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No. 11/ENSAYO

 
Federico Patán, ensayista


 

Cada libro, por sí mismo, ejemplifica un aspecto
del mundo que el autor desea explorar
Federico Patán

 
Todo examen de la obra de Federico Patán resultaría incompleto si pasáramos por alto una de sus labores fundamentales: la de ensayista y crítico. Aclaro los límites de este texto, en el que corro el riesgo de repetir lo que Patán ha escrito mejor que yo. Descreo, sistemáticamente, de los ensayos que intentan definir el ensayo. La mayoría lamenta o celebra la maleabilidad del género y pasfa a formar parte casi de inmediato de una bibliografía acumulativa. Tomo otro camino, el explicativo, a partir de mi experiencia lectora y de aprendizaje con tres de sus libros de ensayo: Contrapuntos (1989), El espejo y la nada (1998) y “No más de tres cuartillas por favor...” (2006). Faltará, sí, la ensayística de Patán dedicada a las letras inglesas y me acuso de esa falta. Además, no todos sus ensayos han sido recogidos como libro y no podemos discutir las razones que han evitado esa fortuna.



I. De cartografías

contrapuntos-patan.jpgContrapuntos es reconocible por un aire de familia. Si la nota suelta del suplemento o revista fragmenta el universo de lo que ocurre en la literatura aunque inserta la obra literaria dentro de su horizonte cultural, “romper la insularidad” (1989:7) en un libro de ensayos es transmutar “el eco apagado” de las lecturas para encontrar la continuidad, la comunidad e imbricación entre temas, autores y modos del quehacer literario. La coherencia de esta reunión de ensayos representa, de por sí, un modo original de leer la narrativa mexicana contemporánea.

Más que el tiempo, congrega el espacio. Por eso no sorprende que al iniciar el cuestionamiento sobre nuestra narrativa haya que empezar por entender el motivo de la capital en la novela y el cuento posterior a los años cincuenta, primer apartado del volumen Contrapunto. Nostalgia (Las batallas en el desierto, 1981) y recreación (De perfil, 1966) parecen los mecanismos más comunes de apropiación de la Ciudad de México por los escritores. Diferentes ritmos y conciencia del momento social y político (Ensayo de un crimen, 1944), violencia y deterioro, contradicciones. Escenario de crímenes y el “Distrito Federal se vuelve un monstruo devorador  de inocencias y sueños; el posible edén termina siendo el infierno de todos tan temido”. Todo esto detecta Patán, siempre con los ejemplos más adecuados, sin alardes desviadores: “en los ensayos las ideas pertenecen a la superficie del texto, […] quedan en primer plano, a modo de protagonistas” (7). “La capital en la narrativa mexicana reciente” finaliza con una especie de profecía: “la ciudad irá entrando en nuestra esencia cada vez con mayor rigor, metamorfoseándonos con lógica al parecer impecable” (21). Así, se postula un sutil centro que abarca la producción literaria o marca un punto que otras creaciones habrán de elaborar, cuando buscan en la provincia o en espacios más lejanos del mundo, alternativas a ese centro. El juego no se detiene en nuestros días.

La “esencia urbanística”, por ejemplo, sería un rasgo “acaso obvio” que percibe en “La joven narrativa”, segundo ensayo de Contrapunto. Joven en dos sentidos: por su “agilidad, elegancia y fuerza”, y cronológicamente. A partir de una definición de Ann Duncan, Patán irá desbrozando, precisando lo que su experiencia le señala: en ese momento era joven la novela del 68, el cine hacía sentir su cala en la narrativa como no había ocurrido antes, los recursos escriturarios se amplían y continúa la experimentación, cierta exotización, la búsqueda psicológica y la metaficción. ¿Sigue siendo así? Faltan trabajos que actualicen estos postulados, tanto para revisar lo que Federico Patán destaca como para señalar directrices contemporáneas.

