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No. 7/CRÓNICA

 
Ciudad eclipsada



Laura Canales



ciudad-eclipsada-jeinny2a.jpg“El telescopio es de Reyes”, dice una mujer a las personas que pedían asomarse a la mirilla para ver el espectáculo lunar, señalando orgullosa a su hijo de 10 años. “¡Es gratis, es gratis!”, anunciaba Reyes a la gente que ya hacía una fila detrás de su pequeño observatorio estelar.

En  toda la plancha del Zócalo, los telescopios tomaron el lugar que en otras ocasiones ocupan los manifestantes, las pancartas, las casas de campaña, los paseantes o los citadinos en su diario andar por el centro de la ciudad. Hoy la gente no miraba hacia un templete, su vista se dirigía al cielo. Arriba, muy arriba, la luna se vestía de negro. El satélite mostró su poder de convocatoria al reunir a más de 25 mil voyeristas ansiosos de observar la evidencia del paso lunar por la sombra de la Tierra.

“Ojalá no se nuble”, lamentó un joven. “No manches", le contestó otro recostado en el suelo, "el cielo se ha portado poca madre, ni una nube ha aparecido.” La contaminación y el clima de la ciudad, últimamente caprichoso, cedieron ante el encanto del fenómeno cósmico. Desde las seis de la tarde, los asistentes comenzaron a llegar al observatorio capitalino. Julieta Fierro, astrónoma de la UNAM, brindaba una sobre el movimiento planetario. La luna y los planetas, representados por bailarines, danzaban en pleno centro de la ciudad.

Poco antes de las ocho de la noche, los organizadores e invitados de honor llevaron a cabo la presentación oficial: Marcelo Ebrard, jefe de gobierno del DF; José Narro, rector de la UNAM, y Enrique Villa, director del IPN. También se anunció que 2009 fue proclamado por la ONU como el Año Internacional de la Astronomía.

ciudad-eclipsada-matteo86.jpg Detrás de Palacio Nacional, la luna subía a ocupar su sitio protagónico. La noche se transformó en una verbena científica, los bambúes del Nomadic Museum, hace unos días vecinos de la pista de hielo, se levantaban al lado de carpas instaladas como escenarios, donde los astrónomos profesionales eran entrevistados por aspirantes, aficionados y curiosos. En otras se explicaba al público los fenómenos estelares: el sol, la luna, los planetas y las estrellas siempre han fascinado al ser humano, y éste era el momento de conocerlos de cerca.

Los 97 telescopios de los organizadores se instalaron del lado del Antiguo Palacio del Ayuntamiento, pero por toda la plancha los telescopios de aficionados permitían participar en la observación masiva capitalina.  Las filas más largas eran en los telescopios de mayor diámetro: potentes ojos capaces de captar los anillos de Saturno, la superficie rojiza de Marte o los cráteres lunares.

Los organizadores iban de un lado a otro, señalaban el cielo con láser, regalaban mapas estelares. Investigadores, estudiantes de astronomía, miembros de grupos de aficionados  portaban un gafete y una playera azul impregnada de estrellas doradas y con la Diana Cazadora en su faceta de astrónoma, dejando el arco y tomando un telescopio.

A las ocho, la luna comenzó a ocultarse. Un niño y su papá trataban de ajustar su telescopio: “Se ve medio mal, pero si quieren pueden acercarse”, nos invitó. Un estudiante del Instituto de Astronomía lo enfocó, afortunadamente para la pareja de astrónomos aficionados, que en ese momento  era rodeada, junto con su telescopio, por un grupo de neófitos con buenas intenciones que nada pudo hacer.

De los alrededores llegaban los enamorados del cielo cautivados por el eclipse lunar. En el Palacio de Bellas Artes la vista era grandiosa, el palacio de mármol, iluminado,  acompañaba  al paisaje estelar. Era inevitable mirar. Algunas personas sacaban sus celulares  para conservar un recuerdo gráfico. El cielo estaba limpio. La luna poco a poco se fundía con la oscuridad nocturna.

Mientras, en el Zócalo, un grupo de música instrumental tocaba como fondo del espectáculo. Dos pantallas exhibían unas veces a la luna siendo devorada por la sombra de la Tierra; otras, proyecciones sobre el curso planetario o imágenes de los cuerpos cósmicos.

Las nueve de la noche: la sombra de la Tierra cubrió totalmente a la luna. Los asistentes aplaudieron, en agradecimiento del espectáculo, al satélite de la Tierra. Una nube distraída, y tal vez con cierta malicia, se atravesó y cubrió un pedazo de luna rojiza. Una pareja exigía: “¡Quítate, estorbo!” una niña en los hombros de su papá pedía: “¡Fuera, fuera!” además, un coro de chiflidos y mentadas fueron necesarias para que la nube desistiera de hacerle una mala jugada a los espectadores.

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Abajo, los palacios, casas de hombres, lucían a media luz; arriba en el cielo, hogar de los dioses, lucía el eclipse lunar en su totalidad; Marte, Saturno y algunas estrellas de las seis grandes constelaciones del cielo invernal brillaban en toda su grandeza. Entre ellas Sirio, la estrella más brillante que se puede observar desde la Tierra.  Las constelaciones de Can Mayor, Can Menor, Tauro, Géminis, Orión y Auriga dibujaban en esta noche, 20 de febrero, la carta estelar.

La observación y la fiesta astronómica continuó, incluso después de terminado el eclipse, a las once de la noche. Susana Harp cantaba; algunas personas aprovechaban que había disminuido  la  asistencia para saltar de telescopio en telescopio. Miembros de asociaciones de astrónomos aficionados repartían volantes para hacer publicidad a sus grupos, anunciaban salidas para observar el cielo lejos de la luminosa ciudad. Un vendedor aprovechó la euforia cósmica para ofrecer 5% de descuento en la compra de cualquier telescopio.

Algunos astrónomos de la UNAM, sentados bajo una carpa, platicaban después de la jornada cósmica. “Además de ser una fiesta científica, esta ocasión fue una plataforma para interesar a los niños y jóvenes en la astronomía como una opción para dedicarse profesionalmente, ya que aunque seductora, la astronomía no ha tenido mucho éxito en las aulas, pues la población de astrónomos profesionales en México es de alrededor de cien”, comentó  Primoz Kajdic, doctor en Ciencias por la UNAM.

El Zócalo a las doce de la noche poco a poco quedaba desierto, la estación del metro acogía a los nocturnos observadores, quienes abajo, en el submundo, esperaban el tren que los llevaría a sus casas. Una vez al año sucede el encuentro entre la luna y la sombra de la Tierra, pero en la ciudad no volverá a verse hasta el 2010.

 

 

 

 


Ilustraciones:
jeinny www.sxc.hu
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buzzybee www.sxc.hu

 


Laura Canales (Distrito Federal, 1978) es licenciada en Ciencias de la Comunicación. Profesora de Periodismo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Actualmente estudia la Maestría en Comunicación y desarrolla una investigación acerca del papel de los mensajes periodísticos en la construcción de mitos. Se ha desempeñado como redactora y reportera de noticieros televisivos como En ContrasteVisión A M. Ha colaborado en las revistas Palestra e Intelethos. Es miembro del Seminario de Periodismo de la FCPyS.