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No. 7/CRÓNICA

 
Una moneda al agua: viaje al Museo Nómada


Karina Maldonado


museo-nmada.jpgUna colosal estructura edificada sobre la plaza del centro de la ciudad está cubierta por altos cilindros de bambú. El sol, postrado en lo más alto, castiga con sus flechas encendidas; ellas son quienes provocan fatiga y cansancio. Aún así, nadie abandona su lugar. Todo el que se dirija hacia la espontánea construcción no piensa retirarse sin acceder a ella.

Ashes and snow, exposición audiovisual del artista Gregory Colbert, se presenta en el Nomadic Museum, espacio desmontable cimentado con materiales que alguna vez pertenecieron a otras construcciones; su naturaleza itinerante lo ha llevado a recorrer ciudades como Nueva York y Tokyo.

Aun en los días hábiles —o que no son para dar paseos—, la exposición cuenta con una gran audiencia. Meteoros no contemplados por las predicciones del clima no son obstáculo para la larga espera. Cada quien exige respeto a su espacio y su tiempo:

—¡No te metas, cabrón! —grita un hombre enfurecido.

El último tramo de la kilométrica fila para acceder al Museo Nómada está acondicionado con carpas y asientos de metal; tal vez no se consideró que resultaran cómodos porque quienes llegan a ese punto permanecen en él poco tiempo. La desafortunada organización, así como la desesperación bajo los castigadores rayos del sol, son los causantes de conflictos a pocos metros de la entrada.

—¡Sin salario! ¡Huelga!

—¡Queremos mejor trato! ¡Huelga!

Una pequeña manifestación hace acto de presencia. Evento común en la plaza del Zócalo, espacio socorrido para denunciar el descontento por cualquier situación. La comitiva no cuenta con más de veinte personas, pero el alarido es retumbante. Algunos infantes, tomados de las manos de los adultos, gritan al unísono.

museo-nmada-1.jpgPara muchos, después de casi media hora de espera, la entrada está justo adelante. ¿Qué es lo que ha seducido a miles de individuos poco adeptos a visitar museos? ¿Es la majestuosidad de la edificación? ¿Son las pocas imágenes exhibidas al público? ¿Es la ausencia total de la bestialidad de animales silvestres en conjunción y armonía con la humanidad?

El sol ha perdido la batalla en el interior del recinto. Adentro domina la oscuridad. A cada paso dado, la madera del piso rechina. En los costados de la edificación algunos destellos dan cuenta de que la multitud está rodeada por agua, y cuando uno levanta el rostro encuentra las fotografías que Gregory Colbert logró recolectar en más de dieciséis años.

Cada fotograma corresponde a una secuencia de una serie de cortometrajes que forman parte de la muestra. No falta quien comente, incrédulo, que es un fotomontaje. La naturaleza aún es vista como una amenaza para el hombre. El recorrido es una introducción al primer filme. Las pupilas de los visitantes perciben las secuencias, que los transportan hacia un sueño en el que son ellos los protagonistas. Así lo deja ver la multitud paralizada ante el perfecto entendimiento entre un chimpancé y una mujer, quienes se expresan con movimientos sublimes, delicados y frágiles. El roce de sus cuerpos refleja el establecimiento de un código que no tiene  origen en la lengua hablada. Las extremidades atraen al cuerpo del contrario y lo percibido es una comunión sin obstáculo entre las dos especies, distintas pero genéticamente parecidas. Movimientos sincrónicos acusan que el humano puede fundirse con la naturaleza, que es posible transmutarse de un ser racional a uno instintivo, creador de danzas, que puede compartir el baño con un ser extraordinario como el elefante.


Si vienes a mi en este momento…
…tus minutos se convertirán en horas…
…tus horas se convertirán en días…
…y tus días se convertirán en tiempo de vida.

El segundo cortometraje narra los pensamientos de una persona que perdió momentos esenciales en su vida. Desea y anhela lo que un día tuvo y no aprovechó. Extraña a la persona amada y se da cuenta de su soledad. A la par, las secuencias mostradas son de paquidermos acompañados de niños y mujeres entrelazando sus cuerpos desnudos. La extensión de este segundo filme provoca el aburrimiento de muchos que, entonces, prefieren seguir el recorrido.

Al fondo resuena el alarido de un bebé. El hastío se hace presente ante los pocos asientos disponibles. Hay rostros de fatiga y los bostezos comienzan a ser frecuentes. 

La pluma es a sangre,
la sangre es a hueso,
el hueso es a ceniza,
la ceniza es a nieve


museo-nmada-2.jpgAsí se desarrolla Cenizas y nieve (Ashes and snow), palabras que titulan una proyección que desnuda los sentimientos del humano cuando redescubre la naturaleza que su especie abandonó hace más de veinte mil años. Aquí el tacto se vuelve imprescindible a la hora de acercarse a un chita para mantenerse a su lado vigilando, o al permitir que una suricata descanse sobre la propia cabeza.

El último corredor es estrecho en comparación con el espacio asignado a la proyección. El agua rodea a los visitantes de nueva cuenta. El misticismo  propiciado por la penumbra deviene al instante otra dimensión; una en la cual un individuo creyó que los deseos se vuelven realidad si lanzas una moneda al agua.

 


 Ilustraciones:
www.ashesandsnow.org
www.df.gob.mx


 
Karina Maldonado Portillo (México, 1988) es estudiante de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM.