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 No.19/CUENTO


 

El otro lado del universo



Luis Mauricio Martínez


 
 
 

 

La luz de la luna se encuentra en su apogeo, los puñados de estrellas pelean por un espacio en la espesura nocturna; no hay más lugar, sin embargo, todas caben. Desde su ventana, inquieto, Adrián observa el manto estelar y se pregunta por la vida, por el mañana; ¿quién le garantiza que él tendrá un mañana? Las incesantes dudas que transitan por su mente a lo largo del día lo obligan a hacer de su rutina una amalgama de intensidad. En su habitación, el tiempo parece detenerse. Entre esas cuatro paredes se encuentra su mundo: pequeño, simple, exacto a sus necesidades. El tenue azul de las paredes transmite cierta tranquilidad, se imagina volando en el punto exacto donde se confunde el cielo con el mar. La música es el complemento ideal para ese cuádruple universo. El reloj marca la media noche. Adrián lleva más de una hora inmóvil. De vez en vez una sonrisa le brota de los labios, son los recuerdos de las bromas gastadas a sus amigos en el bar al que asistieron esa tarde de jueves, ya que ése es “el día de los amigos”. La noche cada vez más fría obliga al chico a cerrar la ventana. Protegido en el calor del hogar decide leer un poco. Qué mejor manera de finalizar la rutina que adentrándose en la compleja mente de Emilio Sinclair, ese peculiar amigo de Herman Hesse.

cuento-el-otro-egahen.jpgAtosigado por las letras y sin conciliar el sueño, echa un vistazo al pasado y saca a su ex novia del cajón del escritorio; ésta, congelada en alguno de los mejores momentos de su vida al lado del chico, ve pasar el tiempo acompañada de pañuelos desechables, preservativos empolvados y un par de libros sin leer. Tendido en la cama observa la efigie de la hermosa Valeria, la cual aun en fotografías conserva esa mirada que invita a saborear un apetitoso pecado. Su mente se satura con las memorias de apasionadas noches compartidas con ella. Hace un año terminaron. Desde entonces no ha tenido novia, mucho menos aventuras, pues sus compañeras de la universidad a últimas fechas se encuentran preparando trabajos de fin de semestre. Así pues, entre el cálido recuerdo de la chica, el frío nocturno y el llamado impetuoso de su juventud, logra desahogar sus instintos con ayuda de la mano derecha. Terminado el acto contempla el techo hasta quedarse dormido.

De pronto, algo similar a un rugido lo despierta. Son las dos de la mañana. El silencio camina a sus anchas en medio de la oscuridad. No ve nada, cierra los ojos, vuelve a escuchar un sonido frente a él, intenta ponerse de pie. El sonido se acerca, percibe una respiración tibia y fétida cada vez más furiosa; pareciese que a lo que sea que se encuentre acompañándolo no le causa gracia alguna que se mueva. Su cuerpo tiembla, la voz no le sale, sólo le brotan unas tímidas lágrimas. Entre más miedo fluye de sus adentros, más crece el enojo del visitante. Con los nervios a flor de piel intenta gritar.

—¿Quieres callarte? Nada ganas con gritar. Si alguien viene a tu habitación pensará que eres un demente, ¿no es así? —le susurró al oído una voz burlona—, ¿verdad que nadie te cree? Cuando hablas de mí dicen que estás loco y te drogan hasta el cansancio. Lo único que están logrando es desvanecer tu alma para que te conviertas en mi sucesor y…

cuento-el-otro-egahen2.jpg—¡Cállate, cállate, no eres real!, eres mi pensamiento, pronto te irás, en cuanto tome mi medicamento —interrumpió Adrián al tiempo que se paró y se acercó al buró, a tientas trataba de encontrar los frascos de tranquilizantes.

El inesperado huésped lo azotó nuevamente, ahora contra el suelo. Todo esfuerzo fue inútil, el ímpetu de éste era superior al del joven que se desgarraba en largos alaridos.

—¡Grita!, grita hasta cansarte, sabes lo que conseguirás, sabes lo que los demás piensan, y lo peor es que tú lo crees también. Pero yo soy real, tan real como tu estupidez. Hagas lo que hagas te visitaré hasta convencerte, ¿qué te cuesta? Ándale, ¡mátate! ¿No lo entiendes?, aquí no es tu lugar, este mundo no es para los locos y tú eres uno de ellos, por eso haces lo que haces. Te crees escritor de suspenso y en realidad plasmas tus futuros asesinatos, la gente que te rodea lo sabe y te castiga con sus mentados tratamientos, pobrecito de ti, ¡me das lástima!

Adrián, con movimientos toscos, intenta sacar una píldora. De pronto se le nubla la vista. Al amanecer estaba tirado en el suelo, su rostro manchado con sangre seca que al parecer brotó de su nariz. No supo la hora, al ver el despertador contó los minutos para llegar a clases.

Así terminaba sus días: recordando el pasado, anhelando un nuevo amor, un futuro más sociable y, claro, peleando con los fantasmas de su enfermedad. Esas abominables alucinaciones en realidad sólo eran una, funesta y amarga, llena de fuerza, carente de silueta concreta, como una cortina de humo que formara una sombra humana. Si la tocaba, era dispersa como el vapor;  si ésta lo rozaba, era sólida como una roca. Sus padres desconocían los hechos, creían que su hijo llevaba una vida normal con ayuda de los doctores. Ignoraban que cada noche se debatía a morir con su mente perturbada. Pasado el tiempo las cosas empeoraron, su alucinación lo seguía de día y a todas partes. Maldecía su rutina.

—Sólo a mí me puede suceder esto, tener demonios de la guarda en lugar de ángeles como los demás —solía decirse irónicamente mientras caminaba con su nefasta compañía.

