Números anteriores

No. 17/FRAGMENTO DE NOVELA


 

El caracol entre la grava (sombras) 



Benjamín Eliézer Morales Moreno


2


¿Padre, me escuchas? Vivo en una fosa.

Será la gota o el vapor, peor que los mosaicos fríos, que me hacen sentir evanescente. Algo, mira, llenos de quietud. El aire fijo, las paredes blancas de esmalte. Será la desnudez o el silencio. Nada de eso, vuelves a pensar solo. Mira tu rostro en el espejo empañado, difuso. No me reconozco.

Proyectadas en los gruesos cristales del baño, las sombras entreveradas de las ramas de un árbol que se  baten imitando el cuerpo de las bailarinas, te cautivan. Las miro correr de una pared a otra, de la regadera hasta el ángulo opuesto. Parece que en el suelo cobran vida y serpentean, las miras embebido, con los pies descalzos.

novela-elcaracol-egomedia.jpgLos hombres de blanco son buenos y se quedan fuera, me sueltan segundos y yo dejo que el agua se me escurra de arriba abajo, lentamente. Te tienen confianza, no debieran. Pero éste es un lugar especial y tú ocupas un nicho especial en él. Puedes estar solo porque saben que no me voy ni cierro los ojos y mis brazos son tan suaves que no se levantan ante nada. Eres un buen muchacho.

Caminas hasta el espejo. El viento hace crepitar las ramas y sus sombras corren entre los mosaicos, sobre las escisiones anegadas, dentro de mi piel blanca. Hace bien el baño. En casa había una pequeña tina. Semejante a una balsa sostenida por cuatro patas de león doradas. Recuerda. El agua a tope y vaporosa, una gran sopa, pensabas para divertirte, ansioso, antes de llegar, entre los brazos de ella que cantaba al caminar, envuelto en una bata blanca a la medida. Dentro todo era distinto. Chapoteabas, te sumergías inflando las mejillas, la ceguera no importaba, recuerdo mis manos bajo el agua, como deshechas. Ella permanecía  sentada a un lado de la puerta, con la mirada larga e inconclusa, dando instrucciones. Terminado el jabón se aproximaba con la bata y envolvía. Ahora tengo frío y verme al rostro es ver mis manos bajo el agua, deshechas.

¿Padre?

Otra ráfaga de viento que agita la sombra del árbol. Dentro del lavabo, muy cerca del desagüe, una mosca.  La miras con atención. Una mota negra en la oquedad blanca. No se mueve. Algunas ramas rasguñan los cristales. Acercas la mano y tiendes el dedo meñique con precaución. Tocas con delicadeza el punto impávido. Me he dejado crecer de más las uñas y disfruto los fines romos. La mosca no se mueve. Muerta. Otro golpe más y rueda, las alas se quiebran, cada pata enhiesta apunta al techo. Tres toques a la puerta. Te quedas inmóvil, temeroso. ¿Por qué? ¿No te acostumbras a las llamadas, a cada una de las llamadas que se dan a tu alrededor? Me callo y escucho, como la mosca, vuelto un azulejo más, con la toalla sujeta a la cintura y la gota cayendo a tus espaldas.

Otro golpe más. Una sombra surca rauda el suelo, un pájaro atravesando el laberinto de ramas desnudas que rozan las paredes de la clínica. Te llaman. No contesto, me vuelvo muerto y tal vez se olviden de mí y pueda sentarme a pasar las manos sobre los brazos lisos, con los ojos cerrados. No eres un niño, no sé si lo hayas sido, pero es un camino que no regresa. Piensas en el caracol, en su trashumar lento, entre las rocas, hacia la fuente. ¿Será siempre el mismo? Debe ser.

La cerradura cruje y los goznes imitan. La puerta comienza abrirse mientras pronuncian tu nombre. Alcanzas a articular un débil “no” que me deja exhausto y completo la frase como puedo, sin valor. Un momento más. No estoy presentable.

