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 No.19/CUENTO


 

Veni, sancte spiritus



Ruy Círigo


 
We only live, only suspire
Consumed by either fire or fire.

T.S. Eliot, Little Gidding

 
 

 

Matías era un hombre de gustos múltiples. Se divertía acariciando la piel lívida de los heliotropos con su dedo corazón, viendo a los judíos beber agua de lima en el café La chambre, oyendo el Sugartime de las hermanas McGuire, copiando las palabras de la anciana francesa y su joven enfermero cuando salían a pasear cerca de la fuente. Pero sobre todas las cosas le gustaba mirar sus zapatos nuevos (genuino cuero de cabra, tacón de cuatro centímetros, suela dura y pálida). Y cuando Matías los movía en círculos era como si una refulgente estrella los habitara. Cada vez que caminaba por el Paseo de las Adelfas —su parte favorita— cuidaba mucho que no les cayera polvo, hojas secas, migajas de esas que llevaba en una bolsa de plástico para alimentar a las palomas. Y al cruzar el puente de madera que otros llamaban “paso mudéjar”, sonreía con el seco taconear de sus pasos y el eco que el agua, allá debajo de él, parecía devolverle.

cuento-veni-wikipedia.jpgFue un día después de comprar sus zapatos negros que descubrió el mirador. Por lo general regresaba a su casa alrededor de las seis y media de la tarde, cuando aún había luz partiendo las acrecentadas sombras arbóreas y, también por lo general, nunca cruzaba el puente de madera que conducía a la región más agreste del Jardín Moro: una pequeña selva de enmarañados alerces sin senderos, faroles ni bancas; sólo una colección anárquica de altas columnas vegetales de donde a veces emergían, disfrazados por voces de pájaro, algunos suspiros de absoluto amor.

Pero ése —después de todo estaba estrenando zapatos— no era un día ordinario. Por eso Matías se atrevió a cruzar el paso mudéjar (¡oh!, ¡qué lindo sonido el de sus tacones sobre la madera!) a las siete, cuando los faroles comenzaban a encenderse como anticipadas estrellas crepusculares. Y entonces, en el corazón del bosque diminuto, lo vio. Una torre de piedra, alta y abandonada al musgo. “Antigua atalaya de Ibn-Ayed. Prohibido el paso” se leía en una placa clavada en la yedra. Abrió la herrumbrosa puerta de cobre con un leve empujón de su mano. Adentro todo era humedad y penumbra, aroma de lluvias viejas, repetidas muchas veces, moho e insectos verde jade. Subió por los escalones altos y estrechos. Un cielo rápidamente oscurecido planeaba sobre su pelo cuando alcanzó la cúspide del mirador. Matías respiró profundamente, con los ojos cerrados, el olor de los árboles, las piedras, las rubias con su sostén desabrochado, el siempre fresco café de los portales, los perros locos mendigando vísceras y caramelo, las gansas mojando sus pies palmeados en el lago en torno al cual corrían niñas escurriendo agua por cabellos que alguna vez fueron trenzas, sudor en las axilas febriles de un muchacho —tal vez sea compañero de Matías; ¿el que se sienta tres bancas atrás, bajo el mapa amarillo?— que con labios temblorosos de falso candor roza una boca colmada de rouge. Cómo le gustaría echar raíces, ser de piedra, tener senos, beber café, robar sobras de comida, mojarse las piernas, correr, despeinarse, besar profundidades, ser rojo intenso. Él sólo huele, contempla, domina: encaramado en la vieja atalaya es el amo del Jardín Moro, y de todo lo que se extiende más allá de sus confines. Se hincha de vida. Pero no vive. Reina. Y se salva.

Abre bien los ojos. Mira sus zapatos —últimos resquicios de la noche— y emprende el descenso. Apoya las manos en el barandal del paso mudéjar y, suspendido entre el agua y el cielo, contempla el riachuelo; su rostro acuoso, multiplicado por el líquido salvaje y los breves rayos de un sol tan grande que parece devorarlo todo, incluso a él.

Se hizo justicia. Claro que nos costó trabajo: se encerró en la buhardilla del local con el tendero maniatado y con un cuchillo en el cuello. Tuvimos que echar gas adormecedor para reducirlo… No fue nuestra culpa, quién iba a saber que el rehén era alérgico al gas. No importa mucho. Nadie lo conocía. Un pequeño sacrificio para alcanzar el bien supremo que puede justificar todo… Sí, incluso la muerte, incluso el olvido…

—Se le acabaron las pilas al radio. Qué desgraciado, ¿no cree? ¡Ah!, estaba dormido. Eso pasa por desvelarse. Total, ya acabé. Son cinco.

cuento-veni-alhambra-patron.jpgMatías pagó con una moneda plateada. Bajó la vista. Brillaban más que nunca. Atravesó el Paseo de Adelfas y se detuvo frente a una vitrina donde se exponían peras gordas, intensas, voluptuosas. Entró a la tienda y compró una. Se la envolvieron en un crujiente papel de estraza y él la guardó en su bolsillo. Caminó hasta el reloj y se sentó en una de las bancas que lo rodeaban. Miró hacia arriba. Un viejo sauce derramaba sus sombras sobre él. Dos bancas a su derecha una mujer vestida de azul hincaba los caninos en una pera. Matías observa la misma fruta en su mano. Pero no es igual. Le faltan colmillos, lengua, ácida saliva, dos labios de mujer azul, mujer lejana, mujer hambrienta, mujer tragando; le falta Matías que la ha dejado en el suelo para echar a correr al lado de la fuente, entrar a la tabaquería donde se venden preciosos narguiles y comprar una caja de fósforos de seguridad.

Trata de normalizar sus ritmos vitales sentado sobre el lodo, con la espalda apoyada en el muro pétreo de la atalaya de Ibn-Ayed, y piensa, respira, sonríe. Desanuda las agujetas de sus zapatos y los deja en el umbral de la torre. Qué bonitos son. Qué negros y qué brillantes y cuántas saetas verdes se arremolinan bajo sus suelas sin poder siquiera morderlos. Pero el mundo —trata de convencerse Matías— es más que unos zapatos nuevos, caprinos, relucientes cuatro centímetros de tacón.

Cuando escucha la fricción del cerillo sobre la lija gris piensa en su muerte.

Matías es un hombre de gustos múltiples. Pero sobre todas las cosas le gusta cerrar los ojos y luego abrirlos; ver cómo un imponente látigo de fuego enciende los árboles, las piedras cuajadas de hongos, la carne impúdica de los amantes, el dulce olor a cedro, agua, menta, torre vieja inalcanzable por las llamas. Y oír la cada vez más fuerte algarabía del carro de bomberos que intenta abrirse paso por el Jardín Moro que arde, arde, arde.


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Ilustraciones:
Wikipedia http://es.wikipedia.org/wiki/Alhambra
Patronato de Alhambra www.alhambra-patronato.es


Rodrigo Alberto Círigo Jiménez (Ciudad de México, 1992) es escritor, orador y traductor. Obtuvo el primer lugar en el VI Concurso Nacional de Expresión Literaria La Juventud y la Mar, convocado por el estado de Michoacán (SEMAR/Conaculta, 2006); premio especial en el certamen Descifra la Pieza Única de Pavić (Editorial Sexto Piso/Milenio Diario, 2007); Primer premio en el Concurso de Oratoria del Sistema Incorporado (DGIRE, UNAM, 2008). Primer premio, en la categoría de Traducción Literaria, del Concurso 39 de la revista Punto de partida. Consejero editorial de la sección Vida del periódico Reforma durante 2008. Mención especial en el VII Shakespeare Competition (TAMF, 2009).