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CUENTO/ No. 62-63
 

Tres cuentos



Alejandro Barrón

 

Las bragas de cecilia

Hace varios años que no he podido conciliar el sueño. ¿La causa? La mujer que está acostada a mi lado, Cecilia.

Cada nuevo día es un suplicio. Verla por las mañanas levantarse, programar la cafetera, meterse a la ducha, salir y encender la radio, beber café mientras se viste y dejar la mitad enfriarse; decirme "hasta la tarde" mientras se encamina a la puerta y me deja en medio de un silencio aterrador.

80%Me levanto, voy a la regadera, lamo las llaves de la ducha y del lavabo, trato de evitar que el vapor me robe el rastro que deja Cecilia. Me paseo por la sala con su cepillo de dientes en la boca, chupo sus huellas. Ahogo mi cabeza un rato en el excusado, intento alcanzar el rastro perdido de Cecilia. Vuelvo a prender la radio y escucho las canciones que escucha Cecilia. Hurgo en los cajones; tiendo sus bragas en la cama y las observo mientras bebo el café amargo y frío que ella deja todas las mañanas.

Entonces vienen los celos; celos de sus malditas bragas, de su ropa, de sus zapatos de tacón, de sus medias, de su andar, de su sonrisa, de las horas que pasa en la oficina, de los hombres que la observan, porque lo sé, la observan en esa asquerosa oficina, en la calle, en el transporte. Siento celos de la silla donde se sienta, de las manos que estrecha y de las mejillas que besa en los saludos de protocolo. Agonizo al pensar en las propuestas veladas y los coqueteos juguetones que a diario le hacen hombres más guapos, o más ricos, o más ingeniosos que yo.

Un minuto o dos o tres de retraso en su regreso a casa son suficientes para hacerme sospechar. La observo desde el balcón. Entra al edificio. Me mira con esa sonrisa burlona, cruel, y me dice lo de cada tarde: "¿estás celoso?", y yo guardo silencio.

Pero mañana las cosas serán distintas. Lo juro.



La mujer que está acostada a mi lado se llamaba Cecilia. Hace unos minutos dejó de respirar y la palidez ha comenzado a invadirla. En la tv no parecía tan complicado ahogar a alguien con una almohada.

Estoy celoso del frío que envuelve su cuerpo. Hubiera deseado ser la ducha y el agua, la taza de café y el excusado, el cepillo de dientes. Habría deseado ser sus bragas, su sostén, sus tacones y su falda. Ahora mismo desearía ser su muerte.

Siento celos de su alma desorientada que seguro ronda por la estancia. Estoy celoso de pensar que pueda encontrarse con ángeles o arcángeles más sabios, más guapos y más bondadosos que yo. Me mata de celos pensar que ella llegue a los brazos de Dios.

He cerrado puertas y ventanas, he tirado las llaves al excusado y he liberado el gas de la estufa.

Seguro hoy podré —por fin— dormir tranquilo.



Romualdo

Antes de dormir, Romualdo se arrodilló y, juntando sus manitas, pidió de todo corazón al Creador que lo convirtiera en un ave, para volar lejos, muy lejos. Y muy alto.

*

80%Aquella noche Dios estaba en su oficina con un par de arcángeles, discutiendo las guerras, la hambruna y las cifras de las pandemias en los países menos favorecidos. Había sido una reunión larga y tediosa, con llamadas de intervención del papa, tres dictadores que se culpaban entre ellos por el derrame de líquidos tóxicos en mares importantes, y una estrella de rock que había decidido fingir su muerte para evadir impuestos.

Dios estaba exhausto en su butaca celestial, se había aflojado la corbata cual vulgar oficinista y jugueteaba con un cigarro.

 —Padre Santo, usted sabe que fumar es malo, le puede provocar el mal del cáncer… —dijo un arcángel.

—¡Pero si el cáncer lo he creado yo, con un demonio! —contestó Dios, irritado.

—¿Me hablabas, Dios? —era Lucifer a través del interfón.

—¡Lucy, viejo rojo y apestoso! ¿Recuerdas cuando creamos el cáncer?

—Oh sí, claro que lo recuerdo; pasamos novecientos años descargando toneladas de cangrejos en la arteria vital de la tierra… cómo olvidarlo.

—Excelente. Dales cortes de manga a los muchachos de la legión treinta y uno de mi parte. Ahora vete al Infierno.… —Dios presionó con desgano el interfón y Lucifer salió de la comunicación. —Y bien, ¿en qué íbamos? Ah sí… Creo que ya han sido bastantes guerras, el momento para que la Tierra tenga paz ha llegado…

El fax comenzó a procesar un mensaje. Dios lanzó furioso el cigarro por la ventana. En la televisión, el noticiero de las 9 reportó la caída de un asteroide en un campo de cultivo en Connecticut. —¿Ahora qué? ¿Ahora qué? ¿Ahora qué?