Se alega en nuestros días la dispersión, la diversidad: esto ocurría también en los ochenta y Patán muestra un serio panorama, válido y curiosamente optimista. No había “novelas definitivas”, sacudidoras, pero sí sólidas, y novelistas en proceso de madurar.  Algunos de los autores y las obras revisadas, por mencionar ejemplos concretos, son: Violación en Polanco (Armando Ramírez, 1980), Palinuro de México (Fernando Del Paso, 1975), Pánico o peligro (María Luisa Puga, 1983), Albercas (Juan Villoro, 1985) o Intramuros (Luis Arturo Ramos, 1983), más algunos otros descuidados por la crítica reciente.

De ese descuido rescata a Josefina Vicens en el tercer ensayo. Sus “dos buenas novelas en treinta años”: El libro vacío (1958) y Los años falsos (1981) captan su atención. “Buscadoras de lo psicológico”, indagatorias, con varios planos y contenidos latentes, “por medio de técnicas narrativas que, en su aparente sencillez ocultan una gran dosis de complejidad” (44), dice Patán. El análisis puntual da cuenta de los modos de la escritura y es, creo, valioso porque vislumbra una posible genealogía entre la obra de Vicens y una de las tendencias más visitadas en los ochenta. Como decir: no todo lo nuevo por serlo relumbra, el efecto de novedad no es tal.

No continuaré ensayo por ensayo resumiendo las tesis. Me detengo en dos por ahora “Tres calas en Sergio Galindo” y “El desfile del amor y la variación en el discurso”, al que volveré después. El primero es el texto más largo del libro. Además de sus perspectivas sobre Galindo, es de mencionar la “anécdota” de su encuentro con la novela mexicana. Una vez que hubo dejado el desdén por la “novelística en pañales” (44) en la cual sentía “el empeño de creación, la buena voluntad y la deficiencia técnica” (Íd),  encontró, por recomendación de alguien, el Sergio Galindo de El bordo (1960). Patán se adentra en su narrativa, reconociendo los varios aciertos que superaban el nivel común. Imposible comentar brevemente este excelente ensayo, motivado por una obra no menos atractiva, pues para tener buena crítica hay que tener buena obra —cito a Pero Grullo, que a veces no está de más hacerlo. Termina contundente el ensayo, contra “la literatura [que] se transforma en mero ejercicio para que los críticos apliquen sus herramientas de análisis” (71). Los argumentos de Patán sobre la obra de Galindo, de la que establece un panorama y un concentrado estudio, no han perdido vigencia. Su relación personal con el hombre y la obra también queda registrada. Los dos Ángeles (1984), por ejemplo, le “toca de cerca”.

Nótese que su lectura de Nudo (1970) es verdaderamente una apreciación a contrapunto, pues el afán crítico nos reclama mirar a ciertas obras para encontrarles la importancia que lecturas superficiales puedan haberles escatimado.

Ahora el ensayo sobre Pitol, por cierto uno de los autores favoritos de los participantes en el Congreso de Literatura Mexicana Contemporánea. El desfile del amor (1985) cristalizaría varios de los rasgos de la novela de su tiempo, a saber: la relación con la historia, la memoria, la Ciudad de México, la ambigüedad, la ironía, la intertextualidad, el dialogismo, entre otros. Su complejidad no le resta buena manufactura narrativa. Intuimos que para Patán la obra de los dos veracruzanos representa y justifica el optimismo que sobre las letras mexicanas percibimos.

Patán escribe también sobre Gringo viejo (1985) de Fuentes, sobre Manifestación de silencios (1989) de Azuela y Asesinato (1985) de Leñero. Haciendo un balance,  Contrapunto sostiene su premisa fundamental: enriquece el conjunto de intervenciones, da pautas para encontrar el otro sentido de lo leído, se acerca a lo poco justipreciado, escribe sobre la literatura mexicana desde otro punto “insinuando algunas conclusiones [que] son de orden más amplio”.



