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No. 12/CUENTO

 
Angie
 



Gustavo Arturo Rea Zafra

 

A Haidet

1

Enfebrecida noche. Angie ha terminado con aquel evanescente vaho lleno de millones y millones de borlas con sabor a whisky; se estrellan en este rostro, raído y lustroso; mi rostro. Su refulgente cuerpo sólo es comparable con el albor que siega la oscuridad. ¡Qué olor! Ese olor que asciende de su anatomía y me vuelve un maldito descerebrado; como cuando acabas tu sopa favorita (fideos) y te pones de estúpido a lamer el plato. Y es que el horrible color de mis paredes —que mi madre me obligó a pintar— da un tono ocráceo a su piel recién extasiada. Ella me mira con sus pequeños ojos negros, me regala esa sonrisa suya que me declara haber hecho un buen trabajo. Acaricio su cabello desaliñado. Rozo mis labios con su orejita y le susurro: “mi endeble animalito, te voy a duchar”. Inserto mi juguetona lengua en su orejita, por dentro, por detrás; bajo lentamente hasta su barbilla y vuelvo, sin dejar de humedecer mi lengua (truco aprendido en mis años de bachiller), sobre su cuello, primero terso y ahora agallinado; puedo sentir el estremecimiento mecánico de su hirviente cascarita sabor a sal y chocolate que todavía quedaba aprehendido en su altiva superficie...



2

cuento-angie-l_avi.jpgAngie y yo solíamos pasear todos los días por el parque municipal que está detrás de la iglesia de San Martín. A Angie no le gusta que le llame Angie. Prefiere que le diga güey. Sólo acepté nombrarla así porque ahora ese término, tan peyorativo para mí, es utilizable en ambos sexos. A veces se me olvidaba y le gritaba: ¡Oye, Angie! ¡Ah, qué la chingada, que no me llames así! Angie dice que las cuatro abombadas cúpulas son de estilo gótico. Qué te pasa, si son más redondas que la cabeza de Calicles —nuestro antiguo maestro de filosofía—. Pues por eso mismo, ¡Ah, cómo serás bestia! No sé si su ingenuidad me haya atraído más o habrá sido su seguridad; estúpida, sí, pero ganarle una batalla sería tan cruento como hacerla entender la belleza de un rocío que zahiere un olmo, y provoca el desvanecimiento de sus pétalos —para mí lo son— cubiertos de una fertilidad senil, que prepara su morosa caída, con el único fin de que un pintor pueda plasmar todo ese torrente sentimental.

Día con día la cita era a las cuatro de la tarde, junto al puesto de gorditas; sin embargo, ella siempre llegaba tarde. Era la señorita del “es que”: es que mi mamá, es que mi carnal, es que la tarea —su pretexto más tonto—, es que el metro, es que me quedé con una amiga, bla, bla, bla, bla. Pero nunca dejó de llegar. Ya dentro, caminábamos por el pabellón alfombrado de adoquines rosas; lo primero que hacíamos era ir a comprar papas fritas y refresco a un puesto que estaba al lado de la cancha de fútbol rápido; allí, donde una vez Angie había comprado sus sempiternos chetos con extra salsa (Valentina); cuando estaba a punto de probar el primero con tanto picante que empezaba a desintegrarse —casi podía ver la baba que le escurría de los labios–, un balón salió disparado con tan escrupulosa exactitud que acabaron sus frituras sobre la grava de tezontle. Desde aquel accidente, Angie se quedaba escudada a un lado del puesto. Hubo una vez en que no estaba la Hortaliza, ése era el nombre que Angie le puso a la dulcera porque dice que tiene dientes de mazorca, cabello de cebolla y ojos de aceituna, y pues… la verdad es que tiene razón… pero como decía: no estaba la Hortaliza sino su hija, aunque yo siempre he dudado que lo sea, tal vez porque me impresiona aquella muchachita: tiene unos senos enormes y un trasero exuberante; no pude evitar, al verla, recordar algún documental sobre… Sí, sin duda tenía trasero de hipopótamo.

—Me das… ¡ejem! Me das… ¡ejem! —qué quieres, no podía dejar de mirar— unas papas, con sal, sin limón y con mucha salsa de la que no pica.

Nos dio la espalda al preparar las papas. Angie se dio cuenta de que la veía. Se acercó y me dijo en tono secreto e irónico:

—Ya viste, trae tanga morada, y además es de encaje. Anda, qué esperas, agárrale la cola.
—¡Güey!, por favor, no seas así.
—Eres un peeerrrroooo, un zooorrrrooooo. No mames, no entiendo por qué te gusta si está hecha una marrana —y aquélla que no dejaba de mover su voluptuosa extremidad.

