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No. 14/CUENTO

 
No me quieras tanto


Claudia Morales
 
I

Diré toda la verdad, la verdad que yo recuerdo, nunca somos honestos con nosotros mismos, con lo que sucedió y no pudimos cambiar, yo no puedo cambiar ya el delito. Sí, yo soy Gundula, Gundula Sallass con doble ll y dos ss pegadas y corriditas. La primera vez que lo vi fue cuando se mudó, pero no es el que ustedes dicen, se lo he dicho a todos. Vivo en ese edificio desde hace años, en el departamento tres. El dos, desde que yo llegué, estuvo siempre deshabitado. Deshabitado hasta que él se mudó. Lo primero que vi fue a su gato enrollado en los escalones, ninguno de los vecinos tiene animales. Era un gato huraño que saltó en cuanto quise acariciarle las orejas. No es que yo lo espiara, su puerta estaba semiabierta, las ventanas estaban aún cegadas por periódicos, el polvo era como un vello delgado y fino que se adhería al piso y al pasillo. Él salió de un cuarto iluminado y alcancé a verlo antes de que volviera a entrar a un cuarto oscuro. Me pareció muy alto, como pocos hombres en la ciudad. Me pareció que era de esos cuento-no-me-quieras-tobia.jpg hombres que dejan la cuchara del azúcar dentro del café mientras lo beben, odian el olor a cigarro, ponen una mano debajo de la almohada antes de dormir. Me pareció que es de los que besan de una forma muy impersonal pero hay en el ligero toque de su lengua la sensación de algo prohibido, misterioso. Pero no me va a usted a entender si le digo que él me pareció todo eso, aun cuando lo vi por un segundo bajo una luz polvorienta, caminé los pasos que me quedaban hasta mi departamento. Isolda le va a decir lo mismo que yo le cuento, fui la primera en verlo, entré a la casa sin sentir que era yo la que habitaba mi cuerpo. Sentí una necesidad agotadora de volver a verlo.



II

¿Gundula? Pues qué pregunta, claro que la conozco, es mi compañera de depa desde que vivo en la ciudad, y hasta el incidente tuvimos una amistad muy buena. Ella vende cuadros en una galería de arte en el centro, vivía sola en ese departamento hasta que Oriunda y yo nos mudamos. No lo hizo por falta de dinero, sino por soledad; Gundula no necesita el dinero ni su trabajo. ¿Que qué más le puedo decir de ella? Tiene un aroma muy suave, huele a un tarro de cerezas dulces. ¿Sabe cómo es ese olor que le digo? Sé que no le importa, pero es importante. Además, nunca le conocí ningún novio, sólo una foto en uno de sus libros, a veces buscaba la foto y la miraba por unos momentos, alcancé a verla una vez, había un chico y al fondo de la foto una playa. Es en Portugal, me dijo, y cerró el libro. Por eso me alegré mucho cuando entró tan conmocionada por el nuevo vecino. A él yo no lo conocía entonces, pero le juro que no es el mismo, no es que el Gundula dice, y tampoco el que ustedes dicen que apareció muerto en su antesala; mire, el que yo vi fue otro muy diferente.

O sea, cómo le explico… yo regresaba del gimnasio y justo antes de entrar al edificio subí la mirada: ahí estaba él colgando una cortina.

cuento-no-me-quieras-drouu.jpg El sol daba de golpe contra su ventana, lo vi completamente, no puede confundirme. Era un hombre muy pequeño, pero su barba castaña lo hacia verse distinguido, había mucha dulzura en sus gestos, parecía como de esos hombres que ponen sus manos en tus mejillas mientras te besan, dejan los calcetines dentro de sus zapatos hechos una cebolla y telefonean en la madrugada para pedir que vayas a verlos; también me pareció que tomaba el café con un chorrito de leche tibia. Pero no me vea como una chiflada, yo vi eso en él y en los vellos largos de sus brazos, yo hubiera preferido que no los tuviera, todos mis ex novios los tuvieron, todos dejaron mucho que desear y también dejaron de llamar cuando yo menos lo esperaba, pero no, no, no vengo acá para contarle de mi vida, carajo.



