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CUENTO / No. 67

De palabra y omisión



Ricardo Guerra de la Peña

 

Para mi padre, a diez
años de su partida.


Marisol se equivoca, habla con su miedo la pobre. Me duele mirar por la ventanilla del autobús la lluvia que nunca duerme. Las mujeres, como todas las mañanas, siguen quemando una tortilla en el anafre, hasta dejarla negra, para después sumergirla en la taza y así tener listo el café, pero la ilusión ya no nos despierta. ¡No, esto no es culpa de don Anselmo!

Bajé del camión justo enfrente de la tienda de mi hermano. Ojalá me fíe, no puedo regresar sin los paraguas.

— ¡Efraín!, ¡Qué gusto verte, hace tanto!

—Demasiado.

—Ya verás que pronto los voy a visitar. Ando en friega. ¿Cómo están tus hijos?

—Bien, Marisol les enseña lo que puede en la casa.

—Parece que nunca volverán a abrir las escuelas. Tu camión regresa luego luego. Vamos directo a lo que viniste. Sé que necesitas dinero, el agua echa a perder todo. Te voy a dar cien pesos, no tienes que regresármelos.

—Te lo agradezco, pero me trae otra cosa…

— ¿Qué cosa?

—Quería saber si me podías fiar cuatro paraguas.

—¿Y eso? Ya a nadie le importa mojarse.

— Es que… son para…

—Esto no tiene nada que ver con el hijo de puta de don Anselmo, ¿verdad?

—Está muy solo.

—¿Solo? ¡A huevo que está solo!

—¿Me vas a prestar, sí o no?

—Si tanto los quieres, llévatelos. Nada más te advierto que su condición ha empeorado.

Me entristece ver a don Anselmo tan mojado; durante años he escuchado el chillido de sus zapatos chorreantes durante la madrugada. Ya no puede andar de día, le avientan piedras. Hace mucho tiempo, para que nadie lo molestara, salía a secarle los charcos que dejaba a su paso. Ahora, seguirlo haciendo sería estúpido.

—¡Marisol, qué rico huele! Bien picoso, ojalá nuestro invitado no se enchile.

—Ojalá lo mate.

—Di lo que quieras, Marisol, esta noche ese hombre se va a sentar en la cabecera hasta que se termine su caldo. Ni se te ocurra hacer una pendejada.

—Estás loco, pero allá tú, a ver si tus hijos no salen corriendo cuando lo vean, de él se escucha cada cosa. Si se joden mis muebles, ¡me compras otros!

Ya se encontraba todo listo, sentí nostalgia. La mesa quedó tan bonita como en las navidades. Desde hace años en el pueblo no se festeja nada; está mal visto, seguimos de luto. Junto a la puerta dejé recargados los paraguas. El reloj marcó las nueve, la hora acordada. Se escuchó el agua correr entre las grietas de la banqueta más fuerte que nunca. Mi hermano tenía razón, había empeorado. Bajo la puerta se coló un arroyito; había algo diferente en esa agua, corría más lento, pesaba. La boca me supo a sal. Se escuchó el golpeteo del aldabón. Marisol rezaba a mi lado entre susurros, acariciándole el pelo a Carlitos, como si fuera un rosario. Volvió a llamar la aldaba. Antes de jalar la perilla dije: “Abran los paraguas”. El fuerte viento abrió la puerta de golpe. Ahí estaba él, por primera vez con ropa distinta, obscura y elegante. El tono de su piel era verdusco, como moho; de su barba caían pesadas gotas; tenía un hongo en la nariz del tamaño de un puño.

—¡Bienvenido!

—Gusto en verte, Efraín.

Nos quedamos callados. Hice una reverencia con la mano para invitarlo a pasar, pero no se movió, tenía vergüenza de mojar la casa. Al advertir que cada uno sostenía un paraguas, se decidió a entrar.

—Le presento a mi esposa Marisol.

Don Anselmo se acercó para besarle la mejilla; ella le extendió la mano.

—Niños, saluden. — Les ordené.

El mayor le dio la mano e inmediatamente la secó en su pantalón. Carlitos, al verlo acercarse, se soltó a llorar y abrazó a su madre.

—Perdone, hace tiempo que no ve a otro hombre, además de mí, en la casa.

—No se preocupe, Efraín.

Caminé hacia la mesa, y estuve a punto de resbalar; el piso estaba empapado. Marisol sirvió la comida con una mano, mientras con la otra cargaba el paraguas.

—¿Y cómo ha estado, don Anselmo?

—Eso no importa, Efraín.

Empecé a sentir frío en los tobillos.

—Marisol, la felicito por sus hijos, son unos niños…

—¿Sabía que el agua casi inunda la guardería?, ¿o que van varias veces que el aguacero desentierra a nuestros muertos?

Los tazones  comenzaron a desparramar el caldo. Los trozos de carne nadaban sobre la mesa.

— Marisol, no es su culpa.

—¡Sí es su culpa!, ¿Por qué no se larga al monte? ¡Donde no joda a nadie!

—Efraín, mejor me voy.

Estaba enfurecido, me casé con una majadera.

—Quédese, termine de cenar, le pido una disculpa por mi mujer, es tan ignorante.

Los niños abrazaban sus piernas sobre sus sillas, para no sumergirlas en el agua.

—Ya sé que soy ignorante, por eso dígame, don Anselmo, ¿sólo a los pobres nos ahogará la lluvia?

Los juguetes de Carlitos flotaban sobre el agua. Me sentí estúpido, era el único que aún sostenía su paraguas.





 


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Ilustraciones:
Tori Campbell www.freeimages.com
juri Staikov www.freeimages.com
oshin beveridge www.freeimages.com


Ricardo Guerra de la Peña (Ciudad de México, 1992). Estudiante de la licenciatura en Derecho de la UNAM. Con “De palabra y omisión” obtuvo el Premio Estatal de Cuento Corto El Espíritu de la Letra, Yucatán, 2015; además, mereció mención honorífica en el Premio Nacional de Cuento Joven FILEY 2015. Su Twitter es @RicardoGuerraP.