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No. 16/CUENTO


 
Aniversario soñado


Isidoro Eliut


Preludio

cuento-aniversario-redfloor.jpgSus ojos, como miel, se derramaron sobre mis hot cakes. Ella me veía engullir con felicidad mis bocados (felicidad la mía, al saborear aquel desayuno en su compañía; felicidad la de ella, al verme feliz); ella bamboleaba su tazón vacío; los dos estábamos en el restaurante (o eso sabía yo, y respaldaban mi saber la mesa en la que estábamos, los hot cakes y el tazón); sin embargo, dicho sitio era muy angosto y sus ventanales no correspondían a otra construcción que no fuera el despacho en el que papá solía trabajar. En tal escenario, producto de la mezcla de varios, me dijo que siempre supo lo que yo sentía por ella, incluso antes de leer mi nota. También dijo que ella sentía lo mismo, que también le gustaba, y me dio finalmente el “sí”. Hice a un lado el plato (sin poder ya precisar qué estaba servido en él), tomé sus manos entre las mías y le di el beso más dulce que había soñado hasta entonces. En los ventanales pasaban los autos sobre la avenida Insurgentes Sur, a la altura de la colonia Hipódromo Condesa (avenida sobre la cual no estaba el despacho en el que papá trabajaba), y yo, mientras, miraba sus ojos:

―¡Pamela! ―le dije con la fuerza de un suspiro. Ella sonrió de manera pícara. Entonces, al intentar sujetar su pelo suave en una cola de caballo, sus manos disolvieron las largas puntas hasta dejarla con un extraño corte de hongo; acto seguido, acercó su rostro al mío:

―Así será más divertido ―dijo mientras tocaba mis senos (cosa rara, pues yo soy Carlos García, importante hombre de negocios). El lugar (ignoro ya qué lugar) estaba solo; ella comenzó a levantar mi blusa y a succionar con la mayor gentileza mis pezones. Entre las convulsiones que generaba el acto, alcancé a escuchar algo parecido al nombre “Mary”, pronunciado por ella, al mismo tiempo que la llamaba “Pamela” con una voz que me resultó desconocida.

Fin de Preludio



Desperté. Di ocho minutos de vueltas en la cama antes del primer intento de levantarme. Fue doloroso: era como si mi espalda se pegara a la cama y, al incorporarme, se desprendiera de mi cuerpo con la fuerza del impulso; como si algo de mí se perdiera de un tirón; me revisé con cuidado, tocando suavemente con las yemas de los dedos; todo en orden. Me puse las sandalias para dirigirme al aseo matutino. Al pasar por el tocador, me detuve con más melancolía que de costumbre a ver la foto de mi tía. Como sugerido por alguien más, recordé cierta vez que jugaba con ella algún juego rudo y con lodo; entonces comentó con una sonrisa y adorable fatiga, que hubiera preferido una niña por sobrina.

Mi tía fue la presencia más dulce en mi vida hasta que llegó Pamela. Ninguna otra novia me había hecho sentir tal candor, tal tranquilidad, tal amor. Hacía ya un año que le habré dejado, entre un montón de pólizas guardadas en un fólder, la nota en la que le declaraba mi amor, perfectamente convencido de que yo le gustaba. El desayuno fue especial aquel día, igual que el resto de los días de este año que se fue con la esperanza de otro mejor.

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Tomé un taxi; tenía demasiado sueño como para conducir al trabajo (cosa rara después de dormir doce horas, o sea cinco más de las acostumbradas). Aun cuando la emoción de la fecha efervescía en mi ánimo, mi cuerpo no respondía como siempre, así que no subí escaleras sino que entré al elevador. La primera sacudida de éste, al levantarse, me causó tal impresión que me sentí aturdido, como si hubiera sido lanzado lejos; sin embargo, mi cuerpo siguió en su lugar. Cuando el ascensor se detuvo y abrió sus puertas, me encontré con una figura conocida, inquietante; la recepcionista hablaba con una mujer casi de la misma estatura y complexión que Pamela, pero con el cabello muy corto, al estilo hongo. La visión fue perturbadora, tanto que me derramé sobre la pared junto al elevador mientras recordaba el sueño de esa mañana. Con algo de las fuerzas que no se fueron de mi cuerpo, pude pronunciar el nombre de mi amada. Al escucharlo, la mujer volteó su rostro era el de mi novia, aunque su mirada no correspondía con la de ella; esta nueva mujer me observaba con la curiosidad de un niño en un zoológico.

―La señorita Maribel desea ver a su hermana ―me dijo la recepcionista con una risita, sin duda producida por mi reacción.

―Hola… tú debes ser Carlos; ¡Mucho gusto! Soy la hermana de Pamela y quisiera saludarla antes de salir a Puebla para hacer un trabajo.

Recobré mi determinación (no así mi dominio sobre el cuerpo) al recordar las fotos familiares de Pamela. Mi dulce amada vio a su hermana; se sorprendió bastante, sin embargo, su sonrisa no parecía reflejar la alegría del reencuentro con un familiar cercano. Cuando Maribel se despidió de Pamela, mi novia regresó al trabajo con una expresión semejante al alivio.

cuento-aniversario-savensail.jpg―¿Qué pasó? ¿No te dio gusto verla? ―le pregunté reconciliado con mi ritmo cardiaco aunque, por ratos, no me pareció mi propio ritmo.

