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No. 15/ENSAYO


 
Literatura y pensamiento platónico / aristotélico: Juan García Ponce


Eric M. Ávila Ponce de León


ensayo-literatura-ponce.jpgSentarse a reflexionar sobre la naturaleza del filósofo o sobre la naturaleza de la feminidad posee un común denominador: la búsqueda de la verdad.  Justo, moderado, sagaz, aprehensivo, entre otras, son las principales características que un ser humano debe poseer para aspirar a ser filósofo. Su designio principal siempre será descubrir la verdad única de las cosas, es decir, justo como afirmaba Sócrates, el filósofo evitará acatar “cada multiplicidad de cosas de las que se opina que son” y así proseguirá “sin desfallecer ni desistir de su amor antes de alcanzar la naturaleza de lo que es cada cosa, alcanzándola con la parte del alma que corresponde a esto (y es la parte afín la que corresponde), por medio de la cual se aproxima a lo que realmente es y se funde con esto, engendrando inteligencia y verdad…”. Así pues, observamos una entrega absoluta entre el filósofo y su objeto de estudio, el primero vierte su vida en la búsqueda de la naturaleza del segundo, y la verdad es como un reconocimiento de su alma misma, como si fuese la misma materia, la misma existencia. El mismo mecanismo sería aplicado para gobernar a los hombres, es decir, la misma sensatez objetiva para determinar la mejor forma de gobernar. La idea central de La república es precisamente ésta. Mata dos pájaros de un solo tiro: determina la naturaleza del filósofo y la encauza hacia su designación como la persona ideal que debiera dirigir el Estado. En este sentido, la obra narrativa de Juan García Ponce ameritaría su designación como filosófica, aunque específicamente de corte intimista. El denominado (vía Emmanuel Carballo) “Director espiritual de su generación” reitera y disecta su principal obsesión: La relación privada de la mujer o la feminidad (engendradas en el seno amoroso, erótico y, a veces pornográfico) como centro de sus piezas narrativas. Así pues, el intelecto es el motor principal de su creación y la base particular del sentido estético de su obra. Justo como explica Eduardo (protagonista de la novela El libro) a sus alumnos la pretensión literaria de Robert Musil, el escritor yucateco “no quiere contar una historia, casi no le interesa, mejor dicho, no le interesa la literatura, aunque necesite de su belleza” le interesa más enlazar los sucesos diegéticos de su narrativa a su producto analítico encauzado en un lenguaje elegante, en la fluidez de la concatenación precisa de ideas o, dicho en otras palabras, discurrir en su narrativa acerca del tema intimista de su interés a partir de los sucesos que se pierden al adentrarse profundamente en su discurso eidético, lo que resulta una aproximación platónica a la literatura. Es probable que Platón haya sido el primero en aplicar una abstracción eidética a un suceso imaginado, aunque su intención haya sido más bien didáctica y no literaria. Dentro de una cueva se encuentran, desde su niñez, un grupo de hombres encadenados de pies y manos de tal modo que sólo pueden mover la cabeza. Nos cuenta Platón:

Imagínate del otro lado del tabique, pasan sombras que llevan toda clase de utensilios y figurillas de hombres y otros animales, hechos en piedra y madera y de diversas clases; y entre los que pasan unos y otros callan. […] Pues entonces, si dialogaran entre sí, ¿no te parece que entenderían estar nombrando a los objetos que pasan y ellos ven? […] Y si la prisión contara con un eco desde la pared que tienen en frente a sí, y alguno de los que pasan del otro lado del tabique hablara, ¿no piensas que creerían que lo que oyen proviene de la sombra que pasa delante de ellos?

