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No. 13/CUENTO

 
Los crudos y los muertos
 



Enrique Ángel González Cuevas



 

La nostalgia es humo que te abraza, decía Julieta cuando se desnudaba, y sus manos se habían vuelto luces naranja que la tocaban cuando caía en un sueño y en el pavimento, en el escenario y en sus brazos, donde el grito sofocado con una mano equivalía a la palabra amor. Camina más rápido, se imploró a sí mismo, y no te tambalees ni pongas esa cara de susto. Pero se tambaleaba, y más que poner cara de susto, la traía de emoción. ¿Irse enseguida o volver a tocarla? Piensa claro, no regreses. Las manos me tiemblan y traigo babas de ella. Las lame y por poco se traga los dedos. ¿Por qué no me traje nada para recordarla? El rostro naranja que mira al cielo con la boca tapada.

En un parque suelta el cuerpo y con un grito comienza a correr, a cruzar entre las sombras de árboles y personas, que con la marcha se vuelven humo que no lo alcanza a abrazar, como un escape en medio del mundo que le da la libertad.




Justo después de bajar del volkswagen negro, Pablo se quedó mirando la calle.

—Se ve extraño, ¿no crees?
—Es primero de enero, cariño: hoy todo el mundo está crudo o está muerto —le respondió Alejandra al tiempo que revisaba los seguros de las puertas.

“Todo el mundo está crudo o está muerto”, se repetía Pablo, para explicarse el temblor de su cuerpo, la sed que cargaba, pero sobre todo, esa incomodidad ante las calles sin vida. Junto a él, Alejandra, cruda después de festejar sola la llegada del año, caminaba oculta detrás de sus lentes oscuros; crudo también estaba el sol que amanecía empañado con su luz de foco viejo.

—Todos están crudos o muertos después de año nuevo —insistió Alejandra, como no queriendo que la frase acabara y siguiera ahí explicándolo todo—, y al empezar el año debemos salir a buscar a los que ya no están —remató con una retórica poco habitual en ella.

Un policía se acercó a saludarlos desde un camellón.

—Por poco y no llegan. Los forenses ya se andan llevando el cuerpo —les informó cuando Alejandra empezó a fotografiar el bulto y Pablo sacó su libreta para entrevistar al uniformado.

Sólo al ver los ojos oscuros, que tan bien combinaban con el pelo negro enmarañado, y cuando los nervios se volvieron asco y ganas de ir al baño, ambos pensaron que los crudos habían encontrado al primer muerto.




Cuatro es buen número de cigarros, los miras y sientes que aún tienes sangre para pasar la noche, pero también dudas en fumar uno más, porque después quedarán tres, que ya son muy pocos, y los problemas volverán a empezar. Por eso Pablo no se anima a encender el que le cuelga en la boca y revisa la nota que brilla en el monitor. El cuerpo fue encontrado cuando el departamento de edición ya había cerrado, así que ésta aparecería hasta el día siguiente, obligándolo a fijarse bien en la redacción.

—¿Quieres un café, cariño?

Cualquiera que no escuchara la voz de Alejandra no creería que “cariño” es un sarcasmo, sin advertir que esa palabra es lo más parecido a un gesto femenino. En realidad muchos lectores atentos, pues por lo regular nadie se fija en los autores y fotógrafos de la nota roja, solían escribir al periódico para conocerla, se sorprendían de que una mujer se atreviera a ver por ellos las escenas que luego los hacían sentirse inseguros y  la  imaginaban bella y ruda, algo así como una heroína, que seguramente sería la única capaz de soportar toda la soledad y los problemas de ellos. Pero de esto no paraban de burlarse todos en el periódico, ya que la veían como una machorra que lo mismo podía ser judicial que guarura. Sólo Pablo tenía una idea verdadera de cómo era ella, con su cara chata y morena, con sus hombros anchos y su uno ochenta y dos de estatura, pues sabía que era como él, más chaparro y escuálido, que los dos habían acabado ahí quién sabe cómo, siguiendo no se sabe qué caminos.


