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 No.17/CUENTO


 

Para nada



Andrés Cadena


 

La idea no había provenido de mí —el único hombre—, como se pudiera pensar, sino de una de las dos mujeres. Yo no sabía que se llevaran tan bien, quise decir enseguida pero me pareció inoportuno bromear. La propuesta había caído con levedad sobre nosotros, mientras desayunábamos en una estación de gasolina. Que sería muy divertido pasar el fin de semana largo en la hacienda de mi familia, dijo Linda. Claro, dije yo. Que si sólo los tres, preguntó Clara sonriente. Sí, para qué más, me apresuré. Que por mí está bien, dijo Clara. Cuando Linda se levantó y se dirigió al baño, la seguí con los ojos, encantado, y sentí una mezcla de gratitud y excitación. Cuando volvió, nos quedamos en silencio, sonrientes, terminando la comida. Había sido una larga noche de recorrido de bares y tragos gratis a cambio de algunas sonrisas y besos resbaladizos de mis amigas. Eran las nueve de la mañana. Habíamos empezado la fiesta casi medio día antes. Me sentía genial. Ellas, imagino que también. Se estaba bien.

Ser un hijo no planificado tiene sus ventajas. Mis hermanos me llevan quince y dieciocho años. Mis padres, un poco menos de cincuenta, no recuerdo exactamente. Claro, en un principio está la soledad, pero luego eso se convierte en independencia. Desde hacía un tiempo, algo largo la verdad, para mí todo era tranquilidad y satisfacción. Si nadie está pendiente de uno, nada resulta muy esforzado ni importante. Durante la carrera viví solo, por decisión y manutención de mis padres, y pude relajarme al punto de realmente disfrutarlo. Cuando dije que estudiaría Letras, no dijeron casi nada.

Alquilaba una suite bastante cómoda y cercana a la universidad, pero más me importaba estar a pocas calles de la zona de hostales y bares para turistas. Me la pasaba muy bien. Siempre había movimiento de gente y los restaurantes y otros locales ofrecían constantemente eventos y descuentos para ganar a la competencia. Y luego, estaban los extranjeros. Nada mejor que andar con gente que está de vacaciones, que tiene todo el tiempo del mundo y que busca diversión, hacer cosas fuera de lo común. Además, se debe tomar en cuenta que el hecho de venir hasta acá ya los hace especiales; para viajar desde las comodidades y seguridades del primer mundo hasta un pequeño país (que por otra parte muchas veces no saben si está en Sudamérica o en África) cerca de las catástrofes políticas, las guerrillas y la miseria, se tiene que estar un poco fuera de los cabales. El ministerio de turismo puede decir lo que se le antoje, a mí me parece que se debe estar un poco desquiciado para venir acá.

Clara era la que traía el auto. Un Megane. Siempre me he sentido cómodo en los autos franceses, no sé por qué. Y el Megane de Clara estaba muy bien. Yo conducía. Por más liberadas que sean las generaciones nuevas, quedan siempre restos de machismo y costumbres antiguas. Que maneje yo, había dicho Clara, que yo soy el hombre. Que ya vamos a ver, rió Linda entrando en la parte de atrás. Ella siempre llevaba las bromas y comentarios a un nivel inesperado. La desfachatez la convertía en un ser maravillosamente libre y risueño. La hacienda de la familia de Linda estaba a medio camino a la costa. La vegetación del país es sorprendente, debo admitirlo. A un par de horas de la capital las plantas a los lados de la carretera parecen fauces verdes al estilo Doña Bárbara, los zancudos son del tamaño de una mano abierta y gorjean cientos de especies de pajarillos únicos, desconocidos, insignificantes. Allí, entre la montaña y el llano, siempre ha habido grandes propiedades que en los últimos años se han convertido en lujosas hosterías. Los árboles, los ríos, los pájaros… lo tienen todo en el traspatio. Y los extranjeros sí que pagan por verlo. Ahí estaba la hacienda a la que íbamos.

