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CRÓNICA / No. 66


Cuando conocí el término Redecacle, era un día diferente. Se oyó el cantar de un gallo —lo ignoré. Pero no pasó mucho tiempo para que el burro que se encontraba amarrado en el árbol cercano a la casa rebuznara. Tenía sueño y el burro no se callaba, por eso me desprendí de las cobijas y me levanté del petate. Eran las 5:20 de la mañana, se oían unos pasos afuera de la casa, al parecer la gente ya estaba realizando sus actividades del día. Salí a la calle, no me lave la cara, mi excusa era el frío. Tenía cara de acedo, diría mi madre, quien siempre se refería así a la comida descompuesta. Quien no tenía aceda la cara era la señora que llevaba una cubeta de nixtamal, me imagino que iba al molino. Miré al frente y noté que estaban alistando al burro que no me dejó dormir para llevárselo a la leña. Lero lero, por culero —dije dentro de mí.

Me encontraba en el pueblo de Cerro del Aire. Yacuii le dicen en chatino, la lengua originaria de la región. Sus caminos son de tierra, cuando llueve lucen aún mejor. ¡Qué bien se siente estar en un pueblito de Oaxaca! ¿Que cómo llegué? Como una hoja que se la lleva el viento, sin rumbo ni dirección. Ahí estaba la vida, ahí estaba la muerte.

Por el mes de junio, llueve mucho en Cerro del Aire, eso me comentó un niño la tarde anterior. Ese día no fue la excepción, era una tarde lluviosa, con el sol oculto por la gran cantidad de nubes. El viento movía las ramas de los árboles. Me encontraba a las orillas del pueblo, tenía que guarecerme del agua. A lo lejos vi una casa de adobe protegida de los aconteceres climáticos por el tejado de barro; sin más, me dirigí a ella.

Entré a la casa, había un olor peculiar, como una mezcla de maíz, café y tierra. Ahí estaba trabajando un anciano, era un viejo de apariencia distinta a los demás, la diferencia radicaba en su sabiduría. —¿Puedo estar en su casa mientras pasa la lluvia? —pregunté. Me miró y no dijo nada. Me senté en silencio y lo observé. Sus manos estaban desgastadas y había tierra entre sus dedos, sus uñas eran largas como la milpa a punto de florecer. Vestía un calzón y camisa de manta, sus pies tenían la misma apariencia que sus manos, pero estos estaban cubiertos por unos huaraches que hacían alusión a la pata de un gallo.

Desgranó la última mazorca y comprobó que había cultivado diez costales. Se paró, me miró y se dirigió a la cocina. Escuché cómo atizó el fogón. Me sirvió una taza de café desabrido, le faltaba azúcar. —Perdona si no está rico —exclamó el anciano. Sólo sonreí. Después se dirigió a un racimo de plátanos que colgaba en la esquina de la casa. Tomó un plátano de perón. Decidió sentarse en su banquito de madera y mirar sus costales de maíz. Yo sostuve la taza de barro, bien conservada. Parecía guardar muchos recuerdos, como los ojos del anciano.

—Los jóvenes de ahora ya no respetan el matrimonio —dijo el viejo que, supe después, se llamaba Epifanio. Sostuve la taza de café y lo miré a los ojos. Estaba claro que lo más apropiado era no responder. ¡Soy un joven!, qué puedo saber yo del matrimonio; además, yo no vivo en esta comunidad. Pero su mirada era más fuerte que mi irresponsabilidad ante la vida. Suspiré, creí que era el momento adecuado para descubrir el secreto en su mirada. Él se recargó en la pared de adobe. Entrecruzó sus brazos, agachó la mirada y comenzó la crónica del Redecacle:

“Tengo recuerdos desde que era un escuincle. Esta piel que parece ciruela seca nunca se cansó de trabajar. No se olvida la persona que te acompaña hasta en su último suspiro, a quien te espera con una taza de café y una tortilla caliente después de ir por una carga de leña. Por eso se debe respetar a su pareja en la vida y en la muerte. Mi Lenchita [suspiró fuertemente].

