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No. 8/CUENTO

 
Vías rápidas



Alfonso Vázquez Salazar

 

Hace tiempo que espero algo que nunca se aparece, que tarda en venir —se dijo el muchacho pecoso, recostado sobre los largos ventanales del edificio público ubicado frente al viaducto. La noche era fría y, a su paso, los automóviles, enloquecidos y agitados por una emoción ajena, resoplaban con violencia sobre aquellas vías por las que transitaba y se perdía la ciudad, olvidándose de cualquier pacto de no agresión en contra de sí y de sus habitantes. Si algo definía a la ciudad, pensaba con indiferencia el muchacho, era precisamente el grado de violencia que se infringía y, sobre todo, la capacidad de engendrar dolor y soportarlo, como un esquizofrénico que lucha para no matarse.

Él se encontraba ahora ahí, echado, solo, con una abrumadora intranquilidad que lo desesperaba pero que fermentaba en una especie de serenidad hacia los hechos y las intimidades que lo retenían en ese estado. Nunca se había considerado un lobo estepario; acaso un renegado que descreía de todo y que tenía por norma no fijar un compromiso explícito consigo mismo ni con el mundo; pero ahora había acudido ahí, solo, en espera de algo que sabía de antemano que no llegaría nunca.

vias-rapidas-foto-malko.jpgAun así, había cumplido la promesa de esperar y recuperar algo que había permanecido en ese lugar y que ahora flotaba como aguardando a que él lo atrapara con su respiración, como si por fin se hubiera filtrado la claridad por el boquete de truenos y cláxones que era esa ínsula; el mismo lugar que él y Mayte habían elegido para soñar en lo que podrían hacer en una noche de verano, un año después de encontrarse justamente ahí, a tres cuadras de la casa de ella, en alguna otra noche extraviada y plagada de errores, de palabras no dichas pero asumidas desde el instante en que la confianza se expandía como un latido, para bien de aquellos adolescentes.

Esa noche todo había fluido con un principio de esperanza tardía. Ella le habló de sus creencias, de sus padres —exiliados españoles—, del personaje que su madre se había empeñado en confeccionarle (pero que ya nunca interpretaría porque ahora se largaba para Tamaulipas, evadiéndose de elecciones vitales por el resto de sus días para escuchar deliberadamente la voz de las montañas, las carreteras, los árboles solitarios y la realidad fascinante y desconocida del mundo mexicano del norte).

Él se limitó a escuchar y a observar detenidamente el paso de los automóviles, justo como ahora cuando nadie escuchaba sus meditaciones y sus recuerdos. Y mientras pensaba en el rostro de Mayte, una patrulla se acercó en silencio. Descendieron dos hombres y le mostraron unas identificaciones gastadas y obscenamente parduscas. Le preguntaron su edad, su nombre, y le pidieron una identificación. Lo vieron con atención y curiosidad; comparando el rostro de la fotografía con el que mostraba ante la luz opaca y blanquecina de las lámparas del edificio, que se proyectaba, débil y sin sustancia, más allá de los ventanales. Su rostro quizá no coincidía. En la fotografía, que los policías manoseaban con impaciencia, aparecía más fresco, con ganas de creer. Ahora su cabello había crecido, como su desilusión. Sus ojos eran tan opacos como la luz y su aspecto notablemente descuidado. Le preguntaron qué hacía ahí, dónde vivía, y añadieron que no podía dormir en la calle. Respondió que no hacía nada, que sólo veía pasar los autos y la basura que levantaban, que estaba ahí por una promesa a sí mismo y a un recuerdo tenaz y rabioso como el frío de la noche, que sólo contemplaba la noche, que le gustaba sentir el frío y oler la ventisca, que le gustaba estar solo y pensar. Los policías sonrieron confundidos, le pidieron que se levantara para registrarlo, y al no encontrar nada, decidieron dejarlo en paz diciéndole que se cuidara, que ya pasaban de las dos de la madrugada y que aquella zona era peligrosa. El chico no dijo nada, se limitó a asentir con la cabeza y a reclinarse en los ventanales para, una vez que los policías se marcharan, deslizarse y derrumbarse de nuevo sobre el suelo y sus recuerdos.

vias-rapidas-foto-lazydaisy.jpgLa otra noche, la que importaba, Mayte le había dicho que sus manos eran pequeñas. Él, en venganza, le dijo que las suyas eran frías, casi gélidas. Ella respondió que era cosa de la circulación, que así era mejor, pues sentía el calor de una manera más intensa. Luego imaginó al hombre que le hubiera gustado ser para obsequiárselo a Mayte, pero ella se adelantaba a todas sus elucubraciones y contaba como si nada su vida: sus múltiples escuelas, su pasión por el teatro, la  muerte de su padre, el año difícil en la preparatoria, una amiga que tocaba el chelo y sus lecturas de heroínas fallidas. Al menos coincidían en la ausencia del padre. Ella se quedó quieta, mirando la luna roja que en ese momento emergía como salida de la nada. Entonces él se recostó sobre su vientre y le dijo que podía escuchar lo que sus entrañas necesitaban en ese momento: palabras que les dieran alivio y consuelo; le dijo que podía llevarla a los muelles de otra realidad, mas ella no contestó sino para decir que ya era tarde y que tenía que regresar a casa. Él ya no pudo decir nada, sólo pensó en lo que podría ser su vida dentro de un año, en las chicas que conocería, en su segundo año de universidad, en la posibilidad de tener algo con Mayte, en sus manos gélidas y en esa espontaneidad para pactar con el frío o con las estrellas, con el viaducto o con la ciudad entera, mientras ella jugaba con otras manos y con otros acordes en otros parajes, en otros parques. Porque algún día, inexplicablemente, el orden se habría invertido y ahora ella viviría de noche como los bartenders de lugares de moda que sirven bebidas con distintos grados de alcohol para hacer más llevadera la desesperación en noches obscenas y nostálgicas como ésa.

Caminaron hacia la casa de la calle Mutualismo hablando de la luna roja, de los poemas que le había leído, de la posibilidad de verse otra vez; y como sin querer, el chico preguntó: “¿Qué andaremos haciendo dentro de un año?”. “No lo sé –dijo ella– seremos un año más viejos, quizá sigamos teniendo frío y habremos dado una vuelta entera al sol sin habernos siquiera dado cuenta”. Se despidieron y desearon buenas noches. Él caminó buscando un taxi sobre Benjamin Franklin. Se prometió recordarla y volver a ese punto transcurrido un año, estuviera ella o no, apareciera ella o no. Lo recordaba bien porque, por alguna ironía del destino, era el mismo día en que murió su padre; eso le bastaba para agregar un recuerdo más, una suposición, al dolor.

Mayte no estaba, no podía haber estado, quizá nunca. Él estaba ahí, suponiendo datos, buscando información, deslizando hipótesis. Lo único que permanecía de la otra noche era el horror y la grisura del viaducto, los autos deslizándose como pájaros ebrios. Todo era horror y todo error se multiplicaba, la única diferencia era Mayte. Su cuerpo era la diferencia; antes, ese mismo horror le parecía distinto: bello, con alma. Ahora, sin ella, todo eso era absurdo, monstruoso, sórdido. Consultó su reloj de mano, un instrumento inútil, se dijo.

Se incorporó lentamente y avanzó a la avenida, hacia un auto rojo y compacto que abrió con facilidad y vehemencia. Era tarde para suponer lo que no fue. Ya todo estaba escrito, inevitablemente, en algún lugar oculto del cosmos, de la noche quizá listo para derramarse sobre alguna cabeza ansiosa o desesperada, porque sólo el pasado está escrito y es lo único que no puede salvarse. Ni siquiera quemando miles de libros o la memoria: ese infierno tan temido. En efecto, nuestro pasado es de lo único que no podemos salvarnos.

Algo había cambiado en su vida: tenía un auto, obsequio de su mamá. Podía largarse en cualquier momento por el viaducto hacia el nido imaginario de los pájaros ebrios que lo esperaban, listos para permitir que se uniera a su bandada, a su grotesca forma de escupideras volátiles.

Por última vez miró de soslayo el edificio, su última esperanza; después se metió al coche, cerró y avanzó hasta perderse como un destello más en la plasta de cemento y la promesa de las vías rápidas.


Ilustraciones:
Lazydaisy. http://www.sxc.hu/
malko. http://www.sxc.hu/


Alfonso Vázquez Salazar (D. F., 1978) es filósofo y escritor. Ha participado en Tentación de decir: antología de escritores de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, en la Gaceta Literal y en la Revista Digital Universitaria. También colaboró en la publicación de homenaje al poeta Octavio Amórtegui, titulada Zarpa el Poeta. Actualmente realiza un trabajo de investigación filosófica sobre Spinoza y la poesía española del siglo XVII y prepara un poemario titulado Poemas de amor y de odio.