Al fin terminó mis papas; Angie pidió sus chetos y una coca de lata. Le pagué y nos encaminamos. Mira, ¿cuánto le pones a esa muñeca?, me dijo; yo le pongo un… ocho ¿y tú? Había empezado de insidiosa, con sus conocidos sarcasmos. No se me hace tan bonita, le contesté. ¡Uy, estarás para escoger, tú! Destapó su coca: ¡Psss!, dio dos traguitos: ¡gulp, gulp! ¡Ah! Pues a mí me parece que la del suéter morado está ahí dos dos, tiene buen cabús ¿no?, y tiene la nariz respingadita, como te gustan. Sí, sí, güey, le dije, lo que tú digas. No mames, me contestó, no aguantas ni una pinche broma, anda, vamos; pero no me vas a negar que te gustó.

Y sí, era bonita, pero nada sorprendente, ¿eh?

Este tipo de cosas eran extraordinarias en nuestra vida diaria, ya que normalmente Angie me platicaba sobre algún tema que suponía saber; así, la mayoría de las veces cometía errores tan desagradables como decir que los textos griegos no eran literatura, que ningún clásico valía la pena, perjuraba que la Iliada había sido escrita en prosa, y los que decían que en verso sólo exponían sus terribles deficiencias naturales —así les llamaba.

                                                                                               Esto era:

                                                             Un día apacible en el parque, creo.



3

Hoy. Domingo. Empezó el día frío. Mientras corría en la mañana, ese vaporcillo helado que pocas veces se ve en la ciudad —excepto cuando es smog—, me golpeaba la cara, entumiéndomela casi de inmediato… ¡Arde! …Bajé la mirada y me cubrí la cabeza con mi gorrito de teporocho —eso dice Angie— Los adoquines se esfuman formando un piélago rosita y en momentos manchas blancas. Pequitas de caca de bellos pajaritos. Algunas verdaderas motas verduscas, ¿escupitajos? No; inmensas mierdas de ratas voladoras ¡Diablos! Y yo que quiero dar poesía a mis pensamientos. Acabo de lastimar a un adoquín… Oh, no, espera… ¡el adoquín me lastimó a mí! ¡Auch! Estúpido pedazo de… Inhala, exhala. Sudor en la espalda y pecho, gotita en mi ojo ¡Quema! Me tallo. Un tuerto, un pirata corriendo sobre la estera rosa; conchitas pequeñas, lentas; cangrejillos ermitaños —bueno, algún nombre tiene que dársele a los caracoles (asquerosos)—. ¡Crack! ¡Uppss! Pobre babosa. Ella se atravesó. ¡Tierra a la vista!, o mejor dicho: ¡Álamos, fresnos, y muchos pero muchos eucaliptos a la vista! La niebla, adusta, se ha dado por vencida. Joven viene trotando. Sonrío. Pasa. Recibo rostro de bolo alimenticio. Me desconcierto. Paso mi mano para enjugar mi frente empapada; tapo los ventanales de mi nariz. ¡Wack! Moco verde, pétreo. Entiendo.

                                                                            Hoy en la noche: Angie.



4

Perennes saetas transparentes enjuagan mi cuerpo ¡Qué bonito se escuchó eso! Un febrido destello que proviene del ventanal hiere la lluvia provocando una metamorfosis iridiscente. ¿Qué color forman todos los colores? ¿Acaso el negro? No, el negro es la ausencia de color, sí, creo que sí. Negro. La ausencia de este iris son los ojos… los ojitos de Angie.

