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CUENTO / No. 66

Papeles



Jonathan Espíritu

 


Su papá siempre contaba las mismas historias. Todo el camino, terracería sin domar, volvió a revivir sus correrías de niño, las hazañas exageradas de adolescente y las experiencias de adulto: amargas, aburridas. ¿Y este es el único camino?, preguntó, disimulando sin mucho éxito su hastío. Sí. Antes, cuando al pueblo le iba bien, estaban a punto de construir una carretera directa, pero luego dejó de llover y ya no hicieron nada, todas las cosechas se perdieron. A través de sus palabras, pesadas por el sol del mediodía, el niño se imaginaba el pueblo como algo misterioso y, al mismo tiempo,  lleno de luz.  Cuando bajan del coche, el soplo del viento aligera el bochorno y les revuelve el cabello. Tenemos que ir al ayuntamiento, le dice el hombre a su hijo mientras se encamina calle arriba. El niño lo sigue sin ganas, observando las casas de adobe y los techos de lámina que hay en el pueblo. El calor que sale de la tierra se cuelga en sus hombros, acelera el paso.

Atraviesan sembradíos, el agua aún se nota. Qué raro, aquí casi ni llueve, le dice el padre. El niño contempla admirado el bustrofedón que marcó la yunta, la simetría de los trabajos de la tierra. Cada casa tiene sus parcelas, casi no hay animales aunque se oyen cacareos lejanos. Todos los días caminaba desde aquí hasta un jagüey que está a una hora, llevando a los animales para que tomaran agua, empezó a hablar el hombre mientras estiraba la mano abarcando un tramo de tierra. A veces llevaba hasta cincuenta, entre bueyes, borregos, guajolotes. También llevaba a los animales de los vecinos, cinco centavos por borrego, diez por buey, los guajolotes de a tres. El niño, acostumbrado a los recuerdos de su padre, le pregunta lo primero que le viene a la mente para disimular que le interesa lo que dice ¿y nunca se te perdió alguno? No, una vez un gavilán se llevó a un borrego recién nacido y otra vez un buey se espantó con quién sabe qué y mató a una guajolota cuando arrancó a correr, pero de perderse, ninguno.   

De repente aparece ante ellos un terreno verde, con la milpa alta. El padre se ve más sorprendido que el hijo ante la aparición de elotes, matas de cacahuate, calabazas y demás hortalizas. Oyen un ruido repetitivo y encuentran un sistema de riego. Al niño se le figura un largo ciempiés de metal, que llora gruesas, interminables gotas. Estas tierras eran de los Orzuna, los más ricos del pueblo, eleva el hombre su voz para escucharse sobre el agua regándose, parece que les sigue yendo bien. Sin aviso, el agua se detiene y se quedan ellos solos con el olor a tierra mojada que tanto le gusta al niño. Siguen caminando y oyen voces, un motor prendiendo y apagándose. Se encuentran a unos hombres agachados junto a una bomba de agua, conectada al sistema de riego. El mayor de todos tiene una gorra y una chamarra de mezclilla, los demás llevan sombrero y camisas sucias y arremangadas. Hay cubetas y tambos de agua alrededor. Agarren la jícara y échenle agua al tubo ese, les dice el de la gorra, cuando se llene le volvemos a prender para que suba, el agua llama al agua. Uno de los más jóvenes hace lo que dice mientras los otros lo ven.

Te digo que a la larga esto no va a funcionar, Ausencio, le dice uno al mayor, los motores están hechos para servir luego luego, si le ruegas con el agua vas a malcriar a la máquina y siempre la vas a tener que estar purgando para que jale. Prefiero una máquina malcriada a una que no sirva, Villo, además arreglarla sale muy caro, mejor que esté así todo lo que pueda, le contesta el jefe.  Cuando el padre y el hijo pasan por ahí, los saludan con un rápido “Buenas” que todos contestan al momento. Los de la bomba miran a los otros dos con cuidado, midiéndolos. No notan nada raro y regresan a lo suyo. El niño sigue a su papá por el camino, voltea a ver por última vez al grupo antes de desaparecer tras la milpa.

Luego de caminar unos minutos llegan a una plaza pequeña. Se quedan viendo los puestos de verdura. Hay muchas señoras vendiendo, impasibles al azote del sol. Al fondo hay una construcción más grande que tiene pintado con cal “Palacio Municipal”, sólo se diferencia de las demás por la altura y por estar hecha de ladrillos. Entran, y la sombra los alivia. Adentro sólo hay puertas cerradas. Van a la que dice “Registro Civil”: está entornada. El papá la empuja. Buenas tardes. Se oye un respingo y la voz somnolienta. Buenas, ahorita no atienden, hasta las cuatro. Entonces regresamos, gracias. El niño ve a su padre volver a la entrada del ayuntamiento y apoyarse en la pared, viendo hacia fuera. El sol que se cuela por la puerta destaca su silueta y lo hace ver más alto.

El hombre da un largo suspiro y sale a la plaza. Vamos a ver a tu tía, le dice al niño cuando éste lo alcanza a mitad de la calle. Caminan poco. Aquí es, el padre se adelanta a una casa con una barda a la altura del ombligo y una reja de madera. La construcción es pequeña, dos o tres recámaras. El patio es el grande, de tierra y lleno de hojas secas. Al fondo se ve una capilla blanca que resalta contra el café y gris de las paredes. ¡Buenas! Dice el padre en voz alta.

. . .



Oyes su voz. Tiene años que no la escuchas pero sabes que es suya. Tú, que no creíste volver a escucharla, pensando que morirías sin volverlo a ver, captas claras las reverberaciones que salen de su boca. Hijo de la chingada, eso es ser descarado. Te levantas con trabajo, los años no pasan en vano y la tierra lo sabe: vivir a merced de la lluvia para poder comer lo desgasta a uno. Sales al sol y una nube de moscas se alza cuando pasas. Pones tu mano sobre la frente para combatir el sol. Lo ves: la misma cara, tan morena como la tuya, sólo que esta vez las arrugas se asoman en los ojos, en el cuello. Está más chaparro y gordo: veinte años. A su lado hay un niño, alto, muy alto y rechoncho. Tiene el cabello rebelde y los ojos caídos, tristes.

Respondes el saludo. Te dice Manita, como antes, sólo que ahora suena ridículo en un hombre de su edad. Abres la reja, los invitas a pasar. El niño se mueve con recelo, nuevo en un territorio ajeno. Él mira todo curioso, recordando con un aire de desprecio. Les dices que se sienten, tratas de dominar la rabia que te crece en la garganta. Tomas unos platos y les sirves caldo de pollo y ayocotes. Ves al niño contemplar  fascinado los frijoles gigantes; no es remilgoso y se come todo. Él mastica despacio, reviviendo los sabores de la infancia. Seguramente está recordando a los padres de ambos, ella tumbada haciendo tortillas, él llegando del campo con hambre. Sabes lo que está pensando: de la que se salvó, la suerte que tuvo; pudo irse de ese lugar y hacer cosas distintas.   

Cuando terminan, le dices al niño que salga a jugar, que hay una bicicleta, hay insectos, que ya bajó el sol. Él y su bermuda azul se pierden en el filo de la puerta. Te quedas sola con tu hermano. Recuerdas cuando era niño: enclenque y de mirada perdida. Se iba a cuidar los animales y regresaba a hacer la tarea. Fue el más aplicado de todos los hijos, el único que estudió. Por eso se fue a la escuela de la capital. Pero no le reprochas eso, le reprochas el no regresar, el querer perderse en lugares lejanos del campo y del sol, el desentenderse de los padres, dejándote a ti la carga, el no mandar dinero, el tener que ir al campo para darles de comer, el quedarte sola, sola porque ya nadie te quiso con ese rencor atravesado en la garganta. Él es el culpable, él fue quien lo hizo; sin piedad, como si no lo hubieras ayudado antes de irse, como si los cuidados que le diste de niño se esfumaran en el aire, como si no hubieran nacido de las mismas entrañas, morenas y cansadas. Él fue el que te dejó en este puto pueblo que ni a bicicletero llega, a pudrirte poco a poco en tu rabia. Ni una carta, ni un recado, ni una visita. Vas sabiendo de él por lo que te dice la gente que se lo encuentra en la ciudad cuando va a comprar o por los amigos que a veces lo ven. Te enteras de que terminó de estudiar, de que se volvió maestro, de que tiene un negocio de mudanzas. A tu hermano le está yendo bien, ¿para qué quedarse en este lugar? ¿para terminar como tú? No, él tuvo suerte, aunque fuera a costa tuya.  

Se quedan los dos solos y el silencio reina. Él lo atraviesa y te pregunta cómo has estado. El rencor en tu garganta sube a la cabeza y te nubla la visión. Sientes que te ahogas, la boca se te amarga, tienes que decir algo. Sólo alcanzas a decir unas palabras: bien, tranquila. Él te dice que extraña el pueblo, que planea venir más seguido. Le dices que ésta sigue siendo su casa y puede venir cuando quiera. Luego de otro silencio, se levanta y llama al niño. Te dicen adiós, prometen regresar, te invitan a visitarlos cuando quieras. Sales a despedirlos, ves sus figuras perderse en los rayos del sol que se está poniendo. Sientes cómo el odio se convierte en amargura; pronto, será sólo tristeza.

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Caminan despacio, la comida les sentó bien y el sol pega menos. El niño lleva aún en la nariz el olor a frijoles de la casa y a sobaco sudado de la tía. Su papá va callado, pensativo. ¿Por qué nunca me habías dicho que tenías una hermana?, le dice, esta vez con curiosidad auténtica. Porque me fui muy joven de aquí, a estudiar, casi no estuve con mis papás ni con ella. El niño no vuelve a preguntar, aceleran el paso. Cuando llegan al ayuntamiento, la puerta del registro civil ya está abierta. El papá pone un pie en la entrada, se voltea a ver al niño. Espérame aquí y recuerda bien el camino. Si tú no te vas, cuando me muera tendrás que venir por mis papeles.






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Ilustraciones:
Pipo99 www.freeimages.com
Patricia Fortes Pereiro 
www.freeimages.com


Jonathan Espíritu (Puebla, 1993). Estudia la licenciatura en Lingüística y Literatura Hispánica en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Ha publicado en diversos medios electrónicos como Literariedad, Rojo Siena o La Rabia del Axólotl. Ha ganado el Premio Filosofía y Letras de la BUAP y una mención en el Concurso 47 de Punto de partida, ambos galardones en la categoría de cuento. Actualmente coordina un taller de cuento con compañeros de su universidad.