”Aún recuerdo cuando la conocí, el 13 de diciembre de 1959. El sol estaba resplandeciente, juraría que eran las diez, pero eso no importa. Me emocionaba más que llegaran esos días del mes de diciembre, era la única vez que me compraba ropa, además llegaba un señor gordo y de barba que vendía una cosa que parecía algodón y se deshacía luego en la boca, era muy dulce y empalagoso, por eso sólo me comía uno. Como era costumbre en esa fecha, el pueblo se pintó de colores, las calles estaban adornadas. Era la fiesta patronal, celebrábamos a nuestra Virgen de Santa Lucía.

”Me encontraba parado a dos calles de la agencia municipal, aún se percibía el olor a copal por la peregrinación. Caminé hacia la iglesia, cuando llegué la misa había terminado, era justo lo que quería, por eso tardé en bañarme. Pero creo que no fue buena idea, me di cuenta por la mirada molesta de mi madre al salir de la iglesia. Estaba en problemas, eso era seguro. El sonido de sus huaraches se me hacía eterno cuando se acercaba a mí. Pero la tortura tenía que terminar, al fin llegó al árbol donde me encontraba parado, con una voz alterada me dijo: “y tú, hijo de la borrega quién te crees para no entrar a misa”. “Estuve en misa, en la última banca, a un lado de la señora Delfina”, mentí. Sabía que la señora Delfina no había entrado a misa, la había visto tan entretenida en el puesto de los peroles de aluminio, ¿qué podía pasar? Tenía 19 años, no me importaba mentirle a mi madre. Cuando la miré bien, supe que no estaba nada convencida. Lo único que se me ocurrió era darle fuga a la tortuga, rápidamente me fui.

”Mi escape fue directo al jaripeo, me iba a montar un toro por primera vez. “Las gradas de madera están más gastadas que mis calzones” dije sin pensarlo. La cerca de madera era lo de menos, ese toro no podría contra mí. Soy un Carmona y chingón lo decía sin parar. Sabía que no habría problema en que me dieran un toro. Lo importante es que se arme el jaripeo, eso dice el público que asiste. Además, va una que otra chica que se emociona cuando alguien se le queda al toro. Como siempre, no falta el hombre collón al que le da miedo montar.

”Me dirigí a la mesa de inscripción, cuando me inscribí resulté ser el participante número 8, me pidieron mi apodo, sólo se me ocurrió decir El Niño sin Amor. Me entusiasmaba más cuando se escuchaban los gritos del profe Bernardo, él siempre era el animador, era muy respetado, fue el único que estudió del pueblo. Yo me conformaba con mi cuarto año de primaria, ya sabía leer y escribir, además era bueno en la pizca de café, ¿qué más podía pedir?

”Pero yo me sentía emocionado, sin duda podía dominar a ese toro. La gente aplaudía sin parar, uno que otro no lo hacía, porque sus manos estaban ocupadas por el algodón rosado y dulce. El presumido de El Tigre le volvió a quedar al toro, siempre le aplaudían, era costumbre ganara el primer lugar. Mi papá se expresaba mal de él, decía que su madre era la vaca, porque al montar estos animales ganaba dinero: “Así no, esa no es la forma de ganarse la vida, un día de estos se puede morir”, siempre me decía eso… En el fondo de mi corazón sabía que yo iba a ganar, tomaría al toro por los cuernos. Cuando llegara con dinero a casa no importaba que mi padre me dijera que mi madre era la vaca.

”El Tigre era el participante número 6 (le volvió a quedar al toro), el participante número 7 era El Aventurero, y después seguía yo, El Niño sin Amor. Me acerqué a las gradas, vi la mirada furiosa del toro negro, tenía unos cuernos bien grandes, quería arrepentirme, pero no podía, ya me había persignado y orado el Padre Nuestro. Sólo tenía que esperar que el profe Bernardo dijera: “¡con ustedes, directo del barrio el Macuil, el Niño sin Amor, montando al toro imparable El Huracán!” Escuché cómo gritaban varias voces desde las gradas: “Niño sin Amor, Niño sin Amor, Niño sin Amor”. En eso las puertas se abrieron, el toro dio tres brincos, la parte trasera de mi pantalón se atoró en los cuernos de El Huracán, caí con el pantalón todo desgarrado de la parte trasera, para mi mala suerte mi cara cayó en un montón de caca de toro. Se hizo un silencio que duró cuatro segundos, pero cuando me estaba levantando, se oyó una voz desde las gradas: “Vamos, Culito, vuélvetelo a montar”. ¿Culito?, me pregunté. ¡Rayos! Cuando me di cuenta, se me veían todas las nalgas, El Huracán tenía parte de mi pantalón en sus cuernos. Creo que me puse rojo como un tomate. Así como se oía en las gradas al principio El Niño sin Amor, ahora se oía el “Culito”. ¡Qué pena!

”No sé cómo salí del jaripeo y llegué al río, no podía con la vergüenza. Sentía el agua rozar mi rostro, así como la caca del toro. Escuche una voz que me dijo; “¿quieres jabón?” Me quedé en silencio, la miré, no lo podía creer: Lorenza ya había crecido, su piel morena, su cabello negro, sus ojos hermosos, hasta se me olvidó por un momento que era “Culito”. Creo que no pensó lo mismo, lo noté en su reacción, me dijo: “Apúrate, que ya van a dar las cuatro de la tarde y no he terminado de lavar la ropa de mis hermanitos”. Estaba todo embobado. Me quité los restos de caca de toro y la esperé a que terminara. Después la fui a dejar a su casa.

”Llegué a mi casa como a eso de las seis de la tarde, cuando cerré la puerta sentí el en mi espalda el mecate que nunca debí haber dejado encima de la leña. Era mi madre, la molestia se veía en su mirada, me metió una chinga de aquellas. Con esos mecatazos no me quedó más que llorar, en silencio como debe ser. Pensaba en la molestia de mi mamá. ¿Será por no entrar a la misa?, ¿la mentira de la señora Delfina?, ¿lo del jaripeo?, ¿mi olor a mierda? ¿O por ser la madre de “Culito”? A lo mejor, y porque no quiere un hijo pendejo, esa siempre es su excusa.

”Estábamos iniciando el año nuevo, tenía que ir al Zacatal por un dinerito que le debían a mi mamá. Era necesario salir temprano, el Zacatal está a unos 50 minutos caminando, así que tomé a la Coqueta, la bicicleta color rosa de mí primo Juan; creo que si yo la hubiera comprado no hubiera sido en ese color, es la suerte de ganarse una bicicleta en una rifa de la iglesia. Pero la Coqueta sería mi compañera en los caminos a la ranchería.

”Después de cobrarle a la señora Carmela, regresé con los 250 pesos de mi mamá. Estaba por llegar a Cerro del Aire cuando me topé a Lorenza, sin pensarlo le pregunté si quería un aventón. “¿Y me voy a ir en las llantas?”, preguntó Lorenza. “No, aquí adelantito de mí”, contesté. Se subió al cuadro de la Coqueta y empecé a pedalear. En el transcurso del camino sentí su pelo en mi cuello, el viento estaba a mi favor. Sentía raro, bonito pues, pero raro. Lo que sí no fue raro fue nuestra caída: por culpa de una piedra a mitad de camino, la llanta delantera de la Coqueta quedó ponchada. Por suerte, esta vez mi cara cayó sobre la tierra. “¿Ya viste mi rodilla? Está llena de sangre”, dijo Lorenza mientras le salía una lágrima. “No le digas a tu mamá que fui yo quien te tiró de la bicicleta”, dije tratando de convencerla. “No te preocupes, no pasará nada”, me dijo al ver mi cara de asustado. La levanté, le sonreí, la tomé de la mano y caminamos lo poco que faltaba para llegar al pueblo. Sobre el camino de terracería íbamos ella, yo y la Coqueta con la llanta ponchada.

”Era el mes de septiembre de 1960, tenía que romper mi timidez y hablar con mis padres. ¡Estaba por cumplir 20 años, me tenía que casar! “Te vas a quedar como Cirilo”, me decía mi tío Mateo. Pobre Cirilo, por ser un borracho nadie le hizo caso, se embriagaba con aguardiente. Yo era trabajador, bueno para la siembra de maíz y la pizca de café, porque eso de las montadas no era lo mío, tener el alias de “Culito” en el jaripeo, como que no.

”A mis padres les pareció buena idea que yo me casara. “¿Quién me dará nietos?”, preguntó mi padre con emoción. “Es Lorenza Salinas”, contesté. “Es una señorita muy trabajadora, me la topé en el río cuando fui por un tercio de leña”, dijo mi madre. Los dos se miraron, mi madre me dijo: “La iremos a pedir como debe ser, así que a trabajar, cabrón”. Estaba feliz, sabía que los padres de Lorenza aceptarían que yo me casara con ella. No era como Cirilo, eso ya era ganancia.

”Era enero de 1961 cuando mis padres fueron a pedir la mano de mi Lenchita. Al llegar a la casa, me miraron y dijeron: “Los padres de Lorenza prendieron la veladora en su casa”. Eso quería decir que Lenchita sería mi esposa, sólo quedaba formalizar el compromiso llevando el guajolote. Por esa razón, a principios de febrero como era costumbre, teníamos que ir todos los de la familia a celebrar mi próximo matrimonio. Llegamos a su casa, se percibía el olor a café y memelas de frijol; estaba emocionado. Mi familia llevaba seis canastas de pan de yema, nueve guajolotes, tres cartones de cerveza, cinco kilos de maíz y una botella de mezcal. Todo era para sus padres, tres hermanos, dos hermanas y el padrino de bautizo. Pero eso era lo de menos, lo más importante era mi compromiso con Lenchita. Para entregar lo que llevábamos tuvimos que bailar el Jarabe del Guajolote. Empezaron a tocar y comenzamos a bailar, aún recuerdo ese verso tan popular: “Guajolote querían ver. Guajolote están mirando. El gusto tendrán de verlo. Pero de comerlo, cuándo”.

”No olvidaré que mi compromiso fue sincero desde que la conocí. La respetaría y amaría. Siempre tuve la idea de que envejeceríamos juntos, que contaría mis costales de maíz, que me haría piojito y tomaríamos café en las tardes lluviosas de junio.” El anciano me mira a los ojos, respira profundo, guarda silencio por un momento y después prosigue.

“Es difícil olvidar ese día. El cielo era completamente azul, no había ninguna señal de nube. El sol brillaba, parecía compartir mi felicidad. La felicidad era mutua. Eran las tres de la tarde del 23 de marzo de 1961, la iglesia estaba adornada con globos blancos y uno que otro ramo de flores en las bancas. En el curato, el padre se acomodaba su sotana para la misa de casamiento. Cerro del Aire estaba de manteles largos, ¡me casaba con mi Lenchita!

”A mediados del año en que me casé, construí mi casa cerca de la de mis padres. Dios nos bendijo con cinco hijos: Ruth, José, Claudia, Isidro y Ulises. Pero la presunción que nos hicieron el día que nos casamos acerca de la vida en nuestro matrimonio se cumplió. Recuerdo que después de la ceremonia nos regalaron un gallo y una gallina, que presuntamente hacían alusión a nosotros. Al cabo de tres semanas, la gallina amaneció sin cabeza. “Cuida mucho a tu esposa, eso de que el tlacuache matara a la gallina no es bueno”, dijo mi vecina Catalina. Y sí que tenía razón.

”Ha muerto Lorenza Salinas. Esas fueron las palabras de la curandera después de los tres años de sufrimiento de mi mujer. Lorenza murió en Cerro del Aire, ella así lo pidió, después de vender un terreno de cafetal tenía las posibilidades económicas para que mi esposa llevara un tratamiento especial por el tumor en la cabeza que le habían detectado tres años atrás en la ciudad de Oaxaca, pero no se podía hacer nada más, la enfermedad estaba avanzada, la muerte de mi esposa era inminente. Se quejaba mucho, me dolía verla así. De mis cinco hijos, Ulises, quién tan solo tenía un año de edad, se quedaría sin el cariño de su madre.

”Era abril del 1979, la tarde era ventosa, el suelo estaba frío. La recostaron en la tierra donde durante diecinueve años habíamos vividos juntos, la tierra tenía que recibirla. Mis hijos veían mi tristeza, tenía que ser fuerte. Cuando pusimos su cuerpo en el ataúd colocamos una serie de objetos para que su alma no quedara perdida en los caminos de la vida. Pusimos su ropa y los alimentos que llevaría en aquel viaje a la muerte. Le colocamos siete tortillas con carne de una gallina con todas las partes de su cuerpo, una avispa, un perrito de agua, que es un insecto parecido al grillo que vive en las orillas del río, y un poco de miel. Cuando mi Lenchita llegue al río que separa la vida de la muerte, el perrito de agua la ayudará a cruzar. Así ella llegará a su destino.

”Al concluir la tarde, yo estaba sentado frente a mi esposa cuando sentí una mano sobre mi hombro, una mano con la piel arrugada. Sentí seguridad, era el tata Eligio, mi bisabuelo, que también en su juventud perdió a su esposa. Me abrazó. “Tienes la enfermedad del Redecacle”, dijo el tata. Alguna vez lo había escuchado, pero en realidad no sabía qué era, así que me mantuve en silencio. El tata Eligio prosiguió: “Después del entierro de Lorenza te vas a cuidar por su muerte, tienes que curarte de la enfermedad del Redecacle”. Así que, después del entierro comencé el cuidado para no conservar la enfermedad del Redecacle tras la muerte de mi Lenchita.

”La mañana siguiente fue difícil, no fue fácil decir adió a mi Lenchita… Se escuchó la marcha fúnebre tocada por la banda a las afueras de mi casa. Recuerdo a las personas que me fueron a ayudar en aquel acontecimiento, siempre agradecí sus kilos de maíz, azúcar y sal. Recordé que la noche anterior ya habíamos preparado el viaje de mi Lenchita al más allá. Estaba el tata Eligio, mis padres, hijos y suegros. Vi por última vez la hermosura de su rostro, cerré la caja y me recordó aquella tarde cuando éramos unos chamacos y nos caímos de la Coqueta.

”Cayó el último montón de tierra sobre su ataúd, olía a flores de primavera mezcladas con copal. No quise ver a mis hijos, mi rostro expresaba mi dolor. Por ellos me tenía que cuidar de la enfermedad del Redecacle, yo era su único sustento, tenía que estar sano y trabajar el doble para sacarlos adelante. El tata Eligio sería mi acompañante en este cuidado por su experiencia y sabiduría.

”Observé cómo la gente se alejaba del panteón, unos murmurando sobre qué sería de mí o de mis hijos, palabras más, palabras menos, sobre la muerte de mi Lenchita. Al final quedamos familiares cercanos, pero la gente adulta sabía que yo deber cuidarme del Redecacle. Mi tío Mateo se llevó a mis hijos ya que el tata Eligio así lo ordenó. Cuando sólo quedamos los dos, sentí sus manos frías sobre mi brazo. “Vámonos al río, haremos la iniciación”, dijo. Miré su cara, que expresaba incertidumbre, por ello decidí no decir palabra. Caminamos por una vereda cubierta de árboles cítricos que estaba cerca del panteón, en mis pasos el aire del atardecer cubría mi rostro como una sábana; a través de mis huaraches sentía las piedras pequeñas del suelo, podía escuchar a los grillos cantar entre los leños, pero todo ello no era extraño. Quisiera poder definir el sentimiento que expresa la muerte, es algo tan raro y diferente, es una cuestión única.

