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ENSAYO / No. 65

En lugares



Aldo Rosales

 

Constantemente pienso en la relación que una maestra de mi carrera hizo entre texto y lectura: un texto contiene varias lecturas, casi infinitas, dependiendo quién lo lea, y cuándo, cómo y por qué lo haga. Lo misma relación, creo, se puede aplicar a las ciudades. Esa aglomeración de edificios, calles, callejones y personas conocida como ciudad contiene múltiples ciudades, dependiendo de quién, cómo, cuándo y por qué la recorra.

Por ejemplo, hace un par de años le pregunté a mi hermano dónde quedaba una dirección que más o menos ubicaba; sólo buscaba certeza. Él me dijo el Metro más cercano, el nombre de las calles aledañas y un par de referencias más.

—Ah, ya, ahí cerca está el local donde venden tal cosa (yo).

—No seas (inserte aquí las groserías de su preferencia), te estoy diciendo que entre la calle tal y tal, cerca del Metro tal (él).

—Sí, eso ya lo entendí, pero ahí también está ese local que te digo.

—Ah, no sabía. Bueno, por ahí. ¿A poco ahí venden eso?

—Sí, te estoy diciendo, pero como eres un (inserte aquí, de preferencia, groserías de mayor calibre) no me haces caso. ¿No lo has visto? Atrás de tal otro local.

—Ah, es que yo siempre paso por ahí, pero en el transporte, nunca me he bajado.

Como la obra infantil de Emilio Carballido, donde un grupo de ciegos toca un elefante y no logra llegar a un acuerdo sobre la fisonomía del animal porque cada uno palpó una parte diferente, la ciudad es un enorme paquidermo de esmog (que contiene, a su vez, innumerables elefantes blancos).

Una ciudad, distintas ciudades dentro de la misma; un párrafo enorme de construcciones, de asimetrías, donde yacen mil lecturas, dependiendo de, empero, quién, cuándo, cómo y por qué se aventure en ella.


I

Hay, según veo, cuatro modos de locomoción cuando se trata de recorrer la ciudad: transporte público, automóvil, bicicleta y por aire —helicóptero o avión, porque los índices de contaminación han resultado ser peligrosos, incluso mortales, para dragones y pegasos—. Cada uno de estos tiene características propias, así como ventajas y desventajas.

Hace años, muchos ya, cuando mi mamá tenía una tienda de abarrotes, una de mis distracciones durante las largas jornadas de venta era platicar con los repartidores. Uno de ellos, el que llevaba los productos de limpieza —no diré la marca porque no llegamos a un acuerdo en cuanto a las tarifas de publicidad— insistía sobre las ventajas del transporte privado sobre el público; mientras que yo, matamoscas en mano, jugaba la parte de la férrea oposición. Era un debate que sosteníamos acaloradamente, aunque de manera inofensiva, de vez en cuando. Entre las ventajas que yo mencionaba se encontraba la posibilidad de dormir en el trayecto y así recuperar las horas arrebatadas al sueño. “Además”, le decía siempre, “más de la mitad de frases obscenas de mi repertorio se las debo al lenguaje de los choferes y de los pasajeros”; eso sin contar las inscripciones a plumón en las paredes del vehículo. “Imagínate esto”, le decía, “vas por tal avenida y de pronto encuentras un embotellamiento. Si vas en tu propio carro tendrás que esperar ahí hasta que las autoridades satisfagan las demandas de los manifestantes” (que siempre piden, según tengo entendido, gases lacrimógenos, agua a presión y golpes, porque en cuanto se les proporcionan terminan por irse a sus casas, o a la delegación a agradecer en persona al jefe policial). “Si vas en transporte público no tienes que esperar, te bajas y buscas otra ruta, y dejas el camión como las víboras dejan la piel.” En fin, que luego de mucho discutirlo acordamos que cada uno tiene sus ventajas y desventajas, y que depende mucho de lo que se necesite hacer. “Además”, me dijo, “yo me meto al carro, subo los vidrios, prendo mi música y me olvido de lo que hay afuera”. “Entonces no conoces la ciudad, sólo sus calles”, pensé decirle, pero no lo hice.