La puerta se cierra y la luz vuelve a ser la misma, pálida. Regresas al lavabo. La mosca permanece al fondo. Abres el grifo y el agua corre ondulante arrastrando en espirales al insecto hasta perderse. Posas la mano bajo el chorro que cae sin violencia. Y es como el agua con la que uno se talla las manos y tú me sostenías por la espalda con los brazos fuertes diciendo qué hacer y yo te buscaba en el espejo para encontrarte tan oscuro.

Vuelves sobre tus pasos. Tomas una segunda toalla y la pasas por tu pecho, por los brazos, por la cabeza, con la mirada siempre apuntando a la puerta. Bajas el torso y secas tus pantorrillas y pies, evitando mirar o tocar, el pelo te molesta. Extiendes el brazo para agarrar una camiseta blanca que descansa en un mueble blanco, junto al resto de tu ropa.

Ya con la camiseta puesta, andas hacia la puerta, tomas el pomo y abres. La luz amarilla siempre me ha molestado, me hace entrecerrar los ojos y las siluetas se cortan tan fuertes que no hago más que escapar de ellas. Das unos pasos hacia atrás, deslumbrado.

Uno de ellos entra y se aposta a un lado de la puerta, con  los brazos cruzados. Aparece una mujer y se dirige hacia ti, una sonrisa en los labios. Entre las manos lleva un plato hondo con una toalla enrollada al centro.

Me recargo contra una de las paredes, no pretendo correr, sé que es lo mejor, sé que lo necesito. Cierras con fuerza los ojos y oprimes las manos contra el rostro. Ya todo es sonido y el frío que produce el aire que se cuela por la puerta abierta contra tu piel húmeda. Escuchas los pies pequeños de la mujer que se aproxima hasta llegar a tu lado. Es baja, no alcanza tu pecho y su voz es calmada, dice que todo está bien, que pasará en unos segundos. Ojalá pudiera calmarme y dejar que el tiempo corra, pero ahora que escucho el golpe del metal contra la palangana, el agua fluyendo, el batir de la espuma, te agitas y cada uno de tus poros comienza a sudar copiosamente, como si estuvieras a punto de entrar a un campo de batalla.

La mujer retira la toalla. Sientes, como siempre, que te desmayas. ¿Recuerdas el día? Te parecía tan sencillo desprenderlo de un tajo, deshacerte de él como si fuera un apéndice más, como si el corte, en vez de lancinante, pudiera ser liberador. Estábamos en el baño, como ahora, y tú no querías salir del agua ¿recuerdas? Hacía apenas unos días que te habían encontrado y ahora vivíamos aquí sin ningún dolor de cabeza. Y en la regadera, sí, en la regadera, volví la mirada a mi cuerpo y no lo reconocí, deforme, desproporcionado, sentí que mi cabeza estaba adherida a la de un animal abominable. Me di miedo, un miedo terrible y buscaba en los cristales algo que me distrajera, pero cada forma que se traslucía sólo te hacía recordar el pelo y las raíces enfermas que te pudrían, cada milímetro de piel que jamás podría limpiar. Así te quedaste ahí, como una roca recibiendo al agua, sin querer mover los ojos, sin poder cerrarlos siquiera, hasta que estábamos frente al espejo empañado, con el agua corriente por detrás y la navaja en la mano. Y dije, lo recuerdo, como en un suspiro, ayuda, y bajaste la navaja, segando el pelo que caía flotando al suelo. Poco a poco floreció de rojo. Y te encontraron en el suelo, en medio de un charco brillante, temblando de terror. Desde entonces, a petición del doctor, ellos te ayudan, a pesar de ti mismo y la humillación que significa mostrar la cosa en la que te has convertido. No importa.

Padre ¿me escuchas? Vivo en una fosa.  

novela-elcaracol-rockpupp.jpgListo. Los pasos reaparecen para extinguirse y dar lugar a la puerta que se cierra con mesura. No quiero abrir los ojos, en la sala, con los sillones muelles sentía el sol sobre la piel. Había un enorme barullo a mi alrededor y yo no quería, no podías, abrir los ojos y ver la cara cremosa de las mujeres que corrían a tu alrededor con bultos y papeles entre las manos o a los hombres con batas, de paso preciso, que daban indicaciones con la voz imperiosa. Te llevó del brazo hasta una sala. Ahí, de nuevo en un sillón, imaginé que las paredes eran blancas, que de una ventana entraba un cubo de mundo que se estrellaba en el suelo salpicando el techo y la mesa que, sin duda, debía ser de madera amarilla, con barniz. En la oscuridad de tus manos podías recorrer tu cuerpo y siempre llegar a la herida que, bajo gasa y sutura, serpeaba sobre tu piel, como una grieta amoratada y profunda. Los pasos, como cañones, irrumpieron y, a pesar de tu anquilosamiento, no dejé de pensar que la luz del cuarto iba languideciendo, en un atardecer repentino y fugaz, y me dejaba solo, lleno de frío, frente a él que había decidido volver para contemplar con tristeza en lo que me había vuelto, y no era malo, era yo, o no, no sé. Tenía miedo, un terrible miedo, como pocas veces, y deseé excavar en mi rostro con la punta de los dedos y perderme por siempre como la vez que corriste entre las sombras, con la camisa y el rostro revueltos en sangre, ¿recuerdas? Para, y caíste como si el tiempo se detuviera. Yo esperaba en la sala, cuando ya no escuché los pasos, hasta que la voz meliflua del doctor apareció sin yo poder localizarla en el espacio, sentía que flotaba a mí alrededor y se repartía a mis flancos para resonar sobre mí o bajo. Es un buen hombre, lo era también ese día. Trató de hablarme. Podía imaginar su rostro al hablar. Me pidió paciencia. Serenidad. Te aseguro que no pasa nada. Te ayudaremos. Y mientras yo, vuelto piedra, sentía cómo de las paredes rezumaba la baba del caracol que se arrastraba a unos metros de la sala, cercano a la fuente, y reblandecí dejando caer las manos, escuchando el silencio súbito del doctor, recuerdo, piensas, que estaba seguro de que todo existía dentro de su concha, en esa espiral infinita cabía todo, yo y el mundo, y nos movíamos tan lentamente que no podíamos colegir si el caracol se desplazaba o estaba muerto, pero lo percibía tan dentro, el vaivén, como si llevara el mar en el pecho, y cada movimiento del caracol se me volvió certero y abrí los ojos levantándome, enceguecido por la luz. Viste al doctor, estupefacto, y corriste hacia la ventana, como un lisiado, para golpear los cristales con las palmas extendidas. Recuerdo que lloraba y el aire en mi garganta se había solidificado. Y viste el campo, la fuente, los caminos de grava y, en el patio, caminando junto a un hombre de blanco, a una figura que te saludaba. Los cristales hacían tal ruido que no los escuchaste llegar y tomarte por la espalda. Tranquilo, sabes que tienes que estar tranquilo, recárgate contra los azulejos, mira las sombras del árbol, el fresco de los mosaicos es sobrecogedor, ya  puedes abrir los ojos y respirar. Pasas la mano por el vientre. Observa, ahora puedes sostener la mirada sobre la piel blanca que se extiende hasta la cicatriz. Una ce henchida y violácea que baja. Tomas el resto de tu ropa y te la pones. La piel, todavía húmeda, se adhiere a la tela. Permaneces unos segundos en silencio, cruzado por la sombra de las ramas. Una aspiración profunda. Te encaminas a la puerta para salir.

Creo que la última vez que vi a Carmen fue el día de la muerte. Entró al lado de su padre, de negro los dos, reflejados en las losas de mármol del piso. Ella caminaba recogida, con la mirada baja, su padre la sostenía de un brazo, haciéndola imitar su paso imperioso. Todavía  nadie, excepto ellos y yo, que esperaba sentado, contra un muro cubierto de paneles de madera. Primero habló su padre y había tanto espacio en el lugar que cada palabra rebotaba entre la techumbre y el suelo, de vuelta a los sillones, golpeando el ataúd plateado. Habló durante minutos. La fortaleza, la calma, la sabiduría, yo le escuchaba en partes, tratando de ser amable, entretanto buscaba los ojos de Carmen velados por su cabello o sólo su sonrisa, algo, cualquier cosa. Estoy tranquilo, camino por un pasillo largo bajo la luz mortecina del techo, a mis flancos, las puertas blancas con pequeñas ventanas enrejadas. Camino indiferente y espero que nadie me note antes de llegar al patio. Y Carmen tomó mi mano para sostenerla durante varios segundos, escuchando el eco de su padre al alejarse. Así, de la mano, nos quedamos, hasta que ella me soltó y fue en busca de la salida. Como aquella vez, en tu habitación, cuando corrió dando un portazo y tú estabas tendido en la cama, aterrado, sin poder pensar en más que en su falda al caminar, y todo vibraba en rededor, como si vivieras en una campana y fueras el badajo que la hace tañer. Llego al patio y me siento frente a la fuente, es un día con sol y viento.

Padre, ¿me escuchas? Vivo en una fosa y las paredes llegan a ser tan altas que ya no recuerdo la luz del sol ni el olor del pasto. Habría de verte para saber de qué estas hecho ahora, ya no recuerdo tus colores, tus tamaños. ¿A quién le hablas? Es inútil, y si pudiera mirarte de frente tal vez… tú nos mataste tan lento. Te agitas de más, sabes que no es bueno, mira tus manos, lívidas de tanto que las estrujas, piensa en los dos, no puedes seguir así. Y me gustaría gritar al cielo y que me escucharas por un segundo. ¿Estás vivo? ¿Muerto? No te odio, sólo tengo miedo y cada paloma de aquella vez se me multiplica por miles, millones, que bajan para roerme la piel mientras busco tu altura, la lejanía del suelo. Tú sabes de lo que hablo. Te levantas y caminas a través del camino de grava, rodeas la fuente y te vuelves, entre las piedras el caracol se arrastra con la pesadez de quien mueve al mundo entero. No importa.

Caminas por el jardín, dando la espalda a la casona. El verde es verde y brilla, el blanco se pierde entre el cielo azul, el agua brota de la fuente eclosionando antes de caer. Todo parece estar húmedo.

Unos pasos más. Escucho detrás, alguien imita mis huellas. Te vuelves. Su rostro, sorprendido, sonríe contrayendo los hombros. De inmediato se cubre con ambas manos y ríe. Piensa que desaparece.

El niño, con fleco castaño y brazos rollizos, debe ser un poco más alto que tú. Lo escucho reír entre sus palmas, como un aguacero. De vez en vez otea y vuelve a su escondite, aún más alegre. Te quedas observando el cuadro que huele a pino y tierra. Retrocedes un paso, hacia los árboles. Él se percata y avanza soltando una risotada grave, obtusa. Había en la vida una mañana que recuerdo como la más cansada. En los muros enormes cuadros cubiertos de hollín, en el techo lejano, nubes y ángeles. Yo caminaba tembloroso entre la filas de bancas, la alfombra escarlata recogía mis pasos en motas que deslucían bajo la luz de los cirios. Era un murmullo insistente, las flamas que flotan y bajan y vuelven entre el chistar de las columnas festoneadas. Una ráfaga de aire te mesa el cabello y su risa se va tras ella. Los dos en silencio. Él, vacilando como una torre sin base, observa al suelo pergeñando una inmensa sonrisa. Ella te dio la mano, su piel. Seguiste caminando. Al alcanzar la última fila, lo encontramos, sentado, en completa contrición. Me miró con ternura, enjugó uno de sus ojos señalándome con la mano abierta el asiento que me esperaba, recto y frío.