cuento-angie-filipes.jpgCierro la perilla de mi derecha. ¡Caliente, caliente! Cierro la izquierda. ¡Brrr! Orleo —¿puede conjugarse así?—. En fin; orleo mi cuerpo con movimientos curvos, oblongos. Tallar bien ese pelambruje, no vayas a tener ácaros. Rodillas. La mugre del talón de Aquiles. Uñas sin cortar. Como las monstruosas garras de ese adefesio con el que se acostó Angie en el viaje a Tecolutla: tequila, vodka, ron, caballitos. ¡Fondo! Cubas. Hongos. Noche. Olas ensordecedoras, sombrasfantasmales alolejos; cerca, mujeres en brama, hombres famélicos. Angie con Minotauro, yo con un macaco. Ellos besándose. La pérfida fogata refractó el vertiginoso movimiento. Ineluctable danza. La Osa; la Osita; Orión y el conejo dentro del satélite, todos aquiescentes. Ventosas adheridas a sus tersos glúteos. Succión de sensación febril. La cabeza de Vacatoro lijaba de soslayo el cuellito amodorrado de Angie con tal fruición que ¡basta! Uno, dos, tres, cuatro, cinco caballitos, yeguas, mulas, mulatas, lo que sea. Teseo se dirigió broquelado por su Medusa primatizada ¡u u u  a a a! Brrr. Perilla del líquido caliente. Perilla de la fría. ¡Aahh! Cierra bien los ojos. El agua está rrriiiquíííísssiiiimmaa. ¡Auch! ¡Me lleva! ¡No agarren agua! Caminé decidido a guerrear por mi Dulcinea, con mi sexto caballito a cuestas. Teseo y su caballería. Movimientos torpes. Sandalias maltrechas. Andar miope. Vista difuminada. Salud por la muerte de Minot. Cierro ambas perillas. Toalla, toalla, ven toallita. Seco mi espalda. Brazos. Glúteos. Pecho. Pelambre. Pelambruje. Falo. Pene. Piernas: arriba, abajo; ingle. Tecolutla. Dardos de Atón sobre el mar rojo. Todo alrededor era un desierto con cuerpos exangües, rastros de bilis, de vómito; condones sin rumbo sobre el Nilo o Mar Rojo ¡Qué importa! Nació un coraje desde mi carcañal hasta mi retina; parecía escuchar las mofas de los condones: ¡Jijiji! ¡Sí, muévete así! ¡Imbécil, te quedaste sin coger! Lo peor fue que las viborillas de látex tenían la voz de Angie... ¡Angie! Trato de levantarme, pero no siento mis piernas. Medusa en las piernas. Me las transformó en piedra. Me lleva. Copulé. Soy un maldito zoofílico. Me ha confundido con Perseo. ¡Soy Teseo, bestia inmunda! La aparto a pesar del escozor en mi lánguida espada; mi pierna izquierda hormiguea. Golpes. Despierta. Avanzo entre los apestosos pescados desperdigados por toda la greda; mis pies se hunden pesadamente; arena movediza. El ocaso de la fogata sahúma el lugar donde está Angie, recostada sobre su inconfundible sleeping rojo, amediotaparpormicobija. ¡Méndiga! ¡Mi cobija! Una pezuña le cruza el cuerpo… Ya ya ya, no pienses en cosas desagradables. Tomo el boxer. Hay que prepararse. Hoy es el día.

                                                                                                   Angie.



5

cuento-angie-djtomegg69.jpgLlevo más de treinta minutos esperándola. Mejor quitarse el reloj para evitar esta manía. Me veo a mí mismo antes de llegar: Convers acabados de zurcir, pantalón de vestir café oscuro (sucio), camisa percudida color… blanco amarillento, chalequito a la frac, también café, saco entallado de gamuza; ah, por poco olvido mi moñito negro. Mi cabello a la Iesus Nasarenus Rex Iudaeorum. ¿Estás listo para ordenar? Oh, eh, sí, tráeme un café americano, por favor. ¿Quieres acompañarlo con un sándwich, una baguet?, tengo de jamón con queso manch. No, no, sólo el café, gracias. ¿Les pedirán que se escoten? ¡Flotadores jumbo para la niña! Bueno, bueno, bueno; en qué iba… Manos a los bolsillos, caminando sobre la acera, una rayita, dos rayitas, tres; no debo pisarlas. Zancadota. Señora en plena reconstrucción de su belleza me ve y se ríe; le devuelvo la sonrisa. Lástima que no hay maquillaje para el esmalte de los dientes. ¡Con ustedes… la señora dentalisfosforentis! Es lo bueno de pensar todo lo que quieres sin escupir palabra. ¡Bah! Llego al semáforo. Saldo: cincuenta y cuatro rayas; ocho pisadas; cuatro ratas: una chiquita (bebita), dos porte mediano (amantes); otra, la más grande (deducida por sus exuberantes restos) en calidad de óbito. Sin necesidad de autopsia: atropellamiento desmedido, alevosía y ventaja. Sospechoso: llanta rodada veinte. La ratita llorando al lado del lecho mortuorio (parecen cachitos de bombón carmesíes): “Mami, mami, no te mueras”. Pobre.

                                             Mamá rata: Bambi… digo, Ratiti… ejem… ejem…
tienes que ser fuerte.