III

Sí, esa soy yo, vivo en departamento tres desde hace un tiempo. Sí, correcto: Oriunda Miramar de Díaz; bueno, borre lo último, sí, así solo. Oriunda Miramar, a secas. ¿Qué le puedo decir de mis compañeras de casa? Isolda es una niña y Gundula sufre demasiado por nada. ¿Puedo prender un cigarro? Detesto los lugares cerrados, tenemos que terminar esto pronto. Mire, si usted cree que matamos al vecino del dos, tiene razón, en lo que están equivocados es en el muerto, no es ése. Acepto el crimen y puedo decirle exactamente cómo ocurrió todo, pero no era el muerto de estas fotos el nuestro. Él era otro. ¿Cómo lo conocí? Mire usted, salí a mi balcón a fumar un poco, Isolda y Gundula ya estaban dormidas, cansadas de hablar de él toda la tarde. Vi que del balcón vecino salió alguien; las brasas de su cigarro le alumbraban el rostro. Tenía arrugas y una nariz pronunciada. Un hombre simple, un hombre que podría ser cualquier hombre, ¿me explico? Eso es lo importante, un hombre que puede ser cualquier hombre es todos los hombres.

—A veces en las madrugadas, cuando despierto, me duele el cuerpo, el costado, justo aquí en la costilla izquierda—, me dijo y señaló el lugar exacto con su mano. Su voz era muy suave. Yo no supe qué decirle. Sabe usted, lo recuerdo todo muy bien, los carros cruzaban por debajo de nosotros.
—Los que conducen esos coches no saben que estoy a punto de pedirte algo completamente inmoral—. Me enamoré de él justo ahí, como nunca lo estuve de mi ex marido ni de mí misma. Le diré por qué: había encontrado a alguien que no estaba buscándose a sí mismo, que ya no buscaba ni esperaba nada, por eso lo amé, era como este cigarro, carga una brasita pequeña pero incandescente que lo consume.

cuento-no-me-quieras-sonyv.jpg¿Qué me propuso? Sí, lo olvidaba, me dijo: —Te voy a pedir que me mates—. ¿Puedo prender otro cigarro? Mi ex marido me contagió el vicio y un sabor amargo bajo la lengua. ¿Que si lo maté? Sí, ya le he dicho. ¿Cómo? Matar es muy sencillo, nunca lo hubiera imaginado. Es como besar a alguien por primera vez, estás a punto de no hacerlo, de cambiar de opinión, pero ves sus labios. Él se acostó sobre la alfombra y yo con los muslos abiertos sobre su cuerpo. Apreté mis muslos fuerte alrededor de sus caderas y sentí el líquido tibio entre mis piernas, la primera noche con mi esposo, yo era muy jovencita, él no era mi esposo aún,  yo estaba en la misma posición que esa noche y temblaba igual y sentía una confianza plena, y todo el cuerpo era un latido, me ensordecía y él entre mis piernas, y até un cordón a su cuello y jalé y jalé muy fuerte y el movía los brazos a los lados, temblaba, temblaba, y luego… se quedó quietecito como un niño después de llorar mucho. Yo nunca tuve hijos, ¿sabe?



IV

¿Podría usted apagar esa luz? necesito un poco de agua también, si no es mucha molestia, tengo la garganta un poco seca. Sí, es cierto, yo vendo cuadros en una galería. ¿En Portugal? No, no tengo familia ahí. Estuve sólo un verano en una playa, hace muchos años, no hay por qué hablar de eso. A usted ya le dije, no fue Isoldita ni tampoco Oriunda la que lo mató, fui yo. Tenía unas ganas insaciables de verlo, llegué a pensar que si no volvía a verlo, no podría volver a dormir ni una sola noche de mi vida. Cuando has contemplado el cuadro no puedes quitarlo de tu mente, son las pinceladas, esas pinturas hablan de ti. Él hablaba de mí. Yo subía con las compras, él apareció al final de la escalera y se ofreció a ayudarme a cargar; después, a acomodar la comida en los estantes. Era muy alto y por fin pude poner las latas donde debían estar.
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Él tenía un olor que me recorría, no sentía eso desde hacía años. Supe que estaba enamorada, va a decir que no es sano, que una mujer ya en sus treinta debe acostumbrarse a la idea de que no se casará nunca, pero en ese segundo pude imaginar que llegaría a casa y quizá sería él el que me ayudaría a acomodar las cosas en la alacena. Tenía unos ojos muy oscuros, sentí que sería capaz de hacer todo. Cuando me pidió que lo matara no tuve otra opción… perdone que llore, perdone que no pueda seguir hablando, perdone, perdone, ¿alguien, por favor, puede traerme ese vaso de agua? ¿podría abrir esa ventana? necesito un trago de agua. Perdone que llore, perdone usted. Él decidió que lo matara en el sillón de su casa, era tan perfecto en el sillón de su casa, era tan bello en el sillón de su casa, era tan bello aun muerto cuando le disparé en el corazón. Yo tuve que poner mi mano en su pecho para saber dónde disparar. Realmente necesito el vaso de agua. Cierre esa ventana, cierre esa ventana. Son sus ojos, son sus ojos de muerto y su mano fría, y su mano helada y su mano… y él era tan alto y cuando nos casáramos él colocaría en las alacenas altas la comida.



V

O sea, lo que yo no voy a perdonar es que haya tratado tan mal a Gundula, escuché su llanto; desde el inicio le dije que había sido yo. Oriunda dirá que fue ella, pero no. No le crea a Oriunda, a ella la dejó su marido, por eso se mudó con nosotras, y por la soledad, todo mundo anda solo, pero es más crudo cuando se está solo y envenenado. Son ustedes unos soberanos cabrones, ya dejen a las dos en paz, que Oriunda es una zorra pero no mataría a nadie, y Gundula sigue enamorada de ese hombre que vio en Portugal hace tantísimos años y que de seguro ya ni la recuerda. Ella ha pasado su vida contemplando una foto, y así le salieron las primeras canas entre el cabello negro, y así recibió sus primeras arrugas, contemplando la foto de un desgraciado que no la recuerda, ni marcará nunca, ni escribirá nunca, ni la amará nunca. Como tampoco iba a hacerlo él.

Yo lo maté. Y no lo maté porque me lo pidiera él, lo maté porque era malo. Lo maté porque cuando regresaba del gimnasio abrió la puerta por mí, me invitó a su departamento y tomamos una copa, una copa de algo que yo no había probado hasta entonces. Me dijo que iba a pedirme algo inmoral, con lo que a mí me gustan los hombre inmorales, pensé. Entonces me pidió que lo matara. Uy, imagine, casi me echo a reír, pero al mismo tiempo quise obedecer, algo dentro de mí, algo estaba dispuesto a hacer todo por él, ese algo tan potente, ese algo… salí de ahí. Pero pensé que le haría caso, no por obedecer sino porque un hombre que pide que sacrifiques tu vida matándolo, como si yo no tuviera otras cosas que hacer, merece morirse.

Pero esa foto que usted me muestra no es la de él.

Ya le dije cómo lo maté, y que lo maté porque merecía morir. Pero ese hombre que dice que yo asesiné, o que asesinamos, no es él. O sea, ese que me muestras en las fotos asesinado tan brutalmente, ¿cómo dice que se llamaba? Será otro pobre infeliz, pero no es mi muerto, o nuestro muerto. Él era mucho más atractivo.

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Ilustraciones:
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Claudia Morales (Cintalapa de Figueroa, Chiapas, 1988) ha publicado en El Heraldo de Chiapas y escrito reseñas para el Periódico de poesía. Actualmente estudia Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM.