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No. 11/RESEÑA

 
La intranquilidad del desierto


 

Quicio
Julio César Toledo
Fondo Editorial Tierra Adentro, México, 2007 


 
 
 
 
 
 
 
 


Todos los sitios tienen, de algún modo y en cierta medida, la aridez del desierto. Esto se vislumbra a través de los poemas de Quicio, entrada de Julio César Toledo al mundo de la poesía publicada.

En Quicio una serie de textos se encadenan a partir de las imágenes poéticas que el desierto alberga o puede albergar; desde aquellas que toman como punto de partida las características físicas del espacio mismo: el calor, la arena, la aspereza del terreno, hasta las que refieren estos elementos desde el interior del individuo, que no se limita a la contemplación, que vive su propio desierto.

Así, la primera relación establecida entre la voz poética y el ámbito geográfico que le sirve de marco es la descripción, quizá no pormenorizada sino visceral, lo que podría llevarlo al riesgoso camino de la conmiseración y a utilizar el pasaje desolador como único referente para la construcción de imágenes, sendero al que nunca llega Toledo. Muy al contrario, huye de la fácil invención de paisajes sórdidos y oscuros muy frecuente en quienes se inician en la creación de poesía. Por otro lado, encuentro en sus líneas el aprendizaje de talleres y de lecturas cuidadosas de los poetas de su generación.

Pronto aparecen en la lectura algunas revelaciones sobre realidades conocidas, nuevas formas de nombrar al mundo desde el asombro de quien descubre una verdad esencial al menos para un momento, el momento de la lectura: “el desierto es límite o frontera, / fin del mundo e infierno sustituto”.

Y es que, aunque se ha escrito tanto sobre las dunas ardientes y la soledad que las rodea, nos encontramos ante una primicia que totaliza la experiencia de ese espacio, complementándose con: “Bagdad es el centro de la tierra / porque todo alrededor es un desierto”.

Ronda, durante esta parte del libro, la anécdota borgiana de los dos reyes que compiten por el laberinto más difícil y gana aquel que descubre en el desierto el mejor de los laberintos y que, paradójicamente, es el peor, por solitario.

El espacio se corporeiza y no es sólo un repaso de las fantasías y preconcepciones desérticas: algunos poemas nombran sitios concretos, identificables con un imaginario arabesco, remoto y contemporáneo. Ahí están Bagdad y Nefud, además de referencias a la cultura del Medio Oriente que no terminan de atinar en la mirada más bien introspectiva del poeta que de pronto da saltos hacía textos más bien líricos en los que es posible encontrar, incluso, cierto aire de veneración.

Es necesario detenerse en el carácter personal de los poemas de Toledo, pues no escapa a hablar de su propia vida, de las ausencias del pasado, claras marcas en la construcción de su propio desierto, el silencio que se vuelve palabra y se vierte en verso, no para exorcizar sino, acaso, para nombrar el dolor que habita a lo largo de Quicio: “Detente ya, silencio / ¿Por qué tomas de escudo esta mañana, / si has estado aquí desde mi adolescencia?”

Merece mención aparte “Un dragón para San Jorge”, una especie de réquiem por la ciudad, hostil e inhóspita como los otros escenarios explorados que ya ningún héroe puede enfrentar con la suerte de salir librado, menos el remedo de Jorge, el descontinuado del santoral católico. Cualquier acto de valentía, así sea subirse a un taxi, es nimio ante la pus que envuelve la metrópoli.

No comparto la idea de la ciudad que se esboza en el poema; sin embargo, llega a conmover la tranquilidad con que se hilvana la sordidez en los versos que van haciendo crecer las sensaciones de asco para culminar con una escena de tristeza absoluta.

Y en un cuarto pequeño, entre edificios,
                  un bendito viejo jubilado
pule la memoria en el reflejo de su lanza.
Llora y bebe en silencio. 
Busca en el yeso desprendido del pretil
la figura de un dragón que degollar.

Luego aparece el mar, su presencia al menos, por el que la voz pasea para ofrecer algunas estampas, también de soledad y de abyección, quizá con mayor precisión para el dolor que en el apartado anterior. “Mar y soplo”, como se denomina esta sección, es un recorrido por imágenes más concretas: calles, muelles, viajes, semáforos, todos espejos donde el poeta se refleja para encontrar frustraciones, un estado de ánimo constante y una voz que comienza a despegar para preguntarse, para hablar de sí misma, de la poesía y del lector.

Lo urbano se convierte en el nuevo desierto. Aunque atestada, la ciudad se mira desde la soledad, desde la altura de un avión, desde el recuerdo.

Al no haber un claro hilo conductor en este fragmento del libro, la lectura se vuelve más pausada y corresponde al lector construir su propia totalidad. Cada poema propone espacios distintos, el poeta se da el tiempo de escudriñar con mayor calma lo que sucede en los espejos a los que se asoma.

Con esta primera obra, Toledo se arriesga a no repetirse, a continuar la búsqueda por los más diversos caminos como el mismo libro lo muestra: un autor que no se ciñe a ninguna forma aun si la encuentra cómoda.

Cierto es que en Quicio algunas figuras se repiten sin explotar otras posibilidades, no pocos adjetivos restan fuerza a imágenes que podrían impactar más; de pronto, muy de pronto, saltan las asonancias que detienen el fluir de la lectura, sobre todo cuando se intenta hacerlo en voz alta, pero los versos de esta breve obra atinan en contar con gran honestidad el mundo que su autor descubre.

 


Luis Téllez-Tejeda (Naucalpan, México, 1983) es poeta, cronista y editor. Estudia Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha publicado poesía en los libros colectivos Crimen confeso (Daga, 2003), Espacio en disidencia (Praxis, 2005), Al frío de los cuatro vientos (Instituto Mexiquense de Cultura, 2006) y Los mejores poemas mexicanos (Joaquín Mortiz; FLM , 2006); en las revistas Viento en vela, Literal Punto de partida; en el suplemento cultural Arena y el periódico Unomásuno. Ha publicado reseñas y artículos en Libros de México, El bibliotecario, Solario y Punto de partida. Es editor del boletín sobre literatura infantil-juvenil y promoción de lectura Puntos y líneas, coordina el área de publicaciones del capítulo México del International Board on Books for Young People. Imparte talleres de creación literaria para niños de poblaciones vulnerables dentro del programa Alas y Raíces del Conaculta. Ha participado en diversos congresos en México, Brasil y Cuba.