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No. 7/CUENTO

 
Cofradía íntima



Marcos García Caballero


en memoria del doctor Héctor Ortega

A

Estaba orgulloso de ser el primer hombre al que se le ha practicado un trasplante de sombra. Ayer terminaron los doctores la operación. Desde el principio me dijeron que dolería un poco pero era imposible aplicarme anestesia, así que con ánimo estoico soporté la intervención. Me explicaron que mi sombra había enflacado y que con el tiempo se disiparía... Que por eso me colocaron la sombra de un gordo.

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Pero, ¿qué fue de aquel gordo al que le fue extraída la sombra?, dije inmediatamente desde mi cama de recuperación. Murió, contestó el doctor, así que por esta vez decidimos arriesgarnos. Esperamos que, dada su fisonomía, no tenga repercusiones ni efectos secundarios, concluyó.

—¿Efectos secundarios, doc? —repuse  un poco alarmado.

—No se preocupe —dijo él, con una lámpara portátil apuntando a mi brazo—: levántelo.

Tal como indicó el doctor, levanté el brazo y en la pared del cuarto de recuperaciones se proyectó, sobre el tapiz,  una sombra nueva y completamente diferente a la mía, es decir, a mi ex. Era la forma de un brazo tan gordo que me  daba la impresión de que las capas de carne resbalaban desde los dedos hasta el hombro. Con curiosidad  giré la cabeza hacia mi brazo para ver si era el mismo, y lo era: el mismo brazo de siempre, sólo un poco pálido por la falta de sol y la luz inhumana y triste del cuarto de recuperación.



B

Hoy salí del hospital. Mi esposa vino a recogerme, y cuando desde lejos la vi, entre la puerta de pacientes y visitantes, estaba atendiendo los protocolos convenientes y arreglando el papeleo para mi salida.  Yo miraba la televisión de la sala de estar del hospital y ella, al verme, abrió la puerta y corrió con gusto a saludarme; feliz, me levanté de la silla y quise abrazarla, pero noté en su rostro un gesto de desagrado que no entendí. Al voltear atrás comprendí todo: mi sombra era inmensa, tanto que ocupaba la mitad de la sala de estar y los demás pacientes en recuperación me dijeron que no estorbara y que los dejara ver la transmisión de las carreras. Mi esposa sonrió nerviosa y yo también. Supongo que son irregularidades que con el tiempo se aplacarán, dije, encogido de hombros, aunque mi sombra no pareció encogerse. Te ves más gordo, me dijo mi esposa. No, le respondí,  acuérdate cómo me veías flaco antes de entrar al hospital, es por la sombra nueva. Traté de calmarla: ¡Sombra nueva, pues entonces vida nueva! Y tras estas palabras bajamos las escaleras del hospital, donde los doctores se despidieron solemnemente de mí, agregando que si tenía algún problema no dudara en llamarlos. No, no habrá ningún problema, sólo tengo que acostumbrarme, eso es todo. Así que subí al coche y dejé que mi esposa manejara hasta la casa mientras me hacía preguntas sobre la operación.



C

cofradia-mzacha.jpgEscribo estas líneas a la luz de una vela. Nunca había visto una vela que no proyectara sombra alguna en la noche. Mi esposa se negó a hacer el amor conmigo cuando entramos al cuarto y no fue necesario el conciliador "apaga la luz" después de una serie de caricias, pues mi sombra era inmensa y formaba un manto de oscuridad tal, que ella se espantó tanto que comenzó a discutir conmigo y a reclamarme que no fue una buena idea mi trasplante de sombra. Entendí que, como de costumbre, la discusión la ganaría ella. Los doctores dijeron que con el tiempo mi  sombra anterior se disiparía, aullé mientras ella cerraba la puerta para irse a dormir en el sofá de la sala. He marcado al beep del doctor que me operó y él me ha llamado diciendo que lo que experimento es algo parecido a la agorafobia pero al revés, lo mejor, propuso el médico, es que se duerma. Ya verá como mañana todo funciona con perfecta normalidad. La sombra terminará por adaptarse  al tamaño de su cuerpo, concluyó.



D

Han transcurrido dos semanas desde la operación, durante las cuales me ha ocurrido una serie de desgracias sumadas a las naturales de la condición humana: fui despedido de mi empleo como diseñador gráfico por traer esta horrible mancha impregnada al cuerpo (ahora no encuentro otra forma de llamarla), porque la luz es de vital importancia para nuestro trabajo y yo no he podido ni siquiera dibujar una caricatura a lápiz bajo una lámpara. (Ahora escribo casi a ciegas pues la luz de la vela se ve cada vez menos.) He regresado desesperado al hospital y el policía de la entrada me ha negado el acceso por haberme confundido con un vagabundo. Sólo espero. ¿Será o no será? Espero que algún día pueda salir de esta situación. Ya no pienso en mi sombra, más bien me repito mi nombre para reconocerme en medio de esta oscuridad.

 


Ilustraciones:
  mzacha. www.sxc.hu
  bury osiol. www.sxc.hu

Marcos García Caballero (México, 1973) es narrador, ensayista y poeta. Obtuvo el Premio Nacional de Narrativa Joven “Salvador Gallardo Dávalos” en 2002 por su primera novela Edad en el alba. Es autor del libro de poesía Infinitos dispersos (Ediciones Alforja, 2001). Actualmente es representante de Alforja en Aguascalientes y trabaja como maestro de iniciación artística.