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CUENTO / No. 67

Oblación



Guillermo Verduzco

 

 

Raúl Ontivares es un hombre mesurado y racional y, por lo tanto, no piensa nada extraño o inquietante sobre la silueta pintada con lo que parecen apurados trazos sobre la pared, cerca de la salida del aeropuerto; ni siquiera le dirige una segunda mirada, perdida como está entre muchas otras. Regresa de un viaje de una semana al norte del país, un viaje en el que no sólo lo han asaltado, robándole la cartera y el celular (la pérdida del segundo le ha resultado más dolorosa que la de la prácticamente vacía primera), sino que se trata de un viaje que a final de cuentas resultó inútil: el negocio por el que lo realizó fracasó estrepitosamente.

Ontivares es un animal de rutinas. Odia los viajes o cualquier otra cosa que modifique su statu quo meticulosamente construido a través de los años. Después de una semana que considera una pérdida de tiempo, apenas puede esperar a llegar a su apartamento, quitarse los zapatos que ya le entumecen los pies, prepararse una taza de té negro y acostarse en la vieja cama hasta permitir que una semblanza de rutina lo empape de nuevo lentamente.

Cuando sale de la terminal nota la larguísima pared blanca que separa la calle del estacionamiento. Está decorada con las siluetas negras de docenas de personas en el mismo proceso que él: hombres, mujeres y niños cargando mochilas y maletas, caminando con prisa, de salida de la terminal. Una procesión de sombras congeladas a medio paso. Le parece una decoración algo tenebrosa, y considera el tipo de mente a la que se le puede haber ocurrido sugerirla. ¿Qué habría pensado el pintor o pintores a cargo de plasmar aquellos… fantasmas? La palabra le parece adecuada. Fantasmas. Le recuerdan tal vez algún libro leído hace mucho, almas en pena marchando pesadamente en una hilera infinita a través de un monstruoso páramo helado, de un pre-Infierno, camino a recibir el juicio eterno.

Piensa en los hombres que lo asaltaron en el viaje. Niños, más que hombres. Probablemente apenas salidos de la adolescencia, acaso más jóvenes a juzgar por la voz de uno, el que lo llamó “viejo maricón” cuando intentó decirles (cosa estúpida y peligrosa, lo admite) que su cartera estaba casi vacía. Cuando mueran, sin duda a una edad no muy avanzada debido a la línea de trabajo que llevan (durante un momento ha pensado “que eligieron” pero desecha tal pensamiento al instante), ¿caminarán también por una fila como la de las sombras en la pared? ¿Caminarán por la tundra apoteósica que mencionaba el libro, hasta encontrarse con un juez sombrío y ultraterreno? ¿Y qué hará este juez? ¿Condenarlos a sufrir para siempre en un lago de fuego eterno o cualquier otra burda metáfora del sufrimiento sin fin? No, se dice Ontivares, nada de eso. Esos muchachos que lo asaltaron no recibirán ningún castigo en esta vida ni en la siguiente, en cuya existencia no cree. No los odia. Tampoco se compadece de sí mismo. Esas cosas pasan, piensa. No ha salido herido y sólo perdió algo de dinero. Esas cosas pasan y no hay ninguna razón para ellas: es la manera en que funciona el mundo.

El sonido lejano de un claxon rompe su abstracción y casi ríe. Está pensando en tonterías, pierde el tiempo. Entre todas esas siluetas reducidas a sus características más primarias es casi imposible notar aquella que desentona. Pero alguna parte de Ontivares la nota, aunque él mismo no se dé cuenta. Alguna parte profunda, un reflejo animal a lo anómalo y tal vez peligroso. Se recuerda: tonterías, el tiempo. Detiene un taxi y deja atrás el aeropuerto y las figuras de la pared.

Su departamento lo recibe con un rancio olor a leve humedad, reconfortante por conocido. La oscuridad cede ante el primer apagador accionado, y la tetera pronto está calentándose sobre la estufa. A veces extraña el café, pero su médico se lo ha prohibido terminantemente. No es bueno para sus nervios ni para su estómago maltrecho. El té es un sustituto pasable. Eso es la vejez, piensa Ontivares, una lista cada vez más larga de sustitutos pasables de las cosas que alguna vez amaste.

Mientras queda el té, calienta un poco de pollo en el microondas. El sonido del horno envuelve la pequeña cocina, la vuelve tangible, la dota de una sensación de realidad que Ontivares disfruta. Desde que su esposa lo dejó, hace años, siente como si el departamento lo fuera devorando lentamente, como si de un momento a otro corriera peligro de convertirse en un mueble más. El susurro del horno le devuelve un poco de su propia presencia, le hace recordar cómo eran las cosas antes. Se imagina como un murciélago, ciego a excepción de cuando el sonido del microondas rebota en las paredes cochambrosas de la cocina, devolviéndole a su cansado radar espiritual una imagen nítida del lugar y de sí mismo.

El té no es en definitiva café, pero ha aprendido a obtener alguna satisfacción de él. Ya hay pocas cosas en su vida de las que puede decir lo mismo. Después de cenar se lava los dientes con meticulosidad, cepillando la lengua, enjuagando y escupiendo dos veces. Se acuesta en la vieja cama que no se ha decidido a cambiar todavía, a pesar de que ya puede sentir claramente los resortes contra su espalda. Cambiarla por fin sería tal vez cerrar algo que todavía no se siente preparado para cerrar. Hay ocasiones en que piensa durante días seguidos en cambiarla, en los modelos de colchones nuevos que ha visto en internet, en lo bien que se siente la gente al comprar algo nuevo y tirar lo viejo, lo bien que podría sentirse él. Pero aún no se decide.

Ya con las luces apagadas, Ontivares mira el techo y piensa en su cama. La tiniebla que pende sobre él es amorfa. Sus ojos intentan descifrarla por reflejo y le parece colmada de líneas móviles de oscuridad que se intersectan unas con otras como una telaraña o algún otro tejido finísimo. La imagen de la figura apenas vista en la tarde le viene de pronto, sin razón, quizá salida de entre esas líneas ulteriormente negras. Se está quedando dormido y los pensamientos se le enmarañan. La silueta es extraña, con un parecido sólo lejano con la de un ser humano, y no sabe de dónde ha salido. Al salir de la terminal no la ha visto más que una fracción de segundo. ¿Qué es eso?, se pregunta casi en voz alta. ¿Lo ha visto en algún programa de televisión? ¿En algún libro? ¿Tiene algo que ver con su cama? Su esposa eligió esa cama ella misma, cuando se mudaron. Es una buena cama. Su cerebro dormido a medias intenta establecer una conexión entre su vieja cama y la silueta unos momentos más pero no puede, no entiende nada ya. Ontivares duerme al fin y la figura se confunde con pesadillas que habrá olvidado antes de que amanezca.

A la mañana siguiente se levanta una hora antes de lo normal. No pude volver a conciliar el sueño así que decide irse temprano a la oficina. En días así desearía poder todavía beber café.

Ontivares es una criatura de hábitos. Todas las mañanas, antes de llegar a la oficina, se detiene en una cafetería a una cuadra del edificio donde trabaja y compra un té negro chico y un sándwich de queso, todo para llevar. A veces fantasea con que la muchacha detrás del mostrador le dice: “¿Lo de siempre?” con una sonrisa cómplice, pero nunca ha sucedido. La chica es atractiva pero de ojos tristes, cansados. Ni siquiera lo mira cuando le da el cambio.

A la hora de la comida, cuando se dirige caminando a un restaurante del que ha oído buenas cosas a sus compañeros, se encuentra de nuevo con la figura. Esta vez la reconoce al instante: sabe que la ha visto antes en la pared del aeropuerto, que es la figura en la que pensó antes de dormir la noche anterior.

La silueta está pintada con lo que parece carboncillo negro sobre la pared de cemento pelón de un viejo edificio abandonado. Le recuerda un poco a esas sombras que alguna vez leyó quedaron grabadas sobre paredes y escalones de Hiroshima cuando la bomba cayó y calcinó al instante a las personas más cercanas al estallido. Ahí terminan las similitudes con la figura humana: la silueta frente a él tiene dos brazos y dos piernas, sí, pero debe medir poco más de dos metros de altura y los brazos son demasiado largos y delgados, casi como los de un orangután, con las manos terminadas en dedos enormes y retorcidos. Ontivares cuenta seis de ellos en cada una. Los hombros encorvados y demasiado afilados le dan el aspecto de acechar algo, de casi estar lista para saltar sobre algún peatón desprevenido. Aún más que lo anterior, lo que llama su atención es la cabeza de la cosa. El cráneo es excesivamente grande y alargado, con protuberancias extrañas en las sienes. Y donde debería estar la boca se encuentra un tubo o manguera, lo que hace que la figura parezca llevar puesta una antigua máscara de gas o un respirador como el que utilizaría un buzo. Pero no, no es ninguna de esas cosas. Sabe que la intención del artista es otra. El perfil del tubo tiene una apariencia demasiado orgánica y flexible; la sugerencia es clara. Se trata de una probóscide.

