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 No.18/CUENTO


 

Todos los silencios



Claudia Morales


 

El río Cersso pasaba tan cerca del restaurante que desde su mesa podía verlo brillar bajo el sol tibio de la tarde. Era su primera vez como extranjero,  había caminado toda la mañana para llegar a tiempo a ver el monumento Olítico, pero todo estaba abarrotado de turistas. Lo dejó otro día o para nunca. Si sus amigos preguntaban cubriría su mentira siguiendo las descripciones que hacían de él en su libro guía. No sintió decepción, sino cierto alivio al ver que tenía el pretexto de la concurrencia, para no intentar más acercarse al museo.

El restaurante estaba casi vacío, sólo había una mujer sentada del otro lado de la sala, “con el sombrero que las mujeres usan los domingos por una vieja tradición, que se remonta a los años de la conquista” leyó, antes de cerrar su guía.

Un mesero se acercó para preguntarle si quería ordenar algo, ¿cómo se decía refresco? Buscó en su diccionario y ordenó uno. Por ahora sólo eso, enseguida ordenaría algo más. Buscó a su alrededor a otros comensales para orientarse, vio a la mujer de la esquina, pero ella no había ordenado aún. Se sintió solo, hacer este viaje iba a significar algo, así lo había planeado; venir a este país, en el que nunca había estado, debía hacerlo sentir.

Estaba cansado de su patética resignación: debe saber qué significó para ella. Eso pensó cuando decidió venir, había estado todo el día en su consultorio, se habían presentado ya los niños con caries y la mujer que necesitaba que le blanquearan los dientes. Su esposa tenía unos dientes blancos y perfectos, tenía una dentadura de molde, ahora recordaba sólo eso. Abrió la caja de los expedientes, leyó su nombre en la esquina de una carpeta amarilla, pensó en los dientes incisivos pulcros, en las muelas simétricas, pero de ella no recordaba nada.

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Cuando decidió hacer el viaje, sus amigos pensaron en una crisis de la edad; es que ha perdido el cabello y desde hace tres años que enviudó no ha vuelto a ver nadie, se encierra en su consultorio, sale hasta tarde y come algo de pie en una tienda abierta hasta la madrugada; pobre, la debe extrañar tanto.

Llegó al aeropuerto, le dolía el estómago, era el colon que le daba malestares; tomó un taxi que lo llevó directo al hotel, vio un poco de la ciudad; casi se arrepintió de su decisión. Las primeras cuadras estaban llenas de comerciantes que le ofrecían frutas, llaveros, recuerditos, pegando sus caras sucias contra las ventanas del taxi; las calles del centro, en cambio, estaban limpias y se parecían mucho a las fotos de su libro de viajes. Durmió. Cuando pensó que era la hora adecuada se dirigió sin ganas hacia el monumento Olítico, se desanimó antes de llegar y no puso objeción en postergarlo; no pudo encontrar una tienda parecida a la que solía frecuentar para comer, así que fue al restaurante que recomendaban en el libro: “por sus años de tradición y por conservar una botella que rompió el jefe máximo de los independistas sobre el mostrador”. A él poco le importaba, le gustó por la vista, el cielo se veía desde la ventana y el río a lo lejos fluía elegante.  

Pensó en su esposa, ella vivió aquí casi toda su vida; tal vez comió en este mismo restaurante años antes de casarse y conservó, sin decirle, un lindo recuerdo de esta mesa con vista al Cersso. Ella pudo sentarse como esa mujer: el sombrero de los domingos sobre las piernas, la cabeza reclinada sobre las manos, contemplando las aguas del río a lo lejos, esperando. Volteó a verlo justo cuando él bajaba la vista para no ser descubierto, ¿qué iba a pensar de él? Ella le sonrió y volvió su vista a la puerta.

El país le era ajeno; había caminado toda la mañana por las calles rodeadas de árboles que exhibían una especie de fruta que los niños cortaban al salir de la escuela. ¿Habrá hecho ella lo mismo? ¿Fue como esos niños que vio hoy en la mañana, que se empujaban unos a otros, vestidos de azul celeste, que es el color de la bandera, y por regla general, el color oficial del país? Pudo imaginarla con el cabello corto y la falda a media rodilla cortando uno de esos frutos, extendiendo el brazo delgado hasta apretar su redondez ; después, presionarlo fuerte, con sus dientes perfectamente alineados.

Él mismo cortó uno y sintió su sabor estallarle en la boca, era un fruto delicioso, había servido, según su guía, de alimento durante la hambruna del cuarenta y siete. Alguien había puesto el menú frente a sus manos.  Vio la carta sin entender más que los precios, la imaginó riendo al ver su rostro anonadado por no entender nada de lo escrito en un menú tan poco exótico. Coge lo más simple, le hubiera dicho. ¿Qué era lo más simple?

Él veía la carta y daba vuelta a las hojas sin entender. La mujer del sombrero se acercó para ayudarle, le habló en su idioma con un acento tan parecido al de su esposa, que le pareció haberla tenido a ella misma, en ese restaurante, cerca de su hombro, con la nariz reclinada hacia su rostro, sobre el menú.

―Ordene lo más simple―, dijo y se sentó junto a él. Después de todo, no había nadie que pudiera verla cambiar de mesa, cruzar toda la sala para tener un lugar con mejor vista. Su cita no había aparecido y se sentó junto al extranjero, que parecía asustado al ver al mesero contraatacar.

―Debería ordenar esto, le dijo, señalando un conjunto de letras sin sonido para él. Ordenó por los dos y, antes de que el mesero se alejara, agregó algo más.

cuento-todos-acscom.jpgHe pedido un aperitivo. Vio sus ojos suavemente azules, no se parecía a su mujer, y sin embargo, le pareció que a ella le hubiera gustado también un aperitivo; trajeron una bebida caliente y espesa, le pareció exquisita. El sabor embriagante le invadió el paladar. Ella estuvo atenta a su reacción, bebió un trago de la suya. Le pareció absurdo que un hombre calvo y ruinoso como él estuviera en un restaurante frente al Cersso con una mujer joven, con un mechón rubio sobre los labios. 

―¿Cuánto tiempo tiene en el país?

―Llegué hoy, es muy bonito.

―¿Tú… viste uhm el fesstar Olit?, ¿el monumento Olítico?

―No aún. ¿Tú?

Aj, zez… varias veces; sí, sí, digo, desde pequeña… ehm… He vivido aquí  toda la vida, en menos de diez kilómetros a la redonda, sonrió avergonzada.

Él también, hasta ahora, había vivido en la misma casa en la que nació a dos cuadras de su trabajo y a tres de la tienda en la que comía.

―¿Te gustaría viajar, vivir en otro lado?

Wol, no, no, soy feliz así―, le mintió.

Estaba un poco acalorado por la bebida, nunca bebía alcohol fuerte; se pasó la mano sobre la frente, pensó en sus molestias colonarias, en los dientes con caries de los niños de su consultorio.

―¿Te gusta viajar a ti?

―Mucho―. Mintió también, porque no quería confesar que nunca antes quiso salir de su país; hasta ahora, todo eso le había parecido innecesario. Comenzó a comer los panes de la mesa, eran exquisitos, sabían ligeramente a mantequilla… y a… y a algo más.

―Morako, la fruta que hay en las calles. Sí, es el pan lo bueno aquí ij, yo nací en una casa, ahora abandonada desde la guerra, puedes aún verla en la calle… Zuka ed Resso, han hecho al barrio un lugar de turistas, hay una panadería muy tradicional, diles que Tessa te habló de ellos, te darán magdalenas.

