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No. 11/CINE

 
Postales de Leningrado




Rodrigo Martínez



Postales de Leningrado
Directora: Mariana Rondón
Venezuela, 2007
Reparto: Greisy Mena; Laureano Olivares;
William Cifuentes; Haydee Faverola
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postalesdeleningradocartel.jpgUn grupo de guerrilleros venezolanos huye a través de la selva. El ejército los persigue y cada vez se halla más cerca. Marcela y Teo, dos de los insurrectos, se han enamorado y en plena persecución conciben a una niña que nace el día de las madres de 1966. Debido a que se trata del único alumbramiento de esa jornada, la prensa relata el suceso. Marcela se separa de los revolucionarios para encargarse tanto de su hija como de una misión a lado de una comitiva de universitarias. A pesar de la habilidad táctica de los rebeldes, muchos son detenidos. Marcela cumplirá su destino y su hija, testigo presencial de la época, contará los hechos ingenua y desenfadada.

Como una fusión de ficción, documento y animación, y pensada no como un alegato político sino como un relato de aventuras, Postales de Leningrado es una de las películas más originales de los años recientes sobre las guerrillas latinoamericanas. Lejos de los esquemas, por no decir clichés, de este subgénero regional, la segunda película de Mariana Rondón tiene el mérito del enfoque ameno y de varios recursos poco comunes en el cine sudamericano.

Una pequeña (Claudia Usubillaga), cuyo nombre desconocemos, es la narradora de la historia. La voz en off de la niña, quien a su vez es un personaje, está acompañada de un relato disperso e impersonal que sobretodo va dando noticia de las peripecias de dos personajes: la de su primo (William Cifuentes) desde que era pequeño, y la de su madre, Marcela (Greisy Mena). El primero es testigo del drama de su abuela (Haydée Faverola) al tiempo que aguarda el regreso de sus padres, quienes presuntamente se encuentran en Leningrado, antes de que él mismo devenga guerrillero. Ambos relatos se encadenan en tiempos diferentes con varios episodios: una navidad trágica, Teo en la prisión, los guerrilleros filmados por un documentalista estadounidense, el asalto con roedores a un Sears y la operación de la llamada Señorita Mayonesa.

postalesdeleningrado1.jpgComo en su primer largometraje, A la media noche y media (1999), Mariana Rondón apostó por la estructura fragmentada, decisión que ha sido criticada por algunos especialistas que ven los géneros cinematográficos como un mejor modelo narrativo para esta cinta. A pesar de ello, Postales de Leningrado justamente tiene uno de sus valores fílmicos en este juego de tiempos, encadenamientos y voces narrativas. La intención es lograr que el espectador participe a lo largo de toda la película y no únicamente al ensamblar las piezas en un final que parece ser abierto.

Egresada de la primera generación de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (Cuba), la directora también se dedica a las artes visuales electrónicas. Dicha formación es evidente en el trabajo visual de Postales de Leningrado, donde vemos animaciones bidimensionales, collage inscrito en el pop art y manipulaciones de la película con filtros y dibujos digitales. Con esta técnica las heridas de bala se tornan flores luminosas, la imaginación de un niño se despliega como una postal  y el asalto guerrillero a la tienda departamental adquiere rasgos de cartel pop de la era del multimedia interactivo.

postalesdeleningrado2.jpgPostales de Leningrado consigue una narrativa desenfadada que se aleja del tono solemne, fatalista y a veces pretensioso del subgénero de la guerrilla. Esta cinta no da señales de dogmatismo político ni de idealización de los movimientos revolucionarios, sino de una propuesta estética como ideología política. En una concepción como ésta no es posible rotular la película como irresponsable ni tampoco asegurar que carece de profundidad histórica y dramática.

La clave radica en la consecución de una historia amena y diferente, pero seria e imparcial donde no hay en ningún momento la habitual tentativa de crear estereotipos maniqueos. La voz de la pequeña narradora funciona porque el auditorio asume su visión de tal modo que entiende los sucesos como una serie de aventuras donde ella, como su primo, busca convertirse en el Hombre Invisible, metáfora del ciudadano alienado y perseguido por los regímenes totalitarios, pero que es capaz de sobrevivir en rebelión. Más aún, hacia el final se coloca al espectador ante la verdad histórica sin restar protagonismo a las desventuras infantiles de los primos.

postalesdeleningrado3.jpgLo más exquisito de esta cinta es la convivencia de motivos de la cultura popular y de la cinematografía. Las postales de colores, las costumbres regionales, la música contemporánea que mezcla el ritmo latinoamericano, la trova guerrillera, el canto militar, el rock instrumental y el surf bastan como ejemplos de una historia que se aleja de su origen latinoamericano por su registro. Y es que las alusiones fílmicas de Postales de Leningrado abordan la Nouvelle Vague (Sin aliento, de Godard, y Disparen sobre el pianista, de Truffaut), las series de superhéroes de la década de 1970 (Batman y El avispón verde) y el cine de acción de Serie B sin dejar de lado el tono fatal (Garage Olimpo, de Mario Bechis, y Voces inocentes, de Luis Mandoki), la presencia documental (Memorias del subdesarrollo, de Tomás Gutiérrez Alea) y el realismo impersonal (El violín, de Francisco Vargas) del cine latinoamericano de tema revolucionario o guerrillero.

En una de las secuencias que goza de todos los valores de esta película, Marcela y un grupo de militantes universitarias roban el dinero de los cajeros de una tienda departamental. Sólo que, para cometer su atraco —excepcionalmente relatado con un montaje ágil con base en planos diversos  e intervención digital— no utilizan rifles como sus colegas de la sierra, sino bolsos repletos de roedores grises y asustados. A pesar de este humor, a veces negro (como la abuela que reconoce a 60 cadáveres de guerrileros como "sus hijos"), Postales de Leningrado es el tipo de película que posee un extraño sabor a tragedia. Una vez que se sale del cinematógrafo no se deja de pensar en un niño pequeño que confía en que sus padres vuelvan de un rincón llamado Leningrado ("Se fueron a salvar al mundo y los seguimos esperando", dice el lema publicitario de la cinta) o en el dúo de primos vagando solos en un desierto asfixiante porque han conseguido ser “invisibles”.

 
 
 
 
 
 



Rodrigo Martínez (Ciudad de México, 1982) es comunicólogo por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Ha publicado en las revistas Punto de partida, El Universo del Búho, Viento en vela, La revista, Periódico de poesía (versión digital), así como en el suplemento Confabulario y el diario El Financiero. En 2004 obtuvo el Premio Nacional de Ensayo Universitario Agustín Yáñez organizado por la revista Tierra adentro y el Conaculta. Fue ganador del premio de cuento del XXXV Concurso de Punto de partida. Un año después recibió el premio de crónica del mismo certamen (This email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it.).