Números anteriores

CUENTO/ No. 62-63

Ese día, antes de agarrar camino, mi mamá le encargó a mi papá que le trajera frijol de temporada. Recuerdo que era el último de julio de 1941, yo tenía casi diez años. Ya veníamos de regreso con todo y el mandado cuando lo mataron. Veníamos a caballo procedentes de Miquetla. Antes ése era el modo de ir de un lugar a otro, no había carros ni carreteras.

Mi papá, Lucio Díaz, supuestamente no tenía enemigos, porque él y sus hermanos nacieron y se criaron aquí, en Teayo; y así es todavía por acá, casi una sola familia. En aquel entonces él, mi mamá, mis tres hermanos más chicos Imelda, Plutarco, César y yo, vivíamos en la casa de su mamá, la abuela Celidonia Rocha, que después fue de la difunta Margarita Juárez.



Él se dedicaba a comprar puercos y vacas por los ranchos, y cuando juntaba cinco, diez, quince o más, los llevaba a vender a Cincuenta y Dos. Para llegar allá se iba por Tihuatlán y luego quién sabe por dónde. Yo nunca conocí esos caminos. Te hablo de los tiempos en los que Poza Rica no existía; por allá sólo estaba Cincuenta y Dos.

Cuando venía de vender los animales pasaba a visitar a su hermana, la tía Basilia, que estaba casada con Pancho Vite, uno de los comerciantes grandes de Tihuatlán.

El tío Pancho era, como decimos ahorita, un coyote, una persona que compraba la vainilla barata a las gentes que se dedicaban a cultivarla, y la vendía a una de las familias más adineradas de Papantla, que la llevaba a los grandes mercados y allá la daba a buen precio.

En una de esas visitas el tío Pancho le dijo: “Lucio, qué bueno que pasaste, porque te voy a dar un recado para que se lo lleves a Melquiades. Dile que me dijo el presidente municipal de aquí que se cuide, porque hay una orden de aprehensión contra él. No quiero que tenga problemas. Dile que deje de venir un tiempo, porque si se aparece por acá, cumplirán con esa orden”. Y es que no todos los que se dedicaban a llevar animales a Cincuenta y Dos los compraban. Algunos se los robaban, como el primo hermano de mi papá, el tío Melquiades Díaz.

Cuando regresó a Teayo dio el recado, pero el tío Melquiades tomó las cosas de otro modo. Pensó que mi papá lo había denunciado. De ahí le nació el coraje. Para vengar la supuesta traición buscó un matón, y después se fue a la chicleada, por el rumbo de Campeche. En aquellos tiempos allá era lo más lejos que se iba la gente a trabajar; tomaban un barco en Tuxpan que tardaba quince días en llegar.


Aquella tarde de julio hacíamos el camino de Miquetla a Teayo, precisamente veníamos de comprar una vaca cuando una persona le comentó a mi papá que en Naranjal vendían otra. Pero era sólo una trampa para que el matón se acomodara en el camino por donde pasaríamos más tarde. Seguramente le dijeron “por aquí anda Lucio. Ahora es tiempo”.

Fuimos a Naranjal, nos trajimos la vaca, y con la que habíamos dejado en Miquetla se hizo la mancuerna que él jalaba con una reata y yo arreaba por atrás. En la cabeza de la silla de mi caballo amarramos el morral con el frijol que habíamos conseguido, que seguramente era para unos bocoles pintos.

De pronto, oí tiros. Pero estaba tan chamaco que no supe ni de dónde habían salido ni a dónde habían ido a parar. Enseguida papá me gritó “¡apúrale a las vacas que me hirieron!”.

Eso fue lo que traté de hacer, arrearlas, pero los animales no se movían. Ese día entendí por qué cuando una persona es pachorruda le dicen que carga más sebo que una vaca. Aun herido, él aguantó y las jaló como quinientos metros más. Antes de desvanecerse, intentó bajarse por sí solo del caballo. Todavía alcanzó a decirme “ve a avisarle a tu tío Sixto que me hirieron”.

Nomás lo escuché y que me arranco corre y corre en mi caballo. Pasé por la casa de la abuela Celidonia y ni la vi. Pero ella sí, y dicen que me gritaba “¡ey!, ¿a dónde vas?, ¿a dónde se quedó tu papá?”. Yo sólo pensaba en encontrar a mi tío Sixto en su tienda. Llegué y le dije lo que había pasado, me preguntó que quién había sido. “Pues no sé, le tiraron del monte”, contesté.

Entonces mi tío ensilló su caballo y agarró una carabina que tenía en la bodega. Yo no lo esperé, nomás le di la razón y me regresé a donde había dejado a mi papá. Para ese entonces, del morral con el frijol no quedaba nada, lo anduve regando por todo el camino y ni cuenta me di.

Cuando volví a donde estaba mi papá, ya lo encontré muerto. Detrás de mí llegó mucha gente de Teayo, y entre todos hicimos una parihuela para llevarlo a la casa.

Con su asesinato empezó la desgracia de la familia, porque mi tío Sixto juró que no descansaría hasta vengarlo. Luego luego se puso a investigar y sacó en claro que el tío Melquiades estaba detrás del asunto. Los primeros días lo anduvo venadeando, hasta con lonche se iba a buscarlo al monte, pero te digo que él, una vez que contrató al matón, se fue a la chicleada.

Otro pariente que también se involucró en la rencilla fue el tío Sabino López. Andaba por allá, por el rumbo de Campeche, y tras la desgracia le mandaron una carta en donde le avisaron lo que había pasado, pidiéndole que se viniera para cuidar el ganado que había dejado mi papá, que no era mucho, pero sí había dejado animales. Y se regresó. 


Meses después, el tío Melquíades llegó de por allá y solito se acusó, porque estuvo muchos días encerrado en su casa. No se enseñaba, eso daba a entender que algo temía.

Hasta que un día salió a la tienda de la difunta Eduviges y se recargó en uno de los horcones del corredor. Como justo enfrente quedaba la tienda de mi tío Sixto, éste lo vio y luego, luego que agarra la carabina, la carrillera y los cartuchos. Siempre traía a la mano su pistola, pero sintió que no era suficiente.

El tío Melquiades estaba muy tranquilo, recargado en el horcón, cuando el tío Sixto le llegó por detrás, lo encañonó y le dijo “mira, así se matan los hombres”; entonces aquel se dio la vuelta para ponerse de frente, y al hacerlo que le llega el primer tiro. Al horcón donde estaba recargado le quedó una marca, porque unas postas pegaron ahí y otras más sí le llegaron al cuerpo.

Ya herido no pudo sacar la pistola, entonces corrió adentro de la casa de la difunta Eduviges, que estaba ahí mismo, junto a la tienda, yo pienso que ya no halló qué hacer, se sintió herido y acorralado.

Terminó escondido debajo de una cama y mi tío Sixto sin pensarle tanto lo siguió hasta ahí, le gritó varias veces “¡sal de ahí, te voy a matar como al desalmado que que eres!”. Enseguida, llegó la familia del tío Melquiades y se lo llevó moribundo, pero minutos después falleció.

Entre llantos y sollozos mi mamá dijo “este es el día del juicio”. Pero no paró ahí el asunto, porque mi tío Sixto enseguida se fue a buscar al tío Mauro Díaz, hermano de Melquíades, para matarlo también. Quién sabe por qué. Él andaba trabajando por el rumbo de Ojital  —por allá tenía un terrenito— y al oír que en Teayo hubo disparos agarró camino, y que se encuentran. Ahí mismo se enfrentaron.

Al tío Sixto le tocó una posta, una sola, entre cuero y carne, y lo único que pudo hacer fue meterse al monte. Tiempo después nos contó que se guareció bajo un cedro grande y grueso, de esos que había antes. El otro ya no hizo por buscarlo y se vino a Teayo.