―¡Oh, sí! Sí me dio gusto ―respondió Pamela como si mi pregunta fuera extraña; no obstante, recalcando la extrañeza de su actitud más que la de mi pregunta, aclaró:

―La verdad es extraño verla; nunca volvió a ser lo mismo desde los 15 años.

Le pregunté qué era lo extraño de su hermana:

―Bueno, creerás que no tiene nada de raro, pero te recuerdo que a los 15 años aún no nos veníamos a la capital y las cosas en los pueblitos son distintas. Maribel es… bueno, le gustan las mujeres; nadie de la casa lo sabía entonces, pero los del pueblo ya la habían visto con las chicas del cole. Luego la gente de allí comenzó a molestarnos, sobre todo a mi mamá recuerdo bien que un día doña Chole le dijo que se la regalara a don Miguel, el cacique de Serrano: “como el señor trata a las mujeres, luego y así se le quita el andarse creyendo macho”.

―El caso es que un día me estaba bañando cuando escuché unos golpecitos en las tapias de la pared del baño. Lancé un grito y escuché a mamá acudir en seguida, pero nunca llegó donde mí, pues se encontró antes a Maribel, saliendo de entre las tapias de la casa. Mamá dijo que había estado espiándome “la muy cochina” al parecer le causaba placer verme desnuda al mismo tiempo que… bueno, que usaba sus manos. Mamá le confiscó de entre las piernas una pantaleta mía que había dado por perdida un día de ventarrón en los tendederos. Nunca en casa se le volvió a ver a Maribel de la misma forma.

Su historia sí que era traumatizante, sin embargo me mostré seguro y tomé sus manos entre las mías.

―¿Arreglaste el clóset? Tus manos se sienten ásperas… ¡y huelen a madera!

En efecto, sentí mis manos como creí que se sentirían si reparaba el clóset de una vez, razón por la cual determiné no repararlo. Como sea, no importaba entonces, esa noche sería especial: hacía un año que nos habríamos hecho novios y había preparado la celebración perfecta en el restaurante en el que desayunamos el primer día de enamorados. Al pedir la reservación me advirtieron que una sección importante del restaurante estaba en remodelación, pero agregaron que no me preocupara, que tendría el buen servicio de siempre.

cuento-aniversario-qute.jpgLa cena fue sencillamente mágica, a pesar de lo angosto del espacio destinado a las mesas, pues la parte en remodelación (dos tercios del restaurante) estaba separada por un muro de cristal y unas cortinas de plástico. Charlamos, nos miramos, reímos, nos volvimos a mirar, nos besamos y nuestros ojos se encontraron de nuevo. Se hacía tarde para continuar con nuestro romántico plan, así que salimos, dejando tras nosotros una botella vacía de vino alemán y una generosa propina. Caminamos hasta la esquina de la calle cuando Pamela cayó en cuenta de que había olvidado su gabán en el respaldo del asiento. Volvimos, aún sonrientes, apresurando poquito el paso; al llegar al restaurante nos encontramos con una puerta abierta y un escenario por entero vacío. Pamela se acercó con algo de inquietud a recoger su prenda.

―¿Qué habrá pasado? Hace menos de dos minutos este pasillo estaba lleno de comensales, meseros, y la gente de la cocina al fondo.


Recorrí el lugar angustiado, viendo el macabro parecido entre el espacio angosto del restaurante en remodelación y las oficinas en las que solía trabajar mi padre; entonces sentí una inmensa fatiga que me tumbó en la silla más cercana. Primero fue molesto para mí que Pamela se riera, pícara, y preguntara con descaro al verme tendido “¿Qué haces, tonto?”. Sin embargo, la molestia que sentí hacia ella se la llevó el demonio cuando miré hacia la salida y me encontré a mí mismo cerrando la puerta del restaurante. Traté de gritar, pero parecía que mis cuerdas vocales las tenía alguien más. Pamela hizo feliz lo que naturalmente haría conmigo en un lugar cerrado, pero yo no sentí esas caricias. No obstante, los cristales no se tragaban la mentira y, sobre ellos, en lugar de mi imagen se encontraba la de Maribel uniéndose en ese amor enfermizo con su hermana. Con gran furia levanté una silla cercana y la lancé contra la usurpadora, quien no se vio afectada por el impacto; el proyectil dio contra una de las ventanas, cuyo desmoronamiento no perturbó nada a la pareja de cuerpos entrelazada en el suelo. cuento-aniversario-glo.jpgLa caída del vidrio y de la cortina de plástico me reveló un tramo de Insurgentes Sur, a la altura de la colonia Hipódromo Condesa, que no correspondía con la ubicación del restaurante. En medio de la calle vi la horrible escena de amor, envuelto por una ráfaga de rabia y celos, mas no hallé cómo resolver aquella situación de pesadilla. En medio de este mal sueño di mi vida por perdida.

 

 


Ilustraciones:
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Isidoro Eliut (Irapuato, Guanajuato, 1982) estudió la carrera de Lengua y Literaturas Modernas Inglesas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha publicado poemas en la antología Miradas inquietas: compendio de poesía joven de la Escuela de Iniciación Artística No. 1, INBA (Conaculta, 2007) y es ganador del Certamen de Cuento Breve Jaime Torres Bodet de Ciudad Nezahualcóyotl.