Ya, no debo ser tan manchado; supongo que también sufren. Continuando la cuenta: dos ardillas, una de ellas muy violenta por cierto. El semáforo me a-du-ce que tengo veinte segundos para cruzar. Inhala, exhala. Sí, exhala tu alborozo. Cruzo lento; zancada larga. Ando a la Beatle. I’m John Lennon. Con permiso, aquí está tu café, ¿gustas crema? No, sólo un cenicero, por favor. Ajá, ahora lo traigo. Asiento con la cabeza. Oh, ven, ven tacita marmórea, ven con tu nubecilla vibrátil. Pequeño sorbito. Mmmm. ¿En dónde iba? ¡Ah! Sí; pasé la calzada todavía con la imagen de la ardilla que correteaba a la otra. Policías y ladrones:

    Chipchipchipchip chip: Detente, pelos de escobeta, dame mi nuez, ¡mi nuez!
                             Ya podía ver la cornisa verde del bar.
Chip chip chipchipchip: Ja, ja, ilusa; estúpida ardillina desdentada, mejor ponte a
tragar florecitas.

cuento-angie-mulligand.jpgHabía llegado; el enorme vitral me reflejaba. Moño chueco. Lo acomodo. Entro. Aquí está el cenicero. Gracias. Del lado izquierdo la barra, del derecho mesas comunes y corrientes. Avanzo hacia el fondo. Área de fumar. Lugarhabitualvacío: un par de sillones frondosos, de color arcillado. Saco un cigarro y dejo la cajetilla sobre la mesa, al lado del caféamedioacabar. Busco en el bolsillo trasero mi encendedor. Flamaverde. Sorbo l-e-n-t-o. Deliciosa niebla pulmonar. Expelo rocío terroso. Alguien se ha sentado. Perdóname, güey, es que había un chingo de tráfico. Sí, es Angie. No te fijes, ya estoy acostumbrado. ¡Ay, ya vas a empezar de nena! Llamó a la mesera. Tráeme un whisky, dijo Angie levantando su largo e imperioso dedo índice. Ah, empezando rápido, eh; está bien, tráeme lo mismo. En seguida, chicos. A ver, dijo al tiempo que se formaban unas arruguitas en su despejada frente, ¿qué es todo ese pinche misterio que has tenido estos días? Espérate tantito, no comas ansias; tú y tu modote, que no ves que a veces eres… inoportuno. Abanica su palma derecha en señal de que me acerque; descubro mi oído. Ven  ¡Me vale mégrde!, o sea, mierda en fransuá. Aquí tienen sus whiskys, chicos. Agradezco (una vez más). Oscila el líquido ambarino. Toda una bohemia. Lo h-u-e-l-e, plácidamente. Mi pequeña dama rusa tolstoiana. ¡Dth! ¡Dth! ¡Ah! Muy bueno; tu barcillo tiene un buen whisky, eso me late. Toma un cigarro con una gracia única. Flama verde. Aspiramos al unísono. Raíces tortuosas florecen vedando nuestros rostros. Primer cochinito: soplo, soplo, soplo. Ya veo a mi Afrodita. Tengo que tomar valor. Ebrio = Valiente. Bebo todo de un trago. Angie me mira, desafiante; también desaparece el suyo. Llama a la mesera ¿cómo se llama? Chío, Rocío, Bere. ¡Qué importa! Le señala que traiga otros dos. ¡Hey!, está buena esa canción, ¿sabes cuál es?, para qué te pregunto si ya sé que eres un bruto para la música; se llama “Alabama song”. Claro que sé qué canción es. Ay sí, tú, si eres sólo una rata de biblioteca clásica, nada más lees basura momificada, eres… ¿cómo decirlo?… mmm —chachita llega con los ambarinos—. Hace girar su muñeca, cruza las piernas, recarga su codo en la cima de su rodilla, sostiene hábilmente el cigarrillo Lucky junto al whisky, y con su mano libre se abraza el estómago. Preciosa. Yo te llamaría un Griejudistiano. No sólo abarco lo clásico, y para demostrártelo te diré que “Alabama Song” fue escrita por Bertolt Brecht. Jajaja, sabía que eras medio Corky pero esto lo sobrepasa todo; esa canción es de los Doors y fue escrita por el Rey Lagarto. Contrólate, contrólate;  recuerda que es tu noche. No estropearla con discusiones que no tendrán fin. Sale pues, tienes razón, creo que estaba equivocado. Obvio; pero no te preocupes, en ti es normal. Otra ronda. Incipiente caos en mi cabeza: Dilishius whiskyus. Qué bonita lámpara. Dicen que cuando estás borracho no puedes tocarte las yemas de los dedos índices —que soliloooquioo tan tonto—, a ver, tratemos. Creo que sí, ya estoy un poco mariado. Creo que es tiempo de decírselo. Oye, güey, ya viste cómo me mira la whiskyscienta; viste qué escote; jey, jey, jey. En qué cosas te fijas, Angie, le digo. ¡Putamá!, que no me llames así. Per-do-na-me-gü-e-y. Creo que ya te puedo decir la razón de nuestra cita. ¿Cita? Lo que te voy a decir es en serio, no quiero que lo tomes a broma… esto que siento. ¿No me compra chicles?, o regáleme un peso, ándele. Pinche chamaquito hijo de. Calma, calma, no te exasperes, sólo dile que no y continúa, no dejes que Angie se distraiga. No, no, no, gracias, no traigo. Inoportuno. Oye, An... güey ¿crees en...............