Estábamos lamentándonos enfrente de la casa de la abuela Celidonia, y en eso que llega corriendo en su mula el tío Mauro Díaz y atrás de él el tío Sabino López, que ya se había puesto al tanto del asunto. Aquel brincó de su yegua al suelo, al tiempo que le jalaba el gatillo de la carabina —ellos sabían de armas porque eran cazadores de venados—. No lo mató, sólo lo hirió, porque el tiro fue de lejos. Una sola posta le entró, en el músculo que tenemos detrás de la pierna, pero con ese tuvo.

De esos tiros le tocó uno sin querer a un chamaco de los que estaba lamentándose con nosotros. Por eso frente a la casa de la abuela Celidonia en lugar de uno, cayeron dos.

Mientras tanto, la gente se aprestaba para acompañar en el velorio del tío Melquiades. Mi mamá, que hasta el último día de su vida lloró el asesinato de mi papá, también fue. Te digo que en Teayo éramos y seguimos siendo casi una sola familia. Ella qué, no era la culpable de lo sucedido y así lo tomaron las demás personas, por lo que nadie vio mal que llegara a velar y rezar por el descanso eterno del hombre que había mandado matar a su esposo.

Fue una cosa triste, un muerto y tres heridos. Aunque nosotros no supimos de mi tío Sixto en ese momento, porque él, una vez que se dio cuenta que el tío Mauro Díaz no hizo por meterse a buscarlo al monte se fue –sangrando y cojeando– a Ojital, donde toda la gente lo conocía.

Llegó a la casa de un señor que se llamaba Herlindo y le dijo “maté a Melquiades en Teayo, luego me agarré a balazos con Mauro y me tocó una”. El señor lo atendió y le avisó a la gente de la comunidad que tenía un amigo escondido. También les pidió discreción y que lo ayudaran a llevarlo a Tihuatlán.

Así fue. Cuando supieron de quién se trataba, nadie se negó. Cargaron a mi tío en una parihuela, y yo creo que esa misma noche o en la madrugada del siguiente día llegaron y lo escondieron en casa de la tía Basilia y el tío Pancho Vite.

Como éste estaba bien relacionado con las autoridades de allá, fue y le dijo al presidente “tengo a mi cuñado en la casa, está herido, quiero que me ayudes. Si te vienen a decir que tengo una persona escondida, tú ya sabes de qué se trata. Quiero que me apoyes en eso. Yo lo voy a mandar lejos, pero después de que se alivie”.

Una vez aliviado, el tío Pancho le dio dinero al tío Sixto para que se fuera una temporada a Campeche, no me acuerdo cuánto, pero no fue mucho. Luego de ese tiempo, regresó a Teayo.

Para entonces los enemigos ya se habían ido: Mauro a Coatzintla y su otro hermano, Mundo Díaz, pa’ Álamo. Aunque este último nunca se metió en el pleito; al ver la situación decidió irse de aquí. Por allá murieron.



La familia quedo mal, luego de eso pasó mucho tiempo para que hubiera armonía. A nosotros nos sacaron de la casa de mi abuela Celidonia, y mi mamá y yo terminamos de criar a mis hermanos con la venta pan y tamales; pero ella nunca más nos hizo bocoles pintos, por eso pienso que el frijol que le encargó a papá aquel día y nunca llegó era para eso.

El tiempo no me ha aliviado, seguido sueño con el día en que mataron a mi papá, Lucio Díaz. Recuerdo llorando. Me vuelvo a dormir y lo vuelvo a soñar.



Más cuentos aquí...


Ilustraciones:
 Michael & Christa Richert www.freeimages.com
Benjamin Earwicker www.freeimages.com
Mark woodward www.freeimages.com/


Karina de la Paz Reyes Díaz (Castillo de Teayo, Veracruz, 1984). Es comunicóloga por la Universidad del Golfo de México, campus Orizaba. Se ha desempeñado como reportera en varios periódicos de circulación estatal. Ha publicado los cuentos: “El Xipe descabezado” y “Cruz de cal, lunar de sombra”, en la revista Punto en Línea de la UNAM; así como “Munda”, en la sección Cultura y Letras de La Jornada Veracruz. Actualmente es integrante de la Dirección General de Comunicación Universitaria de la Universidad Veracruzana, donde funge como reportera y coeditora de Universo, el órgano oficial de comunicación.