El niño parece haber encontrado algo que llama su atención. Baja a ras del suelo para volver a subir, con los pies clavados. Se agita, sus pantalones azul claro, la bata afelpada, su piel blancuzca, todo se sobresalta. Te llama con las manos, pronuncia incomprensibles gemidos con el rostro crispado. Me asquea, su forma, sus ojos oblicuos, y sin embargo vive conmigo y en mí, ésa es la verdadera cárcel. Y el vapor subía en ondas, revolviéndose, marcando giros y rectas impredecibles que seguías con la mirada, mientras ella buscaba algo en la pared. Así que yo saltaba, me sumergía para ascender con fuerza desbordando el agua que caía en estrepitosa calma salpicando sus talones y ella nada, se le había secado hacía tiempo la mirada, y esa sonrisa feraz sobre la grama y las flores estampando sus palmas.  No sé, me da vértigo, la cabeza se contrae, golpes, uno tras otro, destellos incesantes que me enceguecen, no me siento bien, no puedo y tomas tus rodillas con las manos. Te inclinas buscando el aire que parece haber huido, el mundo se ensordece, me rodea el mundo, yo lo observo, lo vuelvo real, con la mirada abarco, cada centímetro de mi piel lo justifica todo, los segundos muertos de la historia, la falsedad del sol, las caricias del agua, el convulso compás de las miradas, yo lo soy todo, respira, respira, el sudor corre por tu frente.

novela-elcaracol-hortongr.jpgPadre, ¿me escuchas? Vivo en una fosa, en la más húmeda, que hiede, que marca el suelo y las paredes con grietas oscuras, casi rojas. Y el aire es pesado y la luz se arrastra herida de muerte. Aquí, en el centro, me arropo en mí esperando el fin del tiempo, de la cadencia de las olas que estallan en mis oídos. No soporto, mas el siglo pasa con esa mirada cansada del que conoce la dirección exacta de su tumba. No sé, no importa. ¿Me escuchas? Las rejas en las ventanas hienden mi piel y tras ésta los pájaros cantan y a veces piensas que no existen y te quedas ahí, arrobado, tratando de convencerte de que no, que en realidad es algo que imaginas, que estás mal, lo estamos tanto, tan atascados por dentro, una máquina herrumbrosa, y no, de súbito irrumpe una sombra que lo disgrega todo y puedes volver a andar como una barca desocupada hasta encallar frente a la fuente prístina, flotando alrededor del caracol, en su espiral perpetua. Te recuerdo en ese templo, en la banca, con las mejillas húmedas. Ella me llevaba de la mano, la luz mortecina teñía levemente cada perfil, no más de una pincelada. Me viste un segundo y regresaste la mirada al frente. Me sentí tan triste de verte tan triste, ojalá pudiera contarlo. Y nos sentamos en el silencio que sólo interrumpió el rumor de la ropa, la madera y cada palabra cansina que espetaba el hombre al frente, de blanco. Había tanto eco en el lugar que ese techo parecía cubrir multitudes de bocas y recuerdo que eso me atemorizaba, tanto sonido en un lugar tan solo.

Ahora lo sabes, el niño quiere que te acerques a él. Es tan horroroso, tan sin sentido. No quieres dar los pasos, la distancia se vuelve una frontera que no puedes destruir, que te mantiene alejado de su fétido aliento, de su mirada extraviada. La noche en casa de Saúl, donde lo conociste, el ruido era frenético, te enmudecía. El telón había subido y cada figura salió a escena, mi respiración ajetreada, mis contorsiones para sortear la cabeza del hombre que se sentaba enfrente. Cada butaca cubierta de un terciopelo rojo mullido. Ella se sentó a mi lado, tomada de mi mano. Se inclinó para susurrar en mi oído. Silencio. Las figuras danzaban al compás de la orquesta invisible. Abrí bien los ojos. Volví a ella que miraba al suelo como si estuviera al borde de un peñasco. Al final cayó sin romperse un sólo hueso. Me mientes. Sufres y piensas que eres el único que lo ha hecho, que redimirás tus pasos con cada piedra que concentras en el pecho. Me lastimas, ya no puedo más, cállate. Carmen andaba con indiferencia, las manchas en los cristales parecían interesarle tanto como tu conversación pausada. Andaban del colegio a tu casa, horas más tarde su padre debía recogerla en ese mismo lugar. En algún momento te interrumpió para decir algo sin ninguna conexión con el tema, te paralizaste y ella lo notó. Guardaron silencio hasta que, bajo el letrero de la calle, volvió los ojos hacia ti con una expresión de candidez tal que no pudiste más que sonreír para imitar segundos después su risa desaforada. Llegamos a casa y subimos a mi cuarto, ella primero. Al trasponer cada peldaño su falda acariciaba sus muslos.

