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No. 14/CINE

 
Padres e hijos:
Lake Tahoe, El arte de llorar en coro y El latido del tambor


Rodrigo Martínez
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Uno de los motivos más destacados entre las películas de la 50 Muestra Internacional de Cine es la relación entre padres e hijos. En la mirada de estas películas la sociedad entre vástagos y progenitores a veces es de incomprensión cultural, como en Las flores del cerezo (Doris Dörrie); también se presenta como la ausencia paterna como determinante de la personalidad instintiva de un par de jóvenes en Una dama para dos (Claude Chabrol) o del desamparo de dos hermanos enamorados en Delta (Kornél Muncdruczó); otra visión radica en la defensa del orgullo paternal cuando en Tres monos un adolescente castiga al hombre que sedujo a su madre; finalmente, la idea de la opresión protectora aparece en dos casos: el de un fanático que desea redimirse a costa de sus hijos en Desierto adentro (aproximación de Rodrigo Plá a El castillo de la pureza) y la voluntad de impulsar un crimen para salvaguardar a una hija en Cordero de dios (Lucía Cedrón). Más allá de que estos ejemplos no abordan el tema referido como aspecto central sino como un elemento argumental, tres de los mejores trabajos del programa tienen como tópico el vínculo entre padres e hijos: Lake Tahoe (Fernando Eimbcke), El arte de llorar en coro (Peter Schonau Fog) y El latido del tambor (Kenneth Bi), o bien, el duelo, el amor y la admiración por la imagen paterna.



Lake Tahoe
(Fernando Eimbcke, México, 2008)

En Lake Tahoe, Juan (Diego Cataño) colisiona el auto familiar contra un poste del alumbrado público en la periferia de una ciudad yucateca. Mientras el joven anda en busca de ayuda para poner el vehículo en marcha, encuentra a un mecánico anciano (Héctor Herrera) y a su perro Sica, a una madre soltera (Daniela Valentine) que presuntamente atiende una refaccionaria y a David, un muchacho (Juan Carlos Lara) que es fanático de Bruce Lee.

ensayo-padres-e-hijos03.jpgEl segundo largometraje de Fernando Eimbcke es una recreación del luto por un padre. Lejos del registro habitualmente melodramático de los temas trágicos en el cine mexicano, Lake Tahoe consigue un lazo afortunado entre humor y drama. La secuencia del choque es ya de por sí cómica. La escena no es visible pues transcurre en un plano negro donde sólo hay sonido (al igual que otro en que Juan y David acuden ven Operación dragón). El tema mismo no es tangible a través de la mirada. Todo está sugerido en las acciones de los personajes: Juan choca en la carretera a mediodía y, en la noche, golpea el auto con un bate; el hermano menor juega toda la jornada en la cochera de arena de su casa; abatida en la bañera, la madre fuma ignorando a sus hijos y las llamadas telefónicas. El duelo está aludido, pero sobre todo aparece en los cambios anímicos del protagonista.

El lenguaje fílmico de Lake Tahoe es similar al primer trabajo de este realizador, aunque renuncia a las citaciones visuales de la cultura popular, y a la edición en blanco y negro. Una vez más el manejo de planos y encuadres recuerda a Yasujiro Ozu, y la estructura y el ritmo narrativos vienen de Jim Jarmusch. A pesar de estos influjos, Eimbcke no es un imitador, sino un pupilo que busca un estilo mediante la inclusión de elementos personales: un minimalismo visual, un tono humorístico en el manejo del drama, un acercamiento neutro a la juventud y un método narrativo fundado en sugerir hechos a través de objetos (el auto, un uniforme de baseball y una calcomanía), lo que recuerda el cuadro kitsch que aparece en la ópera prima de este director: Temporada de patos (2004).

Lake Tahoe transcurre por acumulación de elementos. Luego de la colisión, Juan repetirá su ir y venir entre el sitio del incidente y la localidad. En cada viaje aparecen nuevos personajes y circunstancias que añaden significados: el anciano pide al joven que saque a pasear a su mascota, pero ésta huye y se extravía. Una vez que el auto funciona, Juan recuerda al viejo y acude a su casa para ayudarlo a buscar a Sica. Localizarán al perro jugando con unos niños en una casa ajena, razón por la que el mecánico toma una decisión drástica que devendrá una analogía de la pérdida que debe asimilar el protagonista.

El mérito de la cinta de Eimbcke radica en el manejo adecuado de personajes jóvenes en situaciones complejas. Al igual que en Temporada de patos, el realizador evade el giro moral o el estereotipo del adolescente (Y tu mamá también, Amores perros, El crimen del padre Amaro, Fuera del cielo, Déficit) del cine mexicano actual. En lugar de ello, acude a un humor sobrio, provisto de pocos planos dramáticos (close-up), donde sobresale la soledad que comunica el espacio dado por planos generales con cámara fija, la misantropía de los personajes y la figura simplemente invisible del padre; es decir, una narrativa fundada en la contemplación (rasgo característico de casi toda la Muestra). A pesar de que hay excesos de tiempo en algunas secuencias, Lake Tahoe se coloca en esa categoría del cine nacional que rechaza los recursos de impacto en favor de una estructura bien planificada, un lenguaje preciso y profundo, y un tono neutro como sucede con En el paraíso no existe dolor (Víctor Saca), Cuento de hadas para dormir cocodrilos (Ignacio Ortiz) y El mago (Jaime Aparicio), cintas que constituyen algunos ejemplos de lo mejor de la cinematografía reciente en México.



El arte de llorar en coro

(Peter Schonau Fog, Dinamarca, 2006)

Con un humor sobrio y una narrativa lineal semejantes a los de Lake Tahoe, El arte de llorar en coro es un debut excepcional de Peter Schonau Fog. Debido a que su padre Henry (Jesper Asholt) siempre amenaza con suicidarse, Allan (Jannik Lorenzen) se empeña en contentarlo de dos formas: motivando a su hermana adolescente Sanne (Julie Kolbeck) para que lo “consuele” y deseando que la gente de la comunidad muera para que su progenitor pueda practicar la actividad que lo hace feliz: recitar discursos fúnebres.

ensayo-padres-e-hijos01.jpgEl factor de conflicto es el incesto, pero el motivo radica en el amor de un hijo hacia su padre. Schonau encubre lo primero al prestar poca atención a las reuniones entre el hombre y su hija, y mediante la voz narrativa: un niño de 11 años que no comprende la gravedad de lo que lo rodea tanto por su edad como por la colaboración de su madre (Hanne Hadelund), quien toma píldoras para asegurar su descanso y evadir el escándalo. Esta perspectiva recuerda Tideland, de Terry Gilliam, donde la visión del espectador es la de una niña, cuyos padres murieron por una sobredosis, que comienza a enamorarse de un adulto con discapacidad mental.

El arte de llorar en coro es un drama en torno a una familia cuyos infortunios son producto de la falta de carácter del padre. A pesar del tema, la cinta mezcla gravedad y comicidad, y evade el terreno de la telenovela. Hay seriedad en la mirada narradora, que para nada resulta insensible, pero también hay humor en la dialéctica lograda por la ingenuidad infantil y el patetismo paternal, lo que desde el motivo de la familia disfuncional recuerda por momentos el estilo lúdico de Wes Anderson.

ensayo-padres-e-hijos02.jpgNo sólo el humor negro da vigor al engranaje de esta película: Sanne tiene un novio; es ya una adolescente en la víspera de su iniciación amorosa y, acaso, sexual. La tensión se funda en esta paradoja: la niña, quizás motivada por el mismo deseo que su hermano Allan, se debate entre ayudar a su padre y vivir. Después de un encuentro entre el granjero y el novio de su hija, en el que el pirmero agrede al segundo, la madre convencerá a Henry de que permita a la joven ir a una fiesta. El permiso es concedido, pero Allan debe asistir. De vuelta a casa, el padre interrogará a su vástago y tenderá una trampa a la pareja de su hija sin pensar que él mismo propiciará su infortunio. Sanne caerá en depresión y terminará en una clínica mental. Las noches con su padre han terminado. El arte de llorar en coro no sólo tiene una dialéctica lúdica, sino también una paradoja moral que permite que la cinta transite entre un discurso narrativo ameno y un compromiso ético con su trasfondo temático.