―Ah, ¿Tessa es tu nombre?

cuento-todos-savensail.jpg―Sí, me conocen bien ahí. Viví mucho tiempo en ese lugar, toda mi infancia. Recuerdo mucho el olor de los panes, vivía cerca también una familia... un matrimonio joven, y ella iba a comprar pan. Si yo estaba ahí me daba una magdalena y me acariciaba el cabello. Ella era muy… interesante, tenía un lunar en el muslo y usaba faldas cortas, no es común aquí, su marido trabajaba en el ferrocarril. ¿Has ido a la estación? Es bonita. ¿No? Es lo más interesante, dicen que el monumento Olítico es lo más bello, pero creo que la estación es… uhm… mejor, sí, sí. Tienen corridas a villas cerca de la ciudad… yo pienso que no hay nada más lindo que un paisaje arrancado de la ventana por la... ¿cómo se dice? Uhm… la velocidad. Ella pensó en las pocas veces que había tomado el tren y él en que toda la gente aquí hablaba mucho. Tomó otro trago, recordó el muslo tierno con un lunar cubierto por un bailoteante vestido naranja en una calle muy lejos de aquí, ¿era bonita?

―¿Bass? ¿quién, perdón? Ah… sí, sí… la mujer del ferrocarrilero. Aj… su nombre era… Marz  Kozra, la señora Kozra… es curioso, recuerdo mucho sus piernas, poco su rostro. Imagino que sí, me gustaba ir a su casa, la veía esperar a su marido. Hoy pienso en la guerra y lo que se fue con eso, y la recuerdo a ella, no recuerdo su… nombre primero, el de… el de pila, sí. Dio un trago y se limpió con la servilleta los labios―. Una generación que recuerda todo, ed, y… yo muy poco.

―Yo no recuerdo nada. Cuando lo dijo, pensaba en su mujer. Tessa sonrió con una dentadura ligeramente amarilla, la de un fumador.

―De eso trata el monumento Olítico, el fesstar Olit es la memoria, es como el paisaje de las ventanas: nunca puedes verlo por siempre. Es como olvidar todo cada… minuto. 

La comida estaba en la mesa desde hacía un rato, pero ninguno de los dos la había probado, ella fue la primera en hacerlo. Dio un sorbo a la sopa, le debió parecer muy caliente, porque la dejó a un lado y comenzó a comer con las manos las cerezas de su ensalada. Él se animó entonces a probar su comida, su platillo era ligeramente agridulce, pero le pareció comible. “Me estoy arriesgando” pensó,  sólo ese pensamiento tan simple, lo llenó de alegría, ¿qué hubiera comido ella, en este restaurante con vista al Cersso? ¿Por qué nunca volvió a probar la comida de su país? ¿Qué la hizo aborrecer el lugar? No le parecía aborrecible, la gente era muy agradable y la ciudad, aunque había visto poco, estaba llena de vida en los lugares pequeños. Perdía sus recuerdos de guerra en las tabernas a media luz, con marineros en las mesas polvorientas, escupiendo dentro de los vasos.

―Se queda muy callado usted, ¿hablo mucho yo?

―No, no, me gusta oírla, ¿cómo aprendió usted el idioma?

―Ah, estudié la universidad durante la República Autónoma: Traducción, hablo también Damasco y dos dialectos más de una lengua local; aunque trabajo en una fábrica de ropa. Estoy a cargo de los colores. Uhm… Mezclo. Tu camisa es: N 7B8 con un A-3, eso da un azul muy fuerte, no es común, es caro aquí.

―Es sólo azul, no es caro. Ella sonrió, comenzó su sopa.

―¿Qué sucedió con la señora..?

―La señora Kozra… su esposo era de los… in-de-pen-dentiistas, lo buscaban mucho, el gobierno; mi madre dijo que no fuera más a su casa. Pero yo iba, un día fui y vi a la señora Kozra en la ventana, lloraba; le di un abrazo y luego regamos las plantas. Su marido entró azotando la puerta, le habló fuerte, muy enojado.

Ella me pidió que me fuera rápido; me fui a casa, enojada con el ferrocarrilero. Cuando llegué, mi mamá estaba con la policía; me preguntó si el marido Kozra estaba en su casa, si yo lo había visto ed… y… yo dije “sí”. El monumento Olítico se levantó después en la calle en la que los fusilaron.

Tessa había dejado de comer, su sopa debía estar ya fría; él apuró un trago más de su bebida, era la primera historia de guerra que escuchaba en el país, le había afectado, lo sentía: su mano temblaba mientras sostenía el vaso. Pensó en su esposa, “un sí es fatal” le dijo cuando le propuso matrimonio; sentía el sabor de las especias en su boca diluirse con la bebida.

Dejó de comer, el colon volvía a molestarle; la muerte de su esposa comenzó también con algo inútil, con un ligero dolor de cabeza y con cabellos sueltos en el peine y en la almohada, ¿qué hacía ella en la guerra? ¿Tenía un marido ferrocarrilero?, ¿vio cómo lo asesinaron de espaldas frente a una pared muy fea?, ¿por qué él no recordaba nada de su infancia?, ¿por qué nunca tuvieron hijos?

Tessa casi tuvo miedo de que el señor se pusiera mal, sudaba y sus ojos brillaban por la angustia del dolor; se apretaba el vientre. Le pidió un vaso de agua pura con un poco de minerales para el dolor, se relajó y pudo comer el postre.

Tessa lo dejó pagar. Se levantaron apesadumbrados de la mesa, no habían hablado durante el postre, ninguno de los dos tenía nada que decirse.  Ella veía hacia la puerta, pensando en el novio que no se había presentado, mientras él saboreaba el relleno de su pastel.

Tantos años en los que nunca terminó de entenderla, ni siquiera en los últimos días de su vida, en esos segundos finales de su matrimonio. Ella pidió verlo en el hospital, él se acercó a su cama, parecía otra persona, mucho más vieja, le habló en voz muy baja y él no pudo entender, le hablaba por primera vez en su idioma y no pudo siquiera reconocer el timbre de su voz. La vio angustiada, le apretó la mano con gran esfuerzo pero apenas sintió el calor en sus palmas. Volvió a hablarle, con más insistencia en ese idioma desconocido, ¿qué le decía? ¿qué necesitaba decirle? Ella le repitió por última vez las mismas bruscas palabras, antes de soltarle la mano.

Volvió la vista al río, fluía tranquilo y pesado a través del canal, ella le soltó la mano antes de morir y él ya no recordaba su voz.

cuento-todos-jnichols.jpgLlegaron hasta la puerta del restaurante, la calle estaba tranquila, el tiempo parecía más lento, sintió ganas de regresar a su casa, de abrir la puerta, dejar las maletas en la entrada, subir a su cuarto y acostarse solo del lado en el que durmió su esposa. El hombro de Tessa le rozó la ropa, sintió su cuerpo joven tan cerca, ella sonrió. Imaginó que se despedirían pronto, quiso pedirle que no lo dejara, que lo acompañara por un helado; caminarían a las orillas del Cersso. No quería regresar a su cuarto de hotel a leer en su guía las referencias al monumento Olítico; no quería volver a casa, al recuerdo de su mujer viendo por la ventana, sin notar que él acaba de entrar, dando vueltas a un mechón de su cabello entre los dedos. Lo único diferente que hizo en su vida fue casarse con una extranjera a la que nunca conoció del todo; quiso invitar a Tessa a caminar con él un poco más, oír más historias de su vida, ¿qué más pasó en esa guerra?, ¿a través de qué calle se llegaba a la estación? Quiso llamarla, decir muchas veces su nombre para no volver solo al cuarto de hotel. ¿Tessa, Tezza, Tetsaa? ¿Cómo se pronunciaba su nombre? Lo olvidó. Quiso hacer algo más que despedirse, ella le tendió una mano larga y suave, la apretó un segundo, su nombre ¿cómo se decía su nombre? Ella lo soltó, se colocó el sombrerito, y él la vio caminar hacia la izquierda, cruzar y seguir por una calle que no había visto hasta entonces.


Ilustraciones:
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Claudia Morales (Cintalapa de Figueroa, Chiapas, 1988) ha publicado en El Heraldo de Chiapas y escrito reseñas para el Periódico de poesía. Becaria del taller literario UCM, actualmente estudia Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM.