa. Esta vez nos dedicó unos segundos de más, pero tampoco dijo nada y no creo siquiera que pudiera distinguirnos.

—¡Ay, los escritores! —bramó jocosamente mi jefa sacudiendo la cabeza, y mis compañeros de servicio le respondieron con una sonrisa burlona y cómplice.

No pude soportarlo y, esta vez sin excusas, salí de la oficina trompicando. Alcancé a las hermanas en el elevador y bajé con ellas sin agregar explicaciones, aunque lo más probable era que no me identificaran como el sujeto que acababa de presenciar el cruento rechazo editorial. Bajamos respetando el silencio empaquetado y al abrirse las compuertas les cedí el paso y me quedé con el brazo atravesado pensando qué debía hacer, si subir de vuelta o huir de ahí; algo tenía que hacer, aún creía que no podía quedarme toda la vida en el umbral de las decisiones fatales. Opté por salir y, antes de que las hermanas rebasaran el portón, me atreví a llamar su atención y formulé una pregunta surgida de un rincón desesperado de mis emociones. Me dirigí directamente a la hermana mayor, la poeta:

—¿Cuál es el punto? —dije entre el grito y la súplica— ¿Cuál es el punto de que publiquen tu obra después de tu muerte? ¿Qué importa?

Las dos me observaron como a un parásito. La novelista decidió ignorarme y continuó su recorrido, la poeta estaba a punto de imitarla cuando recapacitó, bajó los hombros, dio media vuelta y me encaró. Por primera vez me miró como a un ser humano y no como un vacío o un inmueble; creo que sintió empatía de mi fragilidad ya que me dio una respuesta concreta, quizá preconcebida, tal vez una que se había dado a sí misma minutos antes, tras anunciar su tajante designio: "Me van a publicar aquí cuando me muera". "¿Y para qué?, se dijo entonces, ¿de qué sirve la posteridad?" Y al bajar la vista a sus zapatitos delicados no apreció la ausencia de lazos —y, por ende, de salidas— sino la falta de infancia, la vuelta al paraíso de la indecisión.

—Los libros —me dijo— son como nuestros hijos. Y a los hijos, aunque una ya haya acabado de criarlos, siempre vamos a querer que les vaya bien. En eso se nos va la vida, en saber que estarán bien, sobre todo después de nuestra muerte. Lo único que hace falta para morir con justicia es tener esa certeza, la de que estén bien y sean felices.

Mientras la vi alejarse recordé ya no al padre de Jordi sino a mi propio padre quien, pensé, de veras había aprendido la lección. Por eso se la pasaba encerrado día con día, temeroso de cualquier imprevisto. Lo mejor es nunca intentar nada, pensé, no desear nada. Mis tenis todavía seguían con las agujetas sueltas y me hinqué y tomé los lazos, pero no moví las manos, sólo los sostuve pensando que ya estaba en el lugar correcto, lo único que hacía falta era que ese instante no se terminara, que nada prosiguiera, que el mundo no girara sus engranes. Ya me obligarían a moverme, pero eso no tenía importancia, a partir de entonces, si de mí dependía, jamás me volvería a mover de ese instante.


 

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Ilustraciones:
BSK, www.freeimages.com
red2000, www.freeimages.com
carl dwyer, www.freeimages.com
magurka, www.freeimages.com
Samantha Mesones, www.freeimages.com


Alejandro Espinosa Fuentes (Ciudad de México, 1991). Es narrador, poeta, traductor y ensayista. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM. Obtuvo los premios Nacional de Relato Sergio Pitol 2015 y Nacional de Novela Joven José Revueltas con Nuestro mismo idioma (FETA, 2015). Se lo encuentra también en http://alejandroespinosafuentes.wordpress.com