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No. 1/RELATO

 
 
 
 
Los zapatos rojos


SELECCIÓN DE CAZA DE LETRAS

(www.cazadeletras.unam.mx)


Los zapatos rojos


El virtuality literario Caza de letras, organizado por la Dirección de Literatura de la UNAM,  fue un concurso-taller en línea en un formato similar a los reality shows televisivos. El certamen inició el pasado 11 de mayo y terminó el 6 de julio. Los 12 participantes realizaron una serie de ejercicios literarios como parte del taller virtual diseñado por los miembros del jurado, los escritores Mónica Lavín, Alberto Chimal y Álvaro Enrigue.
 

Con la tarea de hacer un argumento que partiera del hallazgo imaginario de un par de zapatos rojos tirados en una calle, los 12 participantes de Caza de Letras elaboraron igual número de trabajos con los que redondearon una etapa del certamen al tener la primera oportunidad para desarrollar algo más que técnicas narrativas. Y es que esta tarea fue precedida por ejercicios que exploraban recursos como la descripción, la elaboración de atmósferas y la estructuración de argumentos.


Punto en línea
ha decidido publicar este material debido a que se trató de la primera encomienda completamente imaginativa del virtuality literario. La misión de este ejercicio era que los 12 participantes pusieran a prueba no sólo su capacidad para aplicar técnicas y recursos de escritura, sino también la posibilidad de emplear dichas herramientas para desarrollar el “material inicial para la escritura de un cuento, una novela, una obra de teatro o un guión de cine”. En otras palabras, el ejercicio de los zapatos rojos constituyó el primer reto en el que los 12 concursantes mostraron su habilidad para hacer una ficción literaria.

Los 12 trabajos que presentamos van de la viñeta y el esbozo literarios al relato corto e incluso la minifición. Cada autor explora, a su manera, el tema del calzado; cada texto presenta un estilo propio en el que vemos escritos metidos en el realismo, otros más bien fantásticos, algunos más de corte autobiográfico e incluso algunos que tienen rasgos propios del género negro.

En esta muestra del concurso-taller Caza de Letras, que presentamos con el seudónimo de los participantes, los lectores de Punto en línea podrán ver cómo un solo motivo puede generar una diversidad de juegos de palabras y creaciones literarias. Como ya lo dijo Mónica Lavín, jurado de este certamen, “
es fascinante cómo un disparador provoca tanta disparidad (que no disparates)”.

Desenlaces, personajes y sucesos inesperados, estampas visuales o semánticas, esbozos humorísticos y hasta las bases de lo que podría ser una comedia son parte de esta muestra monotemática que Punto en línea tiene para este número, en la que se pretende destacar una de las misiones más importantes del proyecto Caza de Letras: lograr que el protagonista de este taller en línea sean la imaginación y las letras.




Qué chingón
Ajo Kano (Álvaro José Camacho)


“Una aventura…” canta Rita sin atinar a la chapa. Luis la oye y le abre. Colorada y rozagante le sonríe. Ochenta y tres años y —según ella— desde que era un feto baila y goza. Más desde que a los papás de Luis los aplastara un Ruta 100. Más desde que un repartidor incrustara el freno de su moto en el pecho del abuelo. De “juevebes” a domingo, baile nocturno y danzón en el parque. Pasa las crudas con su nieto. Él le dice que pare, que el cuerpo no le va a aguantar, o que por andar bailando ebria en la calle van a atropellarla. “Qué chingón”, contesta. Le dice que así se quiere morir: borracha y atropellada pa’ que al despertar ya esté bailando con Diosito entre las nubes.

Rita se pone mala. No más farra. Cada día las arrugas le llegan más cerca de los huesos.

Rita le dice a su nieto que se acerque. Que se tome un tequilita, que saque del clóset los tacones rojos que le dio el abuelo, que se tome otro tequilita, que se vaya pa’ Tlalpan y que allí, frente al Dancin’ Heels, tire los zapatos a la calle.



Colgar los tenis

Perro de Agua (Jorge Armando Hernández)


La noche tranquila de Jerécuaro se interrumpe con los acelerones del vehículo donde Sofía, la hermosa, es ultimada de catorce tiros.

Al día siguiente, el carro aparece en un terreno baldío de Apatzingán. Se desconoce el paradero del cuerpo y se especula: ajuste de cuentas entre narcos.

En un charco se hallan las zapatillas rojas que pertenecieron a la víctima. Los periódicos dan cuenta. Uno de ellos encabeza: “Las tacones de la muerte”,  y agrega: “todavía escurren de sangre”. Un lector recuerda los mocasines rojos de su infancia que tanto odió.

Pasan tres semanas. Aparece el cuerpo y se descubre que el nombre real de Sofía fue Lauro Bautista. El hecho escandaliza y  surgen protestas contra la homofobia en todo el país. El obispo Onésimo Zepeda declara: “son consecuencias de la desviación sexual”.

Seis meses después, el ex-novio de Sofía circula por Jerécuaro y se topa con un par de tenis rojos que cuelgan del cable de luz en la misma calle del suceso. Ríe a carcajadas.



Los zapatos rojos
Sabinazo (Marvin Durán)


Doce años antes del nefasto incidente que hoy me tiene descalzo, en medio de la calle y contemplando unos mocasines ensangrentados, abría yo los ojos justo cuando el sol iluminaba la recámara y la humedad ambiental me tenía empapado. Era demasiado tarde para reportarme al trabajo, así que decidí tomarme el día. Carpe diem, pensé, mientras cogía un pantalón de mezclilla. Salpiqué agua en mi rostro y salí a la calle. Andando sobre la Avenida 8, di vuelta en la 32 y entré a un pequeño mercado gourmet.

Tomé un canasto y caminé al pasillo 2 buscando una lata de gambas. Mientras revisaba etiquetas, sentí que alguien me observaba. Hubiese levantado la mirada de inmediato de no ser por aquellas zapatillas cubiertas de diamantina roja. Alcé la vista lentamente: calcetas de algodón, falda plisada con tela a cuadros y unas adorables piernas blancas y redondas. Con la mirada fija en sus muslos, supe que este encuentro no era obra de la casualidad



Intrusa
Falanja Adarce (Fernanda Melchor)


Las calles del pueblo están desiertas. Han huido todos de la fiebre.

En el convento, las letanías a los santos se apagan bajo un rumor: muda y cazcarrienta, una niña se ha colado dentro del claustro.

La madre Gildarda exige una respuesta. Reprende a la portera mientras marcha por el patio. La intrusa es una enana de crenchas tiesas que pringa las enaguas del Cristo, al alzarlas para mirar por debajo.

Ojos gitanos, piel morena, babuchas rojas. Una boca tapizada en llagas se abre para recitar el nombre pagano: Falanja.

Sor Gildarda se santigua. Jala la oreja de la niña, que chilla y rompe en llanto. Juntas atraviesan el umbral. Bajan corriendo la escalera de piedra. Primero una babuchas, luego su gemela, caen sobre el lodo de la calle.

Sólo el viento escucha los gritos de la monja, clamando por los padres de la nena. De vuelta al claustro, ordena que rapen sus mechas y la vistan con un sayal remendado.

Al día siguiente, la bautizan como María Josefa.

Permanece en el convento por diez años



La princesa caramelo
Dustfruit Freak (Ernesto Miranda)


Yolo se prepara en un baño para su primera noche de talón. Emocionada, se instala en la esquina asignada. Mientras espera, chupa paletas y teje. El joven A.J. la aborda, ríen y, en segundos, se encaminan al hotel.

Al salir de bañarse le extraña ver a A.J. vestido y con guantes de hule. Ella, torpemente, intenta tocarle el pene y él la rechaza con un golpe. Yolo llora. Él la aplaca con palabras  y trescientos pesos.   Ella, de a cañón y chupando un ring pop, ve  la televisión  mientras él lame y lee minuciosamente sus hendiduras anales.

A.J. sale con prisa del hotel y Yolo, ávida, lo intenta  detener. A.J., se  zafa  y al cruzar la calle un camión a contraflujo lo arranca del suelo, mientras manda un mensaje de texto: “PURAS MAMDAS. T MKO N 10.” Sólo quedan sus converse rojos en medio de la calle.

Yolo levanta los hombros, se da la vuelta y se dirige hacia su esquina con furia. Cambia rápidamente de humor al encontrar una manita de la suerte en su bolsa y leer en ella “tendrá un corvette”.



Los zapatos rojos
Julián Iriarte (Oliver Davidson)



La tía Emilia lleva a Dora a la escuela caminando. Hoy estrena unos lindos zapatos rojos. “Amárrate las agujetas, Dora”. Un fuerte viento sopla cuando Dora cruza la puerta de entrada. En el salón, todos le dicen a César que es un tonto. Octavio no comparte con nadie su sándwich, salvo con Dora. En la clase de deportes, Julián no juega porque le tiene miedo al balón. El profesor Domínguez les pide a los niños que tomen sus cosas y vayan a su siguiente clase. Miss Alejandra, la maestra de matemáticas, les grita a todos y los hace limpiar el pizarrón como castigo. Dora resbala y moja a Miss Alejandra, a quien se le corre el maquillaje. Miss Alejandra no puede castigar hoy a Dora: tocó el timbre de salida. La tía Emilia tarda mucho en llegar. “Ya quiero regresar y jugar con Titi”, piensa Dora, mientras juguetea con los tacones de los zapatos. Dos sujetos bajan de un auto, a rastras meten a la niña.

Patalea, se le caen los zapatos



El invento
Kusco (David Pruneda Sentíes)


Para Juan, esos zapatos rojos tirados en la calle eran su creación, su fortuna. Tuvo la idea de fabricarlos una noche de regreso a su casa después de la oficina. Mientras intentaba pescar un taxi con el puerto extraviado, observó a dos mujeres que, debajo de un arbotante igual a un faro, se quejaban de las zapatillas. Se rompieron en el puente, escuchó decir Juan. Entonces puso cerebro, manos y pies a la obra. Después de algunos cursos de ingeniería y muchas clases con un zapatero nonagenario, tuvo los prototipos. Quiso catarlos inmediatamente. Por cábala, desfiló en el rumbo donde su idea había nacido. Cuando aparecieron luces intermitentes azules y rojas, supo que tenía que correr. Forrado en un vestido escarlata subió a toda velocidad un puente peatonal. No advirtió que uno de los peldaños estaba roto y cayó de bruces. Entre los escalones, miró que su nueva industria de tallas extragrandes, materiales robustos y tacones reforzados estaba a punto de hundirse antes de salir al mercado.



El tacón de Domezzi
Juan Diego Sárate (Jorge Degetau)


El happening de Domezzi ocurría así: los coches trazaban óvalos como un cardumen, luego aparecía un motociclista con overol de Fedex sorteando a los peces para estacionarse en el centro del flujo, ahí sacaba los ahora famosos zapatos rojos con sus tacones de medio metro, los colocaba sobre la calle muy separados uno de otro, dejando al mujerón imaginario con las piernas generosamente abiertas, y el motociclista, Domezzi, decía tras quitarse el casco, con la entonación del que ora: “Seducción”. Los coches se detenían y de ellos bajaban cinturones insuficientes y bronceados inverosímiles. Sin fallar jamás, mientras los nobles aplaudían, Domezzi se hincaba para llorar.

Así fue su primer happening en un páramo de Texcoco, el mismo que le dio fama internacional y le granjeó comparaciones con Warhol. Desde entonces y durante años, su carrera viajaría desbocada hacia la cumbre, con Domezzi prendido al pelo de la bestia y los zapatos rojos bien puestos. Pero cualquier tacón se rompe.



Zapatos
Juana Girasola (Jennifer Ádcock)


Un lluvioso miércoles Martín Barenque telefonea a su novia para decirle que llegará tarde porque tiene que ir a una cena del trabajo.

Barenque llega en la madrugada, se quita la ropa mojada y se mete a la cama. El jueves en la mañana, Elvira encuentra una tarjeta en la bolsa del pantalón que Martín dejó tirado en el suelo. En la tarjeta se lee: Françoise, 55532790.

Furibunda, Elvira tira a la calle todas las pertenencias de Martín. Ninguno de sus zapatos eran rojos.

Los de Françoise sí. La noche anterior, mientras caminaba en busca de un taxi, se le perdió uno, y decidió abandonar el otro. Al salir de la cena, Barenque encontró a una mujer francesa descalza discutiendo con el dueño del restaurant. Ella quería que el dueño pidiera un taxi; él no entendía nada. Barenque pidió el taxi y prometió buscar los zapatos. Françoise le dio una tarjeta de presentación.

El jueves, mientras Barenque intenta salvar su estéreo, una vagabunda presume sus nuevos zapatos rojos



Violeta Malibú
Barrita de mandarina (Diana Gutiérrez)


El semáforo cambia a rojo, Benito frena su motoneta.

“Adicta al Canderel muere intoxicada”, lee en la primera plana de La Ilusión, único periódico de Violeta Malibú.

Los conductores tocan el claxon y lo insultan por detenerse.

Sorprendido, Benito compra un ejemplar del diario y mira la fotografía: Una mujer vestida de rosa yace en el piso, al lado de líneas de edulcorante. El pie de foto dice: Murió al inhalar 14 bolsas.

En la oficina de La Ilusión, el editor asigna a Benito, el reportero Suárez, su primera nota.

“Ben a secas”, como le llamará Tony “el fotógrafo”, llega con retraso a casa de la joven asfixiada con M&M´s. Calles atrás, algunos violeteños impiden el paso.

¡Tanto por unos zapatos rojos!, grita Ben.

Suárez es despedido y regresa a su pueblo.

En el camino, relee la nota que dejó su jefe: “Para que aprendas que la aparición de unos zapatos ROJOS en la ciudad es la nota, bruto”.

La Ilusión entera lo busca, pues han visto su recado: “Bruto pero no daltónico. El Tony se va conmigo”



Par de reyes
Lorena Sanmillán (Nohemí Hinojosa)


¡Dorothy! ¡Los zapatos de Dorothy en medio de la calle! Le diré a papá que la busquemos. Aunque no me crea pueden pasar estas cosas. Seguro la encuentro junto al Hombre de Hojalata buscando el camino amarillo.

Sí. Yo los tiré ahí, afuera del cabaret. No encontré mejor forma de humillarte. Será lo primero que veas cuando despiertes y te asomes a la ventana.

Te dije, Izquierdo,  que no lo patearas. Lo siento, Derecho, no pude reprimirme. Ya ves, después de la función en lugar de guardarnos en nuestra caja venimos a dar aquí. Nos iba mejor cuando bailábamos. ¿Cuánto nos quedará de vida? Lo que me faltaba, amanecer a media calle.

¿Mis Nine West rojos tirados frente a mi balcón?  ¿Y crees que son los únicos que tengo? Usaba esos porque no quería gastar los míos, los que compré con mi dinero. ¿Habrás dejado el liguero que los complementa? ¿Y la bolsa?



Disfraces
Xquenda Juchitán (Dora Márquez)


Ale, lloriqueando, cose el vestido de novia de su hermana Adelfa. Su padre y hermanos matan borregos para la fiesta. Nadie sospecha acerca de los planes de Ale.

Antes de misa, compra un vestido rojo pensando que ningún hilo alcanza para unir deseo y tela. Para ajustar, zapatos del mismo color con tacón alto. Imagina que cualquiera que los calce se colocará en un plano superior, irreal como el de los sueños. ¿Qué mejor regalo para quien amas tanto?

Todos celebran en la plaza, adornada con flores y sillas de plástico blanco. Tarde y alcohol se achican. Juan se tambalea hacia la calle principal. Adelfa, su esposa, quiere acompañarlo, pero él prefiere orinar a solas.

Juan oye pasos. Voltea. Intensa-roja mujer. Se reconocen en los besos. Saben bien que no volverán a verse, pues lo suyo es imposible y la noche anda a prisa.

En la madrugada un perro come sobras de barbacoa. Alejandro soslaya, desde un camión, su última mirada al pueblo y a esos autos que despedazan sus zapatos rojos abandonados en la calle.