Ya tan sólo te restan unos pasos, el niño te espera animándote para que termines el recorrido. Es tan horroroso. El mundo es perfecto y bello. Sus ríos han abierto el suelo, el aire esculpe un nuevo desierto cada día, los montes se apoltronan como lánguidos animales. ¿Dónde esta mi lugar en él? ¿El nuestro? No somos iguales, él es sucio, no entiende. Son iguales, no lo sabes y la duda se vuelve un escozor, una llaga al centro de la espalda. Cubres el último paso, comienza a soplar un viento frío, los pinos se desperezan a tu alrededor. 

El niño, al sentirte tan cerca, vuelve a cubrir su rostro y cae en cuclillas. Entre las rendijas de sus dedos escuchas su felicidad llana. No sabes qué hacer ahora que ya estás a su lado. El gorjeo de los pájaros punza el aire como alfileres y el frío del atardecer, de ese sol que se mueve en agonizantes círculos, comienza a probar la piel expuesta obligándote a ocultar las manos bajo las axilas, pronto los hombres de la casona saldrán desperdigándose por los jardines en busca del resto de los internos. Entretanto aguardas a que el niño reaccione, sigue ahí, en su juego íntimo. Una ráfaga criba tu frente. Recuerdas aquella vez que cientos, miles, millones de palomas bajaron del cielo, como un nuevo piso de roca, en esa plaza, en ese pueblo tan lejano al mar. Recuerdas, el aleteo porfiado, el trinar grave y múltiple, y sus piernas firmes a las que te aferraste. Tan lejano al mar.

Padre, ¿me escuchas? Vivo en una fosa y creo sentir la luz acariciar mi frente, bajar por mi pómulo para llegar a la mejilla. ¿Hay una salida por donde el aire corra libre y venga oliendo a sal y humo? Dime, por favor, mientras busco el ángulo menos muerto, la pared menos grumosa, ¿a quién debo rezar? ¿A las campanas, a cada perro, a la vuelta del día, a la herida gruesa que cargo entre las piernas, a esa que todavía excretaba pus a varios días de la escisión? ¿A Carmen y su mirada impasible? ¿A qué? Dime, porque si no tú, quién. Tengo miedo y no lo entiendo. ¿Cómo es que el mundo no teme conmigo? ¿Cómo es que no se sacude, cómo es que vive absorto, cómo es que no arranca sus propias raíces y se hecha a llorar de terror? Tengo tanto miedo a estar solo, tan solo que se me olvide el color, el sonido de mi habla. A veces me pongo duro de silencio y ya no sé cómo desatorarme, cómo irrigar mi quijada, cómo revivir mi lengua ya tan gruesa. Te aburro. Yo sé. Y el templo era grande, desolado, hermoso como todo, perfecto, fino en cada línea, certero en su completa opacidad. Sentía tu cuerpo cercano al mío, buscaba tu rostro siempre que te contraías en algún suspiro o cuando recogías el cuerpo con el ceño fruncido y sostenías tu frente con la mano, en realidad pensaba que estabas muriendo. Ella se acercaba a ti, te pasaba la mano por la espalda, hablaba en tu oído y por más que me erguía no podía escuchar esas palabras, por más que me erguía no podía ver el escenario en su totalidad, una, dos, tres bailarinas pasaban y no creo haber visto nunca nada tan bello, lisas, blancas, cual plumas arrastradas por el viento. En el templo una capa de humo flotaba, recuerdo haberme vuelto y buscar en la nave. Poca gente sentada, algunos de rodillas, las volutas de cada columna llegaban a destellar cuando el viento forzaba la luz de cualquier cirio blanco. Había un silbido, un soplo en el pecho del lugar, las voces constreñidas entre pasos de madera.

El niño levanta un dedo del ojo. Observas entre la urdimbre de sus manos gruesas, de uñas romas, el círculo vivaz e inquisitivo que se va opacando secundando al cielo. Me repugna. De súbito una carcajada estertórea y salta  para correr  en círculos alrededor de ti haciendo todo tipo de gesticulaciones y ruidos, brinca, aletea, imita el galopar y siempre ríe con fuerza y hacia arriba semejante a la fuente que se apaga y recibe una avecilla oscura que da pequeños brincos en el brocal.

novela-elcaracol-reuben4e.jpgNuevamente para. Tiene una expresión de picardía. Masculla, parpadea y sonríe dejando caer un poco el labio inferior. Hay algo en su mirada que te llama, cierto brillo que salta por su cara. No es cierto, me repugna. Sí, te mira mansamente y no podrías golpearle ahora, destruirle como a un insecto, no, por la piel le corre algo.

Parece que toma energía para sorprenderte. El humo de los cirios llegó a picarte la nariz. No sé qué esperar. Goza del momento, de tenerme cerca y a la expectativa, envuelto en total inocencia. Un crujido recorrió cada pared. En un estremecimiento se aproxima y extiende el brazo tendiendo la palma de la mano. Las campanas tañían con furia, golpe tras golpe el edificio parecía ser engullido a bocados. En el centro una margarita lacónica se deja arrastrar por el viento. Campanas. Volviste la mirada de un lugar a otro, él se mantenía inamovible, ella no parecía morir entre los escombros. Recuerdas los estallidos. Tu pecho trémulo que se desgañitaba por una mejor visión, la orquesta que se acercaba, ascendiendo con lentitud, hasta volar en pedazos mientras trataba de saltar sobre ella que ya no veía nada, menos escuchaba. Corriste fuera, por el pasillo, hasta alcanzar el atrio, un escape necesario, corriste como nunca, lleno de ansiedad, cada vibración te tomaba del pecho y te daba más energía para acelerar, para nublar tu vista y sólo correr lejos, con el aire cortándote la garganta y los ojos. Él se queda ahí, con una risita entre los dientes, hundiendo la cabeza en los hombros. La orquesta subía y subía sin parar y las veías subir con ella, cada vez más alto, sus semblantes temblaban en cada movimiento, sin embargo en el instante en que parecían desfallecer lograban curvar un brazo, extender una pierna y volver a la marejada musical que expulsaba el foso provocando una enorme inundación en donde ellas se deslizaban entre cada ola, surgiendo bajo cada explosión, tan limpias. ¿Qué hacer? Te sabes conmovido. No te encontraron sino minutos después, ella estaba pálida, a él se le había secado toda la cara, a ti las campanas. La última fue la más grande, pasada vino la algazara, los aplausos, tú no moviste un dedo, te quedaste bajo las sombras proyectadas, ella estaba de pie, no aplaudía, sólo observaba. El caracol desaparece por un instante, se pierde entre el camino.

Padre ¿me escuchas? Vivo en una fosa.

novela-elcaracol-dyet.jpg
 

Ilustraciones:
rockpupp www.sxc.hu
hortongr www.sxc.hu
egomedia www.sxc.hu
reuben4e www.sxc.hu
dyet www.sxc.hu


Benjamín Eliézer Morales Moreno (Ciudad de México, 1984)  es licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es narrador, traductor y editor. Ha publicado en diversos medios como La gaceta de danza del Taller coreográfico de la UNAM, Trazos, La jornada semanal, Viento en vela, entre otros. Actualmente es director de la revista de arte y literatura Viento en vela. Fue miembro del comité organizador de El Vértigo de los Aires: Encuentro de Poetas Jóvenes Latinoamericanos. Ha sido parte de diversos cursos y diplomados dedicados a la edición.