Números anteriores

CRÓNICA / No. 61


 

Común denominador



Aldo Rosales

 

 

Sábado, seis de la tarde. La lluvia, que comenzó como un pequeño telegrama de cristal, es ahora una carta furiosamente tecleada sobre los techos de lámina; de pronto no existe nada que no sea el agua. Me refugio bajo el pequeño techo de un negocio abandonado. Por la banqueta de enfrente, a un lado de las vías del tren, pasan cuatro hombres cubiertos con una bolsa de basura abierta en su totalidad; al alejarse parecen un murciélago que no pudiera emprender el vuelo por tanta lluvia. Detrás de ellos, a unos pasos, hay otro hombre. Voltea a todos lados: lo único que se parece a un refugio es el pequeño techo bajo el que estoy. Me saluda. Sigue avanzando y, de pronto, parece dudar. Se detiene. Por qué no, quizás se dijo. Vuelve sobre sus pasos y corre hacia donde estoy. ¿Me puedo refugiar? Le contesto que sí, que eso no se pregunta: lo que no es de nadie es de todos. Ese techo es de él, es mío. Se sacude la cabeza con la mano. De su cuerpo se desprende un olor a ropa sucia, a pies, a un hombre que no se ha bañado en días. Fuerte la lluviecita, ¿no, vos?  Le digo que sí, que es normal en estas épocas del año. ¿En tu país no llueve en estos meses? Me dice que sí, pero que no sabía que aquí también. Nos quedamos callados. La lluvia dice todo, hay que dejarla hablar. Ella llegó aquí mucho antes que nosotros, ese respeto le debemos.

—¿Tú eres de aquí?

—Sí, vivo como a diez minutos.

Voltea hacia todos lados. Mira mi bicicleta. Por un segundo pienso que quiere robarla. Tal vez le cruzó por la cabeza, pero la lluvia lo hizo pensarlo bien. Se vuelve a sacudir. Una gotera cae entre él y yo. Todo se desdibuja por tanta agua.

—¿Y ya comiste algo?

—No, desde ayer no he comido. Cené, nos regalaron pan en una casa. Pero hoy no he comido nada.

Saco de mi mochila una manzana. Cuando se la doy, veo que usa una muñequera. Sobre ella, un alacrán hecho de alambre de cobre.

—¿Y eso?

—Yo los hago —me dice orgulloso. Arranca casi la mitad de la manzana de una mordida y sigue hablando con la boca llena— allá en Honduras los vendía, sé hacer más figuras, pero éste es mío, éste es para mí. No lo vendo.  

—¿En cuánto los das?

—Depende. Diez, quince.

—¿Lempiras?

—¿Sabés de las lempiras, vos? ¿Cómo?

Le platico de Olvin y Johny, dos migrantes a los que conocí un par de meses atrás. Esa vez, ellos y yo comimos tortas en un local del suburbano. El mayor, Olvin, se comió a cucharadas los chiles en vinagre de la barra. Ellos me platicaron de la moneda de Honduras.

Volvemos a quedarnos callados. Reviso mi mochila, pero no traigo nada más. La lluvia parece amainar. Volteo a verlo: es la primera vez que he visto a alguien comerse toda una manzana. Y cuando digo toda es toda: lo vi masticar el corazón, los huesos. Sólo dejó la rama. Se pica los dientes con ella y vuelve a hablar.

—Ellos me dejaron solo, ¿sí los viste? Veníamos juntos, nos encontramos más acá de Chiapas, no sé cómo se llama por ahí, ¿cómo se llama?

Le digo que no sé.

—¿Y aquí cómo se llama?

—Cuautitlán, Estado de México.

—Ah, ¿ya estamos en Cuautitlán?

—¿Conocías el lugar?

—No, no. Sólo digo. Nos estábamos refugiando en la estación del tren, la que está abandonada, ¿la conocés? Bueno, llegaron las patrullas y nos dijeron que era irnos o quedar arrestados. No estábamos haciendo nada.

—¿Y siempre los molestan los policías?

—No. Hay unos que son buenos. Hay gente buena aquí en tu país, pero también gente mala.

Buenos, malos. Me sorprende que hable así de nosotros (¿hay un “nosotros” y un “ellos”?), en términos tan sencillos.

La lluvia desaparecerá en un par de minutos. Mientras tanto, me cuenta un poco de su vida. Se llama José, tiene 32 años, es de Honduras y va rumbo a los Estados Unidos, aunque a veces ha pensado en quedarse en México. Algunos hombres de Honduras, que volvieron a su país luego de largas ausencias, hablaban de México como una segunda oportunidad (una tercera, en realidad), un premio de consolación. Él salió de su casa para encontrar trabajo, dice que allá las oportunidades son pocas. Se puede trabajar de albañil, campesino, o poner un negocio, pero en su zona las pandillas locales cobran derecho de piso, y entonces la ganancia, magra de por sí, disminuye.

—También por eso me vine, el problema de las pandillas allá es fuerte. Mira.

Se descubre el cuello. Una cicatriz larga, de más de ocho centímetros, recorre su piel. Una más desaparece bajo el cuello de la segunda playera. En el cráneo tiene una hendidura cerca de la sien. Una abultada línea de carne nueva se come casi la mitad de su ceja izquierda. En el hombro hay algo que parece quemada de cigarro, pero más grande.

—O sea, ¿tú estabas con otra pandilla?

