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No. 12/CRÓNICA

 
Visita al coliseo canino



J. Carlos de León



 

El trato está hecho. La topa es en un llano de la delegación Milpa Alta. Un joven de tez morena y torso atlético, apodado el Chacal, me conduce hasta el lugar de los combates.

Son las nueve de la noche. Caminamos varios minutos, dejando atrás las pequeñas viviendas construidas con laminas y cartón, hasta llegar donde nos espera el Nani, un hombre maduro que se dedica a pelear perros desde hace más de ocho años, un oficio poco convencional.

El último golpe al tabaco dibuja entre sus labios una diminuta nube de humo en forma de hilo. Con la mano izquierda sujeta la correa del Káiser, un potente y corpulento Pit Bull blanco y negro, que agita el rabo y nos gruñe mostrando los colmillos afilados, desafiante.

cronica-visitaalcoliseo-igorsp.jpgPoco a poco se aplaca el enfado del can. Las manos del Chacal y del Nani se  estrechan con una palmada enérgica. Este último camina unos metros en compañía de mi conecte, quien me hace señas indicando que lo aguarde.

A lo lejos, el Chacal parece pedir permiso de algo al pitillero (como se le conoce a los peleadores de perros Pit Bull), que de vez en cuando me vigila con cierta desconfianza. Después de algunos minutos de un diálogo que no logro escuchar, el perrero se me acerca para indagar sobre mi presencia.

Le digo que sólo deseo observar y de ser posible captar alguna imagen; que soy amigo del Chacal y sería la primera vez que vería una pelea clandestina (lo que en un momento lo desconcierta). Se rehúsa inmediatamente argumentando que no es posible, que hay muchos riesgos, tanto para apostadores y perreros como para mí, pues pueden considerarme un soplón.

Entonces me percato de que algunas personas, en su mayoría jóvenes, cargan navajas y pistolas tipo escuadra, por si hay que hacer valer un triunfo o desquitar una derrota.

Después de varios minutos de tensión llegamos a un acuerdo: grabaré solamente algunos segundos de la contienda, con encuadres a los animales y nada más, tomas que él mismo observará en el visor externo de la cámara.



Coliseo Canino

El acceso al lugar no es fácil. El fango se hace una plasta en la suela de los zapatos, y el camino es tan pequeño que solamente puede pasar una persona, lo que impide que ingrese algún vehículo, situación favorable en actividades ilícitas como ésta.

cronica-visitaalcoliseo-mzacha.jpgLos asistentes no rebasan la docena entre pitilleros y espectadores. El olor a marihuana es excesivo. Algunos están muy al pendiente de mis acciones, pues generalmente todos se conocen, es un núcleo muy cerrado y discreto.

A mi lado, la voz del Nani me sorprende: “nunca se hacen peleas en un mismo sitio, siempre nos cambiamos de lugar, son tan clandestinas que uno sólo puede enterarse en qué lugar hay una por medio de los «chivos» que corren la voz y seguro no fallan, ésa es su función. Son tan precisos que si el día de la pelea cayera un operativo o se supiera que la tira anda cerca, la pelea se haría en otro lado, y estos güeyes cumplen con avisar como pinches soldaditos: lugar y hora a los perreros”.

Las apuestas no paran ni un segundo. El Chacal me explica que hoy no serán más que de 20 mil pesos, pues “los perros no son tan buenos y no valen tanto”, por lo que sólo se jugarán tres topas.

Ya amarradas las apuestas, se jala a los primeros perros. Los dueños los acomodan entre sus piernas y los carean para empezar el combate. Cabe señalar que hay algunos lugares donde se baña al perro con leche para comprobar que no traiga alguna sustancia venenosa en el pelo y acabe ventajosamente con su oponente. En este caso se echan a pelear sin mayor enfado.



