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CUENTO/ No. 62-63

Buenas personas



Gabriela Vidal

 

La reunión parecía encantadora. Había bizcochuelos de chocolate y de vainilla hechos en casa, uno de Juana y el otro de Eugenia. Gina, que nunca supo hacer nada, fue a la mejor panadería por unas palmeritas de manteca que eran un sueño. Y además puso la casa. Un hermoso lugar con parque, jardín y árboles, en el que había dispuesto una linda mesa con mantel a cuadros y recipientes de colores. Desde que conocíamos a Gina, y eso era desde el jardín de infantes, nunca había sido una persona atenta a los detalles ni a las cuestiones del bueno gusto. Pero ese mantel y esos recipientes eran traídos de México, y ella amaba “su México”. Había vivido diez años allá y hacía poco tiempo que estaba de vuelta.

Al terminar la escuela secundaria, Gina estudió Letras. Trabajó en un periódico y se fue del país. Estaba muy triste cuando fui a despedirla: se acababa de separar de su novio de la facultad y ni siquiera tuvo fuerzas para desarmar la casa que habían compartido. Después, apareció con ideas raras: que cómo la gente puede tener tantos hijos, que una mujer tiene derecho a disponer de su cuerpo y hasta decía que se había hecho “zapatista”. ¿Guerrillera? Como quieran llamarlo. ¡Y ni hablar de Dios! Empezó a odiar a los curas. Tenía razón en todo, pero no lo soportábamos. Ella tuvo un hijo y parecía ser amada por aquel hombre que la escuchaba hablar con veneración.

Eugenia estudió Odontología, nunca fue odontóloga porque prefirió dedicarse a llevar las cuentas del negocio de ropa importada que tenía su esposo, hoy un hombre de cuarenta y tantos años y hace veinte el coordinador del viaje de estudios a Bariloche. Tenía dos hijos. El mayor estaba transformándose en un adolescente y ella no podía ocultar lo mal que le caía ese chico. Juana estaba espléndida al momento de la reunión: por fin se había casado, había logrado embarazarse y, aunque más tarde que el resto, estaba cumpliendo, paso a paso, con los objetivos de su vida. También habíamos ido Valentina, Adriana y yo, las solteras del grupo. La primera se debatía entre salir o no con un hombre que la estaba invitando pero tenía el cuerpo lleno de tatuajes, y ella sospechaba de las personas que se tatuaban.

—¿A qué tenés miedo? —preguntó Gina, siempre tan desafiante.

—Los tatuajes son de drogadictos.

—Depende qué drogas…

Eugenia no quería escuchar más. Pensé que iba a taparse los oídos, y tal vez era eso lo que iba a hacer, pero en el camino se arrepintió y, nerviosa, se acomodó el pelo detrás de la oreja.

—Yo me fumo un porro de vez en cuando y…

Yo creo que se calló al ver nuestros rostros.

—Ok. Pero hay mucha gente que se tatúa y no se droga.

Punto final. ¡Qué ricas estaban las palmeritas! Lo recuerdo porque en ese momento yo tenía una en la boca.

Después hablamos de otras cosas. La tarde caía en tonos de dorado. Hoy, después de varios años sin primavera, añoro aquellos días de septiembre cuando el tiempo se suspendía en un amarillo intenso. Después de ese año, vinieron un montón de inviernos-veranos. El aire, el humo, el fuego, la lluvia… todos ellos juntos se habían tragado la primavera. Y no la escupieron hasta mucho tiempo después.

—Lo que sucede es que las chicas no quieren trabajar y eso que hay mucho trabajo, lo que sobra es el trabajo—disparó Juana. Ella era especialista en el tema: tenía un negocio que consistía en ubicar empleadas domésticas, cama adentro o por hora, en las casas más acomodadas de la ciudad.

Y como siempre, Gina tenía una respuesta:

—Pasa que es horrible limpiar la mugre ajena, ¿quién querría hacer ese trabajo?

—Es un trabajo.

—Bueno, pero hay trabajos y trabajos, no por ser trabajo ya tiene que ser bueno. Por ejemplo, ¿quién de ustedes trabajaría en una mina?

Silencio. Eso pasaba con ella: nos dejaba calladas.

Adriana siempre fue tímida, pero esta vez estaba completamente muda. Resulta que quería ser mamá y lo había intentado todo. Sólo quedaba la adopción. Lo que sucedía es que ella ya se había anotado hacía rato en lista de espera y no llegaba su turno. Estaba harta de esperar. Le habían ofrecido algo aunque no se animaba a contar. Después, cuando la noche dispuso el tiempo de los secretos, Adriana habló.

