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No. 7/POESÍA

 
Frida y otros poemas



Eva Cabo




Frida

1.

un cántico espiritual que me cobije
sería lo perfecto en estos días de sequía:

afuera llueve y sin embargo,
las paredes de la casa son una pirámide acuosa
en la que se derrite el tiempo y caen
sobre el suelo dolorosamente liso los relojes,
y Dalí, con el cuerpo todavía entumecido, llora
diminutas lágrimas de opio y jacaranda,
porque en su memoria se repite un nombre que imagina,
le pone huesos, carne, labios, ojos, cejas,
cae sobre su asombro un enjambre de abejas,
de su boca sellada por el polen,
sale ella



2.

yo imagino los ricos filamentos
que recorren tu cabeza,
cómo todas esas bombillas recuerdan
su pasado de presagio y de pronto
son una luz que nace en una hoguera
donde arden tus fantasmas más queridos
donde se quema lo azul de tu infancia
y tu casa de plantas y cantáridas

tú sonríes,
mientras el viento peina tus enaguas
y dejas que se incendie el lienzo de tu falda

entonces,
de toda esa ceniza que pisas,
haces camino
y cantas



difícil es

difícil es el mundo ciertos días en que le duele la cabeza las muelas o un diente destinado a fracasar en un vaso de leche y no se queja a pesar de que la sopa esté caliente y le queme la lengua y le arrase uno de los corazones que dejó por descuido en el camino a pesar de que le inunde el neocórtex y todas las neuronas borrachas bailen una canción que sin mencionar la palabra libertad habla de ella como las lenguas que están destinadas a decir lo que nunca dirán y sin embargo admiten con una pastilla de un color muy tenaz que los perros ladran a pesar de la luna y sus deslices en el malecón a pesar de tanta luna que se te clava en el pecho para que al fin encuentres el ritmo cristalino de la lluvia en una ventana que no se abre nunca a pesar de todos los lunares luminosos que pidieron permiso de residencia y se quedaron a vivir bajo tu piel de pergamino pecaminoso donde alguien escribe palabras que empiezan por p y nunca acaban
difícil es el mundo ciertos días en los que sólo quiere sol solitario hechizo de las brujas que abandonan las escobas detrás de las puertas para que sólo lleguen las visitas más hermosas y siempre sea una fiesta que acaba de llegar y está a punto de irse donde los invitados ríen sin parar acunados en el cielo de su campanilla que suma y sigue buscando amaneceres que rechinen los dientes y reclinen los cuellos y bailen agarrados de la mano alrededor del árbol de pomelo que una noche se subió en un tacón aguja y voló hasta el infinito para dejar de ver hormigas y ver fueguitos
difícil es el mundo ciertos días en que alguien acaba un libro y es como si se le acabara la vida porque quiere quedarse a vivir allí para siempre y suena el teléfono y le chillan y dicen que el mundo es difícil ciertos días porque ella no está o está mirando o porque mira bajo y mira el suelo y en el suelo un charco es un océano que se cruza de un salto



clavileño

me estoy sobrevolando:
mis ojos son un pájaro que ronda en círculos mi pelo
el año acaba de empezar y está desquiciado
no se fija en estas manos que quieren empezar a vivir de otra forma
y no saben
me duelen los sitios donde nunca estuve
las voces que no saben mi nombre ni sabrán
que un día yo soñé con ellas
no voy a mencionar a los espejos y todo lo que se guardan dentro
no voy a echarles en cara el descaro de ser tan transparentes
y creer que pueden jugar a verme con los ojos ahumados
el año acaba de empezar y yo quería que el año pasado
durara un año más, otro verano, otro septiembre,
quería que vinieses a buscarme con otro polizonte en tu ventana
con un descuido de vientos saharianos
con una duna que antes estaba ahí y ahora es sólo arena
tal vez el problema es que esta casa no tiene pasillos
donde se pongan horizontales los fantasmas
las ventanas no son redondas y así el sol se queda en las esquinas y no entra
de aquí sale un silencio
que corre por debajo de la puerta
que sube al metro siempre en el último vagón
que piensa que el silencio no es la ausencia de ruido
es la venganza de las plazas que sólo quieren estar solas los domingos
empieza el frío a humillar mis pies con tantos calcetines
el viento es el filo más cortante de esta hoja
el corazón a estas alturas nada sabe ya lo que soñaba
siente presencias que encienden una vela tan adentro
sueña con encontrar caminos y respuestas que no sean marcapasos
un corazón con marcapasos está definido hasta que se le gaste la suela del zapato
hoy fui una caracola rota de esas que te encuentras en la playa
y guardas de recuerdo por si acaso
por si acaso olvidas que ese día pensaste que la vida era un evento mágico
y clavileño un caballo volador capaz de llevarte a cualquier sitio



La canción de los hombres pez

En esta parte del mundo llueve todos los domingos después de misa de doce, y justo cuando repica la última campanada, los hombres pez, vestidos de domingo salen a pasear todas las calles.

Lo sé, porque en otra vida yo fui una mujer pez que había heredado un vestido verde de su hermana.

Y esperaba la lluvia, como quien espera la vida.

Sentada.
Bajo un árbol que nunca podría ser de lilas.

Podría ser un cerezo bronceando su fruto en el ojo de un sol barato.
Podrías ser tú, que de repente descubres tu verdadera vocación y es de árbol.

Después del sol, la lluvia golpea donde más duele. Y parece una canción.
Y los hombres pez exploran esa sensación que no existe bajo el agua.
Siempre hay uno que durante unos segundos deja de respirar y se pone colorado. Siempre hay una que se descalza y salta sobre algún charco. Y siempre hay alguien que abre la boca para que la lluvia moje el centro exacto de su lengua.

Lo sé, porque en otra vida fui una mujer pez que no le ponía sal a la comida porque estaba enfadada.
Y que los domingos esperaba bajo un árbol a que empezara el espectáculo y de repente el cielo abría el telón y salían las primeras bailarinas enseñando los dientes y de vez en cuando el maestro de orquesta dejaba caer algún rayo que sonaba claro en la boca de una mujer que en ese momento está mirando. Y luego, el público efervescente aplaudía y caía de todas partes, desde todas partes, por todas partes. La lluvia, ella, la primera mujer pez del mundo.



Eva Cabo (Galicia, 1977) es escritora y narradora oral. Poemas y cuentos suyos aparecen en las antologías Ellas (Los Noveles, 2003),  Conjuro de Luces (México, 2006) y El arca (Perú / Chile, 2007). También ha publicado en revistas de creación literaria como Eclipsados, La bolsa de pipas, Andar21 y Los noveles. Actualmente reside en México.