—Señor, acaba de llegar un mensaje urgente de la Fundación Alas Para Volar A. C. Quieren saber si puede intervenir en un caso especial… —Dios inhaló y exhaló, contó hasta diez en doscientos idiomas. —Gracias, Metatrón, acabo de recibir el mensaje.

Dios tomó el mensaje y leyó: "Querido Dios… nunca te he pedido favor alguno… sin embargo… mi familia… maltrato… vejaciones… ser un ave… volar muy muy alto… volar muy lejos… Gracias… Gracias…". De su manga derecha sacó otro cigarro, lo encendió y le dio una calada profunda. De un cajón tomó un sello, lo entintó y plasmó el papel con letras púrpuras: "Aceptado".

—Bien, muchachos, dejaremos el tema de la paz mundial para nuestra próxima reunión… que será agendada para dentro… de… ciento cincuenta años… Ahora larguémonos al Averno, tengo entradas para el bar Gomorra.

*

Por la mañana Romualdo despertó agitando torpemente sus alas. Se situó en el quicio de la ventana y emprendió el vuelo. No más golpes de papá. No más torturas de mamá. No más toqueteos extraños del tío, pensó.

Cada pensamiento lo impulsaba a tomar una altura mayor. Sus ojitos se humedecieron de pensar que por fin sería feliz, lejos de sus verdugos.

Un estruendo inesperado lo ensordeció. Una de sus alas quedó perforada por balines incandescentes. Perdió el control, perdió altura y se precipitó directo hacia la tierra. En la caída se rompió el pico. Un sabueso lo tomó del pescuezo y lo llevó hasta su amo.

—Vaya vaya, sigue vivo… —aquella voz le pareció conocida, era la de su papá.—Pero lo solucionaré… —Apenas dijo eso, le tronó el gaznate.

Por la noche el padre, la madre y el tío de Romualdo se reunieron en torno a un delicioso pato a la naranja al cual le atribuyeron un sabor particularmente familiar y muy suculento.



Pinche Malena

Aquella mañana se juró a sí mismo que no lo volvería a hacer. La culpa lo invadía al recordar la cadena de ridículos que había hecho las tres últimas semanas. Recordó los rostros socarrones de sus compañeros y compañeras. Sintió coraje.

¿Acaso no se podía controlar? Las burlas le calaban en lo más profundo de su ser. Juró no volverlo a hacer.

Se dijo a sí mismo que no volvería a salir corriendo en estampida al escuchar la alerta sísmica.

80%Meses atrás les había comentado a los de la oficina que él ya tenía planeado un protocolo antisismos, único e irrebatible. Pero nunca hizo declaración alguna acerca del pánico incontrolable que lo invadía apenas el sonido estremecedor de la alerta comenzaba a escucharse.

Sabía que sus compañeros habían logrado descifrarle el alma: era un cobarde.

El orgullo ante todo.

Tenía que limpiar su nombre.

Aquella mañana decidió que al diablo con su protocolo particular, con las alarmas, con los temblores y con sus compañeros.

Se santiguó para cerrar el pacto cuando volvió a sonar la alarma. La gente se levantó de sus cubículos y se dirigió hacia las salidas de emergencia.

—B, vámonos, ¿no escuchas la alarma? —B se acercó al quicio de la puerta de su oficina, negó y la cerró.

Otros golpearon el cristal tratando de llamar su atención, pero B ya no reparó en ellos.

Miró a través de la ventana. Era una mañana soleada.

Dentro de tres semanas sería Navidad y sabía que pasaría esa fecha solo, atiborrándose de pavo y whisky no muy caro. Vería una película y tal vez se dormiría al rayar el alba.

Más que pánico, sintió tristeza: lo único que deseaba en ese momento era que pasara Malena —la culona de la oficina que estaba a tres puertas de la suya— para arrastrarla hacia él y subirle la falda.

Pero no pasó.

Las ventanas comenzaron a crujir. El piso se agrietó. Una nube de polvo brotó del techo.

Afuera la gente comenzó a gritar, desesperada.

Pinche Malena, se lamentó B.


 

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Ilustraciones:
Shauqee Pauzi www.freeimages.com
Kate Childers www.freeimages.com
Rick Tolboom www.freeimages.com


Alejandro Barrón (Tepic, Nayarit, 1987). Es cuentista y poeta. En 2006 ganó la XI edición del Premio Estatal de Cuento Indígena Tlahuitole. En 2014 ENdORA Ediciones publicó su cuento “La patraña hecha hombre” en la antología Cuentos del Sótano V. En 2015 apareció su ópera prima, una plaquette de microficciones titulada Patrañas. Ese mismo año, Playboy México publicó su cuento “El inspector”.