”Llegamos al río. “Tenemos que buscar el lugar indicado”, dijo el tata Eligio. Me tomó del brazo, volví a sentir su mano fría. Después me llevó a un entrecruce de río, entendí que ése era el lugar indicado. El viejito se quitó los huaraches y se dobló el calzón de manta hasta la rodilla; yo comencé a hacer lo mismo. “No, tú no hagas eso”, exclamó. Como desde el principio, lo correcto era guardar silencio. El anciano cruzó el río, cuando llegó al otro lado cortó siete hojas de taraguntin y regresó a la piedra donde yo estaba sentado. De su bolso de telar sacó una jicarita de palo. Me volvió a tomar del brazo y caminamos al entrecruce del río. El agua me llegaba a la altura del ombligo, comencé a sentir frío. No me desprendí de ningún artículo de mi vestimenta. Por esa razón le pregunté: “¿Por qué no me quité ni los huaraches?” “Porque te vas a purificar y no debes tener ningún resto del Redecacle”, respondió.

”Nuestros cuerpos estaban orientados hacia la corriente del río. El tata tomó la jícara de palo, la llenó de agua, mojó las hojas de taraguntin, elevó la jícara con agua a la altura de mi cabeza y dijo: “Voy ayudarte a curar esta enfermedad que te dejó la muerte de tu esposa. Epifanio Carmona, te tienes que cuidar durante tres grupos de trece días, que en total son 39. Si no cumples las recomendaciones que te estoy dando, la enfermedad no te abandonará. Si el Redecacle persiste, morirás como un perro cuando se le atraviesa un hueso de pescado en su garganta, te secarás y morirás. Ese tipo de muerte no será digno.” El tata culminó con estas palabras: “Hazlo por tus hijos y por el amor que juraste a tu esposa el día que te comprometiste con ella.”

”De pronto sentí cómo el agua recorría mi rostro hasta llegar al ombligo. Las frías hojas de taraguntin se deslizaban por mis brazos, pasando por la cabeza y la espalda. Suspiré fuertemente y entendí que no podía fallarle a mi Lenchita. Cuando salimos del río el sol estaba a punto de ocultarse entre los cerros. Estaba mojado, así que me quite toda mi ropa y la exprimí. “Vámonos a tu casa”, dijo el tata. Así que caminamos por la orilla del río para que ninguna persona me viera. Cuando llegamos a la casa, mis hijos ya estaban durmiendo. Fuimos a la cocina y todo estaba en su lugar, menos mi esposa. El tata puso un petate en la esquina de la casa, despertó a mis hijos y les dijo que se durmieran en la otra división del jacal. Puso sus manos sobre mis hombros y me dijo: “Aquí te vas a dormir, sólo puedes salir cuando quieras ir al baño y cada tercer día cuando te vayas a bañar al río; de la comida no te preocupes, ya hablaré con tu hija la mayor, quiero que estés tranquilo, yo estaré contigo los 39 días de tu curación del Redecacle.”

”El siguiente día sería parecido a los restantes. Al levantarme a las siete de la mañana, el sol ya estaba alumbrando nuestro día, me daba cuenta de ello porque al techo de mi casa le faltaba una teja. Pero no podía salir más que para ir al baño. Mi hija Ruth, quien ya estaba grandecita, molía el nixtamal y prepara la comida para mí y sus hermanos. Pobre de mi hija, no quería verla sufrir.

”Ella era la encargada de llevarme las tres comidas. Cuando se acercaba la hora, ella ponía mi comida en una esquina del petate donde yo estaba. No me dirigía la palabra. Después de terminar de comer, mi hija volvía por mi plato sucio; tampoco me dirigía la palabra. Ruth había aprendido a cocinar, se ve que le ponía atención a su mamá, el caldo de pollo le sale rebueno.  Pero por su edad, estaría un poco confundida por el cuidado que me estaba haciendo, ella tenía que entender esto que es parte de la vida de donde vivimos.

”Los terceros días eran parecidos entre sí. Estos días veía al tata Eligio, íbamos al entrecruce del río para que me bañara, como a las siete treinta de la mañana porque a esa hora no hay gente en el río. Los señores se van al campo antes de que salga el sol y las señoras van a lavar la ropa en la tarde. Pero entonces el tata ya no se adentraba en el agua, sólo observaba. Al terminar me llevaba a la casa y hablaba con mi hija, con el propósito de que yo no escuchara.

”Como por el día 27 de mi cuidado, tuve la curiosidad de saber qué le decía el tata Eligio a mi hija, así que ese día traté de acercarme sin que me vieran. Fue entonces que lo escuché decir: “Que bueno que tu papá se está cuidado como le dije, tú también debes seguir las recomendaciones, no hables con él cuando le lleves la comida, si no se termina sus alimentos, haz un pozo y entiérralos, síguele dando de comer en el mismo plato y vaso, no olvides que ustedes no deben comer ahí”, culminó.

”Cuando pasaron los días, me di cuenta de que todos ellos, a excepción de cada tercer día que me iba a bañar, eran muy parecidos. Pero lo que no he mencionado es qué pasaba más allá de que en el transcurso del día comiera, fuera al baño o me bañara. En realidad tenía espacios de soledad donde me alejaba del mundo teniendo una relación con mi vida y una presencia con la muerte. El Redecacle era precisamente eso; una interacción con la muerte. Decía el tata que si no cumplía con este cuidado me moriría como un perro cuando se le atraviesa un hueso de pescado, o sea, mi cuerpo se secaría y moriría. En cierta manera el tata mintió porque quería que yo llevara a cabo este cuidado. En realidad quería que buscara un momento de soledad.

”Cuando terminó mi cuidado, me bañé casi al anochecer por última vez en el entrecruce del río. Esta vez el tata fue el que me dio el primer jicarazo de agua, me limpió con la hoja de taraguntin y dijo: “Has tenido una experiencia nueva en tu vida, espero que hayas aprendido para que el día de mañana tú conserves este legado.” Luego silencio. Al terminar, salimos del río y nos dirigimos a mi casa. Cuando llegamos, el tata se despidió, observé cómo se ocultó entre los platanares, era una despedida que dos semanas después sería para siempre.

”Esa tarde quemé las cobijas en las que había dormido durante 39 días, vi cómo el humo se elevaba hacia el cielo, escuché las risas de mis cinco hijos jugando en el patio. Me sentía diferente, algo había ocurrido dentro de mí. Podía seguir dando pasos firmes en el camino de la vida.

”¡Puedo decir tanto de mi Lenchita!... No sé si me enamoré de ella cuando me limpió los restos de caca del toro luego del jaripeo o cuando guardó silencio después de nos caímos de la Coqueta, aunque creo que en realidad la amo por darme cinco hijos y mantenerme vivo después del cuidado del Redecacle.

Epifanio Carmona no decía palabra. Se me hizo un nudo en la garganta, una simple palabra como el Redecacle decía mucho. “¿Por qué me dijo todo esto? No me conoce”, exclamé angustiado. “En eso tienes razón”, recalcó Epifanio.  Después reafirmó; “Tú tienes vida, también tienes muerte, ¿no crees que debes aprender?”

Me levanté del banquito de madera, la taza de café estaba vacía, no sé en qué momento me lo terminé. Salí de la casa de adobe, la calle olía a tierra mojada, la lluvia había terminado, mi corazón latía. La muerte no sólo era la descomposición del cuerpo sino las formas de vida de una comunidad.

La muerte impaciente no es más que un aire incandescente que ronda por diferentes lugares, por comunidades llenas de tradición donde es tan real el afecto y respeto que se le rinde tributo a esta tradición.




Ilustración:
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Juan Eliezer Quintas Cruz (Oaxaca, 1993). Estudia la licenciatura en Pedagogía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es becario del Sistema de Becas para Estudiantes de Pueblos Indígenas y Negros de la UNAM (SBEI). Con el presente texto, obtuvo una mención en el Concurso 47 de Punto de partida.