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—El informe de la policía es pura mierda —le comentó él, después de quemarse con el café.
—Ya sabes que así son siempre, ya mero van a andar investigando a una tipa violada.
—Pues no era una vieja cualquiera —continuó con ganas de no abandonar el tema—, era nada más y nada menos que Julieta Guerrero.
—¿Y ésa quién es?
—Una actriz que de chavita salía en telenovelas, pero que cuando maduró decidió ser actriz de veras. Sólo hacía teatro independiente y películas de bajo presupuesto. Incluso se metió un poco en la política, estaba con grupos que pedían la liberación de presos políticos.
—¿Le desaparecieron a alguien?
—No, nada más se metió por simpatía.
—Pues yo creo que entonces sí va a sonar mucho su muerte.
—Nada de esto viene en el informe.
—¿Entonces tú cómo sabes quién era?
—Era su admirador.
—No sabía que te gustaba el teatro.
—Me gustaba ella.   
—Eres igual de idiota que los tarados que me escriben.
—Acompáñame.
—¿A dónde?
—Vamos al teatro donde trabajaba, quiero hacer algunas preguntas.
—Esto no está bien, cariño. ¿Para qué? Mañana habrá otro muerto para escribir de él, si lo nuestro es transcribir la sangre al papel, no decir nada.
—¿Tienes algo mejor que hacer?
—Tengo tres días para ver la película que renté.

Ambos salieron del periódico para investigar a la antigua, conscientes de que no lo harían como periodistas, ya que a nadie le importa qué digan, quizá ni a ellos mismos.




Las mismas palabras se repiten en las cabezas vacías, se repiten para ocultar el vacío y volverse genuinas, como si fuera la primera vez que son pronunciadas, así que mejor se guarda silencio, porque es lo único sincero ante la muerte y ante uno. En medio del escenario, lleno de flores y de vestuario, estaba el ataúd al cual se acercaban los deudos, compañeros y amigos, que contemplaban el cuerpo unos segundos y luego bajaban a ocupar una butaca del teatro. Alguno que otro despistado, que esperaba función en vez de velorio, se quedaba unos minutos para chismear y gorrear tamales y café.

—¿Por qué nadie llora? —preguntó Pablo al director de la obra.
—Los actores no lloran por miedo a parecer que actúan. Cuando pasas más tiempo en tus personajes que en ti mismo se te olvida cómo reaccionas.  
—Es que no parecen mortificados.

A Pablo parecieron reconocerlo algunas personas del lugar.

—No lo tome a mal, ya nos dijo que es periodista, pero es que muchos estamos molestos porque había gente que venía únicamente a ver a Julieta cuando se desnudaba en el tercer acto—. La voz era de la taquillera.

Pablo tuvo que contener la vergüenza de que lo supieran un pervertido reprimido, aunque eso pasó cuando un actor continuó diciendo.

—Incluso algunos habían acosado a Julieta, y durante un tiempo no le permitimos salir sola del local, pero ella no quería niñera y no nos dejaba acompañarla. De todas formas se nos hace que fue uno de “esos el que la dejó así.
—¿No vas a ir a pedirle un autógrafo a la muerta? —Alejandra  apareció con un tamal de dulce en las manos cuando él dejó de investigar.
—Quiero ir a pedírselo al que la mató.
—Pues yo prefiero uno de Capulina, pero cada quien sus gustos.




Los aromas de una mujer en la mañana cuentan más que ella misma, cientos de olores de perfumes pasados, maquillaje, sudor y menstruación que se hacen uno y te dicen lo que las palabras no pueden repetir, que recuerdan más fielmente el lugar donde tu carne se posó y acarició, donde amaste y te volviste amable al momento de arrancar las bragas y el alma a la única mujer a la que no podías dejar de amar.

Él despierta y se abraza en los aromas que aún conserva, no se da cuenta de que en realidad no es de mañana y que no ha ido a trabajar. Piensa en Julieta y vuelve a dormir.




Pablo bostezaba sentado frente a su escritorio, dudoso de lo que tendría que hacer.

—Ahora sí pareces periodista, cariño.
—Vete con Ángel, el de archivos, y tráeme las notas de mujeres violadas el año pasado.
—¡No inventes!, que así nunca vamos a acabar, si en esta ciudad se friegan a tres viejas al día.
—Entonces saca las que sean jóvenes, entre 20 y 35 años.
—¿No quieres mejor de ancianas? A ésas sí las encuentro luego luego.
—¡Ándale!, no digas burradas.

Dos horas más tarde Pablo tenía un enorme cerro de reportes.

—¡Me lleva!, ninguno aclara si dieron con el violador.
—Pues qué querías, cariño, ésta es la nota roja, no la sección deportiva, ésa es la única donde recuerdan que también ayer perdimos frente a los gringos —comentó Alejandra sin levantar la vista de sus triunfos fotográficos, reportando cómo la depravación había alcanzado a las mujeres de la tercera edad.

cuento-crudos-gastonmag.jpgDespués de una noche de clasificación rigurosa en que purgó los reportes de la poca información que creyó le ayudaría en el caso, logró rescatar 57 violaciones en la misma zona, de las cuales 24 eran a mujeres que actuaban como bailarinas, nudistas y cantantes, en lo que pensó era lo más parecido a un patrón. Sin embargo, pronto se preguntó de dónde había sacado que el violador había atacado a más mujeres, ¿no podría ser el asesino alguien como él, un hombre obsesionado por una sola mujer, en vez de un pervertido que gustaba del escenario? Tuvo que desechar esa duda a pesar de no encontrar un argumento racional para defender su forma de actuar ya que, si no era por otras víctimas, no tenía idea de cómo rastrear a los muchos enamorados sin esperanza que iban a ver actuar a Julieta todas las noches.

Una vez que terminó y se convenció de lo consistente de sus 24 casos, decidió marcarle a Juan, el contacto de la procuraduría, y preguntarle por el desenlace de cada uno de ellos.

—No me jodas, Pablito. ¿Crees que es así de fácil informarte sobre los juicios de particulares? —reprochó la voz que salía del auricular.
—Soy la prensa. Tengo derecho a difundir y recibir información.
—Tú eres un cretino.
—Ándale, ahí después me la cobras con algo.
—Está bueno, pero te va a salir caro.
—No hay problema.
—Sólo asegúrame que no es para un reportaje mamila sobre la violencia en la ciudad, que ya nos tienen muy cortitos con eso de alimentar a los medios.
—No, es para mí.
—Cámara, te los doy mañana en la tarde y, de paso, discutimos eso de cuánto te va a costar.
—Cámara —dijo Pablo aunque Juan ya había colgado.
—Nada más te estás embarcando en asuntos que no son tuyos. Vas a acabar donde no querías ni meterte, vas a ver —dijo Alejandra, que había estado atenta a la charla desde su escritorio.

Desde hace un buen ya me metí donde no quería, pensó en responderle, al tiempo que veía su reflejo en el monitor apagado y la cara de pesadilla de Alejandra, que le sonreía, consciente de que era ella lo más parecido a una amiga.




Mira los pasos torcidos que temblorosos dan saltitos cortos por el pasillo, y le da por imaginar el grito que daría si le abriera las piernas para meterse entre ellas. Sigue barriendo y mira a la muchacha universitaria con un busto y un cabello aceptable, pero que seguramente nadie quiere porque nació con una deficiencia facial, y con una atrofia muscular. Observa atento a las mujeres que pasan por las mañanas en el hospital, mujeres mutiladas o con dolores que les rompen los huesos y la piel con sólo moverse. Si pudiera hablarles les diría que así las acepta, que él tampoco salió muy normal, pero mejor se queda callado y las mira de lejos, ya que tal vez ellas tampoco entiendan, pues las mujeres siempre dramatizan y no aguantan que él quiera hacer esas cosas. No como Julieta, que siempre hacía  papeles de mujeres que entendían y se quitaban la ropa, dejándolo mirar hasta que se diera valor, alentándolo desde el escenario para que un día subiera y lo comprendiera también a él. Por eso debía estar feliz, porque al fin la había alcanzado en esa esquina donde siempre la esperaba, y ahora podía mirar a la universitaria y a todas las mujeres mutiladas que no lo aceptaban, con la misma altivez con que los otros hombres las miraban, pues había tenido en sus brazos a Julieta, que no era una mujer sino muchas, y todas ellas lo habían amado a él.




—Cuando tomo estas fotos descubro que soy una romántica —dijo Alejandra sin soltar la cámara, que no podía dejar de disparar sobre el choque.
—Yo creía que preferías la violencia —respondió Pablo, aunque no fuera necesario, mientras encendía su cigarro.
—No, si yo prefiero esto. Los destinos absurdos. La vida que se topa de cara con los clichés para dejar un reguero de sangre.

Pablo tiró el cigarro cuando la lluvia lo apagó, y se puso a pensar, a contemplar el microbús encajado en el poste de alumbrado público, al que no había podido más que inclinar, y que bañaba de brillo a las gotas que caían sobre el rostro muerto del conductor, salido un poco del parabrisas estrellado. Si no hubieran estado detrás de ellos los policías y los rescatistas, la gente metiche y los gemidos de los heridos, acompañados de los cláxones que sonaban en el tráfico, se hubiera sentido en paz con aquella imagen, como en una foto de su alma, y habría subido a la unidad a fumar a lado del conductor para que no lo siguiera mojando la lluvia.




Entró al noveno téibol de la semana como quien entra a un sueño o despierta en día de asueto. La música y la oscuridad del lugar, que ocultaba los rostros y dejaba las puras manos introduciendo billetes en los calzones de las bailarinas, el estar desorientado con sólo oler el contenido del vaso que aún no había probado y los gritos de Alejandra pidiéndole cien pesos para embarrarse la cara en los pechos de una mujer, no hacían más que hacerlo sentir incómodo. ¿Qué esperaba al entrar en aquel lugar? ¿De verdad creía que el asesino de Julieta estaría adentro, escogiendo a su siguiente victima? ¿Y, aunque lo estuviera, cómo podría reconocerlo? Cualquiera ahí dentro podía ser un asesino, un suicida o un santo, pero lo mismo daba. Todo eso se desvanecía porque, por más intentos que hiciera, los deseos de mantener en su mente el rostro sin vida de Julieta se caían a pedazos para dejar lugar a los deseos que le pedían sacar otro billete de cien pesos y volverse manos y cara que están en una mujer.

Ya estaba ebrio cuando alcanzó a escuchar entre la música cómo los guardias del lugar echaban a un cliente que había golpeado a una nudista. De inmediato buscó a Alejandra, pero ésta se encontraba en un privado gastando toda su quincena con una rubia, así que se levantó solo, y después de pagar al mesero que lo interceptó cuando dejaba el lugar, se puso a perseguir a aquel tipo.

Era él o no era, así de fácil estaba el problema. Seguirlo y averiguar dónde vive, investigarlo unas semanas y determinar si realmente es él. Pero el alcohol no mide el tiempo y no tiene prudencia, por eso Pablo se olvida de todo el trabajo que ha realizado y lo detiene de un golpe.




Dejó el lugar por la bronca. En realidad no frecuentaba los centros nudistas, pero hasta hace poco tampoco solía tocar el cuerpo de una mujer.  Aun así le desagradó el local, las formas de hacerse de una hembra como si se estuviera en una quermés. Pero sobre todo la gente. Esa que se emborracha y golpea a las mujeres en frente de todos, porque no tiene el pudor de esperarlas debajo de un puente. Salió por eso, por el tumulto en la mesa de al lado.

Antes de llegar a la esquina, un hombre escuálido lo aparta de un empujón y continúa su marcha hasta alcanzar a otro hombre, que parecía ser el que acababan de correr del lugar. El tipo escuálido le da un puñetazo en la cara al segundo, pero éste ya tiene la adrenalina encima y es más fuerte que él. De inmediato devuelve el golpe y lo tumba, lo patea muchas veces, mientras el otro solamente grita como una niña y se encoje para que no le siga  pegando en la cara. Cuando por fin se cansa aquél de patearlo, se baja el cierre y lo orina, lo escupe y, después de regalarle una última patada, se marcha contento de haber podido desquitarse con alguien.

Luego de ver aquello, camina hasta el hombre escuálido que llora. Lo mira tendido y sangrando para después ponerse a caminar más aprisa. Siente lástima por él y por los borrachos tirados a lo largo de la calle, por ese crudo mundo que ve. De pronto todo le recuerda a Julieta, cómo la dejó tirada igual que si fuera un borracho más. Siente ganas de llorar.

Al pasar por una iglesia se pregunta si Dios puede dejar vivir impune a un asesino, y al observar que ya amanece se responde que sí. Vivirá mucho y vivirá mejor que todos, porque todos andan por las calles borrachos buscando el amor, y él ya lo encontró, estará siempre con él en su cuerpo.

Camina dichoso y en paz.




cuento-crudos-lusi.jpg—¡Ya ni la chinga, pinche Pablo! Ni que fuéramos un periódico de oposición –decía el jefe de piso mientras le restregaba su último artículo, mira que andar echando pleito porque la policía no resuelve un méndigo asesinato. Si yo no lo contraté para que anduviera de inspector de la moral.
—Para eso somos periodistas…
—¡Qué periodismo ni qué mis güevos! Nosotros somos el chisme, no la información. Por favor, ubíquese. Si aquí nadie estudió periodismo. Pero bueno, lo voy a perdonar con la condición de que aquí le pare, ya le advertí a Ángel que no le vuelva a mostrar archivos si no me dice a mí primero para qué son. ¿Está usted de acuerdo?

Pablo asiente. El jefe culmina su discurso y se aleja.

—Es que llamó Juan, el de la procuraduría, diciendo que si sigues con tus cosas ya no van a darnos las exclusivas —le aclaró Alejandra.
—No pueden hacer eso…
—Sí pueden, cariño. Mejor ni le muevas. A ver, dime, ¿a poco ya tienes una pista de quién mato a la tipa esa? ¿Verdad que no? Mejor deja de frustrarte en vano. Ya viste la madrina que te pusieron anoche por andar pensando en estas madres.

Ella tenía razón, todo lo que había hecho no era nada, sólo un vagar por antros y páginas gastadas, sin una trama que lo uniera todo. ¿Por qué no se había dado cuenta de que la historia no era suya? ¿Para qué intentar continuarla? O peor aún, fingir que ésta no había acabado antes de que él encontrara aquella mañana el cadáver de Julieta, pues lo que pasa después de que mueres ya no te pasa a ti, y en el único momento en que por fin se cruzaron ella ya no estaba. Tenía que enfrentar que jamás encontraría al culpable, y que si lo hacía era solamente para robarle el final de Julieta, y así poder tener un poco de ella.

—Los crudos dejan media alma en la borrachera, y los muertos la dejan entera —se aventuró a decir Alejandra, intuyendo lo que su amigo estaría pensando al tener su rostro en lágrimas.
—¿Pero los asesinos?… ¿Ellos qué dejan? —balbuceó él, pidiéndole de nuevo una frase que le explicara todo.
—No dejan nada, son como las mujeres y la vida, sólo cobran cuando no roban.

Y tomando del brazo a Pablo se lo llevó a cubrir la nota de un decapitado en Ciudad Neza, pensando en que quizá debiera hacerse poeta, o hacerle el amor, o darle un arma, o incluso todas al mismo tiempo.


Ilustraciones:
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Enrique Ángel González Cuevas (México DF 1986) es estudiante de Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. El presente texto obtuvo mención en el concurso 39 de la revista Punto de partida.