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No. 8/CUENTO

 
Todo se rompe



Sergio Loo



Treinta minutos antes de las seis de la mañana, Joel golpea con su antebrazo la botella. Se cae. Deja sólo una mancha llena de espuma y vidrios rotos. El líquido escurre a un bache donde se contiene. Observamos todo el procedimiento como si nuestras vidas pendiesen de ello. Nuestros ojos miran incrédulos, pero es cierto. Me bajo de la barda donde también está sentado Joel y antes, la botella en pie.

—Vete al diablo.
—¡Qué! No fue mi culpa.
—¡Vete al diablo!

Y comencé a caminar, al parecer, sin rumbo. Algunas veces siento que ya viví esto, para ser preciso, la semana pasada, o la anterior.

Cuando llegué a La Ópera esperaba encontrarme con otra cosa, no sé, algo distinto. Tenía ya seis meses de no ver a Joel, y que de repente me llamara para vernos y “decirme algo importante”, me desconcertó. Es cierto que no nos vemos frecuentemente, pero hubo algo raro en esta aparición tan... no sé. Nunca lo planeamos porque de todas maneras terminaríamos briagos en alguna calle escondida, para que las patrullas no vinieran a molestar. Yo esperaba otra cosa, definitivamente.


todo-se-rompe-foto-czarest.jpgA medio día me llamó al trabajo, lo que nunca hace; no me saludó con su ya clásico “¡Qué onda, putete!”. Su voz sonó entrecortada y grave. Lo atendí rápidamente, anoté en la primera hoja que vi: La Ópera... diez... noche... Joel.


Traté de llamarle más tarde pero no, parecía que su celular se había quedado sin batería o estaba “fuera del área de servicio”. Pasé el resto del tiempo divagando sobre posibles motivos importantes para vernos. La vez que yo me enfermé de salmonelosis o la vez que él por poco se queda sin movimiento en un brazo no fueron razón suficiente. Eso sí, cuando nos recuperamos, lo festejamos. Son contadas las veces que alcanzamos a despedirnos sobrios. Ahora mismo no recuerdo alguna, pero debió haberla, estoy seguro.

Joel y yo nos decíamos “Cuando tengamos mucho dinero vamos a ser clientes de La Ópera” pero siempre terminábamos en las cantinas escondidas de Insurgentes, donde venden la cubeta de cerveza Indio más barata que conozco.

Cuando llegué él ya estaba ahí, con la cabeza hundida sobre la mesa tras su brazo izquierdo mientras con el derecho sujetaba el que, supuse, no era su primer vodka. Junto a él estaba una mujer que yo no conocía. Usaba zapatos color pastel que gritaban “no soy de fiar”.

—Hola. Soy Rebeca.
—Mario. Hola.

Rebeca esperó a que yo pidiese algo para beber, a que el mesero viniera a tomar mi orden, a que fuera por mi vodka, a que me lo trajera, a que se fuera y a que yo diera el primer trago para romper el silencio y preguntarme algo.

—¿Tienes cigarros?
—No fumo.
—¿Te importa si fumo?
—No, ¿quieres que te pida unos cigarros?
—Aquí tengo, gracias.

El tiempo que duró la acción de furmarse el cigarro, desde que lo sacó de su bolso hasta que se convirtió en un filtro quemado, fue mínimo, como el cerillo con el que lo encendió. Entonces la imaginé desnuda, muerta, con los tacones enterrados en sus tímpanos. Esas imágenes siempre me relajan como un suspiro diminuto y saltarín. Definitivamente este tipo de mujeres debería terminar así. Joel no había dicho nada. De vez en vez me asomaba bajo la mesa para cerciorarme de que no se había orinado en los pantalones. Odio cuando sucede. Rebeca y yo comenzamos a hablar de la eutanasia y de las dificultades legislativas que había que vencer. Joel no participó en la conversación, algunas veces llegó a levantar la cabeza para decirnos que estaba bien, aunque no abría los ojos ni lo decía con fluidez. Al agotarse el tema comenzó el silencio. Después de mucho tiempo optamos por hablar de lo difícil que es dejar de fumar. Y como yo nunca he fumado, la plática la llevó ella. Algunas veces esperaba que yo debatiera o, al menos, diera un ejemplo personal que confirmara lo que ella planteaba. Pero nunca sucedió. La conversación se diluyó junto con su paciencia. Se despidió de Joel sacudiéndole la cabeza. Le pregunté si ya había pagado su cuenta. Sin duda se ofendió porque no me habló mientras esperaba al mesero.

En cuanto Rebeca se fue, Joel se incorporó.

—¡Qué cabrón eres!
—¿Por qué?
—¡Por qué! “Si estamos en la decadencia por qué no adelantarla”. Mejor le hubieras platicado de cuando te trataste de suicidar, no manches.
—¿Tú por qué no dijiste nada si nos estabas escuchando?
—Es que me estaba cagando de la risa... ¿Qué onda? Vamos a Insurgentes, ¿no? No tengo mucho dinero.
—¿Entonces para qué me citaste aquí?
—Pues esta vieja que quería verme y... pues se me ocurrió, nada más. Mira, pido la cuenta y nos vamos al eje para tomar un taxi.
—Es que mañana tengo que salir temprano.

Pidió la cuenta. Pagó sólo dos vodkas. Pasé al baño antes de salir a perseguir taxis al eje central. Consumimos la primera media hora del día en parar uno. Yo creía que nos iban a asaltar o que nos accidentaríamos en el camino, pero no. Llegamos a Insurgentes a salvo. Las cantinas estaban llenas, como siempre. Tuvimos que esperar hasta que se les terminara el dinero a los de la mesa de la esquina para tomar su lugar y pedir una cubeta de cervezas. Yo antes sabía abrir las botellas con un encendedor, con un desarmador, con una cuchara, con el llavero, con los plumones para la pizarra, pero ya lo había olvidado. Luis siempre me lo advirtió: “Si no se practica, se pierde”. La primera cubeta la pagué yo, la segunda él, la tercera yo, la cuarta él, la quinta yo y la sexta no recuerdo. Un par de veces se nos aparecieron mujeres que querían conversar con nosotros. Algunas de ellas trataban de discutir conmigo sobre la pena de muerte, pero inmediatamente se notaba que no sabían nada del asunto y, como no lograban sacarnos una sola cerveza, se esfumaban. Nunca falla.

—¿Entonces, qué me ibas a decir?
—Nada. Era nada más para vernos.
—¿Qué me ibas a decir?
—Nada. Ya te dije... como si necesitáramos algún motivo para algo.
—Si no me vas a decir nada mejor me voy.
—No te vayas, te necesito.
—¿No traes dinero, verdad?
—...no te vayas.

Sonaba una canción larga de los Doors. Estas cantinas son horribles si estás sobrio, si no lo estás son tolerables. En este local sirve una mujer gorda, de más de cuarenta años, que obedece a los gruñidos de su esposo casi calvo. La gente que viene aquí es muy variada: oficinistas, desempleados, prostitutas (o al menos parecen y se comportan como tales, aunque no cobren), vagos, estudiantes y travestis. A lo lejos vimos un hombre solo. Sin querer, crucé la mirada con él. Se acercó a retarnos. Intentó conmigo pero no le respondí. Luego cuestionó la hombría de Joel a tal punto que yo también me encabroné y aceptamos. Ahí vamos de nuevo, pensé.

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A la vuelta del local la calle siempre está vacía, a lo mucho habrá algún estudiante vomitando o un travesti acomodándose las tetas. El viejo sacó el cuchillo, se puso en guardia, retando a Joel. Pasaron tal vez cinco minutos hasta que yo le pateé la rodilla. Se había olvidado de mí. Comenzamos a patearlo. Joel se concentró en la cabeza; yo, como soy más reservado...

—Son sesenta por los dos.
—¿Por qué?
—El joven ya no aguantó.

Joel me fulminó con la vista y me hizo pagar. El viejo salió contento con mi dinero entre los dedos. Joel fue tras él y le propuso un doble o nada. El viejo volteó a su izquierda. Yo también, y vi la patrulla que nos veía a nosotros. El viejo dijo que no pero Joel insistió hasta jalonearlo. Se echó sobre él y comenzó a golpearlo y a patearlo con sus botas como desesperado. Yo esperé hasta que le rompió los labios y comenzó a fluir la sangre para decir en voz baja, muy baja: “ya, paren, paren”. Fingí separarlos pero un policía me jaló hasta la pared. Supongo que creyeron que nos sacarían más dinero a nosotros que al viejo, así que lo dejaron ir.

—En serio ya no traemos dinero, poli.
—¿Qué me quiere decir?
—No, nada, poli.
—Súbanse a la patrulla, cholos.
—No, poli, no somos cholos. Además, en serio que ya no traemos dinero, poli.
—Pareja, revísalos.

De mis bolsillos se llevaron mi cartera con una tarjeta de teléfono, cincuenta pesos y unos boletos del metro. A Joel le sacaron más dinero y el celular (por eso yo no uso). Supongo que por la gente que nos veía desde sus mesas, luego de exprimirnos los bolsillos, nos hicieron subir a la patrulla y nos botaron en quién sabe dónde.

—Ya no hay que hacer bronca, siempre terminamos mal.
—Y aunque no la hagamos, siempre algo lo jode todo. Acuérdate de la última vez, nada más por cómo estábamos vestidos nos pararon.
—La señora me quedó a deber cuarenta pesos.
—Mejor ya vámonos.
—No. Que me los pague.
—Con eso no nos vamos a poder regresar. Además vamos a terminar con broncas también con ellos, ¿y luego a dónde vamos?
—Aunque sea le pedimos una cubeta fiada y nos esperamos a que el metro abra. Total que ya falta poco.
—Vete al diablo.

Caminamos hasta llegar a Insurgentes, y de ahí seguimos derecho hasta el anillo donde están las cantinas.

—¿Por qué todo te vale madres? Pudieron llevarnos a la delegación.
—¿Nunca has estado en una delegación?
—No.
—Pues nada más faltas tú. Al Fausto ya, al Chema ya, al Puchi ya, al Arturo ya, a mí ya. Nada más faltas tú.
—¿Por qué tanta buena suerte?
—No sé.  No te pongas de mamón.
—Vete al diablo. Además, ya estoy cansado de pasarme así todos los viernes y los sábados.
—Sí, eso siempre pasa, pero nada más dan las ocho, las nueve y ya estás buscando dinero para salirte, ¿a poco no?
—No. El viernes pasado me la pasé en la casa.
—¿Cuántos viernes aguantas?
—No sé, no muchos.
—Ya, ¿qué le haces al cuento?
—Pues esto no va a ser para siempre. Todo se acaba. Como dice la canción: Todo se rompe.
—Ya. Camina y cállate.

Cuando llegamos estaban corriendo a los últimos borrachos. La señora se sorprendió. Se alegró de vernos bien porque hasta le agarró las mejillas a Joel. Él le pidió el cambio pero el esposo de la señora nos dijo que le dimos el dinero exacto. No era cierto, y él lo sabía.

Estábamos sentados en la barda viendo cómo cerraban el local. La señora no dejaba de mirarnos y nosotros a ella. Le pregunté por última vez a Joel qué me tenía que decir.

—Ya te dije que nada. Quería zafarme de esa vieja.
—¿De Rebeca?
—Sí. Me caga. Por eso me hice pendejo hasta que llegaste a hablarle de la eutanasia. Ya ni la friegas.
—Sonabas muy serio cuando llamaste. Hasta te busqué en la tarde para que me dijeras qué pasaba pero no respondiste.
—Es que esa pinche vieja estaba ahí cuando te llamé. Por eso te dije que nos viéramos, a ver si así espantaba a la mosquita putina ésa, pero me dijo que me acompañaba, entonces pues ya ni modo... pero de haber sabido que con hablarle de la eutanasia se largaba, lo hubiera hecho desde que la conocí.
—Pendejo, me preocupaste.
—Ya, no me jodas. No me salgas con que ahora ya te brotaron los sentimientos, putete.

La cortina del local se cerró. Los dueños y el mesero ya habían salido. El señor estaba delante, caminando con los pies hacia afuera. Lo odié un peldaño más que antes. Lo imaginé con los ojos colgándole por los cachetes, pendiendo sólo de unos nervios ensangrentados. La señora esperó un momento y rápidamente se acercó a nosotros, nos dio dos monedas de cinco pesos y una cerveza tibia y luego alcanzó a su esposo.

Treinta minutos antes de las seis de la mañana, Joel golpeó con su antebrazo la botella. Se cayó. Dejó sólo una mancha llena de espuma y de vidrios rotos. El líquido corrió hasta un bache donde se contuvo. Observamos todo el procedimiento como si nuestras vidas pendiesen de ello. Nuestros ojos miraron incrédulos, pero era cierto. Me bajé de la barda donde también estaba sentado Joel y antes, la botella.

—Vete al diablo.
—¡Qué! No fue mi culpa.
—Vete al diablo.

Ytodo-se-rompe-foto-elcho.jpg comencé a caminar, otra vez, sin rumbo. La botas ya me estaban lastimando. Esto ya lo he pasado, estoy seguro.

Llegué a la  estación del metro Sevilla. La entrada aún estaba cerrada. Busqué un lugar donde sentarme y ahí me desplomé esperando que abrieran. Entonces escuché detrás de mí.

—¿Falta mucho para que abran?
—¿Qué haces aquí?
—Nada. Te seguí, ¿no te diste cuenta?
—Vete al diablo. No tengo ganas de hablar contigo.
—Bueno. Nos esperamos juntos hasta que abran... ¿nos vemos el fin que viene?
—Tengo un compromiso, mejor dentro de quince días.



Ilustraciones:
elcho. http://www.sxc.hu/
Dawson. http://www.sxc.hu/
Czarest. http://www.sxc.hu/



Sergio Loo (Ciudad de México, 1982) es egresado de la Especialización en Literatura Mexicana del siglo XX (UAM-A) y autor de Claveles automáticos (2006).