II. Paseos: El  espejo y la nada

elespejoylanada-patan.jpgA manera de prólogo, Federico Patán nos presenta su poética de la lectura, autobiográfica, en El espejo y la nada (1998). Estamos ahora en un reconocimiento de caminos, en la obra que se deja transitar, el lector que acepta hacerlo sin tener “mayor compromiso hacia el texto que leerlo y disfrutarlo u, ocasionalmente, leerlo y apartarlo de modo definitivo” (7). El libro-camino lleva a otros y permite el regreso. Las señales no pueden ser borradas, los ensayos son reelaboraciones de otros pero en el sabor del momento contienen la oportunidad de “encontrar matices”. La particularidad es que cada vuelta es un nuevo goce, el deber académico o amistoso no excluye el placer del camino conocido, no es carga sino condición del buen lector. Ahora las vías se extienden hacia los poetas y hacia los nuevos clásicos. Casi diez años separan cada volumen de ensayos. Patán acostumbra medir el paso del tiempo entre las obras de un autor con especial cuidado, notando continuidades, rectificaciones o avances, incluso algún retroceso a partir de las expectativas anteriores logradas. Llama la atención que se incluya a poetas, pero esto es muestra de su afán comprensivo. No me detendré en comentar ese apartado, que en el conjunto es el más sucinto. Lleguemos a los narradores.

“En fin, que de mapas va la cosa” (55), nos aclara. Precisamente en “Los narradores ocultos”, como llama Patán al “Intermedio”, hay un diálogo abierto con otros críticos. Tres textos relativos a la narrativa mexicana —uno de Ana Rosa Domenella, otro de Vicente Francisco Torres, el último de Carlos Monsiváis— son el origen de una indagación concerniente a la “fama que en un cierto momento distingue a un autor” (54).  La perplejidad que le producen estos mapas no lo paraliza, al contrario, agudiza la mirada pues, “los mapas narrativos propuestos por estos autores no correspondían (ni tenían por qué corresponder, desde luego) al que mis lecturas me han ido creando” (54), nos confiesa.

Cuestiones canónicas, pues. Allí estarían —qué duda cabe—, Fuentes, Pitol; pero ese lugar sigue abierto a dudas, a rectificaciones. Y de allí a las obras y autores que dejan de gozar de estima, lo que lleva a otra problemática: la fugacidad del trazado del mapa. Entonces, “el crítico pone sus monedas sobre el tapete y espera a ver qué dice la ruleta” (57).  Esto es, vuelvo a citar “cualquier intento de totalizar los empeños de la narrativa” requeriría “un equipo de críticos dedicados a tal faena” (73). Creo que por sus perspectivas, aperturas, éste es uno de sus mejores ensayos, definitivamente. Lástima que, como él lo dice, deja fuera la cuentística. Negociación es la palabra clave. Si “la crítica vive en desventaja continua ante los creadores”, tal desventaja no quiere decir contraposición. Remito sin reservas a ensayo tan valioso. Patán no teme la discusión, la interlocución, acoge nuevas teorías, las entiende bien, no se encandila. La lucidez se mantiene.

Y, sin sospecharlo siquiera, reafirma una intuición propia, baladí si se quiere: las escritoras en conjunto están desarrollando ahora los proyectos narrativos más interesantes de nuestras letras.

Paso entonces a otro ensayo que considero llamativo, “Rosario Castellanos: el espejo y la nada”, que da título de alguna manera al libro. Es un ensayo en extremo lúcido que acrecienta el entendimiento sobre obra y autora. Aclara Federico Patán que

Castellanos fue periodista, un oficio acaso humilde si visto desde alturas literarias mayores; oficio, sin embargo, creador de textos que nos iluminan cuando quien escribe lo hace desde una inteligencia alimentada en lecturas y meditaciones. No sumar a la narradora y a la poeta esa carga menor de la ensayista provoca una incomposición, una pérdida de nitidez que se traduce en pérdida de la totalidad (107).

Difícil no caer en el lugar común. Caeremos diciendo que bien podría entenderse lo mismo de nuestro ensayista. Pero eso lo atenderé en la cuarta parte de este texto.

Estudios indispensables también que desearía mencionar son los dedicados a Inés Arredondo, José de la Colina, Juan Vicente Melo. Destaco este último porque pone en juego sus herramientas de análisis para abordar una novela que por su riqueza tendría que hacer correr más tinta: La obediencia nocturna. Como los demás de su generación, Melo es un “explorador de lo íntimo” (139), y su narrativa ha hecho desbarrancar a más de un crítico despistado. Patán se deja penetrar por las preocupaciones de la obra, las deja resonar y postula argumentos ineludibles.



III. Oficio de reseñas

patan-federico.jpgEl apunte tal vez anecdótico se impone y transcribo simplemente los datos de la “Introducción”: en el suplemento “Sábado” de Unomásuno dirigido por Huberto Batis, aparecieron desde principios de los ochenta al 2002 más de ochocientas reseñas firmadas por Federico Patán, de las cuales seiscientas son de cuento o novela de autoría mexicana. Nadie, según Patán, quería en esa época escribir sobre esta narrativa. La seriedad de Patán como lector que se dirige a un público para ofrecer una lectura modelo —en el sentido de informada, de conocedor— ha permitido también un cambio de actitud.

“No más de tres cuartillas por favor…” (2006) es entonces el título de la antología de notas críticas que sobre narrativa mexicana ha decido reordenar. La describo: en estricto orden alfabético comenta, apegado a la petición del título, obras de cien escritores mexicanos, de  José Agustín a Luis Zapata. De entre los que están cito yo en desorden: Gardea, De la Colina, Samperio, Elizondo, Solares, Ibargoyen, Luis Arturo Ramos. Algunas escritoras: Seligson, Garro, Glantz, Boullosa, Estrada, Espejo; más aquellos a los que comúnmente se afilia como de la Onda y el Crack. Por supuesto, está Carlos Fuentes. Para Patán no hay capillas privadas, hay interlocutores. Estructura el libro como diccionario para rastrear temas, métodos escriturarios, logros específicos; es compendio ineludible.

Relativamente breve, el texto procura una visión de conjunto que no restringe sus miras: la disposición de incidir en el debate con un libro así de equilibrado significa un punto a partir del cual dialogar, pues “al lector corresponde desplazarse por dicha senda y aceptar las premisas últimas del texto u oponerse a ellas” (8). Ni la aséptica noticia de las novedades recibidas ni el desborde visceral. El programa es claro: no tenerlo, o mejor, dejar que la obra sea leída.

Llama la atención, en primera instancia, el espacio concedido a autores poco beneficiados en los medios habituales, aquellos que en esos años presentan sus primeras novelas o volúmenes de cuentos: Mauricio Carrera (El club de los millonarios, 1996), Agustín Cadena (La lepra de Job, 1994), Ernesto Alcocer (También se llamaba Lola, 1993), son algunos de los revisados. En estos casos la simpatía no desdice el rigor y hay llamadas de atención al público y al autor. 

Pero tampoco los nombres consagrados pueden publicar sin pena. A José Agustín le reconoce No pases esa puerta (1992), y encuentra objeciones para La miel derramada (1992). De este último, el balance es sutil: “[éste] es, pues, un libro de calidad desigual; una combinación de las características más sólidas y distintivas del autor con aspectos débiles. En tal sentido, el libro resulta un escaparate muy revelador” (18). Sobre Carmen Boullosa asienta “Son vacas somos puercos […] es una novela fallida” (34); de La milagrosa (1993), “tal vez Carmen deba ampliar el plazo entre una publicación y otra dándose el tiempo de asentarse mejor. Pero es un mero tal vez” (37). El “mero tal vez” suena elocuente, pero no los fatigaré con ejemplos. Quiero asentar la ecuanimidad de Patán y paso a dos escritores que me interesan: en La frontera de cristal (1995) “hay un desacuerdo con alguien que, como Fuentes, pertenece de lleno a la literatura y sabe lo que narrar significa” y la factura final del libro; lo mismo ocurre con Los años con Laura Díaz (1996).  Estima Patán que Elena Garro, tras la publicación de Un corazón en un bote de basura (1992) se ha convertido en “una novelista incómoda”. A todo esto, Patán se posiciona: “un crítico no debe esquivar ciertas situaciones en donde su aprecio por un autor choca de frente con la impresión negativa dejada por la lectura de algunas de sus obras” (126).

Separa la paja del trigo, y en la balanza, resuelve dificultades, explica y valora. Nos devuelve, sin supersticiones, la posibilidad de la crítica como ejercicio del gusto y del valor sin que estas palabras sean altisonantes. La angustia impresionista no lo toca. Conoce la jerga y las metodologías académicas, a veces sorprende encontrar términos especializados en textos que se dirigen a un público masivo—, pero no se constriñe a argumentos “palabrísticos” porque acude a la obra como escritor: sabe ver dónde pueden producirse las fallas y por ello no escatima el reconocimiento del acierto.

Encuentro dos casos curiosos de apreciación, sobre Y retiemble en sus centros la tierra (1999) de Gonzalo Celorio y Mal de amores (1996) de Mastretta: “¿por qué, al final de todo, el desasosiego de que algo no está funcionando pese a que todo funciona muy bien?” (177).  La literatura no es mera técnica y manejo de formas o puro “conocimiento de herramientas literarias” (59).

¿Cuáles son las características que en la narrativa aprecia Patán?: el oficio, el “arriesgue” (28), ciertas “mañas” de los narradores (30), el buen ritmo (32), la hondura (45) o el humor cuando se requiere; obras que estimulen al lector (123). Y algo que se olvida: que sean entretenidas. Deplora la vaguedad estructural, el descuido en la expresión, la monotonía (28), lo trillado (50), las “goyerías” (61), el exceso de material, de páginas sobrantes (63), el feísmo o el tremendismo (96).

Nada más lejos que mostrarse autoritario. Sabe que las apreciaciones son falibles (30 y 35). Por ello se concede el tiempo de repensar, de volver a plantear ideas en marcos más amplios. Desde “No más de tres cuartillas por favor...” Federico Patán prevé algunas tendencias que otros —o él mismo— habrán de analizar a profundidad, a saber, la de la novela histórica (38), la metanarrativa (34), la novela del fin de milenio (117) o la sátira, que marcarán los nuevos bordes en los mapas de los que ya hablamos antes. Cartógrafo experimentado, Patán conoce estos territorios.

Curioso que tratemos largamente un libro de esta naturaleza. Revisar el aporte crítico desde la reseña no es en modo alguno disminuir el valor de Contrapuntos o El espejo y la nada, sino oportunidad para meditar la cuestión de la crítica a partir de una forma liminar. Según Eduardo Grüner el ensayo como tal es un género culpable: la nota crítica en el medio periodístico lo es doblemente. “Ensayo significa la exploración de un tema. El autor examina algún aspecto del mundo procurando mediante dicho examen alcanzar ciertas conclusiones, por lo general tentativas en uno u otro grado” (7), nos recuerda Patán en el prólogo al indispensable volumen de ensayo literario mexicano que coordinó y que fue publicado en 2001. Todo lector que comprenda notará que logra salvar el escollo de la crítica de cabaret, de los reflectores, del mero parafraseo de solapas y construir un modo de lectura que nos hace cuestionar la narrativa mexicana con verdadero provecho.  Entre las tareas de la crítica estaría, también, la de “explicarnos qué le permite a una obra volverse clásica; es su obligación indagar ese movimiento constante de los libros hacia la luz, hacia la penumbra o hacia el olvido” (1992: VII).

En la historiografía de la crítica de literatura mexicana contemporánea no todo es territorio vacío, lo vimos, ni todo es dispensable o completo acierto (IX). Si hay que hablar entonces de tradición crítica tenemos a dónde mirar, la reconocemos presente. Otros están discutiendo sus alcances en otra parte allá afuera. Lo que distingue a Federico Patán de esa constelación es la consistencia y su perspicacia equilibrada como creador y lector.



IV. Al pie de la letra

federico-patan.jpgMis impertinencias de comentador: en esta larga paráfrasis de sus ideas he privilegiado los ensayos panorámicos pues son una respuesta de integración sobre la lectura fragmentaria de la reseña. Faltó la discusión con otros estudiosos, lo que ayudaría a postular su trascendencia, otros ecos posibles y desarrollos.

“La función de la reseña —cito a Patán—: dar noticia de las novedades editoriales. Si no es crítica pienso que no vale la pena el publicarla” (2006: 8). No exagero al decir que es uno de los pocos reseñistas confiables que hay —que ha habido—, y de los contados que vale la pena releer. Lectura de segundo grado, a través de la reseña vemos a hurtadillas lo que otros han escrito sobre esa obra que nos interesa como resultado de un primer enfrentamiento. Patán muestra las cartas con las que juega en alarde de probidad poco común. Los rasgos de la nota crítica serían: “honestidad en las opiniones vertidas, claridad en la exposición de las ideas e interés exclusivo por la obra, dejando fuera de nuestras preocupaciones al autor” (Íd). 

Tal vez parezca hiperbólico llamar ensayo a una reseña, pero en el caso de Patán la condición no es tan lejana, no se opone. Las reseñas, surgidas a veces de lecturas a su juicio no “muy meditadas” aunque nunca asome el descuido, son el inicio, la mayor parte de las veces, de sus ensayos mayores en toda la intención de la palabra. Guardan el calor de lo recién descubierto. De ahí la propuesta de llamarlos formas breves, no truncadas, que exploran, que ensayan bases para sus estudios específicos. Claro: el ensayo habita los lugares más variables. Para utilizar una frase de Federico Patán sobre otro autor, “no desmerecen al lado de sus hermanas mayores”. Examinador inmejorable, mucho más complejo que varias de las obras que lee y a las que aporta con generosidad, es también un elegante prosista que en verdad “colabora” para justipreciar una novela, un libro de cuentos, a despecho del número de líneas permitido. Ya lo adelantamos: éste es un libro de reseñas perfectamente legible, cualidad rara.

Otra sería —se intuye ya— la amplitud de lecturas, de autores tratados. Cada “pieza” constituye un ejemplo de la forma de acercarse al texto. Atrae su formación académica, no la niega. El ataque a la academia es un esnobismo lamentable en el que no cae. El análisis pleno, certero, es seguido por intento de valoración dentro de los límites de la obra, dentro de lo que ella misma se ha propuesto. Difícil pensar en una crítica más justa. Leer sin programa, dejar leer la obra. Y luego encontrar las resonancias, las filiaciones evidentes o secretas, y aventurar visiones de conjunto, tendencias o ritmos comunes y, por qué no, destiempos. Sus ensayos no son vías de dispersión, son entradas; en sus interpretaciones, pertinencia quiere decir mesura, no temor.

El recelo se cierne en nuestra crítica. Hemos relegado la escritura de la historia de la literatura mexicana contemporánea, sospechamos de los proyectos que se pretenden generalizadores. Frente a nuestras narices, en distintos momentos, Federico Patán nos ha dado las pautas, adelanta preguntas todavía por formular, ya que, “las reseñas son muy importantes porque van creando el mapa explorador de una literatura en proceso de hacerse. La crítica es una labor a más largo plazo, más meditada, más estructurada en cuanto al contenido y a los soportes bibliográficos. Aspira a la precisión y a la profundidad” (11). Ha logrado ambas con maestría. Explica él mismo algo de su método: "Yo separo la actividad crítica de la meramente narrativa o poética, por un procedimiento muy sencillo: nunca le pido a los que critico o reseño que escriban como yo. Siempre les pregunto por qué escriben como ellos escriben y saco mis conclusiones (Torres: 2004, 80)".