cuento-paranada-darkwater.jpgSalimos temprano porque la noche anterior no habíamos ido de fiesta. La mañana de la ciudad era fría. Había algo de neblina en la calle cuando me recogieron y me senté al volante. Ambas sonreían. Me alegré automáticamente. Nos detuvimos en una gasolinera en las afueras de la ciudad para llenar el tanque y comprar cervezas y caramelos ácidos. El sol calentaba ya y sin embargo no lo habíamos notado. Cuando regresé al auto, abrí la ventana. Clara puso un CD nuevo, que me sorprendió gratamente. Era música cubana, imagino que valses, tocada en el piano por uno de esos músicos octogenarios, pero con la letra interpretada por un español bastante joven, cantante de flamenco, la supuesta revelación de ese género en los últimos años. Una mezcla cadente, íntima, que se pegaba y se sentía en la piel. Linda y Clara sonreían, y se me debió escapar pero de repente hubo algún guiño, una mueca, algo que declarara la propuesta. Tarareando la canción, ambas se miraban y reían, y no me extrañé demasiado cuando Clara se pasó al asiento de atrás por sobre el freno de mano, rozando mi hombro con sus caderas, hasta llegarse a Linda, que la tomó de las manos. Sonreí y arreglé el retrovisor principal para no perderme los detalles. Nunca he compartido, con la conocida vehemencia, la fantasía masculina de atender en primera fila a un espectáculo lésbico, ni pienso que no haya nada mejor. Pero lo que más me emocionó allí, en el Megane y a media carretera, era el cariño que se profesaban mis amigas. Encontré fácilmente cierta hermosura en sus besos, en el roce de lenguas, en las manos que recorrían las piernas de la otra. Sentí algo parecido a la ternura al presenciar la inexperiencia al momento de quitarse la ropa, como que les hiciera falta ese apuro masculino para menguarlo con caricias delicadas. Estaban sólo ellas, ellas, que con sumo cuidado franqueaban botones y cierres, en ademanes tan morosos que parecían coreográficos. En la radio, el Cigala cantaba “Eu sei que vou te amar” mientras el viejo Bebo hacía lo suyo en el piano; subí el volumen y sonreí. Me quedé maravillado con las cuatro piernas que se arrebolaban para acomodarse en el asiento trasero que, aunque espacioso, no se presenta muy propicio para el amor. Me encantan las piernas, la firmeza, la redondez. Supuestamente, simbolizan la parte más terrenal de la constitución del cuerpo, la que lo mantiene erguido sobre el suelo. Pero yo no miro hacia abajo. A mí me gustan porque prometen lo que está hacia arriba, siguiendo su carnoso camino, cuyo desenlace es el cálido y confortable pubis. Clara y Linda se besaron largamente, prodigándose el cuidado del que no son capaces muchos hombres. Yo tomaba nota mentalmente mientras veía cómo las lenguas recorrían los cuellos, las orejas, bajaban nuevamente con parsimonia y llegaban al pecho. Las caricias a los senos me sorprendieron por su tino, por la atención y ternura con que los dedos masajeaban la superficie, como ansiando amorosamente el contenido, como sintiendo propia la carne de la otra, como reconociéndose mujer, amante. Los labios hicieron luego otro tanto, despacio, casi hablaban en secreto a los pechos, que se erguían más y nuevamente, ofreciéndose con valentía, con excitación. Ahora, el joven Cigala entonaba “La bien pagá” Bebo, impecable; sonreí por la pertinencia de la música y lo que sucedía en la parte de atrás, y por un instante imaginé el cariño filial que debieron sentir los músicos, el uno por el otro, al hacer el CD. Linda resultó ser mucho más conocedora y hábil con las manos que Clara. Los roces sacaban de Clara series de gemidos bastante fuertes, y muchas veces exclamó improperios dignos de risa. Mientras sus manos buscaban desesperadas atrapar algo y retorcerlo con fuerza y satisfacción, yo reí para mí mismo al pensar cómo algunos estereotipos pueden semejarse a la realidad. Cuando sus gritos se acallaron, Clara besó en la boca a Linda con una gratitud enorme, palpable, sincera, pensé. Luego, descendió con sus labios todo el torso de la otra y le regaló besos profundos, interminables. Linda abría las piernas lo más que podía, se dejaba hacer, y mientras acariciaba la cabeza de Clara, me observó largo rato por el retrovisor, riendo, en medio de exclamaciones.

Mis dos amigas eran del país, pero nos conocimos en esos bares a los que acuden mayormente extranjeros dispuestos a la más amplia gama de satisfacciones. Primero nos reconocíamos por costumbre; en esos lugares las caras no se repiten más que un par de semanas. Aparte de los meseros y otros trabajadores (que también obtenían con regularidad gran porción de disfrute de los visitantes), éramos pocos los nacionales que frecuentábamos aquellos ambientes; y nos conocíamos, tarde o temprano. Te veo seguido por aquí, le dije a Clara una noche, particularmente monótona. No respondió. ¿Vienes con alguien?, pregunté. Ella asintió, sonriendo, y continuó sorbiendo de su trago. Y, ¿qué buscas tanto en esta zona?, inquirí, sabiendo que la increpación era la única forma de ganarme cierto respeto. Muchas veces para hablar con alguien lo mejor es demostrar que no quieres hacerlo en realidad. Que lo mismo que yo, respondió. Tomé de su vaso. Era agua con hielo y limón. Ella sólo me miraba y sonreía, como queriendo apartarse de mí y resistiéndose a ello, al mismo tiempo. Luego me llevó a otro rincón, a conocer a Linda. No supe cuál era la más atractiva de las dos. Tampoco era que aquello importara; simplemente conectamos, todos. Salimos del bar y fuimos a comer. Después repetimos. Una y otra vez.

cuento-paranada-cocoalily.jpgQue no importaba dónde estacionara, que daba igual, que nadie vendría, dijo Linda cuando llegamos a la hacienda. Inspeccionamos la casa, que tenía dos dormitorios, una sala muy amplia con un altillo simple y un comedor conectado con la cocina, de tamaño aceptable. Todo era de estilo rústico, con pilares y acabados en madera vista. El piso era de tablones que crujían y daban la impresión de casa en el árbol. Comimos algo y brindamos con vino de mediana calidad. Dimos una vuelta por los alrededores y reconocimos los senderos para las caminatas y el avistamiento de flora y fauna exóticas. Llegamos hasta un río tranquilo. Nos recostamos en la playa. Me desvestí y me zambullí en el agua. Salí pronto pues estaba helada. Ellas rieron de buena gana al verme tiritar. El sol entraba a ese claro con especial énfasis, como compensando que en el resto del bosque, tan cerrado por la vegetación, no podía introducir ni uno de sus rayos. Nos acostamos a descansar. La humedad en el aire aumentaba la sensación de calor. Permanecí con el torso desnudo sobre la playa de diminutas piedras. Clara estaba a mi lado. Linda se había ido a una enorme roca saliente en medio del río y se había dispuesto a tomar sol. Toqué los muslos de Clara. No dijo nada ni se movió. La acaricié cada vez más decididamente, poco a poco. Ella se dejaba hacer y permanecía con los ojos cerrados. Cuando llegué a sus caderas di un pequeño salto con mi cuerpo para ponerme todo en contacto con su piel. Ella traía sólo un bikini y había dejado amontonada su ropa a unos metros de nosotros. De repente, me tomó la mano con firmeza, juntó sus labios con los míos y me separó de sí. Que ahora no, me dijo, que estaba cansada, que esperáramos, que había tiempo.

Regresamos poco rato después a la casa. La tarde caía y de alguna manera los sonidos de los insectos parecían haber aumentado. Como si de sus escondites hubieran salido para recordarnos que nosotros no éramos los dueños de la noche tropical. Encendimos un pucho fuera de la casa y lo compartimos. Nos relajamos. Pero cada uno estaba algo ensimismado. De todas maneras, compartimos algunos chistes y comentarios sin importancia. Les dije que esa noche esperaba conseguir una borrachera bien graduada —como lo había leído de un escritor que me gustaba mucho— y festejar que hacíamos algo diferente, que habíamos salido del encierro de la ciudad. Les pregunté si no se sentían un poco más libres. Clara no dijo nada. Que no era que se sintieran libres, sino liberadas, dijo Linda.

Clara se fue a recostar; se me antojó que estaba de mal humor. No quise mencionárselo a Linda, para no amalear la situación. Linda entró al baño y enseguida oí el agua caer en la ducha, aunque ostensiblemente con menos fuerza que en la ciudad. Permanecí en el comedor terminando la botella de vino, sólo quedaba algo más de un vaso. Luego entré al baño. Al fondo estaba la ducha. Vi a Linda a través de la cortina de plástico que deformaba su bien construido cuerpo, y difuminaba su silueta. Hice ruido para que supiese que estaba allí. En el mejor de los casos, pensé, me confundiría con Clara. Linda no volteó. Me despojé de la ropa y me quedé en short. Entré a la ducha descorriendo la cortina y la miré, de espaldas aún, y me excitaron de inmediato su delicada espalda y sus carnosas y redondas nalgas. Ahora era evidente que esperaba mi llegada, por detrás. Recordé la música en el Megane, “Eu sei que vou te amar”. Me llegué hasta rozarla a todo lo largo del cuerpo y la envolví en mis brazos, atrayendo su tórax hacia mí. Sentí sus omóplatos encajarse en la parte baja de mi pecho, y cómo mis muslos recibían complacidos el contacto con sus caderas. Mis manos buscaron sus senos al tiempo que me inclinaba para besarla en el cuello. La recorrí un poco con mi lengua, llegué a su mandíbula, y luego ella se volteó para que pudiéramos besarnos. Sentía sus labios morder los míos y pensé que quizás ella había tenido más ansias que yo. Mis manos descendieron a su cintura y luego retornaron nuevamente al pecho, acariciando con lentitud, con atención, masajeando la mayor porción de piel que pudieran. Ella me acarició la espalda y pronto una de sus manos se posó en mi miembro erecto, sobre el short. Lo apretó con fuerza, con la necesaria presión para hacerme sentir que lo deseaba. Aflojó el lazo del short y lo bajó, para que yo me presentara erguido, abiertamente. Ella me acariciaba ejerciendo una presión creciente y yo la retribuí. Me puse de rodillas, besándole el pecho y el vientre en el camino, para complacerla como lo había hecho Clara en la mañana de ese día, en el asiento trasero del auto. Lo hice, con algo de gusto, pero me detuve a tiempo para que ella continuara con deseo y se entregara más a mí. Me reincorporé mientras sentía el agua que descendía entre ella y yo, tibia y fugaz, como recordándonos lo sensibles que somos, todo lo que podemos percibir a través de la piel. Pronto, emocionada, Linda se agachó y diligentemente me tomó con sus dedos y sus labios, en movimientos repetidos, un ir y venir delicioso. La sensación me fue incomparable. Quise gemir.

cuento-paranada-mai05.jpgClara entró de golpe al baño, casi con tropiezos. Oímos sus movimientos desesperados, luego una arcada, y luego cómo regurgitaba en abundancia en el escusado. Nosotros le estábamos dando la espalda, y no nos volvimos. Con mi mano en su nuca, impedí que Linda se detuviera. La puse de pie, de espaldas a mí, y la tomé en ese modo. Clara no hablaba. Cada tanto, volvía a ofrecernos otra arcada y continuaba desaguándose. Yo no paraba. Linda me decía palabras que me resultaban ininteligibles. No me importaba. Sólo quería persistir en mi embate. Linda intentó voltearse y me apretaba con fuerza e insistencia en los brazos. Yo permanecí indeclinable en mis embestidas. Linda gemía pero a la vez intentaba proferir alguna frase. Que me detuviera, entendí, que Clara, que hay que verla, que qué le pasa. Yo continué mis arremetidas sujetándola por las caderas con toda la firmeza que me daban los brazos. Cada vez más y más rápidamente. Terminé en un grito, nacido bien profundo en mí. Linda gritó también y por unos instantes se pegó con más fuerza a mí. Luego, todo ocurrió sin que pudiera precisarlo bien. Clara gimoteaba en el suelo, al lado del retrete. Todo en esa área estaba embarrado por ella. Tenía los ojos semicerrados y lloraba. Linda saltó de la ducha y acudió donde su amiga. No le importó ensuciarse. En su salto, casi resbaló con la humedad del piso. Se repuso y enseguida estuvo al lado de Clara, abrazándola. Yo lo presencié todo con cierta ausencia. El agua de la ducha continuaba cayendo y recorriendo mi cuerpo. Me sentí fláccido por completo y me dejé resbalar hasta acabar sentado en la tina. Las miré. Abrazadas. La una desnuda, aún mojada. La otra sucia, pestilente, gimiendo, desparramada en el suelo. Y las baldosas y cerámicas blancuzcas ahora cubiertas de aquella pasta oscura, deforme, que había violentado el lugar y se había entronizado petrificándose, llenándolo todo con su hedor, con el inconfundible anuncio de lo inevitable. Ninguna me miró.

Juntas permanecieron durante la noche. Linda consiguió apaciguar a Clara pero daba la sensación de que no podían despegarse la una de la otra. Se acostaron en la cama y yo permanecí afuera otro momento. Fumé y bebí nuevamente. Luego me recosté con ellas. Me daban la espalda. Después de un rato corto, Linda me pidió con amabilidad que me fuera. Que la cama era muy pequeña, que el calor era insoportable, que eso no era bueno para Clara. Clara sólo asintió. Dormí en otro cuarto. Pero antes terminé otra botella de vino. A la mañana siguiente Linda me dijo que teníamos que irnos. Regresar a la ciudad. Ya habían arreglado casi todo y estaban empacando las cosas en el auto. Le dije que si no había inconveniente en que yo me quedara el resto del fin de semana. Que no había problema. Luego regresé y le dije que mejor no, que me iría con ellas. Que como quisiera. Pregunté por la salud de Clara y Linda me contestó que estaba mejor. Clara se pasó buena parte de la mañana en el baño, mientras Linda y yo terminábamos de preparar todo para el regreso. Yo no me entristecía demasiado por no poder acabar el fin de semana como lo habíamos planeado. Linda tampoco parecía hacerlo. Pero no conversamos casi nada, sólo íbamos de un lado al otro. Le pregunté qué era lo que Clara tenía. Que no sabía, me respondió. No se lo creí.

De regreso, yo manejaba de nuevo. Clara retiró su CD y pusimos la radio local. Paramos en una tienda y compramos una botella grande de agua. Yo compré una lata de cerveza y la apuré de un trago. En el camino, íbamos con las ventanas abajo. Hacía mucho calor pero las nubes presagiaban lluvia, tal vez violenta. No decíamos nada. La recepción de la música era deficiente. Ahora la que iba atrás era Clara. A mi lado, Linda. La volteé a ver varias veces. Traía unos jeans antiguos, apretados. Yo reconocía sus piernas, atractivas, que habían sido mías poco tiempo atrás. Lancé la pregunta a Clara de si estaba dormida. Que no, respondió. Le repregunté si se sentía bien. Que sí. Sonreí a Linda. Ella no me miró. De repente, se pasó al puesto de atrás, por entre los asientos delanteros. Se puso al lado de Clara y se abrazaron. Luego se soltaron pero permanecieron muy cerca. Las observé por el retrovisor. Daba la impresión de que caerían dormidas en cualquier momento. Sentí que entre la parte de atrás y la de adelante, donde estaba yo, se formaba una zanja infranqueable, que ninguna sonrisa ni canción podría remediar. Me sentí lejos de mis amigas, de ambas, y tuve ciertas ganas de despedirme. No dije nada. Pero de todos modos pensé que aquel fin de semana no había sido para nada malo. Para nada.

 

Ilustraciones:
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Andrés Cadena (Quito, Ecuador, 1983) estudió Comunicación y Literatura. Coautor —con Juan Carlos Arteaga— del libro de cuentos Transtextos (2006); ha publicado algunos cuentos en diversas medios. Es coeditor de una revista de difusión de lectura y colaborador de otros medios impresos.