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ENSAYO / No. 65

¿Qué es una calle?



Iván Ramírez

 

En “Una fantasía gigantesca”, Fernando Escalante nos ofrece su concepto de calle: una serie de trazos materiales que dan sentido a una ciudad, que se distinguen de una brecha o un zanjón por su carácter de cosa pública, y que deben cumplir con una serie de requisitos muy obvios: asfalto, pintura, alguna forma de alumbrado, indicadores de nomenclatura y ciertos detalles de decoración. Resumiendo, las calles sirven para ordenar el espacio tanto común como privado, en sus múltiples usos.




Al leer esta definición o caracterización del concepto dada por el autor, viene a mi mente un indeterminable número de kilómetros de calle (o no calle) que he recorrido. Y es que si se sigue fielmente lo planteado por Escalante, muy pocas, de las muchas que he caminado, cumplen con esas características, y, aun así, realizan su función: la de dar sentido a un determinado espacio geográfico. Entonces, ¿qué es lo que otorga sentido a un asentamiento urbano, digamos, a una colonia?

Y es que recuerdo más de un lugar en el que lo dicho por Escalante no tiene verificativo en el espacio. Me parece preocupante que su definición y lo que muchos conocemos como calle tenga tantos puntos en pugna, como si el concepto y la realidad fueran incompatibles. Y no digo esto sólo por una especie de rivalidad amistosa entre sociólogos que fomenta la formación académica, sino por el simple deseo de reflexionar en torno a preguntas como: ¿qué es eso que camino todas las mañanas al salir de mi casa y en las noches al llegar a ella?; o, ¿cómo podría llamar a eso que caminé en aquella colonia de Villahermosa, Tabasco, donde las casas se ordenaban a partir de los tubos de alcantarillado?; ¿es Madero, a pesar de todo el comercio que tiene, en realidad una calle del Centro Histórico de la Ciudad de México?

Para fines prácticos, sólo tomaré la primera cuestión, ya que el tiempo pasa rápido, las ocupaciones son tiranas y los días de la semana no permiten más que eso; la agitada vida de la época contemporánea no ofrece descansos para reflexionar: o te sientas a escribir, estudias para los exámenes finales o trabajas para comer.

Podría decir que en el barrio en el que vivo (no hay necesidad de llamarlo por su nombre, existen muchos con las mismas características. Es mejor que cada lector le imprima una fisonomía particular) no existe eso a lo que Escalante denomina calle (pero por comodidad lo llamaré de esa forma), pues la mayoría de dichos trazos materiales carece de alumbrado, no hay pintura que señale la distinción entre asfalto ni banquetas; y en algunos casos éstas ni siquiera existen. Lo que sí existe, y en abundancia, es la decoración urbana, obra de chicos y chicas que ponen color a las paredes del barrio (algunos murales más logrados que otros, pero al fin decoración). Es necesario decir que no todos los vecinos están de acuerdo con el estilo del decorado, y en su afán de terminar con esas expresiones plásticas han puesto litros y litros de pintura sobre los murales hechos por los más jóvenes, pero como dice una canción de Tex-Tex, un grupo de rock urbano mexicano, “no los puedes ignorar / […] es su forma de comunicar / su forma de protestar”. Y es que en una sociedad donde los jóvenes cada vez cuentan con menos oportunidades de tener algo seguro a lo cual sujetarse, alzar la voz, o en este caso las brochas, es una acción necesaria. Ya lo dijo Pablo Fernández Christlieb: El presente y el futuro para los jóvenes no es líquido, como dice Zygmunt Bauman, es mejor decir que está liquidado… o algo así afirmó en una conferencia.

Lo que también está liquidado en mi colonia es el orden, pero el orden rígido de los reglamentos municipales en lo referente a la relación entre el espacio público y el privado en cuanto a las calles. Cualquier sábado desde muy temprano es común el ver en la calle alguna estructura metálica con una carpa blanca, o de cualquier otro color, dificultando el paso de los transeúntes; es decir, algo que es público (la calle) se vuelve, de un momento a otro, un espacio privado: una extensión del patio de algún vecino que ese día celebra un bautizo, una boda, unos quince años o cualquier otra cosa.

Se ha vuelto algo normal. Muchos vecinos, aunque no lo expresan abiertamente, están de acuerdo con estas prácticas, lo que me hace pensar en la siguiente pregunta: ¿existe en la práctica un orden mayor al establecido por las leyes y reglamentos oficiales? De manera rápida y sencilla podría responder que sí, aunque a muchos les incomode esta respuesta; el barrio en el que vivo funciona de esta manera. Se ha llegado a crear una especie de desorden que da orden a los días y las calles en la colonia.

No es mi deber en este escrito juzgar si todo lo anterior es bueno o malo. Como se suele decir, sólo estoy poniendo las cartas sobre la mesa mientras otros ponen las mesas sobre las banquetas, pues en un par de horas anochecerá y será el momento en el que las familias salgan a las calles en busca de tacos, tortas o algún postre para saciar el antojo del momento o el hambre acumulada de todo el día.

Como se imaginarán, las calles de mi barrio nunca descansan, hasta en altas horas de la madrugada están ahí para guiar a casa a algún ebrio que regresa de una fiesta o un bar, o para encubrir algún asalto o un allanamiento a cierto local o determinada casa. Aun sin satisfacer todas las características que plantea Escalante, me parece que las calles de mi barrio cumplen con su función principal: dar orden y sentido a la colonia, lo que me hace pensar que tal vez no sea tan necesario reflexionar sobre qué es una calle y qué no, pues resulta difícil llegar a una concepción que satisfaga a todos.



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Ilustraciones:
Chico Antonio Tiago Eduardo www.freeimages.com
Marcelo da Silva Franco www.freeimages.com


 

Iván Ramírez (Texcoco, Estado de México, 1994). Egresado de la Licenciatura en Sociología por la FES Aragón, UNAM. Se ha desempeñado como promotor cultural y actualmente participa en el programa de fomento a la lectura Islas de la Lectura del Programa Universitario de Fomento a la Lectura Universo de Letras.