No podemos creerle totalmente cuando afirma en esa misma  entrevista que “el ensayo es más bien mi obligación académica. Si no tuviera que vivir de la enseñanza, y me pudiera dedicar sólo a escribir, me dedicaría a poesía y a narrativa exclusivamente” (Torres, 2004:79). En otro lado, por el contrario, declara: “Un autor puede escribir ensayo porque se lo pide alguna urgencia interior” (2001:10). La misma “urgencia interior” lo llevaría de nuevo a intentar con fortuna la forma sobre la que hemos estado hablando.

Federico Patán limpia sus ensayos de mala leche, aunque a veces la extrañamos un poco. Nos hará soltar una mueca —irónica, claro está—, no una protesta airada. Y por eso, al final, el comentario resulta más efectivo, sin fuegos artificiales, pues “El lector no puede salir indemne de un texto” (2001: 12).

Que conste que el localismo no retiene como lastre el pensamiento de Patán. Entronca su novelística, cuentística y poesía en horizontes que le son familiares: su entorno inmediato, México y toda la lengua española, la lengua inglesa, en fin, toda la literatura. Son sus ensayos precisamente los que dan cuenta de la lucidez, de su necesidad de diálogo con los distintos cánones, necesidad velada o a veces no tanto en su producción creativa.

Si a partir de la década de los cincuenta las publicaciones culturales periódicas aumentan en número y calidad, la preponderancia de los suplementos en los años más recientes se contrae. Que nuestro campo cultural (Bordieu) se modifica; que el blog, por ejemplo, parece ganarle terreno a la columna del diario, todo esto puede aludirse, ser discutido. Una mala reseña tenía cierto poder, alentaba a más de uno a comprar el libro o a olvidarlo enteramente, a dejarlo pasar. Esta capacidad de la reseña en el medio cultural mexicano aparece disminuida: de las tres cuartillas pasamos a la noticia bibliográfica, apenas una interrupción en el flujo de imágenes. No hay manera de que una labor como la de Federico Patán pueda repetirse. Su  inteligencia crítica es sinónimo de fertilidad, recreo, agudeza.


Referencias

Brushwood, John S., et al. (Sel.), Ensayo literario mexicano, México, Universidad Nacional Autónoma de México/Universidad Veracruzana/Aldus, 2001.

Patán, Federico, Contrapuntos, México, Coordinación de Difusión Culural, Dirección de Literatura/UNAM, 1989.

_____________, Perfiles. Ensayos sobre literatura mexicana reciente, Boulder, Colo. : Society of Spanish and Spanish-American Studies, 1992.

_____________, El espejo y la nada. México, Coordinación de Difusión  Cultural, Dirección de Literatura/UNAM, 1998.

_____________, “No más de tres cuartillas por favor…” Reseñas sobre narrativa mexicana del siglo XX publicadas en el suplemento Sábado de Unomásuno, México, Ariadna, 2006.

Torres, María del Carmen, “Entrevista a Federico Patán. ‘La voz distingue a la narrativa y la poesía’” en El universo de El Búho, No. 51, Abril de 2004, 76-80.



Fotos:
1. Foto tomada del blog del autor titulado La nave de los locos
2. Coordinación Nacional de Literatura del INBA


Daniel Orizaga Doguim (Cd. Madero, Tamaulipas, 1983) es crítico literario. Ha publicado ensayo y traducciones del portugués en diarios, revistas y suplementos culturales de México e Iberoamérica. Es miembro del Consejo de Redacción de la Revista de Literatura Mexicana Contemporánea (UT El Paso/Eón) y autor de Minuta. Apuntes y versiones (2007) y En una castaña: Poesía brasileña del siglo XX (2008).