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CUENTO/ No. 65

Primer sueño divino



Adán Núñez Luna

 




Antes de crear la luz, Dios dormía en las tinieblas. No había entonces destello que turbara su sueño ni ruido alguno; pues las bocas aún no eran creadas y la oscuridad llenaba de sombras los ojos que nadie abría. Ni siquiera un ronquido, ni siquiera un respiro. Arrullado en ese abismo, el Gran Señor se sumía en sueños donde no transcurren los minutos, y donde un instante, que abarca lo que uno de sus dedos, puede durar más que todo el tiempo. Sueños que tampoco dividen lo real de lo ficticio, porque esa distinción turbó a Descartes, pero para Dios no tiene ningún sentido. Lo real, lo ficticio: para los hombres, un problema; para Dios, un sinsentido. Y es que cuando Él soñó no pudo soñar más que lo que es. Pues si el principio de no contradicción nos dice que lo que es no puede ser y no ser a la vez, entonces Dios, que soñó y sueña desde que tiene vida, sólo puede estar soñando lo que es. ¿O es el principio de no contradicción una ilusión? ¿Es real, es ficción?...

Absorto en su primer sueño, Dios comenzó a imaginar más de lo debido. Pensó que su mundo onírico sería inocuo, pero se equivocó —¿o es que yo, ensoñación que es y que no es la que escribe esto, soy el que está equivocado?—, porque olvidó que nació con un don extraño: del mismo modo en que sus palabras se convierten en hechizos capaces de crear la luz, las imágenes que sueña van creando las pesadillas o los idilios de la realidad entera.

Lo primero que soñó fue algo para poblar la infinita primera soledad. Se le ocurrió inventar un objeto mágico que multiplicara su propia imagen en muchos seres semejantes a Él; y entonces, puliendo y cristalizando con su aliento una de sus lágrimas, creó el espejo (¿Será por eso que cuando en el espejo nos miramos nos vemos reflejados en un ojo que no miente?). Cuando lo terminó, Dios se colocó frente a él pero no pudo mirarse, porque un ser eterno no tiene reflejo. ¿Cómo reflejar lo que no cambia, lo inmóvil, lo que no nace ni muere? Y no obstante, como Dios era omniscio, comprendió que la invisibilidad que el espejo reflejaba era su propia desnudez divina. “Así —dijo— que ésta es la imagen de mi desnudo cuerpo”.

Al comprenderlo, se entristeció tanto que decidió no sólo soñar al tiempo, sino encarnarse en él para poder tener un cuerpo que pudiera reflejarse en el espejo. Entonces comenzó a imaginarse para sí un cuerpo extraño, casi repugnante, porque cuando lo eterno se interna en el tiempo cambia su pureza en inmundicia. Pero al fin pudo contemplarse en el espejo. Tenía dos ojos por los que miraba y en los que se miraba y, efectivamente, el espejo multiplicó sus reflejos. Al contemplarse así, Dios pensó: “Esta criatura está hecha a mi imagen y semejanza, pero la noto y la siento enferma. ¡Qué repugnante es haber caído en el tiempo!”. El Altísimo pensó que con los días se le pasaría ese malestar y decidió continuar con su forma nueva. Pero mientras más pasaban los días, Dios se sentía peor. Un día sintió algo parecido a la nostalgia, y al otro, algo como un sinvivir; entonces se preguntó: “¿Qué demonios he soñado?”. Al preguntarse esto, el Omnipotente se dio cuenta de que padecía el peor de los infiernos: la duda. Entonces comenzó a dudar de todo, a preguntar por todo. “¿Qué hice? ¿Qué es esto? ¿Soy yo el del espejo? ¿Aún sueño o ya estoy despierto? ¿Qué es lo real y qué lo ficticio?...” Miedo, por primera vez el Altísimo sintió el miedo. Pensó que si permanecía en ese estado caería en la locura de no distinguir lo efímero de lo eterno. Fue entonces cuando, con la última lucidez que le quedaba, gritó con todas sus fuerzas “¡fiat lux, fiat lux!” y sólo así salió del tiempo, porque la luz le espabiló el sueño. Desde ese entonces comenzó la Creación que conocemos. También, desde aquel momento, Dios le tuvo más miedo a la duda que a Satanás, y decidió encarcelarla en un lugar más seguro y más alejado que el infierno: la cabeza y el pecho de los hombres.




 

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Ilustraciones:
Thomas Ricks www.freeimages.com
Thiago Rodrigues da Silva www.freeimages.com


Adán Núñez Luna (Estado de México, 1989). Es egresado de la licenciatura en Filosofía de la Facultad de Estudios Superiores Acatlán. Ha publicado ensayos y poemas en Gaceta FES Acatlán, Monolito y La sombra de Prometeo. Ha participado en los eventos literarios De tu piel al paraíso (Xalapa, 2015) y Moebius. Poetas nacidos en los 80 (México, 2016). Mereció el tercer lugar en el octavo concurso de poesía El libro que rompe nuestra de la mar congelada (2013); fue ganador de Postales literarias II. Segundo certamen de cuento breve y política (2016), de cuya antología formó parte; recibió una Mención Honorífica en la categoría de cuento breve en el Concurso 47 de Punto de Partida (2016). Actualmente estudia la licenciatura en Letras Clásicas en la Facultad de Filosofía y Letras.