El acabose llegó cuando su “diablo guardián” le siguió los pasos hasta la universidad. No conforme con eso, se atrevió a entablar conversación.

—¿A dónde vas?, ya deja de perder el tiempo, sigue mi consejo, mátate. Deja de sufrir. Si te atreves a vivir muerto, tu mente gozará de plena libertad. Tú mismo lo has dicho, nadie te entiende… bueno, sí lo hacen, saben que estás loco —dijo riéndose.

Lo peor no era esa presencia invisible, sino que manifestaba su hedor sin vergüenza alguna y todos creían que el olor era de Adrián. Una ocasión, mientras escribía uno de sus relatos, escuchó a lo lejos decir a un amigo: “Desde que Adrián está enfermo, ya no se asea, huele muy mal” palabras que lo hirieron profundamente, se sintió traicionado cuando divulgaron el secreto que confió a ciegas. Ofuscado por la furia se dirigió al grupo de sus supuestas amistades y les gritó:

—¡Carajo! ¿Qué no entienden? No soy yo, es esa maldita cosa que me sigue a donde voy y no me deja en paz… Ustedes no comprenden nada.

Acto seguido corrió sin detenerse. Los chicos comentaron mientras lo veían alejarse: “Pobre, de verdad se volvió loco”. Mientras se dirigía a casa fue presa de un ataque de desesperación, no entendía nada, si sólo alucinaba por qué...

—Recuerda, soy tan real como tus pensamientos. Como puedes ver, también los escucho. Por si fuera poco puedo obligarte a hacer lo que yo quiera —interrumpió la alucinación.

Ante esas desdichadas palabras, el joven estalló en llanto. Perdido, sin ser totalmente consciente de sí, se sentó en la banqueta, sacó una pluma, un cuaderno y escribió sin parar. No pudo evitarlo, su mano estaba poseída y parecía plasmar pensamientos ajenos. Luego se desmayó. Justo en ese momento pasó uno de sus vecinos, corrió a auxiliar al muchacho y llamó a sus padres. No tardaron en llegar. Detrás de ellos apareció una ambulancia. En el hospital supieron que el accidente fue provocado por no llevar al pie de la letra el tratamiento médico indicado. Ya más tranquilo, el chico volvió a casa pero no recordó lo sucedido, ante el inútil esfuerzo durmió el resto de la tarde. No obstante, sabía la rutina que lo esperaba al llegar la noche, por lo que llevó consigo un cuchillo. Una vez que la alucinación volvió para atormentarlo, el adolescente, sin miedo alguno, se lanzó sobre su atacante.

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Mientras forcejeaban, la voz del visitante habló con determinación:

—Ahora sí te llevaré conmigo, si no lo hago te volverás malo. Donde te llevaré serás libre, a nadie dañarás. La sangre de tus historias seguirá siendo de tinta azul.

Como bien dicen los que saben, la mente humana mueve montañas, fácilmente el chico fue vencido. Los padres del joven escucharon gran alboroto proveniente de su habitación, corrieron a ver qué sucedía y al entrar, horrorizados, no daban crédito a la escena. La terrible noticia conmovió al vecindario, en especial a Andrés, un chico que habitaba la casa de al lado. Para desahogar su impresión, utilizó sus dotes literarias y creó una historia nombrando al fallecido.

Pasados treinta días, la mancha carmesí que Adrián dejó como muestra de su paso por el mundo seguía en el suelo. Un ocaso más se sumó a la infinita cuenta que la madre había iniciado un mes atrás. El cúmulo del dolor se acrecentaba en un cálculo con dudoso final. A la luz de los últimos rayos solares, entre sollozos y una tranquilidad mal disimulada, leía una vez más lo que quedó de la nota suicida del joven, si es que se trataba de eso, pues la mayor parte de las letras se distorsionaron:

“Ustedes jamás creerán lo que estoy viviendo. No saben el dolor que me causa el tener que enfrentarme todos los días a ese monstruo que ustedes no ven… Dicen que estoy loco, seré honesto, no sé por qué escribo estas líneas, algo me esta obligando y...”.

El resto de la confesión era incomprensible. Mientras la mujer lloraba desconsolada, Adrián, desde el otro lado del universo, el de los locos, el de los de alma insaciable, el de los que escriben sus frustraciones, la observaba y le habló con el sonido  de su voz extinta.

—Madre, la genialidad que tuve para plasmar a golpes de tinta y papel mis mediocres historias de suspenso no me alcanza para hallar una manera de hacer que te des cuenta. No me quité la vida, me la arrebató ese maldito ser que concebí en mi último escrito, que por cierto, seguirá a mi lado hasta el fin de la eternidad. Algún día lo sabrás. Tengo que irme, me espera tu vecino escritor, al menos él tendrá una muerte tranquila, escribe historias románticas, no como yo. En su casa creerán que se mató por un amor prohibido. Bueno, no me espera, pero esta noche debo ir por él, ayer me dio vida en un relato, ¡es de los nuestros!


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Ilustraciones:
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Luis Mauricio Martínez (Celaya, Guanajuato, 1982) cursa la Licenciatura en Cultura y Arte en la Universidad de Guanajuato, Campus León. En 2007 mereció el Premio Nacional de Literatura y Artes Plásticas El Búho, convocado por la revista homónima, dirigida por el escritor y periodista René Avilés Fabila, en la categoría de cuento con “El otro lado del universo”. Ha publicado textos en las revistas El Búho y Tirofijo, revista cultural del bajío, así como en suplementos culturales de diarios regionales. Participa en el taller literario Diezmo de Palabras impartido por el escritor Herminio Martínez. Ha sido jurado de varios concursos literarios en preparatorias de León, Guanajuato.