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 No.18/NOTAS EPIDÉMICAS 


 

Camilla 1342



Ingrid Solana


 

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Por principio tenía que comerme el taco. Estaba mirando las escasas personas con cubrebocas que coloreaban las calles vacías: todas azules. Más disfrazadas que antes. Me preguntaba por el camuflaje, también por las cucarachas. ¿Dónde estarían ahora? Caminé y me detuve frente al cerdo. Lo miré atentamente, con esas costras de grasa suculenta quemadas por el fuego. Por principio tenía que comerme un taco. El halo a formol que impregnaba el ambiente viciado de la calle sucia me dio escalofríos: llevaba tres semanas con tos. Tenía que comerme aquel taco. Su insalubridad repentina, de la cual cobré conciencia mientras miraba la suculenta pierna colgada, girando entre las llamas, me llamaba con insistencia. Pedí cinco tacos y me los tragué con ansiedad, casi sin masticar. Luego, me senté en la hilera de personas afiebradas en la farmacia de junto que esperaban por su consulta médica de 30 pesos. Una mujer me preguntó si estaba enfermo, le dije que no, que sólo descansaba por mi ingestión de tacos al pastor, pero que si podían revisarme estaba muy bien, ya que la tos me impedía dormir. La mujer me miró desconcertada; en realidad mi imagen no era muy buena, mi abrigo, lo suficientemente sucio, le habrá parecido un signo de mi inmundicia, con este calor de 35 grados. Sudaba y mi aspecto no era del todo "saludable" la barba crecida, el hedor en las axilas... Me miré en el espejo a mis espaldas, mientras los pacientes en espera me observaban con franco terror. Sonreí malignamente ante la torva imagen que me devolvía el vidrio empañado con el aliento de los otros enfermos. Ciertamente, mi aspecto era deleznable. Me harté de esperar. Caminé sin dirección disfrutando el paisaje vacío. En la esquina lo encontré: un hospital magnífico. La gente se agolpaba contra las rejas. Había un sinfín de ambulancias ingresando contagiados. Los médicos con sus trajes anti-epidémicos hacían señales a las enfermeras que encaminaban a los pacientes a la rutinaria revisión. Penetré en el bullicio trágico y logré llegar a la zona de urgencias. En el primer pabellón, los infectados. Caminé entre las camillas con aire de autosuficiencia y me detuve frente a la de un joven de 23 años, tenía la cara amoratada y junto a sus lívidos brazos un ejemplar de La muerte en Venecia, esto me pareció sumamente curioso, así que me senté junto al enfermo y comencé a hojear el libro. Después de mi desordenada lectura, tuve el impulso de tocarle la frente, el enfermo entreabrió los ojos y me miró aterrorizado. Estaba en ello cuando una enfermera con traje de astronauta me gritó desde la puerta: Oiga, no puede estar aquí. Mi primera reacción fue echarme a correr; salí del hospital con la idea fija de que esos hijos de puta me buscarían hasta ingresarme. Corrí unas cinco cuadras cuando caí en la cuenta de haberme llevado el libro. Ahora tendría que regresar.

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Bote 1: material reciclado
Bote 2: material metálico
Bote 3: Deposite aquí su cubrebocas. NO TIRE NINGÚN OTRO MATERIAL.

Las yemas de mis dedos están sucias, miro mis uñas ennegrecidas y siento náuseas. Me quito el abrigo. Lo deposito en “material metálico”. Caigo en la cuenta de no haberla visto desde hace varios días. ¿Qué es de ti, pequeña Lucía, pequeña puta enferma? Miro el contenido de “material reciclado” por error han tirado en él colillas de cigarro. Coloco mis manos alrededor del bote y meto la cabeza: material basura, reciclado infernal de porquería, cáscaras de plátano en des-com-po-si-ción, también han errado el blanco y hay un par de jeringas. ¿De dónde salen tantos residuos quirúrgicos?, me pregunto estúpidamente, mientras aplasto con mi mano izquierda el contenido del bote hacia adentro, hundiendo mis dedos en la negrura; la mano derecha aprieta La muerte en Venecia con rabia. A lo lejos las escucho: aúllan, una tras otra, otra más. Llevan otros contagiados, algunos de ellos han adquirido la peste por respirar hondo un par de veces o por saludarse de beso, dulce Lucía, pequeña puta. Salgo del bote. Camino un par de cuadras ya sin abrigo. Tengo entre los labios el sabor de la piña podrida de los tacos, tengo en la nariz este olor a formol y a cloro: este aroma de atrofia, de jeringa, de residuo colilla, de sangre vuelta coágulo.

Las personas están atrincheradas en sus ventanas, puedo percibirlas, mirando en la virilla de su minúscula ventana antiviral. Están amagando sus diminutos progresos sanitarios como abejas: construyendo la miel de los días renovados, cuando todo esto se acabe..., cuando no seamos más que... Jeringa, cubreboca, vacío, sustancia espectral vestida de blanco. Traje epidémico a la moda... Consulta 30 pesos. Pierna de cerdo entre las llamas. Clorofila humana contra los puercos insalubres y las putas infectas.

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Los negocios pequeños han cerrado, excepto las fruterías de Héroes del 47. No hay clientes sino moscas alrededor de las frutas fuera de temporada. Nada parece estar en temporada en estos días. Todos los comercios están cerrados excepto las farmacias y los supermercados. Las personas no pueden vivir sin el supermercado, comen cosas fuera de temporada: latas. El incremento de las latas por estos días es indispensable: material metálico. Las sirenas suenan intermitentes a lo largo del día mezclando su terror con el del vacío de la ciudad y su agonía. Cuánta libertad en estas calles sin gente, pienso reconfortado y emprendo el regreso al hospital para devolver el libro. Me detengo frente a un puesto de fruta. La fruta se derrite en el calor, tomo un durazno y lo muerdo. El sabor del durazno me recuerda que estoy bajo el sol y un ataque de tos me hace soltar la fruta y tirarla en medio de la calle. El vendedor de las frutas me mira asqueado, ¿es posible que tenga tanto odio hacia mi inmunda presencia? Extiendo la mano con las monedas para pagar, pero el hombre las rechaza, balbucea algo furioso y se mete al agujero de su tienda podrida.

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Regreso. Si te encontrara ahora, justo ahora, en medio de este vacío, correría hasta abrazarte y meter mi lengua en tu garganta, puta imbécil. Camino acelerando, algunos automóviles salpican con su ruido esta suciedad mezquina y ya puedo sentir los gérmenes adentro de mi cuerpo, re-pro-du-cién-do-se. Tragándose mis intestinos, mis pulmones y mis glándulas. El hospital permanece mortecino bajo la luz de las cinco de la tarde. Todo esto me parece sumamente extraño: lo camuflado en otra cosa que ya había visto antes. Esto lo he vivido antes, pienso angustiado. Me quito los zapatos y siento al suelo contaminado picar mis pies. Hace, en efecto, mucho calor. A media cuadra del hospital, me quito la ropa para ayudar a los médicos a la desinfección. Zona de urgencias. Una cadena de médicos buitres me impiden entrar. Envueltos en sus trajes blancos me sujetan los brazos. En el camino, he perdido, tirado y olvidado La muerte en Venecia, ahora me será imposible volverte a ver, camilla 1342.  Soy un jodido loco y estoy enfermo. También tengo mucho calor y estoy desnudo, hijos de puta.  Las enfermeras me clavan las agujas en el brazo derecho y entonces te recuerdo, Lucía, muy extraña, muy lejana, así como te decían tus ojos, estúpida puta. 

 

Ingrid Solana (Oaxaca, 1980) estudió la carrera y la maestría en Letras en la UNAM. Publicó el libro De Tiranos (Limón Partido,2007). En 2008 recibió el segundo premio de Crónica en el Concurso 39 de Punto de Partida. En 2009, ganó la publicación de Contramundos del Fondo Editorial del Instituto Mexiquense de Cultura.