Luego prosigue contando la liberación de uno de los prisioneros, quien saldría al mundo real. Primeramente sería ofuscado por la luz solar ante sus ojos, pero al irse acostumbrado creería ensayo-literatura-ponce2.jpgque su realidad dentro de la cueva, es decir, los reflejos de las figuras, no es la realidad verdadera. Tenemos, pues, la representación de una idea filosófica mediante una realidad en un espacio de la imaginación. A Platón le interesa que entiendan el mensaje implícito, como a Musil y a García Ponce; al filósofo no le interesa contar la situación de unos prisioneros en una cueva sino llegar a un punto medular de su filosofía. Platón hace uso de tal analogía para afirmar la relación de “la vista con la morada-prisión, y la luz del fuego que hay en ella con el poder del sol; por otro lado el ascenso y contemplación de las cosas de arriba con el camino del alma hacia el ámbito inteligible…”, es decir, manifiesta de nuevo su voluntad de entrega aconsejándonos que miremos con el alma la entrañable parte intelectual del filósofo. Y así, al final de lo cognoscible, encontraremos la “Idea del Bien”, que es, a mi entender, la representación de la sensatez, de la cualidad certera de nuestra inteligencia para, como mencioné, gobernar, legislar con verdadera sabiduría. En su narrativa, Juan García Ponce diserta sobre la mujer. En uno de los libros de ensayo más importantes que escribió, Las huellas de la voz, el yucateco revela el centro de su pensamiento sobre aquélla:

La máxima calidad a la que puede aspirar la mujer es convertirse en objeto. Como objeto no se pertenece ni siquiera a sí misma y, simultáneamente, está abierta al uso y la contemplación. […] Sólo como objeto la mujer está en el centro de la vida y la existencia, ese centro que, convertido en inevitable punto de referencia, nos permite reconocer la vida y entrar en ella.

Las mujeres de su narrativa aparecen como figuras que provocan pasmo y admiración en los hombres. Ellos no las persiguen para satisfacer un deseo inmediato ni son abobados por la simple belleza, sino que las persiguen y cortejan intuyendo la particular psicología con que naturalmente se desenvuelven. Del mismo modo buscan el meollo intimista detrás de ésta, a través de su belleza. El ejemplo más claro sería Alma, en su novela de 1974 titulada El gato. Allí,  Alma misma descubre lo anterior y desea manifestarse de tal forma. “Andrés: ¿En qué piensas? Alma: No sé. Estoy sintiendo… A veces me sorprendo a mí misma. No quisiera ser nadie, sólo este cuerpo que es tan independiente y extraño. Tú tienes la culpa de eso. No quiero ser responsable de nada; sólo olvidarme y sentir, dejar que me usen…” No obstante, no se trata de querer serlo y mucho menos decir que se desea serlo, como vemos en otros personajes, aunque en esta novela parece que el escritor pretende regocijarnos con dichas pretensiones. Otro ejemplo sería La presencia lejana, tercera novela de mi prócer paisano, aparecida por primera vez en 1968. Regina provoca en Roberto sensaciones extrañas, por ejemplo, “Cuando Manuel les gritó desde la sala saludándolos, Regina se incorporó, y corrió hacia la casa a grandes pasos […] sin decirle nada de Roberto, dejándolo con una súbita sensación de ruptura que creaba un repentino vacío…”, o “Al caer la tarde le pareció que la noche, anulando los objetos, vibraba con una tensión desconocida y sólo entonces se da cuenta de que tenía como una realidad física que Regina estaba en algún lado, ocupando un espacio concreto y de algún modo la realidad de su existencia le daba un nuevo valor a las cosas…”, y así, la novela está repleta de fragmentos en los cuales García Ponce discurre sobre la tesis que concentró en otro ensayo dentro de la colección Desconsideraciones titulado “De la ausencia”:

¿Cuál es la verdadera dimensión de realidad en que existe mi amada y por tanto mi amor por ella y por tanto el amor? Cuando estoy con ella su presencia llena todo y por tanto no soy capaz de pensarla y por tanto mi amor se sale de la realidad puesto que la realidad es ella y no el amor. Cuando se aleja, mi amor por ella invade el lugar que antes usurpaba su presencia. Entonces, su ausencia es más propicia para el amor que su presencia. Pero, por otra parte, es su presencia la que ha hecho posible que esa ausencia se me muestre como una realidad que no está vacía sino que llena con esa presencia de su ausencia. 