El combate

La primera topa no da el juego que esperan los asistentes: uno de los canes nunca entra a combate, así que empiezan a caer los primeros 20 mil pesos a favor de los primeros pitilleros que participan. Los gruñidos, que en un principio parecen un buen presagio para los apostadores, quedan en la evasión y en chillidos faltos de coraje.

El combate siguiente es el del Káiser, que después de ser careado con su oponente, se impulsa con sus patas traseras para morderle el cuello y sacudirlo con violencia. Los gruñidos de ambos perros, trabados por la fiereza de sus mordidas, excitan a los asistentes, que apoyan a su favorito mientras fuman alegres un cigarrillo de marihuana.

“¡Sacúdelo, sacúdelo!, ¡párese cabrón!”, son algunos gritos de los presentes que apoyan a uno u otro perro, que para ese momento ya muestran la fiereza de la batalla en la cabeza y el cuello; el rojo de la sangre que brota puede verse claramente en el pelaje negro del contrincante del Káiser, que presenta un tajo en la oreja derecha y otro más grande sobre el hocico. Diez minutos de pelea y continúa pareja, ambos canes se paran en sus patas traseras, se aferran al contrario con la ira descargada en los ojos y las mandíbulas, jugándose la vida sin saberlo.

El negro cae al suelo, agotado. Los colmillos del Káiser siguen presionando el cuello rendido de su contrincante; las patas se mantienen quietas, los gruñidos se apagan lentamente, al igual que sus ojos brillantes. En ese momento, el grito unánime de los asistentes ensordece el lugar.
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“¡A güevo, nos lo chingamos!”, grita el Nani. El triunfo es para su perro. Un perrero se acerca con un amarrador de albañilería para destrabarle las mandíbulas al Pit Bull ganador,  prensadas del cuerpo inerte del contrario.

El Chacal recoge el dinero que se entrega ahí mismo, y corre a amarrar al Káiser a un árbol, para evitar líos con otros pitilleros, pues el perro sigue enfurecido y quiere seguir peleando.

El dueño del perro perdedor se despide; junto con sus dos ayudantes trasladan el cuerpo del animal hacia un lugar apartado del llano, pues finalmente mañana nadie sabrá que pasó aquí y en mucho tiempo este lugar no vivirá un combate igual, por seguridad de los perreros.

La última pelea de la noche termina empatada. Después de 20 minutos, los perros se aíslan, ante la enajenación de sus dueños, quienes les dan rayas (distancia para volver a combate) inútilmente. Perros de sangre rebajada, sin el arrojo necesario para la batalla.

Enfadados por el comportamiento de la última topa, se realiza una final, pero esta vez de dos perras Bull Terrier que, enfurecidas, no esperan el careo y se abalanzan una encima de  la otra. El combate dura más de veinte minutos, hasta que el dueño de una de ellas grita: “¡Ya estuvo, ya estuvo, me llevo a mi perra!”, aceptando su derrota.

Luego de una hora y media, y como si ninguno de los presentes se conociera, salimos uno por uno. El regreso al punto de encuentro es caótico, el Chacal me lleva por un lugar completamente distinto al que seguimos para entrar, evitando así que reconozca la brecha que conduce a aquel pequeño coliseo.



cronica-visitaalcoliseo-silivin.jpgLa “tregua”

En una esquina, el Chacal se despide de mí con seriedad, y me exhorta: “no me vayas a jugar chueco, si no ya sabes… No te quiero ver aquí otra vez y no vayas a ir de chiva. Ya me he salvado de varias de los pinches policías y no quiero que tú me la apliques. Tú le muestras a quien quieras tus imágenes y yo sigo con mi trabajo, ¿hecho?”.

Hago el trato apretujando su mano. Le agradezco. Prometo no revelar su identidad ni cómo lo contacté. Llego a casa sintiendo aún el olor sanguinolento de la clandestinidad en la Ciudad de México.

 


Ilustraciones:
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J. Carlos de León (1984) es redactor de la revisa Diálogos de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García.