Cuando oscureció, el frío comenzó a sentirse. Gina propuso que entráramos en la casa. Nunca una reunión del grupo de las chicas del cole había durado tanto. Siempre nos aburríamos en dos horas y cada quien a su vida. Pero esta vez queríamos hablar. El esposo de Gina nos ofreció prender el hogar. Era amable y simpático. ¡Hasta suerte en el amor tenía Gina! Habíamos aprendido, entre rezos y lecturas de la Biblia, que a los rebeldes siempre les llega su castigo. Son los obedientes quienes reciben el premio. La nueva vida de Gina iba en contra de las reglas. Justamente ella, que en la escuela nunca tenía las zapatillas que había que tener. Recuerdo una vez, a finales del último año, cuando se acostumbraba rayar todo con frases de despedida, firmas, buenos augurios y caritas felices. Ella andaba con las “Flechas” blancas todas garabateadas por nosotras, sus compañeras, y yo le dije: ¿No tenés otras? Ella, digna: Sí, claro. ¿Y por qué no te las ponés? Porque no quiero. Yo sabía que mentía y decidí humillarla: Es porque no tenés otras. Ella insistió: Sí. Yo: A ver, de qué color son. Amarillas, dijo. Y entonces pasó lo peor: empezó a llover, las “Flechas” se iban mojando calle a calle, charco a charco… Una hora después, a pocas cuadras de su casa, le dije: Ahora cambiate las zapas, ¿no? Y entonces me miró seria y dijo: Sí, es mentira, no tengo zapatillas nuevas. Yo sonreí victoriosa.

Pero la quería. Siempre la quise, era mi mejor amiga. En los años de la infancia, nos gustaba coleccionar cartitas de Sarah Key. Y las cambiábamos. Cada cumpleaños, yo le escribía una a Gina. Ella me dijo que cuando limpió su casa para partir a México encontró una caja entera con mis cartitas y que eso supo alegrarla con esa alegría extraña, la que humedece los ojos porque “ningún recuerdo puede ser feliz”.

—¿Cómo es eso Gina? Suena poético, pero claro que tenemos recuerdos felices.

—No, al ser recuerdo, al ser algo que ya pasó y no va a volver, no es feliz. Está allá lejos y no podemos vivirlo de nuevo. Un recuerdo es ese dolor por pensar en lo que perdimos.

Sí, yo la amaba. Ahora lo sé. Si hubiera sabido más de la vida… Pero siempre supe poquitas cosas, y cómo imaginar que Gina había despertado esos sentimientos en mí. No se ama a una amiga, se ama a un hombre.

Al calor del hogar, Gina descorchó un vino. Ya era bien tarde, pero ahí seguíamos. Nunca voy a olvidar la cara de Gina cuando Eugenia se refirió a una persona indigente como un “negro de la villa”. No dijo una palabra, pero su cara lo decía todo. Yo me sentí tan mal, tan pequeña, tan miserable, y supongo que el resto también. La superioridad moral de Gina, eso fue lo que nos distanció. Al despedirnos, todas prometimos volver a vernos pronto en un asado que haría el esposo de Gina.

Antes, unos minutitos antes, Adriana habló. La semana próxima, ella y su esposo viajarían a un pueblito de Santiago del Estero para traerse un bebé.  

—Total, las chicas son tan pobres que prácticamente los regalan… Nosotros lo vamos a comprar. Ya hicimos el contacto.

Un silencio profundo nos envolvió. Tal vez entró un poco de aire helado porque recuerdo el escalofrío que sentí en  el pecho.

—Ustedes le van a dar todo lo que ese bebé necesita —la voz de Eugenia cortó el hielo.

—¿Por qué lo vas  a comprar si decís que los regalan? —preguntó Gina.

—Para que sea seguro.

—¿Seguro cómo?

—Sí, para que después la madre no lo reclame.

—Pero si lo reclama es porque lo quiere.

—Ay, no seas ridícula. Te digo que son tan pobres pero tan pobres que no tienen ni para comer.

—No entiendo. ¿Vas a robarte un bebé?

—Noooooo. Te estoy diciendo que lo voy a pagar. ¿Qué es lo que no entendés?

—No podés ir a quitarle un bebé a una mamá.

—Te digo que no lo quiere.

—Que te lo dé.

—No, porque después lo puede reclamar.

—Sí, eso ya me lo dijiste. Lo que pasa es que me parece que tu dinero no puede comprarlo todo.

—Vos qué sabés.

Adriana rompió en llanto, Gina le pidió disculpas. Se abrazaron. Al final, Adriana fue por su bebé a Santiago. Durante los primeros años vimos crecer a ese niño hasta que un buen día toda la familia decidió mudarse a Brasil. A diferencia de Gina, Adriana no volvió cada tanto a ver a sus padres y hermanos. Hasta el día de hoy no ha vuelto a poner un pie en este país.

¿Por qué recuerdo aquella reunión que sucedió en septiembre, hace veinte años, justito hoy, a mis sesenta, cuando me falla un poquito la vista y me acaban de confirmar que tengo un principio de diabetes? La vejez avanza con una velocidad que me horroriza y no puedo dejar de pensar en Gina. No la llamamos más. Decidimos borrarla del Facebook, del e-mail, del Whatsapp y de los contactos telefónicos. No queríamos ver ni un pelito de Gina. Íbamos a pretender que nunca existió. Lo decidimos un día:

—Se cree mucho, ¿no?

—Sí, es muy soberbia, siempre lo fue.

—Y muy intolerante, quiere imponer sus ideas todo el tiempo.

—Bueno… Pero ella es así. Siempre fue así.

—Y eso qué. Yo no la quiero invitar más.

—¿Cómo?

—Sí, así. No la llamemos. ¿Para qué? Siempre nos viene a sobrar.

—En eso tenés razón, ¿vieron lo que me contestó cuando le dije de Máxima?

—¿Qué Máxima?

—¡La reina! Yo decía que era una chica muy preparada, muy lista para ocupar su puesto y ella me dijo: puede ser… pero no importa quién sea la reina, lo importante es que seguimos sosteniendo instituciones medievales, como la monarquía en pleno siglo XXI.

—¿En serio te dijo eso?

—¡Y el odio que le tiene a la escuela!

—Es que no bautizó a su hijo.

—No entiendo, tan católica que era…

Todo eso discutíamos aquella tarde mientras tomábamos unos mates en el lugarcito de Güemes que tanto le gustaba a Gina. No fue tan espontáneo el asunto. Fue un plan. Y lo pensé yo. Me molestaba Gina. Su pelo, su cara, su voz. La manera que tenía de expresar sus ideas. Y la forma en que callaba. Me molestaba la falta de pintura en su rostro. No se maquillaba. Ni se quitaba las cejas. Al contrario, éstas se le unían a la mitad de la cara y parecía toda una sola tira en vez de estar cada una sobre su ojo. No era como ninguna de nosotras. Tal vez eso es lo que me atraía tanto de ella. Y no olía a crema. Ni siquiera se ponía un colorcito en los labios. ¡Hubiera besado su boca pálida!


Yo me ocupé de convencerlas. Y ellas, bastante pelotudas, me siguieron la corriente. ¿Cómo lo logré? No sé, lo que sí recuerdo es que fue muy fácil despertar el odio en esas buenas personas. Resolvimos no volver a verla. Nos hacía daño. Yo creo que también nos caía mal que tuviera un hijo, un esposo, una casa.  Es extraño porque la mayoría de nosotras también teníamos eso y las que no, no lo deseábamos en aquel entonces. ¿Envidia?, ¿envidia de qué? Éramos mejores que Gina, siempre lo habíamos sido. ¿Qué tenía ella que no tuviéramos nosotras?

Tal vez yo estaba celosa, pero no podía ni siquiera imaginar que una mujer era capaz de despertar esos sentimientos en otra mujer. Ahora que lo intuyo ya estoy demasiado vieja para arriesgar. La libertad es para los jóvenes, supongo. Por estos días ella también estará viejita y la imagino poniendo una mesa con su mantel a cuadros y sus cositas traídas de México. Podría llamarla, pero no lo voy a hacer. Corre una tibia primavera que la trae a mi mente y quizá esto que me ahoga es el calor. Odio los veranos, y ahora que lo pienso también la primavera. Odio todas las estaciones del año. Odio el viento, la lluvia, el sol, la humedad… Casi no puedo respirar. Su risa, su silencio, sus palabras. Gina me jodió hace veinte años y todavía hoy, sin que pueda explicarme las razones, me sigue jodiendo.



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Ilustraciones:
  Aneta Blaszczyk 
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jefferson noguera 
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Yucel Tellici www.freeimages.com


Gabriela Vidal (Córdoba, Argentina, 1972). Guionista de los largometrajes premiados Familia tortuga, No quiero dormir sola y La vida después. Es autora de la novela Melancólicos (Ediciones del Boulevard, 2013) y del libro de cuentos Paseo con fantasma (Ediciones del Boulevard, 2014). Es también maestra del Centro de Capacitación Cinematográfica y miembro del Sistema Nacional de Creadores de la Secretaría de Cultura del Gobierno Federal. Actualmente prepara su doctorado en Letras en la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina.