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CRÓNICA / No. 65

Ponele sangre



Mariano del Cueto

 

Vamos, vamos, Argentina,
vamos, vamos, a ganar,
que esta barra, quilombera,
no te deja, no te deja
de apoyar.



Bernardo y yo estábamos de viaje por Europa cuando fue el mundial de Brasil 2014. Cambiábamos con cierta frecuencia de ciudad y de país, y por eso vimos varios de los partidos junto a la enorme cantidad de turistas e inmigrantes, seguidores del equipo en turno. Así, por ejemplo, la inauguración Brasil-Croacia con bombos, samba y camisetas amarillas de tantos brasileños que conquistaban un considerable porcentaje de las mesas largas de madera en La ovella negra, un bar de Barcelona; por no hablar de todos los partidos de México que, allá donde uno fuera, siempre encontraba un séquito, a veces pequeño, cuyos miembros en no pocas ocasiones se pintaban en la cara una bandera verde, blanca y roja, y cuya nariz fungía como el pico del águila del escudo. También vimos jugar a la selección holandesa en Groningen y a la alemana en Bremen. Pero un equipo faltaba en nuestra lista: Argentina, que esa noche jugaba la semifinal contra Holanda.


Nos encontrábamos en Palermo, Sicilia. Esos días, además de recorrer la ciudad y seguir las recomendaciones culinarias del dependiente de la tienda del Palermo Futbol Club, habíamos visitado la asociación antimafia Addiopizzo que, entre otras cosas se encarga de hacer una red de comercio justo que combata la extorsión mafiosa en los pequeños y medianos negocios, para que cualquiera se pueda adherir y así debilitar, por un lado, los ingresos económicos de las familias mafiosas y, por otro, fomentar un comercio crítico. Entre los negocios que participan hay bares, restaurantes y hostales; el nuestro no pertenecía a esa red. Quién sabe si tenía nexos mafiosos o no. No pudimos averiguarlo. Se llamaba A casa di amici, y en la sala principal había una televisión lo suficientemente grande para que varias personas, de distintas nacionalidades, pudiesen ver los partidos del mundial.

Ese día regresamos del recorrido citadino con el tiempo suficiente para cenar y que nos tocara un lugar en esa sala multirracial. Me acuerdo que de día, mientras paseábamos, deseábamos ver el juego en un lugar donde hubiera argentinos —de preferencia desaforados—, no sólo porque probablemente, como aficionados, hicieran más explícita su pasión que los holandeses sino, sobre todo, porque con estos últimos compartimos el juego donde, con un penal que no era, México quedó fuera de la competición.

Llegamos al hostal después de haber cenado unos panini, olvidándonos un poco, no del juego, sino del selecto público con el que queríamos compartirlo, entre otras cosas porque éramos conscientes de lo poco probable que era eso. Pasamos unos momentos al cuarto, Berni se dio una ducha y yo me adelanté a la sala común. Nada más llegar, una conversación estrepitosa —y decir estrepitosa en Sicilia es mucho decir— salía de la cocina:

—¿Vos preparás la cena? —escuché en acento gaucho.

—¿Y perderme los himnos? Ni en pedo.

La alegría que me dio enterarme de que nuestros anhelos se habían cumplido fue tal, que cerca estuve de intervenir y decirles: "No se preocupen, yo me encargo". Por pudor y dignidad, menos mal que me contuve. Lo que sí hice fue averiguar cuántos eran. ¡Siete argentinos!, fue la respuesta. Además de lo obvio: asegurarme que se quedarían en ese living a ver el partido.

Cuando los comentaristas italianos dieron las alineaciones, la sala estaba retacada. Además de Bernardo y los siete argentinos había un grupo de austriacos —integrado por ocho mujeres y tres hombres, todos menores de veintidós años y, por lo que mostraron, muy poco aficionados al futbol—, el dueño del hostal —un italiano que pasaba los sesenta, que se presentaba como un ocurrente simpático que evidenciaba más bien su torpeza y poco tino— y un matrimonio de hippies con una hija no mayor a dos años que, por lo regular, y durante el partido Argentina-Holanda no fue la excepción, estaba desnuda.


***


Televisión prendida, alineaciones anunciadas:

Holanda: Cillessen, Vlaar, De Vrij, Martins Indi, Blind, De Jong, Van Persie, Sneijder, Robben, Kuyt, Wijnaldum.

Argentina: Romero, Garay, Zabaleta, Biglia, Pérez, Higuaín, Messi, Mascherano, Demichelis, Rojo, Lavezzi.

Los siete argentinos eran todos estudiantes de universidad, de distintas carreras. Habían aprovechado, como yo, que uno de sus amigos estaba de intercambio en alguna facultad europea para verse y viajar por allá. Iban a un ritmo de turista vertiginoso: en dos días, con un coche alquilado, habían dado la vuelta por Sicilia. Ése era su primer día en Palermo, aunque no alcanzarían ahí ni siquiera las veinticuatro horas, pues al día siguiente volaban a las seis de la mañana rumbo a Grecia. Parecía que la única pausa que se daban, además de la necesaria para dormir, era la no menos obligada para ver los partidos del mundial.

Sonaron los himnos.

Primero el holandés; luego el argentino:

coronados de gloria vivamos,
o juremos con gloria morir.


La televisión evidenció los silbidos provenientes de la tribuna mientras sonaba el himno argentino.

—Están resentidos los brasileños —dijo uno de los compañeros del hostal en tono explicativo. Un día antes, Brasil había perdido de manera bochornosa frente a Alemania 7-1.

Comenzaron a corear tres de ellos, en alusión a una canción que se popularizó en este mundial:

Brasil, decime qué se siente
tener en casa a tu papá...
Te juro que aunque pasen los años
nunca nos vamos a olvidar...
Que el Diego te gambeteó
que Cani te vacunó
que estás llorando desde Italia hasta hoy

A Messi lo vas a ver
la Copa nos va a traer
Maradona es más grande que Pelé...


Arrancó el partido. Los argentinos con los que me encontraba, que por alguna extraña razón no traían pintada la cara, ni siquiera una bandera, pero obedeciendo al canto, no dejaban de alentar:

Vamos, vamos, Argentina,
vamos, vamos, a ganar…


Quizá todo el partido, pero sobre todo los primeros noventa minutos consistieron en anular el juego, suprimir el riesgo, evitar a toda costa que el rival atacara.

—Dale, Argentina, haceme feliz —clamaba alguno.

—Venga, que desde el ochenta y seis que no salís campeones, y desde el noventa que no llegás a una final—suplicaba otro.

—¡Ponele sangre!

Sin embargo, pese al grito ininterrumpido a mi alrededor, reinaba el aburrimiento, sobre todo en el partido. Más bien, dentro de la pantalla dominaba la cerrazón, el antifutbol; afuera, el jolgorio convivía con la desesperación, la angustia, las uñas mordisqueadas. "El precio de no ser sorprendido es no sorprender", declaró Valdano.

—Haceme un tipo alegre, Argentina —pedían a mi lado.

Al minuto catorce hubo un tiro libre a favor de la selección albiceleste. Cuando Messi se perfiló para pegarle, le gritaron:

—¡Vamos, marciano, anotálo!

Pero como no lo aprovechó, como lo mandó al lugar donde estaba colocado Cillessen, el portero holandés, se quejaron:

—La concha de tu hermana.

Minutos después, a una altura del mundial donde la afición argentina ya era consciente de la valía de Mascherano, el más destacado de ese partido, peleó un balón en el aire, chocó cabeza con Wijnaldum y tuvo que salir en camilla para ser atendido.

—No, Mascherano no, ¡por favor! —exclamaron.

—La puta que te parió —agregó otro.

El Jefecito Mascherano regresó íntegro al poco. Se aliviaron, sobre todo después de una jugada de peligro holandés en la que el árbitro abanderado marcó un fuera de lugar a Robin van Persie.

—Cómo sufro, la puta que te parió.

Minuto 39. Holanda tiene el balón controlado en su lado, Argentina presiona. Kuyt toca con Vlaar, y éste a su vez con Nigel de Jong, que es anticipado por una barrida de Mascherano. La ofensiva argentina busca por dónde, pero tarda más de lo deseable. La jugada no es aprovechada, pierde el vértigo.

—¡Vamos!

—Carajo.

De los siete argentinos casi todos comentaban las jugadas; varios de ellos desahogaban, como podían, la tensión. Uno, sobre todo, hacía comentarios sensatos, y Bernardo y yo de repente podíamos conversar con él. Era el más enterado. Los austriacos no decían una palabra, al menos no con la intención de que todos la escucháramos, aunque sí de repente murmuraban entre ellos. Los hippies arrullaban a su niña, y más bien mostraban desinterés hacia el partido. Quien sí hablaba mucho, para demostrar su poca gracia y sus pocos conocimientos futbolísticos, era el dueño del hostal. Como uno de los argentinos hablaba bien italiano, procuró no dejar comentario sin respuesta, de un modo medianamente civilizado, pese a que ese posible palermitano, además de no simpatizar con Argentina, era francamente inoportuno.

Medio tiempo. Pausa que aprovechamos varios para fumar y conversar un poco con los huéspedes. El nerviosismo, por parte de ellos, no cesa; el asombro, por parte de las austriacas —los hombres hace tiempo ya se aburrieron—, tampoco.

Cinco minutos después de empezado el segundo tiempo, Mascherano vuelve a presionar, obliga a que el rival la pierda, por lo que Lionel Messi recibe un pase desde la media cancha y se perfila rumbo al área rival mientras le gritan:

—Hacéla, hombre perro, meté gol —en alusión al famoso texto de Hernán Casciari en el cual describe que una tarde, mirando un video de Messi, se percató de que por más patadas que le dieran y faltas que recibiera no se caía, ni perdía de vista el balón como si fuera un enfermo, un perro. O un hombre perro.

Sin embargo, la defensa tulipana, bien ordenada, lo impide.

De los siete argentinos que veían el partido, no me aprendí el nombre o el apodo de ninguno, salvo el del Negro. Sin duda uno de los hinchas más efusivos con los que he convivido. Su grito favorito, al menos el más repetido:

—¡Ponele sangre!


***

El partido está por llegar al minuto noventa. Messi agarra el balón delante de media cancha, avanza, se quita a dos y se acomoda para dar un pase que entra al área, donde se encuentra el Kun Agüero:

—Demostráme que sos, Agüero, demostráme que sos.

Éste no se decidió a tirar ni a dar un pase por lo que la oportunidad fue desperdiciada. Yo no estaba seguro a qué se referían: si a un asunto meramente ontológico o a la posibilidad de que se tratara de un farsante.

—Vamos, carajo, Agüero.

—¡Qué nervios! ¡Por favor!

***

El juego, mucho más cerrado que aburrido, se va al alargue. En la sala la tensión argentina, naturalmente, aumenta; la atención austriaca, por otro lado, ya desapareció por completo de la pantalla, sólo se fija ahora en los protagonistas del hostal.

Al minuto 98, Robben dispara fuera del área. El tiro carece de veneno, y Romero, el portero argentino, lo ataja sin aparentes problemas:

—Bien, Romero, bien.

El primer tiempo extra termina. Es una síntesis de lo trabado que fue todo el partido. Sobre todo: denota cansancio.

El segundo tiempo empieza, retrasan un balón para el portero Cillessen que es mordido por Agüero, pero que por segunda vez en el partido hace un recorte arriesgadísimo en el borde del área chica quitándoselo de encima.

—Ay, Agüero, ¡venga!

Cinco minutos antes del final, probablemente en una de las jugadas más claras del partido, Rodrigo Palacio (que tenía poco de haber entrado) recibe un pase elevado dentro del área, la deja botar, quizá bota demasiado, y solo frente al arquero decide rematar de cabeza a las manos de Cillessen. Y aquí sí se desbordan. Hay ira, desesperación.

—La concha de tu madre.

—¡Carajo, no puede ser! —gritan.

—¡La que te acabas de perder, Palacio!

Desde ahí comienza a manifestarse un aire más tenso de lo normal, bastante incrédulo. Antes de acabar el segundo tiempo extra, el silencio de la sala ya es total. Sólo de pronto se oye, en tono melancólico, mucho más silencioso de lo que habían mostrado:

—Penales, qué nervios, Dios mío.

—Si perdemos, boludo, la noche será larga…

En lo que Sabella, el director técnico de la selección argentina, daba la lista de los cinco cobradores, a mi lado ya no platicaban, algunos se levantaban y parecía que preferían ahorrarse los penales. Recurren otra vez a las uñas, a los abrazos esperanzadores, no salen a fumar, tampoco hacen caso a la comida ni a la cerveza.

Poco a poco, conforme aparecen los cobradores y los jugadores se reúnen en el medio del campo, recuperan el aliento:

—Cómo sufro, la puta que te parió.

La lista está lista: Holanda: Vlaar, Robben, Sneijder, Kuyt, Wijnaldum. Argentina: Messi, Garay, Agüero, Maxi Rodríguez, Biglia.

—Dejálo todo —suplica uno.

—Ponele sangre —insiste el Negro.

—Qué sufrimiento —dice otro con más resignación que esperanza.

Antes de que aparezca el primer cobrador, Mascherano sale mirando de frente a Romero. Se puede intuir que le dice:

—Esta noche te convertís en héroe.

Aparece Vlaar frente a Romero. A mi lado escucho, entre rezos:

—Callá la boca de toda Argentina.

—Calláme la boca, Romero.

Romero detiene el penal; los argentinos se transforman, festejan, están fuera de sí.

Messi se prepara para cobrar el primer penal argentino.

—¡Vamos, sobrehumano!
­
—¡Gol! ¡Gol!