En El libro, una de las ensayo-literatura-ponce3.jpglíneas principales en la historia es el pensamiento de Musil en el quizás más célebre de sus relatos “La realización del amor”, en el cual Claudine, como expone el narrador de El libro, está “situada en un mundo ajeno y extraño, impenetrable, separándola de su amor, hasta encontrar la existencia secreta de éste mediante su cuerpo pero fuera de su cuerpo, en la sumisión y el olvido nacidos de la infidelidad”. Así pues, Marcela, la protagonista de El libro, al leer el relato de Musil para escribir un ensayo para la clase de Eduardo, su profesor, se identifica con Claudine y vive lo mismo que ella, entre el dúo básico para la realización de su amor, que es su novio, y Eduardo.  García Ponce despliega una idea muy interesante en el relato “Anticipación”, incluido en su cuarto libro, Figuraciones, en el cual resalta la importancia un hombre que recuerda a una muchacha que conoció en un fugaz viaje a España:

No sé cómo se han ido imponiendo y armando y construyendo [los sucesos de su vida], pero me aborrecería si quisiera convertirlos, si tratara de convertirlos en una unidad, porque esa unidad sólo existe debido a que su verdadero significado, aquel en el que todos los sucesos sin estar presentes viven por completo, se encierran en un solo instante, en una imagen única, que quizás es incomunicable pero no debe ser incomunicable, que quizás no puede expresarse sólo como tal, pero encierra en su absoluto poder, en su ilimitada dimensión, en su naturaleza desde siempre fuera del tiempo aunque ocurrió dentro del tiempo, todo lo que se debe expresar y lo único que debe comunicarse.

Otra característica platónica de la obra de García Ponce es la importancia de los diálogos. Cuando los protagonistas tienen contacto verbal con las mujeres, discurren sobre asuntos referentes al transcurso de su unión, un forcejeo inteligente (que a final de cuentas resulta el sustrato filosófico del cortejo) expone los obstáculos que podrían imposibilitar su unión mientras ambos la buscan. En las novelas donde ya existe preestablecidamente la unión entre los personajes, éstos lo ponen de manifiesto en los dialogos. Saber su verdad los unirá más y eso precisamente es lo que entrañará la belleza interpersonal. Ahora bien, si analizáramos la vía que García Ponce utilizó para alcanzar tales verdades, caeríamos en el pensamiento de Aristóteles. Para él la materia, según explica en su libro Metafísica, se analiza con base en las posibilidades de sus determinaciones, en lo que puede llegar a ser, y éstas las podemos extraer de los actos, es decir, la realización de tales determinaciones dentro de la continua tendencia de la materia a dirigirse hacia su causa primera, hacia su thelos. La finalidad de las cosas no está en otro lugar más en la cosa misma, así pues, se debe analizar todo lo que cerca la cosa para extraer sus abstracciones intrínsecas. Desde luego, es preciso destacar que Aristóteles con primera causa se refería  a, literalmente, la primera causa del ser, es decir, en corte metafísico, incluso afirma que se trata de algo fuera del universo. Las abstracciones extraídas son meros indicativos de lo que podría ser ese primer motor. García Ponce, en cambio, busca el primer motor de corte intimista, aunque en un giro similar dice: “[la mujer] entra al campo de lo sagrado y permite la aparición de lo divino.” No obstante, coinciden en que buscan algo concreto, aunque con diferentes finalidades: Aristóteles, como buen filósofo, satisfacer su búsqueda de pura verdad, y García Ponce, como buen artista, el sustrato estético de su propuesta literaria. 

ensayo-literatura-vaag.jpgLa estricta pretensión filosófica de Platón no consideraría las formas artísticas modernas como expresiones discursivas de abstracciones concebidas. En su tiempo manifestaba lo mismo sobre la poesía, como lo vemos en los diálogos con Ión, y en las obras de teatro trágicas que se montaban a menudo. Aristóteles no estaba de acuerdo. Para él las tragedias sí poseían verdad debido a que reflejaban emoción humana en su estado más puro al ser reconocido inmediatamente por los espectadores. Esta idea aristotélica alude al carácter emocional del arte, es decir, el arte que tiene un fin conmovedor y sólo podría ser efectivo y bien hecho si realmente provoca emociones en el receptor, precisamente en las imágenes o sucesos que manifiestan intensas vivencias humanas que cualquiera puede tener cuando menos se lo espere. Tal perspectiva posee, sin embargo, un trasfondo platónico. De la misma manera que la verdad del mundo está dentro de cada elemento que lo constituye y la tarea del filósofo se encuentra, las abstracciones correspondientes al ánimo, naturaleza o sociedad humana se encuentran en los ámbitos que estos tres limitan. La vida de un ser humano en una sociedad es un transcurrir de sucesos, uno detrás de otro van siendo asimilados por el filósofo quien se detendrá a analizar con mayor minuciosidad aquellos con más concentración de abstracciones, por ejemplo, el amor en una propuesta matrimonial,  la libertad en la ruptura de cadenas, la valentía en un guerrero que se enfrenta a cuatro rivales, o la democracia en ciudadanos votando en las casillas. En otras palabras, Platón extraería la abstracción perseguida para transmitirla dialógicamente, quizás sin mucho interés en el objeto como mera apariencia de la idea, en cambio Aristóteles, según su perspectiva teatral, muestra su interés en el acto como comunicador de la idea que su apariencia entraña. Así pues, una tragedia debe ser hilvanada con actos que entrañen el contenido que el dramaturgo quiera transmitir, facetas verdaderas de la condición humana, prodciendo en espectador lo que Aristóteles denomino “anagnórisis”, además de que en los ambitos de la literatura y el teatro estos sucesos resaltan alguna situación cuya temática es parte primordial de su trama. Los primeros libros de cuentos, Imagen primera y La noche, así como las primeras novelas, Figura de paja y La casa en la playa de García Ponce  fueron construidas con base en la perspectiva aristotélica, y difieren de toda su obra posterior. De hecho, en una entrevista recogida en un suplemento del diario La jornada, el escritor yucateco afirma que después de la publicación de La casa en la playa ya no quiso seguir siendo “ese tipo de escritor”, es decir, el que hilvana sucesos nada más, y así modifico su escritura con el sentido platónico descrito anteriormente. En el cuento “Imagen primera”, la historia de los hermanos Fernando e Inés, García Ponce nos insinúa una fuerte tensión amorosa al mostrar los gestos envidiosos de Fernando frente a su hermana y el novio de ésta, o las miradas entre ambos cuando en una fiesta cada quien baila con su pareja. En “Tajimara” el escritor nos ofrece más escenas de contenido incestuoso entre los hermanos pintores Julia y Carlos. Julia, en frente de una de sus pinturas llama a Carlos:

—Ven a ver esto antes de que se acabe la luz. Él se acercó y se paró a su lado. —¿Qué tal?, preguntó ella. —Muy hermosa, dijo él, mirando a Julia. Y de pronto le pasó el brazo por los hombros y la besó en el cuello. Después, como si hasta entonces se diera cuenta de que Cecilia y yo [Roberto, el narrador y protagonista] estábamos allí, se apartó turbado.

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En “Después de la cita” una muchacha que apenas regresa a su casa se encierra en su cuarto a llorar “larga, silenciosa y desesperadamente”, insinuando así una desventura amorosa. En Figura de paja, la primera novela de García Ponce, nos esboza el lento desequilibrio emocional de Leonor que la llevaría a suicidarse, mediante pasajes alcohólicos e inconformidad y pesimismo con sus parejas. En La casa en la playa, la protagonista-narradora es invitada por su amiga Marta a pasarse unas semanas a su casa en la costa yucateca y, durante su estancia, es cortejada por Rafael, el mejor amigo de Eduardo, esposo de Marta. En el transcurso de la novela encontramos varias escenas en las cuales el lector sospecha una relación secreta entre Marta y Rafael que la presencia estorbosa de la protagonista-narradora agudiza. 

La obra narrativa de Juan García Ponce, así como su personalidad crítica punzantemente demandante, sin permitir la mínima tolerancia hacia las mentes farragosas y con la cual desarrolló casi treinta libros de ensayos de arte, es un ejemplo de que a través del pensamiento estricto de Platón y Aristóteles, la literatura cobra una potencia atroz, ya sea transmitida por vías de revelación eidética o por anagnórisis, pero siempre única e inconfundible en el hermetismo preciso de su expresión.

 

 

Ilustraciones:
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Érick M. Ávila Ponce de León (Mérida, Yucatán, 1987) actualmente estudia Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.