La pregunta parece alarmarlo. Niega en automático, pero hay duda en su voz, en sus gestos. Podría jurar que sí, que estaba en una pandilla y fueron sus rivales quienes lo atacaron. A final de cuentas, poco importa eso aquí. No soy yo quien deba juzgarlo, pero como nunca nos volveremos a ver, no quiero quedarme con preguntas.

—No: me confundieron. Creyeron que era alguien más y me dejaron medio muerto. Pero yo no andaba en pandillas.

No ahondo en el tema. La lluvia retrocede pero no se va del todo. Quizás los otros hombres, los que se cubrían con una bolsa de basura, lo conocían, estaban enterados de su pasado y por eso decidieron alejarse. O tal vez de su presente: quizás roba, quizá a ellos mismos los intentó robar. Es probable.

Le pregunto si tiene algo con que cubrirse, me dice que sólo trae lo que lleva puesto, que su chamarra y cobija se las robaron hace dos días. Le digo que vayamos a mi casa, tengo algo de ropa y le puedo dar comida. Duda, y en pocos segundos parece caer en la cuenta de que, al menos por hoy, no tiene otra opción: ya ha oscurecido.

—Y tú, vos, ¿cómo te llamas?

—Aldo.

—¿Aldo? Tenía un primo llamado así. Pero no se parecía a ti.

Ese primo no existe, puedo jurarlo. Todas las veces que he hablado con inmigrantes he notado que buscan algo con qué congraciarse, algo que les pueda servir para establecer un nexo emocional, algo para protegerse. A lo mejor creen que, si ése que les ofrece ayuda tiene en verdad un motivo escondido, una trampa, se detendrá si hay un vínculo afectivo, el más mínimo. Ni lo uno ni lo otro.

—Yo entrenaba artes marciales allá, ¿sabés? No mucho, un poco. Algunas patadas, algunos golpes. Un señor nos enseñaba a todos los niños de la colonia. La patada de remolino, la de hacha, en la que el pie sube y baja, ¡zas!, como un hachazo.

Su brazo derecho sube y cae sobre un tronco invisible. Sonríe. Otra vez se está protegiendo; me dice indirectamente: no intentes nada conmigo porque sé defenderme. Entiendo.

—Mira —le digo al llegar al centro del pueblo, donde todo está iluminado— espérame aquí, voy por la ropa y algo de comer.

—Y zapatos. Si tienes zapatos dame unos.

Lo pide con naturalidad, con desenfado. Casualmente, tengo un par. Subo a la bicicleta y me apresuro hacia mi casa. Al llegar, tomo una chamarra, una playera y unos zapatos. Saco de la alacena un paquete de galletas y un litro de leche. También incluyo unas naranjas. Regreso. Ahí sigue, en la esquina de la tienda. Le entrego todo y de inmediato se coloca la chamarra y los zapatos.

— ¿Y dónde vas a dormir?

Duda. Voltea hacia todos lados y no halla nada. Parece no importarle.

—¿Está cerca la casa del migrante?

—Caminando, como a tres horas y media. En combi a una hora. ¿Quieres para el pasaje?

Me dice que no, que va a dormir abajo del puente vehicular que acaba de descubrir con la mirada. Parece no querer alejarse demasiado de las vías, como si pensara que de pronto México lo va a convencer.

—Oye —me dice sin verme a los ojos— ¿y no será mucha molestia que me des un poco de dinero? Quiero mañana desayunar un café. Es feo despertar y no poder echarse nada caliente en la barriga, vos.

Le doy diez pesos, pero él dice que no, que sólo lo del café. Cuestan seis pesos, le digo, y entonces son seis pesos lo que pide. Me quedo parado junto a él. Callamos. Parecemos perdidos, y es que en realidad lo estamos. Pero a él le basta seguir las vías del tren para hallarse, para entenderse y saber para qué es la vida y hacia dónde debe ir.

Me doy cuenta de que debo irme, de que es todo lo que podemos hacer uno por el otro. Por hoy, y para siempre, son las únicas palabras que cruzaremos. Cualquier otra cosa estaría de más.

Partimos en direcciones contrarias: yo, hacia mi casa; él, hacia el puente.

Es la misma noche la que nos cubre a ambos, la que nos cubre a todos, y sin embargo estoy seguro de que significa algo distinto para él y para mí. Lo que nos hermana, el común denominador entre los hombres, siempre son las cosas menos amables: hambre, frío, tristeza, nostalgia. Creo que alegrías hay muchas, pero existe una sola tristeza en este mundo, sólo una: la noche.

Mientras pedaleo hacia mi casa, la lluvia se corta de repente, como si nunca hubiera existido. Y me parece increíble.

 



Ilustración:
Jova Mickovic, www.freeimages.com
EMiN OZKAN, www.freeimages.com
exsiter, www.freeimages.com
stephanie balhas, www.freeimages.com
 

Aldo Rosales (Ciudad de México, 1986). Egresado de la licenciatura en Enseñanza de Inglés de la UNAM. Autor de los libros de cuentos Luego, tal vez, seguir andando (Río arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2014), La luz de las tres de la tarde (Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2015) y El filo del cuerpo (Ravena Ediciones, 2016). Director de la revista electrónica A buen puerto (www.revistaabuenpuerto.com.mx). Coordinador del taller de creación literaria en el FARO Indios Verdes.