Admira la habilidad del artista; la silueta verdaderamente despide una impresión siniestra de vida, casi podría moverse. Pero es un día soleado y Ontivares no tiene tiempo para grafitis monstruosos. Sigue su camino y la olvida a los pocos minutos.

Entra al restaurante y elige una mesa en una esquina, lejos de la mayoría de la gente. Mientras come, lee una vieja novela de ciencia ficción. Antes le resultaba incómodo ir solo a un restaurante, pero desde hace tiempo se ha acostumbrado. Tardó dos meses en resolverse a ir sin compañía al cine después de que su esposa lo dejara. Comprendía que no existía nada malo en eso, que mucha gente lo hace sin mayor problema, pero él nunca lo había hecho y, la verdad, lo apenaba. Imaginaba que los jóvenes y las parejas lo mirarían de soslayo y tal vez incluso murmurarían algo como: “¿Y ese señor, vino solo?”, porque claro, después de cierta edad no es bien visto asistir a funciones nocturnas completamente solo; lo murmurarían no muy fuerte, pero quizá lo suficiente para que lo escuchara. Nunca sucedió, por supuesto. Se dio cuenta de que para las demás personas, él era como una sombra entre la niebla. Se quitaban de su paso pero nada más. También se dio cuenta de que dependía de su esposa para muchas cosas.

Cuando llega a casa, mira televisión sin poner demasiada atención hasta que anochece y es hora del ritual diario: poner el té, calentar algo de cenar, escuchar el sonido del microondas, leer un poco más, cepillarse los dientes y acostarse.

En su recámara encuentra la misma oscuridad fuliginosa de todas las noches. En el techo sobre su cama aguardan todavía los hilos negros entrelazados en cuya existencia insisten sus ojos. Se masturba cansadamente, sin pensar en nada en concreto; sólo una mera concesión para con su cuerpo, un trámite más. Otro sustituto pasable de cosas que ya es imposible obtener. Desde lo de su esposa, ha vivido en una soledad cada vez más completa. No ha estado con ninguna mujer desde entonces. Los sitios para conocer gente en internet de los que ha escuchado hablar a sus colegas más jóvenes en la oficina le provocan algo cercano al pánico. La idea de contratar una prostituta ni siquiera ha cruzado por su mente. Simplemente, la soledad se ha convertido en una parte más de su vida.

El día siguiente no es bueno. Después de pasar a la cafetería como todos los días, se encuentra con que el artista anónimo ha dibujado otra silueta, esta vez en el edificio donde trabaja, justo en la pared a la derecha de la entrada. La figura oscura le causa un leve escalofrío esta vez. Es excesivamente negra, casi da la impresión de tratarse de un agujero. Le pregunta al guardia de la recepción si tiene idea de quién la ha pintado o cuándo, pero éste, un hombre gordo que ni siquiera desvía la mirada de su pequeña televisión portátil, le dice que no en un tono que deja claro la molestia vaga que representa Ontivares.

En la oficina encuentra difícil concentrarse. Se sorprende mirando el suelo fijamente minutos después de que la fotocopiadora terminó la tanda que fue a imprimir. La conversación de fondo de la oficina le parece reducida a casi un murmullo. Nota que algunos de sus compañeros más jóvenes lo miran de reojo y luego tratan de disimular sus risas. Bermúdez, su jefe, necesita llamarlo tres veces, la última casi a gritos, para lograr que le haga caso, y sacude la cabeza con resignación cuando Ontivares se levanta de su lugar dócilmente para ir a su despacho.

Cuando sale de la oficina nota que la figura ya ha sido borrada de la pared del edificio. Se sorprende de lo eficiente que ha sido el trabajo: no queda ninguna huella de que la pintura hubiera estado ahí. De camino a casa, mirando por la ventana del camión, Ontivares cree por un momento ver otro grafiti idéntico en la barda de un terreno baldío, pero está tan lejos y pasa tan rápido que no puede estar seguro.

Esa noche busca en internet alguna información sobre el grafiti. Supone que es alguna nueva moda entre los adolescentes, alguna copia de la obra de algún artista famoso que se ha convertido en algo viral, la firma de alguna pandilla, cualquier cosa. Pero no encuentra nada. Nadie más parece haber visto la figura.

El día siguiente es peor. Le parece ver la silueta sobre la pared de un túnel del metro. Sólo la ha percibido durante un segundo, no más, pero está casi seguro de que era la misma pintura. Pasa casi todo el día mirando vacuamente el monitor de su computadora. Debe de verse en mal estado, porque al final del día Katia se ofrece a llevarlo a casa en su auto. Katia trabaja en el área administrativa y es una de las pocas personas de la oficina que le agradan a Ontivares. La chica lo mira a veces con lo que se podría llamar una irónica ternura. Es demasiado joven para él, en todo caso.

En el trayecto casi no platican. La verdad es que nunca han hablado, fuera de las pocas veces que se cruzan en la oficina. Ontivares se imagina acercándose a ella, una vez que se hayan estacionado, y besándola. Sabe que es algo que nunca va a suceder. Cuando llegan a su edificio, Katia lo mira como suele hacerlo y le pregunta si necesita algo más, si ya se siente bien. Pero él se ha puesto blanco de súbito y no responde. Ella repite la pregunta y Ontivares balbucea una respuesta a medias, le da las gracias y baja a tropezones del auto.

Adiós, dice la muchacha mientras se aleja manejando, pero él ni siquiera la mira. Se queda de pie frente a la entrada del edificio de departamentos, inmóvil. Su estómago se ha convertido en una pelota apretada y caliente. Ahí, junto a la puerta, está la silueta negra e inhumana.

Esa noche Ontivares no puede conciliar el sueño. Da vueltas y vueltas sobre su cama. Considera las posibilidades. Hay alguien siguiéndolo y pintando la figura en lugares donde él pueda verla, alguien que quiere asustarlo. Ridículo. Es el grafiti insignia de un colectivo de artistas que busca diseminarlo por toda la ciudad. Nada probable. Se está volviendo loco. No. La pintura está ahí. ¿Entonces? ¿Qué sucede? Se queda dormido intentando responder esa pregunta.

En la mañana decide no ir a trabajar. Habla a la oficina diciendo que se encuentra enfermo, que necesita unos días. No quiere admitirlo, no a sí mismo, pero detesta la sola idea de pasar al lado de la silueta al salir del edificio. Toma un largo baño con agua casi hirviente y luego prepara té y trata de continuar la novela de ciencia ficción pero no puede concentrarse. Pasa casi todo el día mirando la televisión, cualquier canal, cualquier programa, sin ponerle atención a nada en realidad.

Al día siguiente revisa el refrigerador y sabe que es necesario salir por comida. Pasa una hora dando vueltas en su departamento, tratando de retardar lo más posible la salida con cualquier pretexto. Finalmente se decide, sale y se encuentra con que el horroroso grafiti ha desaparecido, probablemente lavado de la pared por algún encargado de mantenimiento. Esto mejora un poco su estado de ánimo y decide caminar hasta el supermercado. Mientras anda, fija la mirada en la banqueta y en sus pies. No desea mirar alguna pared y ver a la cosa negra, acechante. Compra pocas cosas: pollo, algunas verduras. Quiere regresar lo antes posible a casa.

Cuando abre la puerta de su departamento y ve que la silueta monstruosa está pintada sobre la pared blanca de la pequeña salita, no suelta las bolsas que carga, no profiere ningún alarido, no hace nada. Entra lentamente, se sienta en el sillón y mira la figura. Esto no le puede estar pasando. Estas cosas no suceden. Existe un orden en el mundo y cosas así no suceden.

No duerme. Temprano en la mañana habla de nuevo a su trabajo y pide más días. Su jefe le advierte que tendrá que descontarlos de su sueldo pero Ontivares sólo le cuelga. Acomoda su sillón para que mire hacia la pared y observa la figura, hirientemente negra. Piensa que debería borrarla, lavarla, pero no quiere tocarla siquiera. Se imagina posando su mano sobre ella y luego retirándola con asco al sentir una piel febril y apergaminada como la de alguna criatura ciega y subterránea, o un frío caparazón quitinoso como el de un escarabajo. La trompa de la cosa le hace pensar en un mosquito descomunal, en un hambre antigua. Está pensando estupideces. Aún así no se acerca a la pared.

Más tarde va a la cocina y enciende el microondas sin poner nada en su interior, sólo para escuchar el ruido. Esta vez no encuentra paz en él. Es sólo un sonido mecánico, muerto. Solamente lo hace desear que su esposa estuviera ahí. Regresa a la sala y enciende la televisión, pero no la mira, nada más es una lejana estática mientras observa la negra aparición.

Lleva dos días sin bañarse, sin rasurarse. No puede dormir. No ha salido de su departamento, la figura está demasiado cerca de la puerta. Está perdiendo la cordura. Cree que la silueta ha cambiado ligeramente de posición, pero eso es claramente imposible. A veces parece más negra, menos una pintura y más una sombra real proyectada sobre la pared de su sala. A veces parece un agujero, de tan oscura. Pero, ¿un agujero a dónde?

No puede borrar la imagen, tampoco puede salir. No entiende por qué le ocurre esto precisamente a él. Mira la silueta durante horas. ¿Qué más puede hacer? Es su casa. Es su vida.

Ese día comienza a llover desde temprano por la tarde. Recibe algunas llamadas que no contesta. Probablemente del trabajo. Ha dormido los últimos dos días en el sillón, frente a la figura. No ha comido nada en todo el día.

Cuando cae la noche, Ontivares no enciende ninguna luz. Fuera, la lluvia se ha convertido en tormenta. Las gruesas gotas que caen sobre la ventana de su sala suenan como las uñas de pequeños dedos tocando el cristal, rogando entrar. Sentado en el sillón, ve cómo la oscuridad se agazapa en las esquinas con cada relámpago. Cree percibir que la figura cambia ligeramente de posición cada vez que es iluminada con la luz blanca de los rayos. Pero eso sería una tontería. Ha llegado a odiar esa perversa sombra. Decide que esa noche dormirá en su cama y que al día siguiente, apenas se levante, se encargará de lavarla de la pared, por más asco que le dé acercarse a ella.

Entra a su habitación y no cierra la puerta. Desde la vieja cama tiene todavía a la vista, cada vez que un rayo la desvela, la silueta en la sala. Se queda dormido sentado a medias en la cama, observándola. Mañana, piensa, mañana.

Y entonces Ontivares se despierta sin saber cuánto tiempo después, el violento aguacero golpeando la ventana y el techo, el aire sintiéndose pesado; oye un ruido pero no puede ver entre tanta oscuridad, el corazón en su pecho cada vez más rápido; escucha la respiración gorgoteante de alguien más en la habitación, el sonido de algo que se arrastra sobre el piso. Luego el relámpago revelador, la pared vacía, blanco y nada más en el lugar donde debería estar pintada la silueta, la lluvia cacofónica es el clamor de una batalla, y finalmente la ve, como una imagen dentro de un sueño, casi al pie de la cama: la figura alta y negra y proboscídea –la luz inmisericorde de un rayo le revela en detalle el hocico en que termina la trompa, lleno de dientes acomodados en círculo como los de una lamprea–, la figura que alguna vez estuvo atrapada en la pared acercándose, libre ya, a él.

Él, Ontivares, que nunca ha hecho nada malo a nadie en su vida; que apenas en este momento se da cuenta de que el universo funciona así; que en medio del ruido ensordecedor de la lluvia aprende finalmente que a las personas, sin importar lo que hayan hecho con su vida, les ocurren por igual cosas espantosas sin que exista ninguna razón y que estas cosas simplemente suceden y seguirán sucediendo.  Y entonces imagina incoherentemente que quizá él mismo no es más que una oblación necesaria para que el mundo continúe siendo como es, una oblación hecha sobre algún sutil e imperceptible altar para que el mundo siga girando como lo ha hecho desde siempre. Es un consuelo inútil y desesperado. Ontivares piensa finalmente en la vieja cama que eligió su esposa y encuentra en este pensamiento un resquicio de cordura donde esconderse de lo que sabe que sucederá a continuación, mientras la figura negra continúa avanzando hacia él, dando un lento paso, ahora dando otro, con finalidad irrebatible y eficiencia de insecto.




 


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Ilustraciones:
chad garner www.freeimages.com
Stefan Wogrin www.freeimages.com
elaine tan www.freeimages.com


Guillermo Verduzco (Orizaba, Veracruz, 1986). Es autor del libro Cuento infinito (Ediciones B, 2008).