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 No.18/RESEÑA


 

Batalla de recuerdos



Silvia Elisa Aguilar Funes


 

Yo te conozco
Héctor Manjarrez UNAM / Ediciones Era
México, 2009

manjarrez.jpgA mediados del siglo xx surgían todas las preguntas posibles estimuladas por los avances en tecnología, la guerra fría entre las dos potencias y su carrera por dominar el espacio —dado que aún no les era dado dominar el mundo—, así como el derecho al voto femenino, logrado por méritos electoreros en México…

¿Qué pasaba con México? Algunos creyeron que el hecho de que la mujer votara era un síntoma de modernidad al igual que tener un coche o ir al club poco antes de que Ciudad Satélite fuera la aspiración clasista, y que el petróleo era fuente de riqueza eterna.

No era ésta la creencia de la mayoría de la población del Distrito Federal, gente de campo en busca de un empleo mejor remunerado. No obstante parece ser un rasgo común a la clase media de la década de los cincuenta. Y es bajo este velo de ensueño que se desarrolla la historia de Yo te conozco, justo cuando los cimientos de los castillos en el aire se cimbran.

Los personajes de Manjarrez surgen de la crisis como alegoría de la nación que se vislumbra —en crisis permanente hasta la fecha. Laura, una madre inteligente, trabajadora, sensible, debe valerse por sí misma para sacar a sus muchachos adelante tras el abandono del marido. Sus hijos, Julio César y Marco Antonio, desfilan por caminos quién-sabe-a-dónde bajo la sombra del divorcio de sus padres.

Julio es un púber que pretende ser maduro, racional, y busca siempre apoyo en la ciencia. Sin querer, se convierte en confidente de su madre además de vigía del hogar y protector de un hermano menor que a veces repudia. Montado en un subibaja niño-adolescente no logra trascender el temor a los extraterrestres y se deja arrastrar por las modas de la época.

En tanto, Marco Antonio, el nene de la casa, manipula a sus familiares con una imagen de niño bueno, e incluso llega a atormentarlo la idea de ser descubierto en sus malas intenciones. Marco es optimista, en el fondo espera siempre el regreso de su padre y, a la vez, el regreso de María, una suerte de Rarotonga que solía guisar y trapear en casa.

Manjarrez reconstruye, a la manera en que José Emilio Pacheco lo hiciera en Las batallas en el desierto, la capital de México influida por el american way of life que convive a la par del chachachá, que bebe coca-cola y ansía verle las piernas a las muchachas que pasean como quien no quiere ser mirada: el Distrito Federal del regente Uruchurtu.

Esa sociedad de doble moral, que descalifica la libertad sexual y aprueba el libertinaje clandestino, sirve al autor para mostrar las opciones de un par de muchachos que maduran sin darse cuenta. La inocencia cuestionada dará pie a la supervivencia de Julio y Marco, quienes saben que su madre llora algunas noches tras la puerta después de leerles a Julio Verne y a Salgari.

La narrativa ligera del Premio “Xavier Villaurrutia” (1983), lineal, ofrece constantes corolarios de la época a través del lenguaje de sus personajes, de ellos mismos y de breves relatos a propósito de los eventos que se les presentan. El lector escucha a Manjarrez quien le habla de “Tu mamá” para que se acuerde de cuando eran chicos y le cuenta la maravilla de que un tal Norman Mailer fuera a tomar la copa al departamento 277 del mismo modo en que le narra todo aquello que no recuerda pero pasó, como el viaje al espacio del primer satélite tripulado desde la U.R.S.S. o la visita de un ente que no es de este mundo.

En 2007, Héctor Manjarrez obtuvo el Premio Internacional de Novela de la Diversidad otorgado por la editorial El Cobre gracias a La maldita pintura. Este galardón es otorgado a autores que no habían sido publicados en España. Es así que la capacidad del autor para tratar temas diversos se demuestra en su desarrollo del thriller policiaco (Rainey, el asesino, 2002) y la constante en el tratamiento erótico de la mujer o la afición al arte.

En su última entrega, el escritor nacido al término de la Segunda Guerra, regresa sus pasos para hablar del despertar de los niños buenos de una familia maltrecha. Colores de piel, acentos, canciones, bebidas, actores de moda, cine, béisbol sirven para crear los años cincuenta en Yo te conozco.

La noveleta de Manjarrez antecede a la época del enamoramiento de esa generación que surgía en los cincuenta, las oportunidades que se abrían a su camino. El parentesco con Las batallas en el desierto, cuyo protagonista madura en aras del erotismo, se da por la búsqueda en que los personajes de ambas obras enfrentan un mundo que excluye la inocencia y el descubrimiento de que uno ya no se conoce a sí mismo al mirarse en el espejo.

 

Silvia Elisa Aguilar Funes (Estado de México, 1984) es comunicóloga por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Se ha desempeñado como asistente editorial y labora como profesora adjunta en el área de periodismo de la FCPyS-UNAM. Obtuvo una mención en la categoría de crónica en el Concurso 38 de Punto de partida.