II

Si uno quiere recorrer las calles aledañas al Palacio Nacional, en la Ciudad de México (se tome el rumbo que se tome, ya sea a Isabel la Católica hacia el Eje Central, o con dirección a La Lagunilla y Tepito), no es muy recomendable hacerlo en carro; como reza el adagio oriental, un carro en dichas zonas (sobre todo en Tepito y La Lagunilla, donde los puestos se han robado la banqueta, como las señoras que se guardan sobres de maicena bajo las enaguas en los supermercados) es como un toro en una cristalería.

Dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio, reza el Principio de la Impenetrabilidad. Sin embargo, en el transporte público, a veces esa ley parece no existir. Si se trata de apretujones, de hacinamientos y cosas por el estilo, traslademos ahora el pensamiento, por un segundo, al Sistema de Transporte Colectivo Metropolitano (Metro). Quienes saben viajar en Metro, los verdaderos expertos, han adoptado una maleabilidad que en mucho se parece al agua. Se colocan a orillas de la puerta, esperan a que bajen los pocos que lo harán y luego, sin más, dejan el cuerpo laxo, flexible, y permiten que los que abordan los arrastren al interior. El usuario ideal del Metro, al que ya no asustan ni las más grandes estampidas ni los bocineros o faquires, ha desarrollado una especie de aikido de transporte público: aprovecha la fuerza del rival en beneficio propio. 

También es acertado meditar cuando se viaja en Metro, y considerar que todos somos uno mismo, que somos pétalos de una misma flor. Si se logra, si se perfecciona esta técnica, los viajes  —sobre todo en horas pico y en las estaciones del centro—, se hacen más llevaderos: uno puede creer que ese sudor en la nuca es el propio y no el del oficinista que está detrás, que ese aroma a vísceras herrumbrosas se escapa de la propia boca y no de la del empleado de limpia, o que esa mano en las posaderas es otra de las nuestras.

Volvamos a las calles para que se disipe la sensación de claustrofobia. Andar a pie por las calles del centro es lo más acertado, según yo, si se quiere conocer, en verdad conocer, la ciudad. Además de las obvias razones de espacio, recorrer el centro de la ciudad a pie permite conocer los detalles que, desde el transporte público o el auto, son simple y sencillamente invisibles. Que el Pollo ama a Raúl, digamos, o que Mariana privilegia tal o cual posición amatoria, son confidencias de baño público o de banca de la Alameda que uno desconocería si viajara en algún vehículo terrestre o aéreo (si nadie estuvo ahí para leerla, la inscripción que dice “Alberto Trejo es pasivo”, ¿realmente existió?).

La caminata por la ciudad sería lo que en el lenguaje cinematográfico el zoom. Gracias a ella se aprecian los detalles, los pequeños puntos del tejido de la ciudad. Por ejemplo, si uno camina desde la plancha del Zócalo hasta el teatro del pueblo descubrirá que, en una de las calles intermedias, hay una vecindad de aspecto viejísimo, sostenida, al parecer, sólo por el polvo. O notará que han remodelado la librería Porrúa. Podrá ver los innumerables negocios albergados en edificios que, estoy seguro, incumplen más de diez medidas de seguridad, atendidos, además, por gente de aspecto torvo; detalles donde dicen que el diablo está, y uno lo cree cuando siente la mirada de los tatuadores que se hallan en contra esquina del Templo Mayor. Esta ciudad, que es la que construimos los que la recorremos a pie, una ciudad entretejida con punto fino, es la que no se aprecia a una velocidad mayor a la de la caminata.

También es posible, y menos engorroso que en auto, recorrer el centro en bicicleta, y ello permite apreciar ciertos detalles que ni el carro ni la caminata dan; ya no es, sin embargo, un método seguro de paseo: quien anda en bicicleta por la ciudad sabe que su llanta delantera y trasera son cargadores de un revolver en el que constantemente se juega a la ruleta rusa. La caminata sirve para recorrer espacios imposibles para el auto, pero no es tan útil si se trata de trasladar mercancías. Entonces, la motocicleta y la bicicleta emergen como la opción perfecta, un correcto sincretismo entre accesibilidad y la capacidad de recorrer distancias considerables, mercancía a cuestas. Los repartidores, los mensajeros y los policías dan fe de que dos ruedas son mejor que cuatro cuando se trata de avanzar en el caótico tránsito de la urbe y proferirle una herida de distancia en el amorfo cuerpo. Aunque justo es decir que, dependiendo de la cantidad y volumen de la mercancía, el automóvil se antoja la única opción (lo mismo aplica para el tipo de mercancía: imaginemos a un hombre que desea la compañía de una dama de las que tantas hay cerca de Metro Revolución, que toma su bicicleta y, luego de pagar la cantidad acordada, sube a la mujer a los diablos y pedalea hasta el hotel más cercano: imposible).


III

Me gusta recorrer la ciudad, ya lo he dicho, y disfrutar de los callejones y pasillos que nacen entre un edificio y otro del Centro Histórico; pero a veces, cuando no deseo la compañía de mucha gente, o requiero más aire o más holgura, el sur de la ciudad, cerca de la colonia Narvarte y zonas aledañas, es mi primera opción. Si se viene del Estado de México (accediendo por medio del tren suburbano) hay tres opciones para llegar: el auto, el Metro y el Metrobús (se puede hacer el trayecto en bicicleta o a pie, aunque el recorrido no es tan fácil como suena). De entre las tres, debo decir que prefiero la última opción, debido a que este vehículo es más aireado y luminoso que el Metro, y tiene la ventaja de los paisajes (un hombre que ha recorrido durante diez años la ciudad, siempre en Metro, ¿en verdad la conoce?).

Aunque hay horas en las que se antoja más fácil ver un dodo conduciendo el Metrobús que hacerse de un asiento, a veces es posible sentarse y recorrer la avenida Insurgentes sin despegar la mirada de la ventanilla pero con los pensamientos en otra parte. Después de la zona cercana al centro de la ciudad (hablo de la estación Plaza de la República), viene la Glorieta de Insurgentes, esa enorme araña de luces y piedras de todo tipo que contiene, a su vez, gente de las más distintas esferas socioeconómicas y adscripciones sexuales y culturales. Aquí la ciudad comienza a abrirse, la aglutinación del centro va quedando en los espejos retrovisores del vehículo en cuestión; el riesgo de infarto de la ciudad se ve ya como algo lejano.
Cuando se llega a la estación La Bombilla, luego de avanzar por algún tiempo, empieza esa otra ciudad (ya habíamos dicho que una ciudad es muchas ciudades; como cuando llueve, y en cada gota, por un segundo, hay otra ciudad, la misma, aunque distinta), la que permite relajarse, la que es posible recorrer en auto, en bicicleta o a pie, y apreciar distintos detalles a través de cada una de las formas de transitarla. A mí me gusta recorrerla a pie, lentamente, con la mirada no horizontal, sino errática, imprevisible; nunca se sabe lo que habrá por ahí. Aunque en realidad, cuando se camina una ciudad o un lugar lo que se recorre es la vereda interna, las calles de uno mismo: se vuelve al lugar que se añora o al que nunca se tuvo; la ciudad, las calles, como lugar liminal, las aves como bisagras de puertas hechas de aire y cosas rotas que llevan, siempre, a otro lugar. A veces voy hacia Miguel Ángel de Quevedo y entro a las librerías a h/ojear los libros, otras bisagras de otras puertas. Pero también se puede ir en dirección opuesta a las librerías, hacia San Ángel, y llegar a ese pueblo que parece no querer hincar la rodilla frente a la modernidad, donde las calles son de roca y no de asfalto (hay un dolor, apenas perceptible, al caminar sobre esas calles, si se hace con zapatos de suela delgada; este tipo de detalles son los que escapan a quien recorre la ciudad en auto porque recorrerla de ese modo, y a prisa, es como tragar sin masticar, sin oler la comida).

Un par de estaciones después de La Bombilla está Ciudad Universitaria, una ciudad dentro de otra ciudad; ondas en el agua, una circunferencia más en la telaraña; pequeñas muñecas rusas. Esta ciudad, como la que la contiene, posee sus propias maneras de recorrerse: en autobús, en auto, en bicicleta o a pie; tiene sus propios ritmos, sus propias pulsaciones y, como ya he dicho, aunque acepta el paseo en carro, la bicicleta y la caminata son las mejores opciones.

Quienes han estudiado aquí concuerdan en dos puntos: que pasear por las áreas verdes es ideal para relajarse, y que los tacos de canasta son el alimento básico de los universitarios. Los vendedores de esta clase de tacos (hay más variantes de tacos que dialectales en esta ciudad) se pueden percibir a cierta distancia (no sólo gracias a la vista, sino también al olfato) recorriendo CU de la misma forma siempre: en bicicleta. La bicicleta es, pues, camaleónica y danza con libertad entre los vehículos motorizados y el andar a pie. Me atrevo a decir algo: la ciudad que ellos han erigido sobre sus bicicletas, y con la venta en la mente, es diametralmente opuesta a la que se construyen los estudiantes, a pesar de estar constituida con las mismas piezas arquitectónicas y áreas verdes.

Para algunos, Ciudad Universitaria es los alimentos que ofrece —una especie de sinécdoque culinaria— y la sazón de estos es un mapa gustativo (hay quienes aseguran que los tacos que se consiguen en la Facultad de Filosofía y Letras son mejores que otros, y así se guían espacialmente); lo mismo se aplica para la Ciudad de México. Pienso en un amigo de la preparatoria que, al ser cuestionado sobre algún lugar, se guiaba a través de puestos de comida.

—Ayer que no viniste nos mandaron al museo Dolores Olmedo, ésa es la tarea. ¿Sí sabes dónde está?

—Sí, por ahí como a dos calles venden unas quesadillas de este tamaño —y abría las manos como si fuera a estrangular a un león.

Sin importar el sitio mencionado, él siempre encontraba una referencia culinaria. Lo imagino circulando por las avenidas cercanas al Metro Constitución de 1917, la estación más cercana a su casa, a bordo de su Volkswagen blanco, con ojo vigilante —y quizás olfato y papilas gustativas en alerta—, presto a desembarcar en el local más insospechado para, así, construir su ciudad a través de sentidos con los que, normalmente, no navegamos: una especie de baquiano citadino, un sibarita nómada e insaciable. Y como él he conocido a otros, todos ellos hermanados por un vientre prominente y trabajos que requieren moverse constantemente por la ciudad, mediante una combinación de auto y caminata: técnicos telefónicos, electricistas, repartidores de muebles. Otra ciudad dentro de la ciudad. Una ciudad comestible, surcada por ríos de grasa líquida.


IV

Hace años, casi 20, mi papá tenía, en la cajuela de su carro, un ejemplar destrozado de la Guía Roji. Me gustaba ver los mapas, aunque luego de un par de minutos la desesperación por ver tantas calles era inevitable y dejaba el ejemplar en el olvido, para luego limpiarme el aceite quemado que lo cubría. Las pocas ocasiones en las que me llevó a visitar las oficinas de su trabajo —que también él visitaba poco ya que, al ser agente de la Dirección General de Servicios al Transporte, las calles eran su oficina—, recuerdo ver a los demás agentes subir a sus autos y desbarrancarse en donde terminaba mi vista, todos a cubrir una parte distinta de la ciudad; ellos, quizás, construían su ciudad de forma colectiva. En el camino de regreso a casa, en el Estado de México, las calles me parecían eternas, idénticas a veces, y me daba miedo imaginarme abandonado ahí, a mi suerte, pues no sabría volver a casa. La ciudad como un animal incomprendido, a quien se teme injustificadamente.

—¿Y te sabes todas las calles? —le pregunté una vez a mi padre, con la Guía Roji en la mano, dispuesto a iniciar un examen sorpresa.

—No todas, son muchas. No creo que alguien se las sepa todas todas.

Me intrigaba, aún me intriga, la existencia de un hombre —o mujer— que conozca todas las calles de la Ciudad de México, hasta las más pequeñas, donde no vive casi nadie, a donde no se llega ni siquiera por error. Supongo que no existe, y que aplica aquí el principio de que no podemos saber todo sobre algo, pero podemos saber algo sobre todo.

La Guía Roji desapareció un día, no recuerdo si la tiraron a la basura. Mi hermano, a quien pregunté sobre la dirección aquélla, ahora es quien más parece saber, de los cuatro hermanos que somos, sobre la ciudad; es una especie de ritual de iniciación en la familia: mi abuelo, agente de policía y tránsito, pasó la antorcha de las calles a mi padre, quien la cedió, indirectamente, a mi hermano. Ahora la Guía Roji ya no se usa: hay aplicaciones de celular que localizan cualquier calle, y hasta dicen cuánto falta para llegar. Hace unos días, mientras un grupo de amigos y yo recorríamos el Centro Histórico en auto, de noche, en busca de un banco (las calles, al anochecer, mutan, ya no son las mismas que por la tarde: pasa el Metrobús, sin gente casi, a alta velocidad, y uno se pregunta si el olvido viaja en esos asientos vacíos). Pensé en preguntar a un transeúnte sobre lo que buscábamos pero no fue necesario: alguien localizó un banco con ayuda de su teléfono celular. “O sea que ya no se usa el '¿disculpe, sabe dónde hay un banco tal o cual?' ", les dije en broma, pero fue cierto; y ahí se me murió un pedazo del mundo que conocí, de la ciudad en la que crecí. Una vez que encontramos estacionamiento a esas horas de la noche, cerca de la calle Regina, y nos dirigíamos a un bar, a nuestro lado pasó un grupo de jóvenes totalmente ebrios. La ciudad que se construirán, me dije, no se parecerá a la mía, a pesar de que estamos en la misma calle, entre los mismos edificios; como esa cuestión, casi filosófica diría yo, de entender si el rojo que yo veo es el rojo que tú ves.

Pensé en mis primeras visitas a esta zona, cuando mi mamá me llevaba, de la mano, a comprar ropa interior para toda la familia en las tiendas aledañas, casi todas propiedad de judíos malencarados, que trataban a los empleados de las formas más hostiles; eso fue la semilla de mi ciudad, la que comencé a construir hace años ya. Antes, pensé por un segundo, mientras entrabamos a una vecindad que usan como bar, antes no existía el Metrobús; en mi mente, además, la ciudad era un manchón enorme, insospechado, terrible y seductor, al que ahora, al paso de los años, le he colocado edificios, casas, estaciones de Metro y, sobre todo, experiencias y recuerdos. Como dice José Emilio Pacheco, en voz de Carlos, protagonista de Las batallas en el desierto: “Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país. No hay memoria del México de aquello años. Y a nadie le importa: de ese horror quién puede tener nostalgia”. Creo que yo la tengo.


V

En el juego Adivina quién, tan de moda cuando yo era niño —a finales de los 80 y principios de los 90—, uno debe averiguar qué personajes tiene el contrario, y esto se logra con base en ciertas preguntas que nos llevan, directamente, a adivinar ante qué rostro nos encontramos; es decir, vamos construyendo una fisonomía, y por ende un personaje, a través de lo que éste no es. Se empezaba con la pregunta básica “¿tú personaje es hombre/mujer?, y teníamos la primera pista: el género. Fuera cual fuera la respuesta sabíamos, por acierto o discriminación, el género, y de ahí partíamos a más pistas (menos mal que el juego se inició antes de la época de la lucha y visibilidad de la comunidad LGBTI, porque entonces las partidas hubieran sido extenuantes). Las preguntas siguientes disipaban, gradualmente, las dudas y develaban un rostro al que iba pegado un nombre. Ganaba quien adivinara primero todos los personajes del rival. Lo mismo se puede hacer con la ciudad.

—¿Tu ciudad huele a pasto mojado a las nueve de la mañana, cerca de Metro Etiopía?

—No.

—¿Tu ciudad sabe a muerte, a olvido, a las cuatro de la mañana a las afueras de Metro Chapultepec? 

—Mmmmm… creo que no.

Otra vez, el elefante y los ciegos, cada quien viendo un punto distinto del mismo lugar, desde donde cambia. Empatar lo que nuestras ciudades no son, no tienen en común, para ver qué cosas sí tienen con común. La ciudad sólo es la misma para todos en cuanto a hechos, jamás en percepciones.

Viene a mi mente una canción de la banda chilena La Ley, “En lugares”. Nunca la he acabado de comprender bien (y quizás por eso es de mis favoritas) pero, además de sus arreglos y la voz que la acompaña, lo que más me intriga es la letra:


Esto no es California ni noche en Madrid
Son cuerpos y hombres, próximo fin
Cómo escapar a esos gritos
Dónde encontrar el sentido

En lugares.
En lugares.

Esto no es Barcelona ni calles de abril
Son cuerpos en bares buscando un fin
Cómo escapar a esos gritos
Dónde encontrar el sentido

En lugares.
En lugares.



Y eso es todo. A mi parecer, esta canción, como las ciudades mismas, como en el juego, con pocos elementos (pocos edificios, pocos callejones, pocas palabras) se nos da la libertad de crear infinitas ciudades. Si la canción nos dice lo que no es, nos queda, solamente, con nuestras propias experiencias, crear lo que sí es.

De una base común, una misma concatenación de construcciones y calles, una ciudad tabula rasa, digamos, se construyen infinidad de lugares, a veces más con el pensamiento que con la vista o los hechos. Una calle puede separarnos para siempre, afirmaba De Quincey; en todo caso, un vistazo de la misma calle (al mismo tiempo, incluso) puede separarnos para siempre; como hablar un idioma distinto porque, como dijo una maestra “una lengua es una forma de comprender el mundo, de adueñarnos de él”. Seguro estoy, podría jurarlo, de que estas calles, esta ciudad, es otra cuando la recorre, por ejemplo, un angloparlante. La ciudad, en ocasiones, me parece un test psicométrico donde se verá quién eres (o quién no eres) con base en lo que construyas con esos bloques de cemento y calles.

La ciudad, un acertijo, un laberinto a medio construir; semilla de ciudades.


VI

La ciudad también tiene, en ocasiones, su doble casi exacto, sólo distinto en pequeñas cosas. Por ejemplo, recorrer la ciudad de noche, cuando no hay tanta gente —porque las ciudades sólo pueden estar vacías en las pesadillas—, es como mirar los negativos de una fotografía; parece haber fantasmas, sombras que no pertenecen a ningún cuerpo.

Llueve a veces, y los edificios y las casas se tiñen de cristal. La ciudad no es la misma cuando llueve, algo cambia, es como verla detrás de un cristal esmerilado (si una ciudad puede asirse, digamos, este agarre cambia durante la lluvia, y con ello el tacto; nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas, dice Cummings). Y luego, cuando la lluvia cesa, esa ciudad, la que queda, no es la ciudad seca ni la ciudad durante la lluvia: es otra. Incluso nace otra ciudad en los charcos, una que está de cabeza, y deja ver cosas que no veríamos. La mejor forma de recorrer la ciudad mientras llueve, según mi experiencia, es a pie, y no sólo por cuestiones de apreciación sino de seguridad: las calles mojadas son peligrosas si se recorren en bicicleta.

Además, la mejor forma de recorrer la ciudad es bajo la lluvia ya que ésta, después de todo, brinda la soledad necesaria para recorrer las calles: la gente corre a refugiarse y entonces queda, para los demás, mucha ciudad, casi imposible de asir en su totalidad. Olvidé mencionar que la ciudad lluviosa, la ciudad lluvia, es la que me resulta más fácil de recordar (será que somos agua, pienso, y nos buscamos con ella, y nos hacemos casi uno mismo) y de recorrer de la forma que considero más profunda: con la memoria, con el lenguaje. Recordar la ciudad, en un ejercicio similar a la regurgitación, para extraer de ella todos los nutrientes, todos los detalles, todas las vistas posibles que hayamos podido capturar sin darnos cuenta; recordar es re correr por la ciudad, volver a transitarla. Salir a caminar por las calles de la ciudad es disparar con el obturador de la mirada para, una vez en casa, en el silencio, revelar las fotografías en el papel en blanco o en el papel del habla y apreciar, con lupa, los detalles que estaban ahí, a veces más importantes que lo que apreciamos en primer plano, como en El ciudadano Kane. Después de todo, como dije, la ciudad son sus detalles, sus pequeños recovecos que, como clavos, a veces rasgan el velo de la distracción y nos quitan la cotidianidad de los ojos. La ciudad que implota, digamos, y va adquiriendo certeza y rostro conforme atendemos más lo pequeño que lo evidente; como ir de lo macro a lo micro. Como dijo Brodsky: “Si hay un aspecto infinito del espacio, no es su expansión, sino su reducción, aunque sólo sea porque ésta, por raro que parezca, siempre es más coherente.  Está mejor estructurada y tiene más nombres: célula, armario empotrado, tumba. Las ampliaciones sólo tienen un gesto ampuloso.” 


VII

Pensemos en museos, casas de cultura, teatros, cines, galerías: la Ciudad de México, cosmopolita, como muchos la adjetivan. En los museos, por ejemplo (y pienso en el Museo de Antropología e Historia, así como en el Museo del Estanquillo), hay vestigios de otras ciudades, de otros tiempos; lo que el curador o los historiadores consideran valioso, representativo, es lo que se conserva, lo que se muestra: nosotros, los espectadores, los que estamos del otro lado de la vitrina, construimos una ciudad a partir de esas muestras que nos brindan; otra vez, el recorrer la ciudad a pie parece ser la mejor opción. Y en el museo del estanquillo, por ejemplo, se puede recorrer la ciudad no sólo en términos espaciales, sino temporales: un viaje a la ciudad que dio origen a esta ciudad que conocemos. Después de todo, recorrer la ciudad en cualquiera de los medios que mencioné (es decir, diseccionar la ciudad de distintas formas) es similar a recoger objetos para un museo; el recuerdo, el habla, la memoria, serán las herramientas de limpieza con las que demos mantenimiento a estos fragmentos de ciudad que recabamos con cada visita.

Porque las cosas no son simplemente lo que son, me parece, sino lo que dejan en nosotros; que la ciudad, ante todo, es un enorme espejo donde, una vez que nos vemos, cambiamos; la ciudad cambia a la par que nos hace cambiar. Y porque la ciudad, más que significado, es significante: un vocablo que despierta mil imágenes, acaso más, dependiendo de quien la escuche. Construiremos una ciudad, sólo una, en nuestra vida: nacerá en nuestro primer contacto con ella, con sus edificios y calles, su gente y sus espacios abiertos; a lo largo de los años añadiremos o quitaremos detalles, pero siempre será la misma ciudad.

Porque a quien diga ciudad, y en el pecho no le nazcan postes, edificios, una lluvia como mecanografía de cristal, calles eternas, rostros, voces y un pasado y un futuro, entonces algo habrá hecho mal todos estos años.


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Ilustraciones:
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Aldo Rosales (Ciudad de México, 1986). Egresado de la licenciatura en Enseñanza de Inglés de la UNAM. Autor de los libros de cuentos Luego, tal vez, seguir andando (Río arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2014), La luz de las tres de la tarde (Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2015) y El filo del cuerpo (Ravena Ediciones, 2016). Director de la revista electrónica A buen puerto (www.revistaabuenpuerto.com.mx). Coordinador del taller de creación literaria en el FARO Indios Verdes.