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No. 17/RESEÑA


 
El silencio del agua


Luis Téllez-Tejeda




Silencia
Balam Rodrigo
Coneculta-Chiapas, Tuxtla Gutiérrez, 2007

portada-silencia.jpgPasar de una a otra voz en cada libro que se publica no es algo común en la práctica poética de los autores mexicanos. Pareciera más bien que los poetas buscan consolidar un estilo, hacer propia una forma que los identifique ante el lector, logrando a veces una obra ascendente, renovada en cada nueva entrega, construida a base de variaciones notables y refrescantes; pero las más de las veces, encontrar una voz con la cual expresarse, se vuelve una zona cómoda para la escritura y muchos deciden quedarse ahí, aunque de vez en vez surgen destellos interesantes de este ejercicio casi rutinario.

Por eso sorprende encontrarse con Silencia de Balam Rodrigo, poeta chiapaneco que ya había presentado a los lectores los libros Hábito lunar, Poemas de mar amaranto y Libelo de varia necrología. Una voz poética distinta aparece en cada libro de Balam para explorar distintas zonas de la experiencia vital de quien escribe, se encuentra un registro léxico similar y ciertos giros lingüísticos con los que el autor se inserta sin pruritos en el habla de su estado natal, sin que ello represente un engolamiento.

Quien lee Silencia se encuentra con un monólogo de larguísimo aliento -no poco frecuente en la tradición literaria mexicana, aunque más común en la narrativa- que tiene como destinataria al la personaje central del poema: Silencia, a quien el poeta habla, recuerda y describe sin esperar más respuesta que la que se construye con el fluir de las palabras que son emociones e imágenes.

Silencia, mujer, despierta las palabras que el poeta hilando para relacionar el mundo de la naturaleza, con el cuerpo de la mujer y el sentir de quien escribe para no perder la experiencia de nombrar desde su más íntimo instante de descubrimiento y revelación:

Fértil vas porque así nomás posar tu beso en las esquinas del aire, las campanas y las piedras trinan


Varias tradiciones confluyen en Silencia, huelga decirlo, casi cualquiera que escriba durante estos días es parte de una intrincada red de relaciones culturales que hacen casi impensable la idea de originalidad. Aunque ésta aparece en la forma de establecer relaciones entre conceptos, ideas y formas.

Se nota la referencia bíblica, por momentos se recuerda a Salomón cantando a la amada; Se renueva la vieja costumbre de repasar el paisaje, ciertas metáforas e imágenes abren paso a caminos inexplorados por la poesía chiapaneca; breves líneas que describen el silencio, tomadas de Alejandra Pizarnik, abren las secciones en que se divide el libro, para establecer un diálogo y dar contundencia a las palabras propias con que Balam Rodrigo construye su propio espacio de afonía.

También hay una necesaria reflexión sobre la palabra, por ello el juego con el silencio que marca los límites de aquella para dar paso a la imagen que se desboca de pronto:

Silencia: carda flor de negros pétalos de luz que se pudre entre los labios. ¿Y la palabra? ¿Qué la marchita palabra?: Un puñado de pájaros ahogados en sus ojos.

El agua y la mujer aparecen en las páginas del libro como totalizadoras de la experiencia, por ello de pronto es necesario feminizar algunos sustantivos.

Llama la atención la aparición de la infancia como espacio no de la inocencia ni de la ingenuidad, sino como el tiempo del descubrimiento de las capacidades de sentir y nombrar, de disfrutar sin otro objeto que el disfrutar los momentos de hallazgo: los olores, los sabores, los cuerpos, la humedad, el universo que se aparece en ciclos de silencio.

Silencia se inscribe ya en una obra en constante movimiento, la de uno de los poetas más prolíficos de su generación, crea nuevas formas para referir antiguas preocupaciones. Hay un aire de experimentación sintáctica que no deja de tomar en cuenta a quien lee, no se intenta esconder nada, muy por el contrario, pareciera una invitación a recorrer, en la musicalidad que se logra en el texto –escrito en prosa-, lo que Balam Rodrigo ha descubierto para el lector.

 


Luis Téllez-Tejeda (Naucalpan, México, 1983) es poeta, cronista y editor. Estudia Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha publicado poesía en los libros colectivos Crimen confeso (Daga, 2003), Espacio en disidencia (Praxis, 2005), Al frío de los cuatro vientos (Instituto Mexiquense de Cultura, 2006) y Los mejores poemas mexicanos (Joaquín Mortiz/FLM, 2006); en las revistas Viento en vela, Literal Punto de partida; en el suplemento cultural Arena y el periódico Unomásuno. Ha publicado reseñas y artículos en Libros de México, El bibliotecario, Solario y Punto de partida. Es editor del boletín sobre literatura infantil-juvenil y promoción de lectura Puntos y líneas, coordina el área de publicaciones del capítulo México del International Board on Books for Young People. Imparte talleres de creación literaria para niños de poblaciones vulnerables dentro del programa Alas y Raíces del Conaculta. Ha participado en diversos congresos en México, Brasil y Cuba.