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6........................................................................................................
.................................................................Silencio.................................
...............Incertidumbre..........................................................................
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....................................ObeliscoInescrutable............................................
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.............arañando el firmamento centellante............................puedo sentir el estremecimiento mecánico de su hirviente cascarita sabor a sal y chocolate que todavía quedaba aprehendido en su altiva superficie. Ilumino sus labios, los contorneo; húmedos. No te puedes mover. Mordidita sutil mientras mi mano susurra su perfecta media luna. Suaves glúteos. Angie se enrosca. Sus ebúrneos dedos perforan mi laberíntico cabello, lo estruja y me devuelve la deliciosa sensación del whisky. Sentido gustativo. Musito sus firmes pechos; estupendos botoncitos, cúpulas miniatura. Angie se entrega, extiende su cuerpo en forma de cruz; una de sus piernecitas queda atorada por un extremo de mi frazada violácea. Lamo desde su cóncavo ombliguito hasta la mitad de su cuello. Soy Eolo, dios de los vientos; vendaval gélido provoca su sobresalto tiritante. //////¡León!////// ///////¡León!//////. Angie toma mi almohada púrpura y se cubre la carita; tiembla impaciente. Gemidos felices. Mano izquierda arañando mis viejas sábanas. Muerdo sorpresivamente una de sus cúpulas. Ya por favor, hazlo ya —me implora—. El flujo sanguíneo, arquitectónico, ha erigido, convincente, mi enhiesta columna jónica. Monto sobre su torso. Me acerco. En fugaz movimiento cambio la almohada por un extremo de la frazada; sólo sobre sus ojos faltos de color. ==Ataco==. Ariete sobre la bermeja puerta del castillo. ¡Ahhh! Mmmm ¡Dth! ¡Dth! ///////¡León!////// //////¡León!////////. Ascenso, descenso. Des-pa-c-i-o. Su marmórea mano abraza la base de la construcción. Presiona. Acaricia el par de cimientos esféricos. Sus uñitas mancillan, dulcemente. ¡Aaaauch!...................            --------------------------------
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-------------El entorno dalinesco: Paredes escurridizas, sudorosas. Simetría contrita. Perchero danzante. Imágenes amorosas escapan de libros abiertos, flotantes. La bóveda del cuarto hecha una gran colmena. Perfectos hexágonos luminosos. Lecho murmurante. Afables fragmentos polinizan nuestro infinito de Alfas y Omegas -------------------------------------------------------------
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------------------------------------. Retiro mi saeta de sus labios. Él se resiste. Mnnn. Bajo lento, lento, rozando con mi capitel su cuello, su pecho. Luciérnagas descienden de las colmenas propagando una tenue luz que tremuliza las sombras. Bailen, bailen. Beso. Beso. Beso aquí y allí. Presemenensuombliguito. Se forman agujeros azulinos en el suelo. Escapa agua límpida. Vorágine luminosa. Lago vítreo. Entes tiritantes. Me deshago de la frazada, la arrojo al pisoenlagado, antes de caer se deshace en pececitos flotantes en todo el cuarto, nadando, alimentados por nuestro hálito fluorescente. Angie mira sacar mi lengua y pasar mis dedos por ella; toco pausadamente sus pies. Mis yemas trotan por lo largo de su pierna. La recoge. Triángulo. Trote en espiral hasta su ingle. Estoy ansioso. Voy agazapado. Pez payaso cosquillea mi espalda. Angie extiende su brazo hacia mí: Ven, me dice. Luciérnagas juguetean por la coyuntura de sus dedos. Peces plateados giran alrededor de su brazo. Estrellitas coronan su rostro, dándole una opalescencia delicada. Avanzo hacia el sol y descubro… Obelisco inescrutable. ===Una espléndida columna dórica===. La aprehendo entre mis manos y lamo su lindo capitel.....................................
................................................==Paradoja==.

Despierto.

                                       Madre: ¡León! ¡León! Te ha estado hablando Ángel.

                                          Aquiles y la Tortuga.

Ilustraciones:
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Gustavo Arturo Rea Zafra (Distrito Federal, 1984) estudia actualmente la carrera de Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.