Festejan, se abrazan, siguen fuera de sí. Corean:

Vamos, vamos, Argentina,

vamos, vamos, a ganar,

que esta barra, quilombera,

no te deja, no te deja

de apoyar.



Viene Kuyt. Se callan. Anota.

Garay, por parte de Argentina, hace lo propio: 1-2.

Turno de Sneijder.

—Vamos, Romero, otra vez.

El portero argentino detiene el penal. La alegría vuelve a desbordarse. Se suben a los sillones, gritan, agitan los brazos.
Después de que Sneijder falla, hay gritos y dos de los asistentes, a metros de mí, se suben al sillón a brincar. El Negro se levanta inmediatamente, comienza a agitar los brazos y a golpear la mesa. En eso, uno de sus blancos involuntarios es un vaso de cristal, ya sin líquido. Lo tira, lo rompe, y con él se va una pequeña parte de uno de sus dedos. Comienza a brotar la sangre, y el grito general, que aún era sostenido, eufórico, antes de que Agüero aparezca en pantalla, se convierte en un grito de dolor, de susto.

—¿Estás bien, Negro? —lo auxilian dos de sus amigos.

—No, la concha de tu madre, no estoy bien —contesta preocupado.

—Pero ¿qué te pasó, loco?

Contra su voluntad, mientras Agüero anotaba el penal que ponía en ventaja a su equipo tres a uno, al Negro no le quedó de otra que ir al baño a limpiarse la sangre, a ver qué tenía. Sólo uno de ellos, el que hablaba bien italiano, lo siguió. Los demás, debatiéndose entre la pasión argentina y la solidaridad amistosa, con un pie allí pero el otro fijo en la pantalla, veían como Kuyt anotaba para Holanda el dos a tres.

—Llamá a una ambulancia, ¡hacélo ya! —ordenaron desde el baño.

—¿De plano? ¿Pero qué decís? —contestaron desde la sala.

—En serio: es grave. Por lo menos fractura expuesta —aclararon.

De los cinco que estaban atentos al último cobro, el de Maxi Rodríguez, hubo uno que tuvo que sacrificarse para pedirle a la recepcionista del hostal que llamara a una ambulancia.

En esos momentos, Maxi Rodríguez anotaba el penal definitivo que permitió a los siete argentinos, sobre todo a los últimos cuatro sobrevivientes frente a la pantalla, olvidarse de la lesión un tanto estrepitosa, y cantar, gritar, festejar.

—Finalistas, ¡somos finalistas!

De esos cuatro, hubo uno en especial que fue completamente dominado. Encima del sillón no podía dejar de mover los brazos para adelante ni de gritar "finalistas" o cualquier lema triunfal por el estilo. Empezó a agitarse, parecía que a convulsionarse. Las austriacas no podían dejar que ese espectáculo no quedara registrado, por lo que rápidamente fueron por su cámara y comenzaron a grabarlo. Cuando el argentino se dio cuenta, si bien evidentemente no le cayó en gracia ser retratado como fenómeno de circo, como no podía eso significar un balde de agua fría para frenar su felicidad a tope, no pudo más que con rabia, pero sobre todo con orgullo, decir frente a la cámara:

—Cerrá el orto, europeo amargo. —Y agregó: —Estamos en la final, ¡Argentina!

***

Todavía pasaban las entrevistas con Messi, Palacio, Sabella y compañía por televisión, todavía se veía al Kun Agüero, a Lavezzi y a Mascherano festejar por ahí, por otro lado aparecía un Robben inconsolable no tan lejos de ellos, cuando la televisión fue silenciada. La cordura y la intranquilidad serena se apoderaron de ese espacio; el Negro medio moribundo yacía en un sillón con dos de sus amigos al pendiente; los demás iban a toda velocidad por las maletas. La ambulancia no tardó en llegar. El traductor intentó negociar con los paramédicos para que lo dejaran subir mínimo a él, pues el fracturado no sabía hablar italiano. En eso cedieron, pero el resto tuvo que seguir en taxi a la ambulancia. Del partido no se dijo ni mu. Los finalistas finalizaron en el hospital. La noche que pagaron en el hostal fue en vano. El Negro hizo hincapié, repetidas veces durante el partido, en una frase. Más que por desesperado, involuntariamente se hizo realidad por cuenta propia. Sólo así dejo de repetirla:

—Ponele sangre.



Ilustración:
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Mariano del Cueto (Barcelona, 1990). Egresado de Comunicación Política en la UNAM. Cofundador de la revista estudiantil Afluente, de la FCPyS. Ha publicado crónica y ensayo en medios como Cultura Urbana o Cuadrivio. Obtuvo una mención en Crónica en el concurso 47 de Punto de Partida. Actualmente es becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de narrativa.