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POESÍA/ No. 68
Tres poemas


Incompatibilidad lingüística

No puedes culparme
si la palabra vibrant
no es es lo suficientemente vibrante para mí.
A mí, que entrené mi lengua para 
escalar palabras como si fueran montañas.
A mí, que aprendí a hablar en una lengua que requiere
un enorme esfuerzo de articulación,
una lengua que no admite palabras que se pronuncien 
sin hacerles la guerra o hacerles el amor.

Love?
¿Dónde está la r del AMOR?
Para mí no hay amor sin r,
para mí el amor necesita un terremoto para tener sentido.
El amor te deja la boca temblando,
te eriza los pelos,
te atropella,
te arrasa,
es un tren,
un trueno,
un colibrí.

Cuando yo digo te amo
la t es un cruz gigantesca y de madera,
se entierra en el campo baldío de la promesa;
es la cruz que atestigua el nacimiento de una civilización
es la primera prueba de nuestra existencia,
es la cruz que treparemos para sobrevivir a un diluvio milenario,
la misma donde te crucificaré si me fallas.

No se escapa tan fácil de un TE AMO,
no de los míos al menos.
Y tú con tus I love you,
sólo me recuerdas
una mala película en un cine solitario.

Tantas cosas caben en en tu boca cuando dices I love you…

No puedes culparme,
es que mi lengua es más ambiciosa.
A mí me gustan las palabras que suenan a promesa,
a superstición,
las que sobreviven incluso después de decirlas,
las que se quedan flotando
aéreas y burbujeantes
como fantasmas, 
como ecos en una cueva
donde sólo queda el rojo vivo del fuego que encendimos,
el que nos protegerá esta noche, y las que vienen,
de todas las cosas cómodas e intermedias,
como tus I love you y las malas películas,
las palabras que no rugen,
las cosas cuya presencia no me hacen temblar.



Xīctomatl

“Se me antojan unos tomates”
me dijo la chica polaca mientras encendía un cigarrillo.
En la iglesia, justo en ese momento, alguien empezó a cantar;
ángeles desconocidos,
cantándole a un dios todavía más remoto,
coronaron aquella frase banal y la llenaron de gloria.

De pronto mi boca también se regocijó con el recuerdo de un tomate gordo y suculento.
Me imaginé hundiendo los dientes en su pulpa roja 
y cómo se chorrearía, 
desde los costados de mi boca 
hasta el origen de mi cuello,
el jugo rosado de un tomate maduro.

Dicen que a Díaz del Castillo unos indios en Guatemala
trataron de cocinarlo con todo y soldados;
y aunque me esfuerce,
no logro encontrar imagen más oportuna
para este coro de ángeles siniestros,
que un par de europeos a punto de ser guisados
con sal, ají y tomates.

xīctomatl,
fruto gordo y con ombligo,
otro obsequio americano e inconsciente
a la vieja patria usurpadora.
Ahora recuerdo los vasos helados de jugo de tomate,
otro antojo heredado de mi madre
que dice que para ser feliz,
sólo necesita queso, albahaca y tomate.

Justo ahora los ángeles dejaron de cantar.
Sólo queda el rastro tenue de un piano que también emprende su retirada.
La polaca regresa del mercado con un tomate a medio morder en la mano;
yo la observo de reojo y me disgusta su camiseta chorreada de jugo,
los rastros de pulpa encarnados 
en el espacio sutil entre sus dientes
Se despide de mí y levanta el tomate como un trofeo,
un corazón todavía tibio y latente;
sonríe triunfante,
parece que tiene la boca ensangrentada.

La miro y pienso:
“así no es como se come un tomate”.



Beso con los ojos abiertos

En Barcelona realizaron un estudio para entender por qué que cerramos los ojos cuando nos besamos en la boca. Dicen que es porque la vista monopoliza los sentidos y si nos besáramos con los ojos abiertos, no podríamos centrar nuestra atención en la boca que besamos. Creo que tiene sentido.

Yo no cierro los ojos cuando te beso, no del todo al menos.
Tú no te das cuenta porque cada vez que te espío 
tienes los ojos cerrados como un cachorro,
un niño dormido.

Sentir tu boca como lo haría un ciego, 
armada sólo de tacto, de gusto y de olfato,
no me dejaría más remedio que entregarme a ti entera y sin reparo,
sin la mas mínima consciencia, 
en la oscuridad tierna de los ojos cerrados.

Una vez respiramos juntos, al mismo tiempo,
mientras nos besábamos en algún sofá ajeno.
Yo que tenía los ojos entreabiertos
pude ver tu pecho inflarse como un globo amarillo.
Exhalaste en mi boca tan divinamente
y me recordaste un verano en la playa,
un bebe celeste durmiendo la siesta,
una palabra inexistente,
una noche de navidad,
todas las veces que pedí perdón y las veces que dije gracias,
la primera vez que lloré de la risa,
el primer poema que me hizo llorar.
Y en ese momento, sin cerrar los ojos,
pensé en borrar todas las bocas que besé antes de la tuya,
pensé en cómo me gustaría que éste fuera mi primer,
mi único beso.

Yo no cierro los ojos cuando te beso
no quiero comprender la magnitud de esa boca.
No podría sobrevivir a esa transfusión de aliento
con los ojos completamente cerrados
porque adivino en la delgadez de ese respiro
la fuerza de mil besos,
los besos de toda una vida,
y eso sólo puede resucitarme
o quemarme viva.

 

­Emilia Guzman (Buenos Aires, 1994). Es estudiante de la licenciatura en Letras Hispánicas en el ITESM. Obtuvo el primer lugar en la categoría de Poesía en el XXX Certamen Nacional de Creación Literaria del Tecnológico de Monterrey (2016). Su obra se incluyó en la antología Espasmo, muestra de poesía contemporánea producida por jóvenes autores del noreste de México (UANL, 2016).