El latido del tambor

(Kenneth Bi, Hong Kong-Taiwán-Alemania, 2007)

En El latido del tambor, el gangster Stephen Ma (Kenneth Tsang) descubre a su esposa mientras tiene relaciones íntimas con Sid (Jaycee Chan), el hijo de su rival en la mafia de Hong Kong. Como pago de honor, Ma exige la amputación de las manos del muchacho pues éste también lo insultó verbalmente frente a sus subordinados. Kwan (Tony Leung Ka Fai) tiene que deshacer el agravio sin olvidar que le debe la vida a su propio enemigo y que su hijo es baterista. Sid es enviado a las montañas mientras su padre intenta liquidar la deuda.

ensayo-padres-e-hijos05.jpgLa segunda cinta de Kenneth Bi es representativa del cine actual porque se nutre de varios géneros. Fundada en los estilos fílmicos de oriente, El latido del tambor opta por la narrativa del thriller y por la inclusión de la comedia a través del protagonista. A ello se suma una semántica espiritual e intimista en torno a la cultura zen. Más que una película de gángsteres, esta cinta revela la metamorfosis de la admiración de un joven hacia su padre. De modo que la forma híbrida tiene un sentido narrativo que lleva a un desenlace metafórico donde el vínculo familiar, representado por un diálogo musical póstumo y por el vientre encinto de una mujer, concentra todo el sentido del argumento.

Mientras Kwan trata de salvaguardar la vida de su hijo, el impetuoso Sid halla un grupo de percusionistas zen en las montañas. El joven es aceptado por el conjunto, pero antes de tocar debe hacer pruebas disciplinarias que van desde el respeto de las reglas en los ensayos hasta cargar piedras en las largas caminatas de los músicos. El único factor que obstaculiza su éxito radica en que estaba predestinado a heredar el lugar de su padre.

En el cine oriental contemporáneo es común el lazo de la semántica de su cultura y el lenguaje fílmico. Esta dinámica se repite en El latido del tambor. Sid tiene una hermana dedicada a una veterinaria en sociedad con su novio. Kwan, quien suele ser violento con su hija, se opone a dicha relación porque el muchacho es de carácter pacífico. En un diálogo Sina (Josie Ho) le dice a su padre que Sid lo admira y que por ello intenta emularlo. La revelación ofusca al gángster y provoca un viraje en su actitud. Por su parte, el hijo comprende que la disciplina es fundamental para ganarse el respeto de su padre, metáfora encarnada por la devoción que el percusionista debe profesar al instrumento antes de tener derecho a tocar el tambor sagrado.

El latido del tambor no se inscribe entre las películas más notables del cine oriental, pero destaca porque se apropia de elementos de una tradición fílmica que en el presente parece estar a la cabeza en el panorama mundial. Sid es un personaje que se alimenta de películas como As tears go by (Wong Kar-Wai), El camino a casa (Zhang Yimou) y Zatoichi (Takeshi Kitano) tanto por su personalidad accidentada y cómica como por el hecho de que vive una odisea espiritual en la que la admiración por su padre devendrá una forma de respeto simbolizada por el ritmo de un tambor sagrado.

 

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Rodrigo Martínez (Ciudad de México, 1982) es comunicólogo por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Ha publicado en las revistas Punto de partida, El Universo del Búho, Viento en vela, La revista y Periódico de poesía (versión digital). En 2004, obtuvo el Premio Nacional de Ensayo Universitario Agustín Yáñez convocado por la revista Tierra adentro y el Conaculta. Ganó el premio de cuento del Concurso 35 de Punto de partida (2004) y, un año después, recibió el de crónica del mismo certamen. Es profesor de asignatura en la FCPyS (This email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it.).