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No. 13/CINE

 
Quémese después de leerse



Rodrigo Martínez

 

 

Quémese después de leerse
Director: Joel Coen
Guión: Ethan Coen
Estados Unidos, 2008


cartel-quemese-despues-1.jpg Hacia el final de Fargo (1996), y en uno de los momentos más estremecedores del indefinible cine de Joel y Ethan Coen, Marge Gunderson, una oficial de policía con siete meses de embarazo, habla con un criminal que acaba de arrestar por haber cometido cinco asesinatos al participar en un secuestro: “Hay algo más en la vida que un poco de dinero, ¿sabes?... ¿No lo sabes?... Y aquí estás... Es un día hermoso... Simplemente no lo comprendo...”. La frase final de este diálogo es uno de los fundamentos del cine de los hermanos de Minnesota: el absurdo o el sinsentido como rasgos infalibles de la condición humana.

Lejos del registro de drama satírico de aquella película de talla magistral, y luego del éxito de la contundente Sin lugar para los débiles (2007), los hermanos Coen han vuelto a la forma más pura de su estilo humorístico con una farsa sobre la estupidez humana. Se trata de Quémese después de leerse, decimotercera película de este dúo que ahora merodea las entrañas del absurdo a través de un género dramático trastocado por la técnica fílmica para dar una forma lúdica a la incertidumbre política-social de nuestro tiempo.

Tras haber sido despedido por sus superiores en la CIA, Osbourne Cox (un John Malkovich frenético e incontenible) comienza a escribir sus memorias a pesar de las burlas de su esposa Katie (Tilda Swinton, fría e implacable como en Michael Clayton). Ella tiene una relación con un seductor llamado Harry Pfarrer (un George Clooney delirante pero efectivo) y sospecha que su marido buscará el divorcio y que la dejará sin beneficios. Entonces decide hurgar en los archivos del exagente y consigue un disco que contiene una relación de cuentas bancarias y el libro de memorias. La secretaria del abogado de Katie pierde el disco en el gimnasio administrado por el exsacerdote Ted Treffon (Richard Jenkins en grande por su impecable patetismo), quien está enamorado de Linda Litzke (Frances McDormand en sordina, pero sutilmente picaresca), una empleada obsesionada con embellecerse mediante cirugías. El embrollo adquiere forma cuando Chad (un Brad Pitt genial y convincente) encuentra el disco de Cox en los vestidores. El amigo de Linda, quien trabaja como acondicionador físico en el mismo club, planea extorsionar al dueño de la información. Al tiempo que consigue una cita con Harry a través de internet, ella decide apoyar a Chad pues el plan es un medio seguro para conseguir dinero para financiar las intervenciones quirúrgicas.

En Quémese después de leerse, como en otras cintas de los Coen, los infortunios de los protagonistas aparentemente están motivados por la ambición de dinero. En Fargo, Jerry proyecta el secuestro de su propia esposa para obtener capital de su suegro; la entrega de la suma destinada al rescate de una joven plagiada pondrá en aprietos a “El Fino” y su frenético amigo Walter en El Gran Lebowsky (1998); en Sin lugar para los débiles (2007), Llewelyn Moss encuentra una fortuna en el lugar donde hubo una balacera entre traficantes y decide apropiarse de ella sin imaginarse que Anton Chigurh, un asesino de moral ambigua y racionalidad mecánica, lo perseguirá a partir de ese momento. Aunque parece lo contrario, estos personajes no están animados por amor al dólar, sino por lo que representa. En estos relatos el dinero siempre se halla en un maletín. Los billetes son una entidad casi imaginaria. La valija es un símbolo de los deseos insubstanciales de los personajes que, en lugar de visualizar la fortuna, se ven a sí mismos convertidos en lo que para ellos constituye una aspiración. Sólo que estos anhelos son irrealizables.

Cuando Chad y Linda examinan los archivos de Cox creen que han conseguido información crucial para los servicios de inteligencia y están seguros de que se trata de un material capitalizable. Ahora la maleta repleta de billetes verdes tiene la forma de un disco óptico. Este objeto es el detonador de la estupidez humana y el signo del absurdo. A partir del momento en que comienza el conflicto por su posesión, los protagonistas principales revelan la simpleza de unos temperamentos subordinados a una existencia fundada en apariencias. Parece que para los hermanos Coen, la mayor ineptitud del género humano radica en su necesidad de inventar y perseguir ambiciones falsas para negar sus deberes y realidades.

A una década de la que acaso sea su comedia más lograda, El Gran Lebowsky, los Coen recuperan varios elementos de aquel momento cinematográfico para emprender una nueva incursión en un registro completamente cómico. Este ir y venir entre los dramas con humor negro y las comedias desatadas, más la repetición de elementos (maletines, secuestros y atmósferas), equivocaciones (los errores de los secuestradores en Fargo; la impertinencia de Walter en El Gran Lebowsky) e infortunios (el amorío de una noche de una joven asistente con un escritor cercano a un homicida en Barton Fink), si bien no dejan de constituir una fórmula cinematográfica, no han provocado que el trabajo de estos autores caiga en el letargo. Esto se debe a que los creadores de Rising Arizona (1987) tienen un amplio conocimiento del cine de géneros y han elegido tratar sus temas a través de distintas convenciones fílmicas o por medio de formatos mixtos. Como Stanley Kubrick, una de sus más claras influencias, los Coen han trabajado desde el film noir (Blood simple, 1984) y el cine de gángsteres (Millers´s crossing, 1990) hasta llegar a los modelos personales, fundados en distintos géneros, por los que han conseguido desarrollar películas híbridas como Fargo que parece una suerte de western femenino estructurado como drama humorístico que es una respuesta (un prototipo de film blanc) a la estética visual del film noir pues el paisaje helado de Minnesota constituye todo un personaje.

quemese-despues-hnos-coen.jpg Quémese después de leerse no es un híbrido, pero rescata los fundamentos de un género teatral al mismo tiempo que modifica algunos de sus valores por medio de un lenguaje propio que es producto del dominio de la técnica del cine. Y es que, como afirma Jorge Ayala Blanco en su columna de El Financiero, la cinta “basa toda su inteligencia fílmica en el uso constante, indirecto e incesante de la elipsis narrativa, hasta elaborar un verdadero tratado teórico-práctico de la elipsis cinematográfica moderna/posmoderna/hipermoderna, a veces enigmática y casi indesentrañable, además de establecer un código de significaciones propio y exclusivo con ciertos recursos expresivos […]”.

Varios críticos coinciden en que Quémese después de leerse es una cinta menor porque no cumple con algunos de los recursos de la comedia. Una tesis de las críticas que comparten esta valoración asegura que la película ha quebrado una de las leyes del género cómico: los intérpretes no deben actuar de forma  cómica ya que el humor debe resultar de recursos argumentales y dialógicos. De entrada parece que esta película fue planeada como una farsa y no como una comedia. Más allá de que su trasfondo sobrepasa la conformación del humor desde lo trivial, la cinta reúne los elementos fundamentales de aquella modalidad literaria. Todos los personajes tienen obsesiones y casi todos están liados en relaciones extramaritales. Varios de ellos viven fantasías inusuales. El detonante de los incidentes, que es a la vez la posibilidad de una trama que se niega a sí misma en lo que constituye una paradoja absoluta, radica en que las aspiraciones se convierten en obsesiones incontrolables, que más bien son convicciones justificadas en la mente de los personajes. A ello se añade que, para seguir las convenciones de este género, los actores hacen interpretaciones artificiosas. Esto explica la tendencia a exagerar los papeles.

Esta farsa sobre la simpleza humana tiene por lo tanto su catálogo de pícaros y de tontos; cada uno movido por una fantasía que se colapsa ante la realidad: Osbourne está convencido de la superioridad de su inteligencia y cree que sus memorias son de vital importancia; Linda quiere trasformar su cuerpo a cualquier costo para atraer al tipo de hombre que cree necesitar; Harry siempre trota después de tener sexo para preservar su cuerpo y su capacidad para complacer a sus amantes, cosa que exterioriza al ensamblar una silla-dildo; Chad concibe el embrollo del disco como un camino hacia la aventura pues parece que su anhelo es emular a los héroes de las cintas de espionaje. El resto de los personajes, si bien no son obsesivos, sí carecen de principios éticos. Al humorismo se suma así la traición. En este enredo de relaciones adúlteras, perfidias y extorsiones únicamente Ted Treffon está dispuesto a la lealtad. El administrador del gimnasio, quien está enamorado ingenuamente de Linda, será víctima de su nobleza tímida.

La teoría dicta que la farsa trata las peripecias de personas vulgares y asuntos anodinos. Quémese después de leerse tiene el mérito de recodificar este postulado. Aunque los personajes son pedestres y las situaciones son triviales, los Coen han llevado su visión de la torpeza humana a un plano que involucra la situación social de nuestro tiempo. La cinta no es una perorata contra el actual régimen político y económico de Estados Unidos. Tampoco es una crítica al modelo de mercado imperante ni una sátira de los servicios de inteligencia. Lo que puede leerse (para luego quemarse) es un mensaje político, pero que no recae en cuestiones específicas sino en aspectos genéricos. Una lectura sociológica de la cinta revela esta tesis como trasfondo: la incertidumbre histórica de nuestro tiempo se debe a las decisiones equivocadas de los hombres que tienen en sus manos la conducción de las sociedades, cosa que es resultado de la ignorancia, la insensibilidad y, sobre todo, la ineptitud. Hay dos secuencias en las que un agente de la CIA reporta los enredos de Osbourne y todos los involucrados a un superior. Se trata de los momentos de mayor ironía, pero también es en estos segmentos donde brota con mayor claridad la conformación caricaturesca del animal político.

Al final de El Gran Lebowsky un personaje digno de un western mira la cámara y habla con el público: “Espero que se hayan divertido… volveré a verlos en el camino.” No cabe duda de que este contador de historias es el alter ego de los autores de Quémese después de leerse, cinta original y logradamente lúdica que se suma a lo mejor de la filmografía de estos directores por su inteligencia narrativa, su montaje preciso y su capacidad para conducir el humor sin dejar de lado el espíritu de un cine ávido de transgredir e innovar con el lenguaje fílmico.

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*Bitácora cinematográfica: Entre el 4 y el 9 de noviembre la Filmoteca de la UNAM llevará a cabo el ciclo “Perspectivas del cine mexicano” en la sala José Revueltas del Centro Cultural Universitario, el Cinematógrafo del Chopo y el Salón Cinematográfico Fósforo con proyecciones de cintas como Quemar las naves (2007), Los ladrones viejos (2007) y El cielo dividido (2006).

El jueves 6 de noviembre dará inicio la edición 50 de la Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional que este año tendrá películas de directores como Martin Scorsese, Lisandro Alonso, Doris Dörrie, Claude Chabrol, Fatih Akin, entre otros. La selección de este año consta de 21 películas que serán exhibidas en las salas de instituciones públicas y de cadenas privadas.

 

Rodrigo Martínez (Ciudad de México, 1982) es comunicólogo por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Ha publicado en las revistas Punto de partida, El Universo del Búho, Viento en vela, La revista, Periódico de poesía (versión digital), así como en el suplemento Confabulario y el diario El Financiero. En 2004 obtuvo el Premio Nacional de Ensayo Universitario Agustín Yáñez organizado por la revista Tierra Adentro y el Conaculta. Fue ganador del premio de cuento del XXXV Concurso de Punto de partida. Un año después recibió el premio de crónica del mismo certamen (This email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it.).